Capítulo 20
La Famiglia
Dante
N o sabía a dónde iba. Simplemente conducía. Tenía que alejarme, recuperar algo parecido al control.
Sus lágrimas… Joder, odiaba verla llorar.
No tenía ni idea de por qué me molestaba tanto. No me importaba que la gente llorara. Diablos, normalmente era yo quien les hacía llorar. Pero Evelyn tenía espíritu. Era fuerte, y yo respetaba eso.
Había pasado por mucho, y la había visto absorberlo todo y adaptarse como pocas personas podrían.
Yo conocía el sufrimiento. Lo había vivido y se lo había infligido a otros.
Había visto esa barbilla delicada alzarse ante cada desafío que le lanzaban.
No se había acobardado, no se había rendido ante su miedo.
Hasta ahora.
Mis manos apretaron el volante mientras la carretera abierta se extendía frente a mí. Me mataba que estuviera rota. Por esos hijos de puta. Si alguien iba a romperla, debería ser yo.
Juré vengarme de Los Santos Rotos, de Malakov, de cualquiera que intentara usarla a ella o a su galería de nuevo.
Pensé en la emboscada, en mis hombres, en los millones de dólares que habíamos perdido, y pisé el acelerador, forzando el SUV tan rápido como me atreví, sin importarme el límite de velocidad.
No había muchos otros vehículos en este tramo de carretera, no a estas horas.
Y a los que había, los adelanté sin siquiera darme cuenta.
No se trataba del dinero. Ahora lo pillaba. Querían arruinarnos. Querían nuestra ruta de contrabando, nuestra red y la galería. Querían deshacerse del intermediario —nosotros— y reclamar su propio territorio.
Pero eso nunca iba a pasar. No bajo mi guardia.
Y no a través de Evelyn.
Jesús, aquel beso. Había entrado con fuerza, queriendo borrar su miedo. Demostrarle que ahora estaba bajo mi protección. A salvo.
Pero, en cambio, casi perdí los papeles.
La había besado con demasiada fuerza. La deseaba demasiado. La forma en que ella había respondido, la forma en que se había derretido contra mi boca y se había entregado a mí… casi acaba conmigo. Había saboreado lágrimas calientes y deseo, y me había ocurrido algo previamente impensable.
De repente, había querido protegerla, abrazarla y decirle que todo iba a salir bien.
¿Pero qué cojones?
A ambos lados del SUV, los árboles pasaban como un borrón de movimiento sin sentido.
Ese no era yo. De hecho, estaba tan lejos de ser yo que no lo entendía.
Me asaltó un pensamiento más profundo y preocupante. Siempre había sabido que esa mujer era una bruja, pero si ella llegaba a descubrir el efecto que tenía en mí…
Si alguien más lo hacía.
Joder. Sería el fin del juego.
Solté un largo suspiro siseante.
En mi familia, los sentimientos simbolizaban debilidad, y de la debilidad se podía sacar provecho. Evelyn Cruz me hacía vulnerable, y eso era lo último que quería ser.
Tenía que controlarme. Necesitaba dar un paso atrás y recuperar el puto autocontrol.
Maldita sea.
Golpeé el volante con la mano. Yo era un Marcelli. Interrogaba a nuestros enemigos sin pestañear. Ponía a los traidores de rodillas.
Y, sin embargo, un beso de ella, mi trágica Ophelia, y estaba a la deriva, cuestionándolo todo. Su culpabilidad, mis decisiones. Mis putas elecciones de vida.
No podía permitirlo. No lo permitiría. Porque no iba a dejar que sucediera.
Inspiré de forma entrecortada y fijé la mirada en la carretera vacía que tenía por delante. Las luces de la ciudad bailaban a lo lejos, como pequeñas y tenues luciérnagas que me llamaban. Instándome a seguir adelante, a dejarla atrás.
Estaba a punto de terminar de recriminarme cuando sonó mi teléfono. Pulsé el botón de respuesta en el salpicadero y la voz de mi hermano salió por los altavoces. —¿Dante?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—Conduciendo. ¿Qué pasa? —No estaba de humor para charlar, pero por alguna razón no creía que Nico llamara para eso.
—¿Conoces a tu soplón, Alberto?
—Sí.
Menudo soplón resultó ser. Había metido a Evelyn en la mierda. Había dirigido mi atención hacia ella cuando, de hecho, ella no tenía nada que ver con nada. Podría haberla dejado en paz… ajena a nuestras actividades.
Pero entonces estaría muerta, me recordé sombríamente. La tensión volvió a enroscarse en mi pecho.
—La policía acaba de sacarlo del East River.
Mierda.
Levanté el pie del acelerador.
—¿En serio?
—Muerto y enterrado. —Bufó ante su jueguito de palabras. Yo no. —Un tiro en la cabeza. Definitivamente un trabajo profesional. Marco está recurriendo a su consultor policial para obtener más información, pero ahora mismo no hay nada definitivo.
Marco era mi hermano mayor, el exitoso hombre de negocios y rostro público de la familia Marcelli. El primogénito y heredero del sindicato Marcelli, si es que mi madre alguna vez cedía el control.
El «consultor» no sería nadie oficial. Un policía corrupto que no estaba en contra de complementar su escaso salario policial con los sobornos de los Marcelli. Para nosotros era calderilla, y significaba que teníamos a un hombre infiltrado en el cuerpo.
—¿Estás seguro de que Rocco no fue a por él? —pregunté.
—No fuimos nosotros. Además, comprobé esa historia sobre su tío en las Caimán. Resulta que era legítima.
—¿Me estás vacilando?
—Lo siento. Realmente heredó ese dinero.
—Joder —murmuré.
—Escucha, Valentina quiere una reunión.
Suspiré. Por supuesto que sí. Al ver una gasolinera más adelante, cambié de carril.
—¿Ahora?
—Ahora. En el ático. ¿Puedes venir?
—Sí, puedo estar allí en media hora. —Si le pisaba, lo cual no sería un problema dado mi humor actual.
—Nos vemos entonces.
Nico terminó la llamada.
Reduje la velocidad y entré en la gasolinera.
No habían podido encontrar a Evelyn, así que habían ido a por Alberto. Debió de ser él quien les dio los detalles del envío. Como había pensado originalmente, él era quien tenía acceso al sistema logístico.
Pero lo había pagado. Con su vida.
Todos estaban allí cuando llegué. Mi madre presidía la sala en el diván, con una copa de champán en la mano.
Como siempre, lucía impecable con una falda larga y vaporosa combinada con una chaqueta color crema.
Llevaba el pelo oscuro recogido en un elegante moño francés y unos pendientes de diamantes brillaban en sus orejas.
Mi padre se los había regalado en uno de sus aniversarios. Recordaba haberla visto desenvolverlos en el salón, cuando vivíamos en Brooklyn.
Nico estaba sentado a su lado, repantigado, con sus largas piernas estiradas frente a él y una expresión seria en su rostro gallardo. Me saludó con la cabeza cuando entré.
—Siempre el último en llegar —comentó Marco con sorna, lanzándome una mirada.
—Como si tú no hicieras esperar a medio salón cada vez que te da la gana —le espeté, molesto por su traje gris marengo perfectamente cortado, su bronceado de golf y su complexión atlética.
Marco siempre iba impecable. Siempre había pensado que parecía más un tiburón de Wall Street que el futuro jefe de La Famiglia Marcelli.
Pero ese era el don de Marco. Poderoso y civilizado, a diferencia de los demás.
De todos mis hermanos, él era con quien menos afinidad tenía. Que él fuera el mayor y yo el hijo menor podría haber tenido algo que ver. Eso, y que simplemente se había negado a pelearse conmigo cuando éramos adolescentes, a pesar de mis mejores esfuerzos.
Era como si fuera mejor que todos los demás. Por encima de todas esas estupideces básicas. Era el que mejor educación había recibido de todos nosotros, si no contabas la educación alternativa de Nico en los rincones nefarios de internet.
Solía pensar que Marco era un cobarde, que no sabía pelear y que por eso lo evitaba. Entonces, le vi perder los papeles. Perderlos de verdad.
Casi mata a un tipo con sus propias manos, y lo habría hecho si Rocco —precisamente él— no lo hubiera apartado. El chico era de su misma edad, un compañero de estudios, y yo no conocía las circunstancias que lo rodearon. Solo sabía que nunca había visto a Marco tan cabreado en toda mi vida.
Así que sabía que podía hacerlo, si lo provocaban lo suficiente.
Simplemente elegía no hacerlo.
Nunca había conocido a nadie tan rígidamente controlado como Marco, y en mi opinión, eso lo convertía en el más peligroso de todos los Marcelli.
—No seas desagradable, Marco —reprochó mi hermana Isabella, palmeando el taburete vacío que tenía al lado. Me acerqué a la barra, lanzándole una sonrisa cansada.
Mi hermana pequeña, la menor de los hermanos Marcelli. Con solo veintinueve años, yo le sacaba cinco. Pero lo que a Izzy le faltaba en edad y experiencia, lo compensaba con agallas.
—¿Cómo va el circuito de lucha? —pregunté, sentándome en él.
Ella sonrió con suficiencia, y el pequeño aro de oro de su nariz brilló bajo la luz de la lámpara de araña. —Rentable.
Mi hermana dirigía tres clubes clandestinos por Brooklyn y Queens. Peleas en jaula, mesas de apuestas, salas de póker privadas ocultas tras negocios legítimos. La mitad de los hombres que trabajaban en esos circuitos le tenían miedo, y la otra mitad querían acostarse con ella.
Ninguno de los dos grupos cometía el error de subestimarla dos veces.
La única persona que faltaba era mi abuelo, Leo Marcelli. A los setenta y ocho años, se había retirado del negocio familiar hacía una década, un acto que había sorprendido a todos, especialmente a nuestros numerosos enemigos.
Habían pensado que podrían aprovecharse del vacío de liderazgo, pero entonces mi madre ocupó su lugar y cambiaron de opinión muy rápidamente.
Y esa era toda la feliz familia.
—Vayamos al grano —dijo Valentina, molesta por nuestras pullas.
Se podría pensar que ya estaría acostumbrada, pero lo cierto era que nunca había sido particularmente maternal.
Había aprendido la mayor parte de lo que necesitaba saber de mi padre, y más tarde de mis hermanos.
Mi hermana me había enseñado mucho sobre las mujeres.
—¿Cuál es el estado de tu prisionera, Dante? —Me lanzó una mirada mordaz. —Hablaremos de tu pequeño subterfugio más tarde. Hay asuntos más urgentes entre manos.