Capítulo 19
Un universo alternativo
Evelyn
E l cielo del atardecer se ha despejado de nubes después de que Nico se fuera y ahora luce un profundo azul prusiano, lo cual he interpretado como una buena señal. El sol ha salido, pero le falta calor. Aun así, lo ha iluminado todo.
—Vamos a dar un paseo —le digo a Dante de repente.
Él me mira como si estuviera loca. —Estoy ocupado.
Ha estado trabajando con su portátil —el cual supongo que ha conectado a su teléfono para tener internet— mientras yo volvía a mi libro.
—Venga. Solo es una caminata. He estado encerrada en esta cabaña todo el fin de semana. —Bueno, aparte de las clases de defensa personal de esta mañana, que me han dejado rígida y dolorida. Un paseo me vendría bien para desentumecer los músculos.
—He dicho que no.
Me pongo las manos en las caderas. —¿Te preocupa que me escape?
Él se encoge de hombros. —Estás retenida contra tu voluntad.
—¿Puedes dármelo por escrito? —pregunto.
Él sonríe con sorna.
—¿Y si me atas? —se me ocurre de repente.
Él arquea una ceja. —¿Quieres que te ate?
—Solo por un rato. ¿Sabes esas bridas que usaste conmigo cuando me trajiste aquí? Podríamos atarnos las muñecas, así no podría escapar.
Me lanza una mirada larga y dura.
—Venga —le suplico—. No seas gruñón. Solo es un paseo.
—No soy un gruñón —dice con voz de gruñón.
Me cruzo de brazos como diciendo: ¿ah, sí?
Suelta un suspiro exagerado y se pone en pie. —Está bien. Supongo que no hará daño. Pero como intentes algo raro, haré que te arrepientas.
¡Sí!
Una pequeña victoria más para mí. No es que las esté contando.
Vale, puede que no haya pensado esto con suficiente detenimiento.
Estar atada a Dante es un tipo especial de tortura en sí misma.
Me ha tomado la palabra y nos ha sujetado las muñecas con una brida, pero el problema es que ahora soy hipersensible a su brazo contra el mío.
Su fuerte calor masculino, el vello de su brazo, que me hace cosquillas en el dorso de la mano.
Con cada paso surge una descarga de electricidad al tocarnos.
Por la tensión de su mandíbula, noto que él tampoco lo está disfrutando mucho. Intento relajarme, pero eso solo hace que me roce más contra él.
Partimos en dirección a los árboles. Dante marca un ritmo rápido y casi tengo que correr para seguir su zancada.
—¿Podemos ir más despacio? —jadeo—. Se supone que esto es un paseo tranquilo, no una carrera.
—Tú eres la que quería estar atada a mí —masculla, pero aun así aminora el paso.
Caminamos en silencio un rato, ambos sumidos en nuestros pensamientos. Dante no es muy hablador ni en sus mejores momentos, así que intento olvidarme de él y escucho los sonidos del exterior. Hacía tiempo que no los oía.
Una ligera brisa susurra entre la hierba alta y, en algún lugar a lo lejos, ulula un búho.
Es un lugar bonito, aunque remoto, y me pregunto si la cabaña se habrá usado siempre para…
bueno, para deshacerse de gente. Es una verdadera pena.
Podría haber sido una escapada muy pacífica del caos de la ciudad.
—¿Cómo de bien conoces a Chloe? —pregunta él, después de que llevemos caminando unos diez minutos.
—¿A Chloe? ¿Por qué?
—Limítate a responder a la pregunta. —Tiene el ceño fruncido, una expresión a la que ya estoy acostumbrada, excepto porque esta es un poco diferente. Parece preocupado.
—Es mi amiga. La conozco muy bien.
—¿Desde hace cuánto la conoces?
—La contraté hace un par de años. Es competente, siempre puntual y hace un trabajo fantástico. También ayuda, apoya y siempre me ha guardado las espaldas. —Le echo una mirada—. ¿Por qué quieres saberlo?
Él se encoge de hombros. —Me pregunto si ella pudo filtrar los detalles del envío, eso es todo. Quizá trabaja para Malakov, o para alguien de Centroamérica.
—¡Cielo santo, no! —Niego con la cabeza con tanta fuerza que casi me disloco el cuello—. Chloe no haría eso. Es una buena persona. Además, ella no tiene acceso al sistema logístico. De eso se encarga Alberto.
Pensar que Chloe está involucrada es ridículo.
—¿No pudo haber entrado en el sistema cuando no había nadie?
—No a menos que supiese la contraseña de Alberto, y él era un paranoico con eso. Además, no eran amigos. Alberto trabajaba por las mañanas y siempre estaba en la oficina interior. Chloe estaba en la sala de la galería. Puede que se saludaran, pero no recuerdo haberlos visto nunca conversar.
—Eso no significa que no se conocieran —dice él con recelo.
—Chloe no está involucrada —sentencio—. Déjala en paz. No se merece que su vida se desmorone.
Como la mía.
Aparte de ser mi mejor amiga, Chloe está literalmente dirigiendo la galería mientras yo estoy… indispuesta. La necesito allí, o las dos nos quedaremos sin trabajo.
—La dejaré en paz, pero Nico va a investigarla.
—Hablando de Chloe, tengo que decirle que no iré esta semana —le recuerdo—. Se estará preguntando dónde estoy. Solemos hablar casi todos los días.
—Trabajáis juntas.
—Aun así nos mandamos mensajes por las noches. Te lo he dicho, es mi amiga.
Parece perplejo por esto. Obviamente, él no tiene amigos cercanos. No me sorprende.
Mi teléfono sigue tirado bajo mi cama, probablemente sin batería ya. El problema es que, si la policía o alguien intentara rastrearme, supondrían que estoy en casa, no aquí atrapada en medio de la nada con mi pecaminosamente atractivo secuestrador.
—Puedes usar mi teléfono cuando volvamos —dice él.
—¿O podrías simplemente llevarme de vuelta a mi apartamento y solucionamos este lío desde Nueva York? —sugiero con sensatez—. Así podré abrir la tienda mañana y nadie tiene por qué enterarse de esta pequeña… escapada.
Me mira de reojo. —¿Has olvidado que hay gente ahí fuera que te quiere muerta?
Me estremezco y niego con la cabeza. —¿Estás seguro de que no estás exagerando? Quizá realmente entraron a robar en mi casa, pero los ladrones se asustaron y huyeron o algo así. No siempre tiene que ser una situación de vida o muerte.
Él gruñe. —En mi mundo, suele serlo.
—Bueno, yo no formo parte de tu mundo.
Se detiene y se gira hacia mí. La brida en mi muñeca me ancla en el sitio a su lado.
—Formas parte de mi mundo ahora, Ophelia. Pensaba que te lo había dejado claro. Conoces nuestros negocios, lo que te hace cómplice. Sabes lo de nuestros envíos y cómo introducimos nuestra mercancía. Estás metida hasta tus ojos verde esmeralda en los asuntos de los Marcelli, y tienes que aceptarlo.
El corazón me late con fuerza en el pecho. ¿Cómo se atreve a vincularme a su mundo sórdido? Aunque la verdad de su afirmación duele. Sé mucho. No quería saberlo, pero es lo que ha pasado.
—¿O qué? —insisto, sabiendo que estoy jugando con fuego, pero necesito saber qué me espera.
No responde de inmediato.
—¿Dante? ¿Qué va a pasar conmigo? —susurro, mientras el miedo se me clava en el pecho como una garra de hielo.
—Con suerte, nada —responde, pero no me está mirando. Su mirada está fija en la oscura línea de árboles de más adelante.
Mi corazón se desploma y se me seca la boca. Y yo aquí pensando que estábamos trabajando juntos para limpiar mi nombre y que pudiera volver a casa y seguir con mi vida. Excepto que el conocimiento que he adquirido me ha convertido en un estorbo.
—En otras palabras, ¿si no sigo el juego, estoy muerta?
Su mandíbula se tensa y su mirada se vuelve tormentosa.
Un pensamiento horripilante me asalta. ¿Estoy muerta de todos modos? Los Marcelli no pueden permitirse dejarme vivir. No después de esto.
Empieza a caminar de nuevo, pero yo no me muevo. La brida le da un tirón en el brazo.
—Quiero volver a la cabaña —digo.
De repente, esto ya no tiene gracia. El espacio abierto resulta ominoso; los árboles, un símbolo de donde probablemente dejarán mi cuerpo cuando se deshagan de mí.
Él no discute. Solo asiente con la cabeza y se da la vuelta.
—Te dije que era una mala idea.
Caminamos de vuelta sin hablar. Vuelve a acelerar el paso y esta vez no me quejo, aunque tengo que echar a correr a ratos para seguirle el ritmo. Solo el sonido de nuestros pasos sobre el suelo seco rompe el silencio.
Estamos a mitad de camino cuando su teléfono suena.
Sacándolo del bolsillo trasero con la mano libre, se lo lleva a la oreja. —¿Sí?
Escucha y luego frunce el ceño. —¿Estás seguro?
Me giro para mirarlo. Por su expresión atronadora, no son buenas noticias.
—Vale, gracias. —Cuelga y, con los labios apretados, vuelve a guardarse el teléfono en el bolsillo.
—¿Quién era? —pregunto, sin esperar realmente una respuesta.
—Nico. —Vuelve sus ojos tormentosos hacia mí—. Ha conseguido rastrear esos pagos centroamericanos de tu cuenta hasta una empresa en Panamá.
—Vale… —Me pregunto por dónde va. Eso ya lo sabíamos.
—Vinculada a un cártel colombiano.
* * *
—¿Qué cártel? —pregunto, una vez que Dante finalmente ha colgado el teléfono.
Ha estado recorriendo la pequeña cocina de un lado a otro durante diez minutos, como si el prisionero fuera él y no yo.
Primero llamó a Vincent, pero mi contable corrupto no lo ha cogido.
Luego llamó a su madre, Valentina, que se ha pasado cinco minutos clavados reprendiéndole verbalmente por haberle mentido sobre mí.
De haber estado de otro humor, me habría gustado ver cómo reprendían al gran Dante Marcelli.
Por lo que he podido deducir, sin embargo, nadie sabía nada de la implicación de los colombianos en mi galería. Ni los Marcelli, ni Vincent y, desde luego, ni yo.
Irónico, dado que es mi maldita galería.
Por la forma en que habla Dante, uno pensaría que los Marcelli son los dueños del lugar, o al menos del derecho a usarlo para su propia actividad nefasta.
—Dante. —Lo intento de nuevo—. ¿Qué cártel?
—No importa cuál sea.
—Sí que importa. Especialmente si están usando mi galería para blanquear dinero.
Él me mira. —Los Santos Rotos, para que lo sepas. Y la están usando para mucho más que eso.
Nunca he oído hablar de ellos. Me desplomo en la silla de la cocina y me masajeo las sienes.