Capítulo 16
Contacto cercano
Dante
L levaba enseñando a hombres a matar desde que tenía veintidós años.
Soldados rasos recién salidos de la instrucción básica.
Reclutas de la policía iraquí que no habían soltado un puñetazo en su vida.
Un escuadrón boliviano que no hablaba ni una palabra de inglés y que aprendió el programa de mis manos y de un maltrecho maniquí de entrenamiento en un hangar a las afueras de Santa Cruz.
Matar no era difícil una vez que sabías lo que hacías. No me gustaba, pero me había dado cuenta de que era una parte necesaria de la guerra. Matar o morir, eso es lo que decía a menudo mi oficial al mando, y en el fragor de la batalla, tenía razón.
El combate cuerpo a cuerpo era ligeramente diferente, pero la mecánica era sencilla.
Buscad los puntos vulnerables, era lo que les decía a los hombres a los que entrenaba.
Los ojos, la garganta, la zona blanda en la base del cráneo, los pequeños huesos del pie que se rompen cuando los pisas en el ángulo adecuado. Buscad vuestra ventaja.
El claro frente a la cabaña medía aproximadamente cuatro metros por cinco, lo suficientemente grande como para entrenar.
El suelo de tierra fría estaba cubierto de agujas de pino que amortiguarían su caída.
Era una mañana de otoño fresca, pero eso no me molestaba.
Esto era una temperatura agradable comparada con un invierno afgano.
Evelyn salió con unos leggings negros y otro jersey ajustado que dejaba al descubierto al menos un centímetro de su vientre liso y desnudo, este de color verde oliva.
Se había recogido el pelo en un moño desordenado en la nuca.
En los pies llevaba las zapatillas de correr que se había puesto cuando la secuestré.
—Joder —mascullé, señalando el centro del claro. Estaba adorable y rematadamente sexy.
—¿Estás seguro de que esto es necesario? —Se puso las manos en las caderas.
Intenté no fijarme en la tentadora curva de su cintura, ni en cómo el jersey se ceñía a sus pechos. ¿Por qué demonios no podía haberse puesto una camiseta holgada y sin forma para ahorrarme la gimnasia mental? Parecía que esa mujer hubiera sido puesta en la tierra para atormentarme.
—Sí, es necesario —ladré, obligando a mi cuerpo a no reaccionar—. Manos arriba.
Caminó resoplando hasta el centro del espacio y levantó las manos, con los dedos extendidos como si estuviera espantando a un perro callejero.
—Así no —dije, sonando más cabreado de lo que realmente estaba—. Cierra el puño.
Cerró las manos en puños. —Ah. Bueno, ¿por qué no lo has dicho antes?
Puse los ojos en blanco mientras acortaba la distancia entre nosotros. Seguía sin hacerlo bien.
—Mantén los puños relajados, sin apretar tanto los nudillos. —Le doblé el pulgar hasta donde debía estar, luego cerré mi mano sobre la suya y volví a apretarle los dedos—. Por fuera, nunca metido debajo de los otros dedos.
Dios, tenía las manos pequeñas, tan suaves y cálidas bajo las mías, grandes y duras. Tuve una visión de esas mismas manos aferradas a mi cuello la noche anterior, aferrándose a mí mientras ella se desmoronaba. Como si hubiera necesitado algo sólido a lo que agarrarse. Necesitándome a mí.
Y maldita sea si no me había gustado. Más de lo que debería.
—¿Así? —Me estaba mirando. Tan cerca que podía oler el aroma de su champú.
Con un breve asentimiento, di un paso atrás.
—Tenemos que aclarar una cosa —dije mientras ella mantenía la posición—. No voy a enseñarte a defenderte. Eso es lo que te enseñan en las clases del gimnasio.
Ella frunció el ceño. —Pero yo pensaba que...—
—Los hombres que te persiguen no te darán esa opción —la interrumpí. Ella dejó de hablar—. Voy a enseñarte a mutilar y, si tenemos tiempo, voy a enseñarte a matar.
Esos ojos preciosos se abrieron de par en par. —Hay una gran diferencia —susurró.
—Exacto.
Dudó un momento y luego asintió con firmeza. —Está bien.
Asentí. —Bien.
Hice girar los hombros para desentumecerme. Ya no estaba en la misma forma que antes. Los movimientos rápidos tenían consecuencias ahora.
—Herir a alguien te da tiempo —le dije mientras calentaba—. Matarlo asegura que no vuelva a levantarse jamás.
Se mordió el labio inferior y volvió a asentir.
—Lo primero que se aprende son los objetivos blandos. —Me acerqué más, señalando cada lugar mientras hablaba—. Ojos. Garganta. Ingle. Rodilla. Empeine. En ese orden. Dilos.
Esos ojos verdes se clavaron en mí mientras repetía las palabras.
—Buena chica. Recuerda, no dudas, no pides perdón y no paras hasta que esté en el suelo. ¿Te ha quedado claro?
Otro asentimiento.
—Ve a por los puntos débiles. Los llamamos las costuras.
—¿Las costuras?
—Primero los ojos —dije, señalando los suyos—. El objetivo más fiable del cuerpo. No importa lo grande que sea él, si le clavas el pulgar en la cuenca con suficiente fuerza, te soltará rápido. No porque quiera, sino porque su sistema nervioso se colapsa.
—Entiendo —dijo, aunque parecía ligeramente mareada por lo que le estaba contando.
—Bien. Ahora, enséñamelo.
Frunció el ceño. —¿Enseñarte cómo sacarte un ojo?
Me acerqué más. —Pon los dedos en mi sien. Luego recorre mi cuenca con el pulgar. Siente dónde cede. Necesito saber que puedes poner la mano en la cara de un hombre y encontrar sus ojos en la oscuridad. Ese es el ejercicio.
Dudó como si no quisiera tocarme. Me di cuenta por el rubor que teñía sus mejillas de que todavía estaba avergonzada por lo que había pasado anoche.
Bien. Esa había sido mi intención.
Lo de anoche había sido un recordatorio, una forma de demostrarle que no debía tomarme por tonto. Que no podía jugar conmigo.
Pero ahora no estábamos jugando. Esto era supervivencia.
—Ophelia —dije en un tono más suave.
Algo en mi voz hizo que se moviera y levantó la mano hacia mi cara. Las yemas de sus dedos rozaron mi sien. Su toque era suave, casi tierno.
—Ahora cierra los ojos.
Sus párpados se cerraron mientras su pulgar trazaba el arco bajo mi ceja, siguiendo la curva del hueso. Lo hizo despacio, con vacilación, como si tuviera miedo de lo que pudiera encontrar.
La proximidad me dio la oportunidad de observarla de cerca.
Tenía una naricilla respingona con una ligerísima hilera de pecas en las que no me había fijado antes.
Tenía la frente arrugada por la concentración, como si estuviera intentando memorizarme en lugar de localizar puntos débiles.
No me disgustó, y tuve que resistir el impulso de inclinarme hacia su contacto.
—Vale, suficiente —dije, dándome cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Retiró la mano de golpe, como si la hubieran pillado tocando algo que no debía.
Di un paso atrás con el pretexto de corregir mi propia postura. En realidad, solo necesitaba un momento para recobrar el aliento.
Había recibido todos los golpes que un hombre puede sobrevivir. Costillas rotas. Dientes partidos. Heridas de cuchillo. Pero un solo toque suave de esta zorra de pelo cobrizo y de repente no recordaba cómo respirar.
Cuando volví a mirarla, mi voz salió más ronca que antes. —Siguiente, la garganta.
Su mirada bajó a mi boca y luego más abajo, a mi nuez.
—Se usa lo que se llama un golpe de mano en cuchillo —dije—. No un puño. —Levanté la mano entre nosotros, con los dedos rectos y bien apretados—. Bloquea estos. Mantén el pulgar guardado o te lo romperás con el impacto.
Ella me imitó con cuidado.
Me puse detrás de ella antes de pensarlo demasiado y le cogí la muñeca, dándole la vuelta a la mano. —Más recta.
Recorrí con un dedo el borde de su palma. —Este es el arma. Ahí no. —Le di un ligero toque en el centro—. Aquí.
Ella asintió y ajustó su postura; su trasero rozó mi entrepierna. Me sentó tan rematadamente bien que quise agarrarla de las caderas y pegarla más a mí.
—Golpeas con el hueso que recorre el borde exterior —expliqué, guiando su mano por el aire en un movimiento de corte—. Horizontal. Rápido. Y apunta a través del objetivo.
Frunció el ceño. —¿A través?
—Sí. No intentas golpearlo. Intentas rebanarlo como un cuchillo a la mantequilla.
Giró la cabeza para mirarme por encima del hombro y mi mandíbula rozó su mejilla. Maldita sea, se sentía bien. Tan jodidamente suave.
—Si se hace bien —continué, con la boca cerca de su oreja—, la tráquea se colapsa. Deja de pensar en hacerte daño y empieza a pensar en respirar.
No se movió. Tuve que luchar para no soltarle toda esa melena rubio fresa y hundir la cara en ella mientras besaba ese cuello delicioso.
La solté y rodeé su cuerpo para ponerme frente a ella de nuevo.
Espacio.
El espacio era bueno.
También lo era el dolor. Mi dolor.
Levanté una mano. —Golpea.
Dudó solo un segundo antes de lanzar la mano hacia delante.
¡Catapum!
—Más fuerte.
—Te estoy dando con todas mis fuerzas —se quejó.
Incliné la cabeza. —Entonces vas a morir.
Apretando los dientes, lo intentó de nuevo. Esta vez se entregó al golpe y fue más fuerte. El borde de su palma golpeó contra la mía con suficiente fuerza como para que me escociera.
—Bien. Otra vez. Imagina que atraviesas a tu asaltante.
Le hice repetir el movimiento una y otra vez, corrigiendo su postura, ajustando su codo y enseñándole a mantener la muñeca bloqueada.
El chasquido de su mano contra la mía resonaba en los árboles circundantes. Por el rabillo del ojo vi a Kyle mirando, con una expresión divertida. Debía de estar preguntándose qué demonios hacía entrenándola yo mismo, siendo la mujer por cuya protección había pagado.
Al sexto golpe, Evelyn ya no se contenía.
Al séptimo, le cacé la muñeca a medio golpe, utilicé su propio impulso para atraerla hacia mí y la hice girar de modo que quedara de espaldas a mí.
Tenía mi antebrazo contra su clavícula y su espalda estaba pegada a mí desde el hombro hasta el muslo.
Ese culo sexy estaba tan apretado contra mi entrepierna que me puse duro al instante.
—Esto es lo que va a pasar en la vida real —le gruñí al oído—. Él no se quedará quieto para dejar que le pegues.