Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Adiós a la cordura

Evelyn

T enía el cerebro hecho papilla. Mi cuerpo aún vibraba con las deliciosas réplicas de mi orgasmo.

Durante un largo rato, no pude moverme. Me quedé tumbada encima del monstruo que era Dante Marcelli, respirando su aroma perverso y su embriagador aftershave , sintiendo su corazón latir con un ritmo constante bajo el mío.

Oh, Dios mío.

¿Qué había hecho?

El hombre al que odiaba me había dado uno de los orgasmos más intensos que jamás había experimentado. Me había mantenido al borde durante tanto tiempo que, cuando finalmente me corrí, fue una explosión de proporciones titánicas en todo el cuerpo.

Me había perdido en las gloriosas y palpitantes olas de placer que me habían invadido. Habían continuado y continuado, hasta que pasó el vendaval y me desplomé sobre él.

Él lo había hecho. Y yo se lo había pedido. No. Se lo había rogado .

Tal como él había dicho que pasaría.

Para empeorar las cosas, mi camiseta estaba subida hasta el pecho, mis bragas estaban torcidas y, en algún momento, había rodeado el cuello de Dante con los brazos y me aferraba a él como si fuera un salvavidas, cuando ambos sabíamos que era de todo menos eso.

Mis mejillas ardían de humillación mientras me despegaba de él. ¿Por qué me había dejado seguir allí tumbada mientras me recuperaba? Probablemente se estaría regodeando, el muy arrogante.

Para mi sorpresa, me agarró por la cintura y me levantó, dejándome en el sofá junto a él. Lo miré, sin saber qué decir. «Gracias» no parecía apropiado dadas las circunstancias.

—Que te den —mascullé en su lugar.

—Quizá la próxima vez —replicó él y se puso en pie.

Qué divertido.

No iba a haber una próxima vez. De ninguna manera iba a dejar que se acercara de nuevo a mí ni a mi vagina.

Se dirigió a la puerta.

—¿Adónde vas? —solté de golpe. Era plena noche. No había ningún sitio al que ir. Estábamos en mitad de un bosque estatal.

—No es asunto tuyo —espetó, y buscó las llaves en el bolsillo. Con un movimiento rápido, abrió la puerta y salió a la noche, dejándome hecha un manojo de nervios y deseo en el sofá.

* * *

No supe cuánto tiempo estuvo fuera, ni siquiera cuándo regresó, porque me fui a la cama. No creí que fuera capaz de dormir, no después de lo ocurrido, pero en cuanto cerré los ojos, me quedé frita. Cuando desperté a la mañana siguiente, ni siquiera recordaba haber soñado.

La cabaña estaba en silencio cuando me levanté. El sofá estaba vacío y, agradecida por la privacidad, me escabullí al baño y me di una ducha larga y caliente de autorreproche.

El calor reavivó los recuerdos de anoche y juraría que aún podía oler su aftershave en mi piel.

¿De verdad había dejado que hiciera eso?

Peor aún, me había gustado. Para mi eterna vergüenza, incluso le había suplicado que no parara.

Solté un suspiro. Era oficial: había perdido la cabeza.

Debía de estar loca para sentirme atraída por un hombre como Dante Marcelli. Quiero decir, no tenía absolutamente ninguna cualidad que lo redimiera, aparte de ser increíblemente bueno con las manos.

Dejando a un lado ese pequeño rasgo, era gruñón, grosero y distante. Por no mencionar controlador y peligroso. Violento también, a juzgar por lo que me había contado y las cicatrices de su irritantemente magnífico cuerpo.

Vale. Tenía que admitir que era guapo de una forma fría y despiadada, si te gustaba ese tipo de cosas. Pero NO era para nada mi tipo. Los hombres con los que solía salir eran del tipo artístico y creativo, llenos de pasión y angustia. No matones despiadados con tatuajes y cicatrices.

Y, sin embargo, nunca antes había deseado tanto a nadie.

Odiaba pensar qué habría pasado si hubiera sido cualquier otra cosa lo que hubiera entrado en mí en lugar de sus dedos.

Alargué la mano hacia el grifo y abrí el agua fría. Me recorrió el cuerpo haciéndome soltar un grito, pero tuvo el efecto deseado de enfriar mis mejillas encendidas y mis pensamientos igualmente caldeados. Para cuando salí, estaba tiritando pero serena. Un pequeño precio a pagar por la cordura.

Dante Marcelli era el diablo, y me iba a asegurar de mantenerlo a raya de ahora en adelante.

—¿Sabes algo de defensa personal? —preguntó Dante cuando entré en el salón casi una hora después.

Me había estado escondiendo en el dormitorio desde la ducha porque lo había oído volver de donde fuera que hubiese estado y no quería verlo. La única razón por la que había salido era porque tenía hambre.

—¿Por qué? —Su pregunta me pilló desprevenida.

De todas las cosas que esperaba que me dijera esta mañana, «¿sabes algo de defensa personal?» no era una de ellas.

Llevaba vaqueros y una sudadera gris que se ajustaba a su torso bien formado en todos los lugares adecuados y resaltaba los destellos plateados de sus ojos. Estaba más informal de lo que lo había visto antes, pero supongo que, atrapados aquí fuera, no había necesidad de llevar traje.

No respondió a mi pregunta.

En su lugar, me preguntó: —¿Sabes usar una pistola?

—No, no me gustan las armas. ¿Por qué me preguntas estas cosas?

—Vas a tener que aprender —anunció, como si lo acabara de decidir durante el desayuno.

—Dante, ¿qué demonios está pasando? —Caminé hacia donde él estaba, en la cocina. Había un cuenco vacío en el fregadero. Había tomado cereales. Me rugieron las tripas—. No puedo lidiar con tus preguntas extrañas con el estómago vacío.

Sus ojos brillaron con diversión mientras alcanzaba la caja. Al entregármela, dijo: —Tienes que ser capaz de protegerte.

—Sí, claro. Ahora mismo me voy al club de judo local —me mofé, señalando con la cabeza la naturaleza salvaje que se veía por la ventana.

Me lanzó una mirada dura. —Me refería a que te voy a enseñar yo.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté mientras me servía una generosa ración de cereales en el cuenco—. ¿Has olvidado que tú eres quien me tiene prisionera aquí?

—No lo he olvidado. Simplemente creo que, a la luz de lo que ha estado sucediendo, es importante que aprendas.

Arqueé una ceja. —¿Por si me atacas tú?

Su mandíbula se tensó. —Esto no es una broma. Hay hombres muy peligrosos buscándote, Ophelia. Entre Malakov, la Bratva y quienquiera que entrara en tu apartamento, no puedes permitirte correr riesgos.

Dejé de bromear y, en su lugar, le dediqué una mirada curiosa. —¿Por qué te importa?

Era una pregunta legítima. Quienquiera que estuviese usando mi galería para blanquear dinero, o quienquiera que fuera el que me quería muerta, no tenía nada que ver con él.

Frunció el ceño mientras tomaba aire. —Te guste o no, ahora eres asunto mío. No sé por qué han puesto precio a tu cabeza, pero lo han hecho. La única forma de mantenerte a salvo es si te enseño a defenderte.

Me quedé mirándolo. Vale, cuando lo planteaba así, era absolutamente aterrador.

Aun así, había tantas preguntas...

Levanté una mano. —Espera un momento. ¿Por qué quieres mantenerme a salvo? Yo no te importo. Lo único que te importa es tu familia y atrapar a los hombres que tendieron la emboscada a tu cargamento.

—Exactamente —masculló, sin sostener mi mirada—. Y te necesito a ti para eso.

Resoplé mientras echaba demasiada leche en mi tazón.

—Come y reúnete conmigo fuera —dijo, dirigiéndose a la puerta.

No pude evitar que la sorpresa se notara en mi voz. —¿Quieres hacerlo ahora?

Se dio la vuelta y me fulminó con la mirada. —¿Qué otra cosa tienes que hacer?

Buen punto.