Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Problemas con P mayúscula

Dante

M i cuerpo reaccionó antes de que estuviera del todo despierto. En un segundo había un peso a mi lado y, al siguiente, mi mano se había aferrado a una muñeca.

Giré, desequilibrando a mi atacante. Cayó al suelo con un grito agudo y yo fui con ella, forzándola a quedar bocarriba. Mi rodilla aterrizó sobre sus caderas mientras le inmovilizaba el brazo contra el suelo. Mi otra mano se le cerró alrededor de la garganta.

Presión. Control. Eliminar la amenaza. El mantra acudió a mí con facilidad en mi estado de aturdimiento.

Se revolvió debajo de mí, tratando de quitármela de encima.

Entonces percibí el aroma. Vainilla. Sentí el calor de su piel bajo mi mano.

Parpadeé y reconocí el pelo cobrizo desparramado por el parqué.

Ophelia.

Retrocedí tan rápido que fue casi un acto violento.

Joder.

Inspiró una bocanada de aire entrecortada y se llevó una mano al cuello mientras me miraba con los ojos desorbitados por el miedo.

Por un segundo, no pude moverme. Había actuado con el piloto automático, respondiendo a la amenaza inminente antes de darme cuenta de a quién tenía debajo.

En Afganistán, dudar costaba vidas. Nos habían entrenado para reaccionar primero y preguntar después. La mayoría de las veces, no había tiempo para ambas cosas.

Lo único que la había salvado era que, en algún momento entre que mi mano encontró su garganta y mi agarre se apretó, la había reconocido.

Un latido más y habría sido demasiado tarde.

—¿Pero qué coño crees que haces? —le espeté, todavía arrodillado sobre ella.

Se había inclinado sobre mí mientras dormía. Solo Dios sabía lo que había estado a punto de hacer. Busqué un arma, pero no había ninguna.

En su lugar, mis llaves estaban en el suelo.

Mi mirada se endureció. —Intentabas escapar.

—No, no lo hacía… —tartamudeó, antes de que su voz se apagara.

Sus ojos la delataban. Miraban a todas partes menos a mí.

Observé su pelo alborotado, el pulso acelerado y la piel tan pálida que podría estar esculpida en porcelana.

Se mordisqueaba el labio inferior, enrojecido como una fresa, y en lo único que podía pensar era en cuánto deseaba saborearlos. Aplastarlos bajo los míos.

Joder.

Reprimí un gemido. No necesitaba estar pensando en besarla en este momento. Excepto que estaba tirada en el suelo frente a mí con una puta camiseta remangada alrededor de la cintura y no mucho más.

A medida que mi cerebro, aún adormilado, procesaba lentamente la curva sensual de su cintura, los muslos separados gracias a mi rodilla entre ellos, los pechos subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón... mi cuerpo respondió al instante y me puse duro como una piedra.

Maldita sea. Había logrado mantener mis instintos más bajos bajo control hasta ahora. Pero verla así, tendida frente a mí, a mi merced, superaba incluso mi control.

—¿Qué no hacías qué? —gruñí, usando la ira para distraerla de mi enorme erección.

El rápido subir y bajar de su pecho me dijo que la adrenalina también corría por sus venas. ¿Pero era miedo... o algo más?

Me incliné hacia delante y le agarré los brazos, inmovilizándolos contra el suelo. —Contéstame.

—Vale, vale. Iba a por tus llaves, pero fue una idea estúpida. No sé en qué estaba pensando.

Al menos no iba a por mi arma de fuego. Estaba escondida debajo del sofá, a centímetros de sus rodillas, pero a segundos de mis dedos.

Si hubiera ido a por ella, habría estado a dos o tres segundos de comerse una bala y yo tendría más sangre inocente en mis manos.

La idea me sacudió hasta la médula y culpé a su estupidez.

—Podría haberte matado. —Mi cuerpo estaba muy cerca del suyo. No me costaría mucho bajarme sobre ella y mostrarle cuáles eran las consecuencias de sus actos. Estaba lo bastante cabreado.

Su voz fue un susurro. —Lo sé.

—No vuelvas a hacer eso nunca más. —Mantuve mis ojos fijos en los suyos. Me negué a mirarle el pecho, a la forma en que sus senos subían y bajaban mientras respiraba, a los pezones duros y puntiagudos que sobresalían, tentándome. Joder, provocándome.

Cristo, la mujer lo estaba pidiendo a gritos. ¿Cómo diablos se suponía que no iba a reaccionar yo? Tragué saliva.

—No lo haré.

Mi polla palpitaba dolorosamente, presionando contra la tela de mis pantalones. Su piel se sentía suave bajo mis dedos, el pulso en su muñeca corría junto con el latido de mi propio corazón, pero estaba tan enfadado que solo podía pensar en castigarla.

Tenía que controlarme antes de hacer una gilipollez de las gordas. Con un esfuerzo sobrehumano, le solté las muñecas y me reincorporé para sentarme en el sofá.

Lentamente, ella se incorporó y me encontré con una vista de bragas blancas y… Parpadeé.

Hostia puta. ¿Era eso una mancha de humedad entre sus piernas?

La miré fijamente, incapaz de entender cómo podía estar excitada en este momento. Yo sí, ¿pero ella? Casi la mato.

Mi mirada se endureció. ¿Podría ser que mi tonta cautiva disfrutara un poco del juego de rol? ¿Se ponía cachonda con la violencia?

De repente quise deslizar mis dedos sobre la mancha, sentir la humedad del algodón. Sentirla a ella. Vio que la estaba mirando y cerró las piernas de golpe, con las mejillas arreboladas.

—¿Estás disfrutando de esto? —pregunté en voz baja.

—Claro que no. Estás loco. —Pero no podía mirarme a los ojos—. Quiero irme a casa. Ya no me necesitas, así que ya puedes dejarme ir.

Aparté mis pensamientos de esa mancha húmeda. —Si hubieras estado en casa, ahora estarías muerta.

Tragó saliva cuando la verdad de mis palabras la golpeó.

—Si hubieras hecho lo que tu familia quería que hicieras, yo también estaría muerta —replicó, apoyando una mano en el sofá para ponerse de pie—. Eres tan malo como quienesquiera que sean.

Yo era peor. No necesitaba saber quiénes eran para saberlo.

Mi mano se cerró alrededor de su brazo y ella se quedó helada. Sentí el calor que irradiaba su cuerpo, el cálido aroma de su piel. Cómo cada parte de ella, desde sus labios temblorosos hasta sus pezones en punta, me decía lo excitada que estaba.

—¿Adónde crees que vas?

—A la cama.

—No lo creo.

Tiré de ella hacia delante para que cayera encima de mí, con sus pechos aplastados contra mi torso. Le agarré la cadera mientras mi mano libre se deslizaba entre sus piernas.

—Lo sabía —murmuré, mientras mis dedos conectaban con unas bragas húmedas.

Ella jadeó. —¿Qué haces?

—Cariño, sabes exactamente lo que estoy haciendo. Lo que querías que hiciera.

—No sé de qué hablas.

Pero estaba temblando. Todo su cuerpo se estremecía con mi contacto, lo que solo me incitó más.

Dejó escapar un gemido ahogado y casi gruñí. Estaba gimiendo por mí. Mi polla se tensó contra la parte delantera de mis pantalones, pero la ignoré. No era el momento.

Deslicé la mano desde su cadera, sobre su caja torácica y hasta la nuca. Sujetándola allí, finalmente aplasté mi boca contra la suya.

Dios me ayude, sabía tan bien como había imaginado.

Por un breve instante, intentó apartarse, pero no la iba a soltar. Era mi turno de enseñarle quién mandaba. Le había dado demasiada libertad. Era hora de darle la vuelta a la tortilla.

Soltó un gemido de rabia, que absorbí con mi boca, tragándome el sonido. Mis dedos acariciaron el exterior de sus bragas. Estaba tan mojada que podía sentir el contorno de sus labios. El gemido de rabia se convirtió en uno de placer y ella jadeó, abriendo la boca.

Aproveché la oportunidad y me adentré, empujando mi lengua dentro y besándola con tanta fuerza que sus rodillas se doblaron y todo su peso se derrumbó sobre mí. Me eché hacia atrás contra el sofá para acomodarla, pero no rompí el beso. Tampoco dejé de acariciarla.

Sentí el momento en que sucumbió. Su cuerpo se relajó, sus labios se ablandaron y sus muslos se abrieron más, dándome un mejor acceso.

Una oleada de triunfo se extendió por mí, y luché contra el impulso de intensificarlo, de dominar.

Mi propia liberación tendría que esperar.

Se trataba de demostrarle quién tenía realmente el control.

Curvé los dedos bajo el borde elástico de sus bragas y sentí cómo volvía a jadear, pero no se apartó. No esta vez. Deslicé un nudillo a lo largo de su hendidura y sentí cómo se estremecía. Joder, estaba mojada por mí.

Volvió a gemir, pero esta vez no había rabia. Era puro placer. La vibración contra mis labios hizo que me hirviera la sangre y una oleada de deseo tan fuerte que me pilló por sorpresa se desenroscó de mi pecho y se extendió hacia abajo, hasta mis lomos.

Si no tenía cuidado, iba a perder el control y a correrme aquí mismo, en el sofá.

Me concentré en ella en su lugar, deslizando un dedo entre sus delicados pliegues.

—Oh, Dios —murmuró contra mí mientras rozaba su pequeño botón duro con mi pulgar—. Oh, Dios. Dante.

Mi nombre en sus labios. Me sorprendió lo mucho que me encantaba oírlo.

Apliqué más presión, sintiendo cómo sus muslos se separaban aún más mientras su cuerpo se derretía contra el mío. Empujó las caderas contra mi mano y emitió un pequeño sonido lastimero en el fondo de su garganta.

Por la forma en que temblaba sobre mí, supe que estaba cerca.

Incapaz de concentrarse en el beso, se apartó, jadeando con fuerza. Sus ojos brillaban como esmeraldas, su pelo como llamas mientras boqueaba en busca de aire. Era la cosa más hermosa que había visto nunca.

Agarrándose a mis hombros, se retorció contra mi mano. Le solté el cuello y le levanté la camiseta ancha para ahuecar su pecho desnudo. Se sentía pesado y lleno, el pezón tenso y necesitado mientras le daba un suave pellizco.

—Oh, Dios —jadeó, cerrando los ojos.

Me encantaba el efecto que estaba teniendo en ella. Necesitando más, metí la cabeza bajo la tela suelta, capturando un pecho perfecto con mi boca.

Gimió cuando succioné con fuerza, mientras que al mismo tiempo deslizaba un dedo dentro de sus suaves y calientes profundidades.

Gritó y sentí cómo empezaba a tener espasmos a mi alrededor. Succioné con más fuerza su pezón mientras la masturbaba, maravillándome de la estrecha humedad de su coño. Lo que no daría por enterrarme en todo ese calor.

Recordé por qué estaba haciendo esto y luché por controlar mi propia necesidad. Esto no era el comienzo de algo, era una lección. No quería hacerlo, pero era necesario. Evelyn necesitaba saber quién estaba al mando.

Retiré mi dedo a medias, sabiendo que la estaba dejando colgada.

—No —gimió, empujando erráticamente sobre mí—. Muévete. Dante, necesito que te muevas.

—Sé una niña buena y di «por favor» —murmuré, apartándome de su pecho.

Tenía los ojos vidriosos, el rostro sonrojado de deseo mientras me miraba. Todavía podía sentir sus entrañas revoloteando alrededor de mi dedo.

—Cabrón —susurró, pero estaba tan cerca. Ahora la controlaba. Un empujón más y se correría.

—Dilo —murmuré, volviendo a capturar su pezón con mi boca. Lo rocé ligeramente con los dientes y ella tembló, luego se lanzó hacia delante con un sollozo desesperado.

—Por favor —susurró débilmente.

No era suficiente. Necesitaba más.

—Más alto —exigí, apretando su pecho mientras lamía su sensibilizado pezón.

—Por favor —suplicó, ahogando un sollozo.

Entonces supe que lo decía en serio.

Satisfecho, saqué el dedo y luego le metí dos, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor. Estaba tan jodidamente apretada que apenas podía moverlos, pero lo hice una y otra vez, succionando su pezón hinchado, hasta que gritó y se hizo pedazos sobre mi mano.