Capítulo 8 #2
Pasó un largo momento, y pensé que finalmente la había quebrado. Que se derrumbaría y admitiría la verdad. Que admitiría que nos había vendido. En lugar de eso, puso las manos sobre mi pecho e intentó apartarme.
¿A mí? No me moví ni un centímetro, solo la agarré con más fuerza. —Respóndeme —gruñí.
Incapaz de moverse, dio una patada en el suelo. La mujer de verdad dio una patada en el suelo delante de mí.
—Por el amor de Dios, zoquete insufrible. No he hablado con Malakov en meses. —El calor le subió a las mejillas hasta ponérselas rojas. Sus ojos brillaron con ira y pude sentir la tensión en su cuerpo.
Eso me provocó algo. Sentí que empezaba a reaccionar y eso me cabreó aún más.
Normalmente, a estas alturas tendría a una traidora inmovilizada, suplicando piedad. Había sido demasiado indulgente con ella. No tenía derecho a hablarme de esa manera cuando era la razón por la que había enterrado a seis de mis hombres.
La empujé hacia atrás y cayó de espaldas en el sofá. Sin esperar a que recuperara el aliento, me abalancé sobre ella y coloqué las manos a cada lado, enjaulándola.
—Entonces, ¿cómo lo explicas?
Podía verla pensar. Intentando formular un plan.
—No puedo —dijo, finalmente.
Eso me hizo detenerme.
—¿Qué? ¿No más mentiras? —me burlé.
Se encogió de hombros, impotente. —No sé qué decirte. O sea, Chloe, Vincent y Alberto tenían acceso al teléfono de la galería. Cualquiera de ellos podría haber llamado a Malakov. Aunque no me imagino por qué lo harían.
—¿Ah, no? —siseé.
Tragó saliva. —¿Cómo sabes que es el número de Malakov? Creía que no os hablabais.
Resoplé. —Lo es. Créeme. —Había llamado a Nico de camino y me lo había confirmado—. Era su móvil de prepago.
Negó con la cabeza. —Ni siquiera sabía que Malakov tuviera un móvil de prepago.
—Pues claro que lo tiene —espeté—. Es la mafia rusa.
Levantó las manos. Estaba tan cerca que casi reposaban sobre mi pecho. —Bueno, no sé qué decirte. No tuve nada que ver con esto.
Joder. Yo tampoco lo sabía, eso era lo que me estaba carcomiendo. No podía probar que no lo hubiera hecho, al igual que no podía probar que sí. Las pruebas circunstanciales se acumulaban, pero hasta que no tuviera una prueba concreta, no iba a apretar el gatillo.
No tenía miedo de acabar con su vida, pero no iba a hacerlo sin una muy buena razón.
No otra vez.
—¿Cuál es tu problema con Sergei, de todos modos? —preguntó—. ¿Por qué estás tan convencido de que te robó las drogas?
—Eso no es asunto tuyo —espeté. La larga disputa de mi familia con la Bratva no era algo que fuera a discutir con alguien como Evelyn Cruz.
—¿Estás seguro de que no te has equivocado? Sergei no es así.
—Créeme, es exactamente así —gruñí. Malakov era un animal peligroso capaz de mucho más que emboscar nuestro cargamento.
Pero nosotros éramos peores.
Si supiera de lo que eran capaces los Marcelli, no estaría discutiendo conmigo ahora. Había sido demasiado blando, había dado una impresión equivocada de mí mismo. De mi familia.
Ahora me daba cuenta.
Levantando la mano, la agarré por el cuello. No con fuerza, pero lo suficientemente apretado como para dejar clara mi postura. Su piel era cálida y suave bajo mis dedos, y me di cuenta de mi error cuando tuve que resistir el impulso de acariciarla en lugar de apretar.
Eso endureció mi voz. —No me gusta tu tono. Te estoy haciendo un puto favor manteniéndote con vida. Deberías recordarlo.
—Me secuestraste, ¿recuerdas? —Todavía había un destello de desafío en sus ojos—. Estoy aquí porque eres un narcotraficante con una idea equivocada.
Apreté los dientes. Me estaba poniendo a prueba. Viendo hasta dónde podía presionarme antes de que me rompiera. Si era un intento de hacerme perder el control, de revelar las grietas de mi armadura, no funcionaría.
Yo no me rompía.
Otros lo habían intentado y habían fracasado.
Inclinándome hacia ella, gruñí: —No me tientes, Ophelia. No lo toleraré.
Sus pupilas se dilataron al usar el apodo íntimo, y sentí una estúpida oleada de triunfo. Era mezquino, pero me gustaba que la irritara. Yo también sabía jugar a ese juego.
—¿Qué vas a hacer? ¿Matarme?
La fulminé con una dura mirada. —Si eres culpable, sí.
Entonces vi el miedo. Estaba en la forma en que sus ojos se abrieron de par en par y sus labios se separaron. Estaba en la rápida inspiración.
Aflojé mi agarre, pero mi mano aún descansaba sobre su garganta. Podía sentir su pulso acelerado bajo mi pulgar.
—¿Y vas a ser tú el juez de eso?
Mis labios se curvaron en una fina sonrisa. —Eso es. Así que más te vale confesar. No tienes nada que perder.
—Que te jodan, Dante Marcelli.
Solo ella podía hacer que mi nombre sonara sexi, incluso cuando estaba estallando de rabia. Le acaricié la garganta, mis dedos aplicando una suave presión. Era un gesto posesivo, pero por alguna razón quería demostrarle que se equivocaba.
Había visto cómo se le habían endurecido los pezones bajo la camiseta cuando le había pasado el dorso de la mano por encima. Sabía que se sentía atraída por mí; su cuerpo la delataba.
—Se puede arreglar —murmuré, arrepintiéndome al instante de haber ido por ahí mentalmente. Ahora me la imaginaba desnuda, tendida en el sofá para mi disfrute. Sus labios estaban entreabiertos, muy parecidos a como estaban ahora, y gemía mientras le chupaba esos pezones respingones.
Sus mejillas se sonrojaron, aunque sus ojos me lanzaban llamas de hielo.
—No lo harías.
—¿Qué? ¿Forzarte? Por supuesto que no.
Resopló.
—Haría que me lo suplicaras.
Una risa amarga brotó de ella, sorprendiéndome.
—Deliras, ¿lo sabías?
—Te aseguro que eso es lo único que no hago.
Me miraba fijamente, tratando de descifrarme, pero no dejé traslucir nada.
Ni el calor que se extendió por mí mientras imaginaba su pálido cuerpo bajo el mío, sus muslos abriéndose mientras me dejaba caer sobre ella.
Ni la excitación en mi entrepierna al pensar en ella gimiendo mi nombre, suplicándome que la tomara.
Ni la explosión de calor que sabía que sentiría al entrar en ella y enterrarme en su interior.
Nada de eso.
En cambio, le solté la garganta y la fulminé con la mirada. Ella apartó la vista primero. Otra victoria.
—Eres el diablo —susurró.
En eso no se equivocaba.
—Bienvenida al infierno —musité.