Capítulo 8
Una mentira tras otra
Dante
M e reuní con mi madre en el Laurent, en un reservado privado apartado del comedor principal. Ahí era donde se sentaban los políticos, los empresarios multimillonarios y aquellos que querían permanecer fuera de la vista del público y podían permitirse pagar por ese privilegio.
Era imposible reservar una mesa allí, y el maître parecía capaz de levantar un camión pequeño en press de banca sin despeinarse.
Sobre nosotros, una araña de cristal proyectaba fragmentos de luz por toda la sala, y un cuarteto tocaba música clásica de fondo. El volumen era suficiente para que se oyera, pero no tanto como para ahogar una conversación.
Valentina, que ya estaba allí cuando llegué, lucía despampanante con un traje de seda y un collar de perlas al cuello.
Sorbía una copa de vino y consultaba el móvil.
Para cualquier desconocido, sería imposible adivinar que dirigía un sindicato del crimen de mil millones de dólares.
Lo cierto era que Valentina podía descubrir a un traidor, dar la orden de que se encargaran de él e ir a una sesión de yoga caliente, todo antes del desayuno.
Levantó la vista cuando entré.
—Hola, madre. —Ocupé la silla de enfrente.
—Pareces cansado —dijo, antes incluso de que me hubiera acomodado.
—Gracias. También me alegro de verte —repliqué—.
El problema era que no se equivocaba. Me había pasado la mayor parte de la noche vigilando a mi bella cautiva.
Aunque sabía que no podía escapar, no me habría sorprendido que me hubiera despertado en mitad de la noche para estamparme algo en la cabeza mientras dormía.
Así que no dormí.
Me puse a trabajar. Al amanecer, ya había revisado todos los archivos que me había enviado Nico.
Las cuentas bancarias personales de Evelyn estaban saneadas, aunque le gustaba comprar por internet. Rara vez se iba de vacaciones y ahorraba dinero todos los meses, que transfería a una cuenta de ahorros de alto interés. Demostraba que era responsable y disciplinada.
Aparte de la suma importante que había llegado a su cuenta una semana antes de la emboscada, no había nada que llamara la atención. Pero con eso bastaba, ¿no?
Un pago.
Una semana después, seis hombres muertos.
Ya sabía lo que había en las cuentas de su negocio.
Vincent me entregaba informes trimestrales, señalando las transacciones que utilizábamos para el blanqueo.
Cada pocos meses, un comprador falso adquiría un cuadro de gran valor.
La pieza iba directamente a nuestra cámara acorazada y, más tarde, se revendía discretamente a un coleccionista privado. A veces con pérdidas. Gajes del oficio.
Había otras muchas transacciones que no entendía, pero que no me preocupaban.
Costes de restauración, comisiones de reserva, anticipos, pagos a plazos.
Nombres y empresas que no reconocía, pero que no me importaban demasiado.
Si hubiera aceptado un soborno o hubiera llegado a un acuerdo, aparecería en su cuenta personal, no en la de la galería.
Mi madre se inclinó hacia delante, jugueteando distraídamente con su copa. —¿Está hecho?
No necesité preguntar a qué se refería.
Nico le había informado sobre el pago no verificado a la cuenta personal de Evelyn la semana anterior al ataque. Rocco le habría dicho que había dejado a Evelyn conmigo en la cabaña. Mi madre se limitaba a leer entre líneas.
La información era condenatoria, y si no la hubiera interrogado personalmente y visto el fuego en sus ojos, podría haber pensado lo mismo.
Aun así, solo había una razón por la que llevaría a un traidor a la cabaña, y no era para ir de pesca. Con cientos de hectáreas de bosque, un vasto lago y animales salvajes, el cuerpo nunca sería encontrado.
—Bueno, ¿lo está?
Apreté los dientes, esperando que no me descubriera la mentira. —Sí.
Me estudió durante un largo momento en el que le sostuve la mirada. Había aprendido a mentir hacía mucho tiempo y se me daba bastante bien. Claro que había aprendido de la mejor.
Finalmente, asintió. —Bien. ¿Algún problema?
—Ninguno. —Fingí que no quería hablar de ello. Algo natural, dadas las circunstancias.
No podía decirle la verdad. Que tenía que estar seguro.
Ya antes me habían dado órdenes de matar indiscriminadamente y no pensaba volver a hacerlo. Si Evelyn era culpable, recibiría su merecido, pero iba a asegurarme bien antes de que eso ocurriera.
El problema era que Valentina no lo vería de la misma manera. Era mejor mentir ahora y pedir perdón después que cometer un error con el que tuviera que cargar el resto de mi vida.
—Firmó su sentencia de muerte cuando nos vendió a Malakov —dijo Valentina—. No te tortures por ello.
—¿Qué es lo último de la investigación? —pregunté.
—Aún nada más del contacto de Marco en la policía. —Enarcó una ceja—. Sin embargo, Nico rastreó la llamada desde el teléfono fijo de la galería hasta un móvil de prepago que ahora sabemos que pertenece a Malakov.
Se me tensó la mandíbula. —¿Está seguro de que era el móvil de prepago de Malakov y no el de Mikhail Orlov? —Evelyn ya había admitido que hablaba con Mikhail.
Me lanzó una mirada extraña. —Confío en Nico.
Mi hermano tenía talento, de eso no cabía duda. Había sido entrenado por los mejores. El MIT y luego una vasta red clandestina de hackers, ninguno de los cuales usaba su nombre real.
Me había mentido.
Probablemente sea un anticipo. Llama a Mikhail.
Me había visto el puto farol sabiendo perfectamente que no lo confirmaría. Mientras tanto, ella había estado en contacto directo con el propio Malakov.
Apenas lo conocía, mis cojones.
—Le he dado instrucciones a Vincent para que cierre nuestras cuentas de comprador —continuó mi madre— y para que se asegure de que nada nos delate. Cuando la policía empiece a investigar su desaparición, tenemos que asegurarnos de ser invisibles.
Proteger a la familia. Esa era siempre la prioridad.
Alcancé mi copa y le di un sorbo. Era una buena cosecha, pero me supo amarga en la lengua. Llegó la comida y comimos. Estaba deliciosa, como siempre, pero no tenía apetito.
Acababa de decirle a mi madre que me había «encargado» de Evelyn; ahora tenía que cumplir con mi mentira. Pero primero iba a hacer pagar a esa zorrita.
* * *
Aparqué frente a la cabaña y apagué el motor. El trayecto desde la ciudad me había encendido y la adrenalina bombeaba por mi cuerpo, alimentando mi ira.
Debería haberla calado. Debería haber sabido que me había traicionado, pero se le daba tan jodidamente bien que me había pillado con la guardia baja.
Esos cándidos ojos esmeralda, esos carnosos labios trémulos.
Me pasé una mano por el pelo.
Mierda.
Incluso había explotado mi única inseguridad. Había intuido que necesitaba estar seguro. Y había jugado con ello. Había jugado conmigo como le había dado la puta gana.
Casi no había vuelto esta noche. No era estrictamente necesario. No era como si fuera a ir a ninguna parte. Tenía hombres patrullando el perímetro, vigilándola de cerca. Podría haber venido mañana y haberme encargado del asunto.
Pero aquí estaba. Un puto masoca.
Una noche más, decidí.
Pasaría una noche más con ella en la cabaña, y luego mañana… todo habría terminado. Incluso ahora, la Glock de la guantera me quemaba en el salpicadero.
Salí de mi todoterreno. El hombre que sostenía el fusil de asalto M4 me saludó con la cabeza. Era un arma limpia, precisa y de calidad militar, como los propios hombres.
Eran exsoldados, sacados de mi antigua unidad antes de que fuera disuelta. Desilusionados con el gobierno, la causa, la política interminable, pero todavía programados para la guerra. Necesitaban trabajo, y yo necesitaba hombres que pudieran seguir órdenes sin inmutarse ni hacer preguntas.
Me eran leales a mí, y solo a mí.
Puede que mi familia fuera mi principal obligación, pero también tenía mis contactos. Tenía una red de socios de la que mi familia no sabía nada, y tenía que ser así si quería mantener alguna apariencia de independencia.
Hacía mucho tiempo que había aprendido a no poner todos los huevos en la misma cesta, ya fueran los Marcelli o el gobierno de los Estados Unidos. Si todo se iba a la mierda, al menos tenía opciones. Yo saldría adelante. Era un superviviente por encima de todo.
Saludé a otro de los hombres que estaba junto a la puerta principal. Kyle y yo habíamos pasado juntos por un infierno en Afganistán, en la Ghost Company , y estábamos bastante unidos.
—¿Algún problema? —pregunté.
Negó con la cabeza. —Callada como un ratón.
Asentí, abrí la puerta y entré.
Evelyn estaba sentada en el sofá, leyendo un libro. Parecía más joven, más pequeña y más vulnerable de lo que recordaba. Tenía una expresión ausente en el rostro, pero eso cambió en cuanto entré en la habitación.
El libro cayó a un lado mientras se ponía de pie de un salto. Su pelo ondulado estaba ahora recogido en lo alto de la cabeza en una especie de moño deshecho, y cuando me vio, sus mejillas se sonrojaron de ira.
—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí? —exigió.
No estaba de humor para apaciguarla.
Caminé hacia ella y la agarré por los brazos. —Me has mentido. Otra vez. Nadie me miente dos veces y se sale con la suya.
Sus ojos se abrieron de par en par. —No sé a qué te refieres. No te he mentido. Ni una sola vez.
Exhalé. Increíble.
—Hablaste con Malakov —siseé mirándola fijamente—. Una semana antes de la emboscada, tuviste una conversación de verdad con él. Lo hemos comprobado.
Se me quedó mirando. —¿Qué conversación? Te lo dije, no trato con Malakov, trato con Mikhail.
Por el amor de Dios. —¿Crees que somos estúpidos? Te advertí de que estábamos investigando tus registros telefónicos. Le dijiste a Malakov cuándo llegaba el cargamento, y él te pagó por la información. Luego atacó a mis hombres y robó la mercancía de mi familia.
Boqueaba como un pez, sin palabras.
La tenía acorralada contra el sofá. —Todo está en los registros telefónicos.