Capítulo 7
Sin vuelta atrás
Evelyn
H abía llevado los ojos vendados durante todo el trayecto hasta el piso franco, pero eso no significaba que no tuviera ni idea de dónde estábamos.
Dos horas hacia el norte por la interestatal, seguidas de carreteras secundarias serpenteantes y emisoras de radio locales con interferencias, me dieron la pista.
Supuse que estábamos en algún lugar del norte del estado.
Rocco podía ser un matón eficiente, pero no era una lumbrera.
Cuando cruzamos a un nuevo condado, la emisora de radio cambió, lo que significaba un nuevo informe de tráfico, alertas meteorológicas y algún que otro resultado de fútbol americano de instituto.
Obviamente, nunca se le ocurrió que yo pudiera estar escuchando.
En cuanto el SUV dejó de crujir sobre la grava, Rocco me metió dentro con toda la delicadeza de un jugador de fútbol americano. Sin decir palabra, me quitó la venda y me dejó allí.
Estupendo. ¿Y ahora qué?
Miré a mi alrededor, asimilando mi nuevo entorno. La cabaña no era lo que esperaba. Para empezar, no era un tugurio. Estaba... bien. No era acogedora ni hogareña, pero estaba limpia y bien mantenida. Resultaba cómoda de esa manera impersonal que me decía que nadie vivía aquí a tiempo completo.
Inspeccioné el amplio salón, que comunicaba con una cocina de planta abierta. Un pasillo corto conducía a dos dormitorios, ambos de buen tamaño y con las camas hechas.
Tal vez fuera una cabaña de pesca para los fines de semana.
Excepto que no había fotografías ni nada desordenado. ¿Qué clase de cabaña de pesca no tenía revistas viejas por ahí tiradas, o aperos de pesca, o juegos para los fines de semana de lluvia? No había mantas desparejadas, ni velas a medio gastar, ni ningún otro signo de vida.
Este lugar contenía solo lo esencial. Un sofá, una chimenea que no se había encendido en meses y una cocina provista de conservas y poco más. Al menos el baño tenía agua caliente.
Con un poco de cariño, podría ser mucho más agradable.
Pero ese no era el caso. Estaba atrapada aquí. Prisionera. Esta cabaña rústica y mona era mi jaula.
No podía escapar por la puerta principal, ya que Rocco estaba justo fuera, con las manos en las caderas y la vista en el horizonte. Estaba de espaldas a la puerta, con la pistola encajada en la cinturilla. Podía verlo a través de la ventana de la cocina.
Jugueteé con la idea de salir a hurtadillas, quitársela y apuntarle con ella. El único problema era que yo no sabía mucho de armas, y él era mucho más fuerte que yo; si metía la pata, lo cual era muy probable, él recuperaría el control fácilmente.
Así que abandoné la idea. Por ahora.
Las ventanas estaban cerradas a cal y canto y eran de cristal reforzado, aunque se abrían, pero no lo suficiente como para que pudiera colarme por ellas.
Ese bastardo de Dante había pensado en todo.
Encontré un pequeño estante con libros en el salón y eché un vistazo a los títulos. Casi todo eran clásicos. Estaban Hemingway, Orwell y un ejemplar destrozado de El Conde de Montecristo . Eso me hizo soltar una carcajada. Qué apropiado.
Lo cogí y me hundí en el sillón para leer.
No porque quisiera, sino porque no sabía qué más hacer.
El corazón me latía demasiado rápido, me temblaban las manos y tenía ganas de gritar de frustración.
Pero Rocco me oiría, y el tipo era un sádico.
Lo había visto en sus ojos. De ninguna manera iba a darle ese gusto.
Así que intenté leer. De algún modo, logré leerme tres capítulos antes de que las palabras empezaran a bailarme delante de los ojos.
Reprimiendo un bostezo, cerré el libro. Dante me había despertado alrededor de las tres de la mañana, así que apenas había dormido. Ahora que la adrenalina estaba desapareciendo, no podía mantener los ojos abiertos.
Había tanto silencio. Sin tráfico, sin sirenas, sin móviles zumbando. Solo el susurro de los árboles y el peso constante de la sombra de Rocco desplazándose tras la ventana como un fantasma.
Se me cerraban los párpados; eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.
Lo siguiente que recordé fue el sonido de unos neumáticos crujiendo sobre la grava exterior. Me quedé helada y abrí los ojos de golpe. ¿Cuánto tiempo había estado dormida? Sin reloj ni móvil, era difícil de decir. Había perdido la noción del tiempo.
Miré por la ventana. El cielo era de un azul índigo profundo, lo que en esta época del año significaba que eran las siete o las ocho.
Se cerró la puerta de un coche de un portazo y luego se oyeron pasos. Más ligeros que los de Rocco. Esta zancada tenía determinación. Autoridad. Sabía quién era.
Dante.
Y venía solo.
Me incorporé y me quedé mirando la puerta, con el corazón acelerado mientras esperaba a que se abriera. Oí a Dante hablar en tono bajo con Rocco, que gruñó en respuesta, y poco después, el SUV en el que me habían traído se marchaba.
Estaba a solas con Dante.
¿Eso era bueno? ¿O malo?
Se me cortó la respiración cuando la puerta chirrió al abrirse. Su figura oscura llenó el espacio mientras su mirada se posaba inmediatamente en mí. —Espero que estés cómoda.
No era una pregunta. Sabía que no le importaría aunque no lo estuviera. Pero asentí de todos modos. Su traje era negro, de líneas marcadas, casi idéntico al que había llevado la noche de la exposición en la galería. El tipo probablemente tenía un armario lleno de trajes como ese.
La impecable camisa blanca se ceñía de forma irritante a sus hombros anchos, con los primeros botones desabrochados.
El tatuaje del lobo serpenteaba por el lateral de su cuello.
Me pregunté qué significado tendría, pero no pensaba preguntárselo.
El extremo de su corbata asomaba por su bolsillo, como si se la hubiera quitado a mitad del trayecto y la hubiera metido allí.
Debía de venir directo del trabajo, fuera el que fuese.
No me levanté ni hablé. No llevaba ningún arma a la vista, pero en realidad, ¿adónde iba a ir yo? Aunque lograra esquivarlo y llegar a la puerta, estábamos en medio de la nada. Además, fuera estaba oscuro. Solo un necio se pondría a vagar por el bosque después del anochecer.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté, después de que pasara un largo silencio.
Se encogió de hombros. —Rocco necesitaba tiempo libre. Además, quería tener la oportunidad de hablar.
Resoplé, añadiendo una buena dosis de escarnio. —¿No hemos hablado ya bastante? Si no conseguiste lo que querías cuando estaba atada en un almacén mugriento, ¿qué te hace pensar que vas a conseguirlo ahora?
Su mirada se entrecerró. —¿Estás admitiendo que tienes algo que ocultar?
Me tensé. —No, estoy diciendo que no lo tengo. Así que no tiene sentido que esté aquí.
Caminó hacia un sillón vacío y se dejó caer en él. Me erice cuando estiró sus largas piernas frente a él. ¿Había cerrado la puerta principal? No estaba segura.
—No sé cuánto sabes sobre mi familia —dijo con voz grave—. Pero no somos conocidos por nuestra benevolencia.
—Creo que eso ya lo he deducido.
Esbozó una media sonrisa y el ceño se le relajó. —Así que, si hay algo que quieras decirme, ahora es el momento.
Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. —¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No sabía nada de tu cargamento.
No dijo nada.
—¿Hablaste con Mikhail? —pregunté, para llenar el vacío.
—Te he dicho que eso no es una opción.
—¿Por qué demonios no? Él lo aclarará todo.
—No, no lo hará. Ni siquiera me coge el teléfono.
Vi que apretaba los labios y supe que se arrepentía de haberme dado ese último dato. —¿Porque los Malakov son enemigos de los Marcelli?
Gruñó. —Ahora lo vas pillando.
Lo observé durante un momento. Aquellos ojos plateados estaban tormentosos, su postura tensa. Mis ojos se desviaron hacia la tinta en el dorso de su mano derecha. Una sola rosa, hermosamente hecha, con su tallo espinoso retorciéndose hacia el cuerpo de una serpiente que se enroscaba en su muñeca.
Por encima de eso, subiendo hacia la manga que no se había molestado en remangar, vislumbré la empuñadura de una daga clavada en algún tipo de insignia militar.
El resto desaparecía bajo el puño, pero había visto suficiente para saber que cada pieza significaba algo.
Dante no me parecía el tipo de hombre que se hacía tatuajes solo por decoración.
Obligué a mi mirada a volver a la suya. —¿Por qué emboscarían a tus hombres?
—Eso no es asunto tuyo.
Uf. Era insufrible.
—Vale, pero Malakov ni siquiera vive en Nueva York.
—Tiene un apartamento en Manhattan.
Me encogí de hombros. —Bueno, yo solo trato con Mikhail.
Me puse de pie. Me habían dejado a mi aire todo el día sin nada con lo que ocupar el tiempo, solo para que me hicieran las mismas preguntas estúpidas de antes.
Él hizo lo mismo de inmediato.
Ignorándolo, caminé de un lado a otro. Ahora sabía cómo se sentía un animal enjaulado. La tensión se acumulaba en mis músculos y quería arremeter, golpear algo, aporrear su pecho, pero sabía que no serviría de nada.
Al final, me giré para enfrentarme a él. —No sé qué quieres de mí. No puedo inventarme cosas solo para que estés contento. No sé nada de tus negocios, de tu familia mafiosa ni de tus rencillas con Malakov, y francamente, no quiero saberlo. Quiero irme a casa.
Su voz fue baja. —No puedo dejar que hagas eso.
Ya había tenido bastante. Arremetiendo contra la puerta, agarré el pomo con fuerza. Él se me echó encima tan rápido que ni siquiera había tomado aire por completo cuando su mano se cerró sobre la mía.
—Suelta, Ophelia. —Su gruñido estaba cargado de acero.
La puerta no se abrió de todos modos. Estaba cerrada con llave, como sospechaba. Debía de tener la llave encima en alguna parte. En el bolsillo de la chaqueta, quizás.
—No me llames así —siseé. Era demasiado personal, demasiado íntimo.
Su mano estaba cálida y firme sobre la mía, con ligeros callos en la palma, lo que me decía que no era ajeno al trabajo manual.
Un murmullo bajo. —Te llamaré como quiera.
Me mantuve firme, negándome a soltar por principio.
—No sirve de nada, está cerrada —dijo, con la boca muy cerca de mi oreja. Se me erizó el vello de la nuca, y no era miedo. No del todo, al menos.
Con un suspiro dramático, solté el pomo de la puerta. ¿Qué sentido tenía? Pero cuando intenté darme la vuelta, él estaba bloqueando mi camino.
—Perdona —dije con rigidez.
No se movió, atrapándome eficazmente entre su cuerpo y la puerta. Juro que podía sentir el calor que irradiaba. Me envolvía, se hundía en mi piel. Hacía que me hirviera la sangre.
Sus ojos se clavaron en los míos. —No sé si realmente eres tan inocente como aparentas, o si simplemente eres una mentirosa muy habilidosa.
Debió de ver el desafío en mi expresión, porque sus labios se curvaron en lo que solo puedo describir como un gesto de desprecio.
—Me dirás lo que quiero saber, Evelyn. De una forma u otra. Llegaré a la verdad.
—Lo que tú digas —murmuré, evitando por poco poner los ojos en blanco.
La calma plateada se volvió tormentosa. A Dante no le gustaba mi actitud despectiva. «Razón de más para usarla más a menudo», pensé con una pizca de satisfacción maliciosa.
Dio un paso más hasta que las puntas de nuestros zapatos se tocaron. Retrocedí todo lo que pude. El pomo de la puerta se me clavó en la parte baja de la espalda, pero era preferible a las puñaladas de ira que lanzaban sus ojos tempestuosos.
—Sabes que en este momento tengo a expertos piratas informáticos revisando tus registros telefónicos y tus correos electrónicos. Si hay algún secreto en tu armario, lo encontrarán.
Le fulminé con la mirada, odiando la invasión de mi privacidad, odiando lo perturbadoramente atractivo que resultaba en ese momento. Demoníaco, pero sexy como el infierno. Como el Fallen Angel de Cabanel cobrando vida. El contraste me estaba trastornando la cabeza.
—¡No tienes derecho! Eso va contra la ley.
—Seis de mis hombres están bajo tierra. La ley no tiene nada que ver —gruñó.
—No murieron por mi culpa —espeté, intentando apartarlo. No se movió. Maldita fuera su mole inamovible de un metro noventa.
Levantó una mano y me encogí, preparándome para lo peor.
—No voy a pegarte —murmuró, recorriendo en cambio suavemente con un dedo la línea de mi mandíbula. Su mirada había pasado de la ira a algo ilegible. Algo a lo que no podía poner nombre.
Mi pulso se aceleró a toda máquina. Maldito fuera mi cuerpo por reaccionar de esa manera. El calor se extendió por mis extremidades, agudizando todos mis sentidos.
Se me cortó la respiración en la garganta. —¿Qué estás haciendo?
—Te gusta, ¿verdad? —susurró, ignorando mi pregunta.
—Me gustaría salir de aquí —dije furiosa, pero por alguna razón extraña e inexplicable, no me alejé.
Se rió entre dientes y me acarició la mejilla hasta alcanzar un mechón de mi pelo. Sentí cómo lo enroscaba en sus dedos, hasta que tuvo un puñado. No tiró, solo cerró la mano en él, atrayéndome más hacia él.
Sus ojos brillaban en la penumbra. —Mentirosa.
—Te imaginas cosas —grazné, con la garganta de repente más seca que el Sahara—. Me secuestraste, ¿recuerdas? ¿Por qué iba a sentir nada por ti?
—Porque no puedes evitarlo.
—Estás loco. —Me apreté contra la puerta. Ojalá me tragara entera. Cualquier cosa con tal de alejarme de él.
—¿Ah, sí?
Me soltó el pelo, trazó con un dedo un camino por mi cuello, recorrió mi clavícula y bajó hasta el inicio de mi escote. El corazón casi se me detuvo en pleno latido. Definitivamente se saltó unos cuantos. Sentía como si me estuviera quemando con un hierro al rojo vivo.
Girando la mano, rozó mis pechos con los nudillos. Fue un gesto casual pero íntimo. Maldije en silencio cuando mis traicioneros pezones se endurecieron bajo mi sudadera.
Se rió entre dientes. —Creo que he demostrado mi punto.
Y, sin más, retiró la mano y dio un paso atrás. Mi cuerpo seguía experimentando un hormigueo, vibrando con las secuelas de su toque. Me sentía débil, acalorada y terriblemente confundida.
Pero no tuve tiempo de reflexionar sobre ello porque me dio la espalda y fue a inspeccionar la cocina.
Con las piernas temblorosas, regresé tambaleándome al sofá. Tuve la tentación de correr al dormitorio y cerrar la puerta de un portazo, pero no quería arriesgarme a que me siguiera allí. Además, no había pestillos, lo había comprobado. A diferencia de la puerta principal.
No había escapatoria de la cabaña, ni del hombre que me tenía cautiva.