35 #3
Fïrn esperaba junto a una mesa situada bajo una ventana. Sobre ella descansaba un volumen grande encuadernado en cuero oscuro. El bardo mantenía ambas manos prudentemente lejos.
Ridley lo miró. —No lo has tocado.
—Estoy creciendo.
Blaid señaló el libro. —¿O tienes miedo?
—Ambas cosas pueden coexistir.
Paf Paf se inclinó. —Polvo encima.
—Mucho.
Fïrn apartó con cuidado una pequeña parte mediante un paño. No había título.
Solo un símbolo formado por un círculo atravesado por cuatro líneas que no llegaban a tocarse.
Ridley lo examinó. —¿Lo reconoces?
Fïrn negó. —No.
Blaid se acercó. —¿Secta?
—No coincide con el ojo.
—¿Orden?
—Tampoco con ninguno de los emblemas que conocemos.
Ridley miró el símbolo. —Entonces no decidamos todavía qué significa.
Fïrn sonrió. —Estoy creando escuela.
Abrió la cubierta.
Las primeras páginas contenían varias caligrafías, tintas distintas y anotaciones en más de una lengua. Algunas páginas mostraban dibujos parciales del Bastión; otras parecían registros, listas de nombres o instrucciones añadidas en épocas diferentes.
Fïrn pasó varias con cuidado. —Esto va a llevar tiempo.
Ridley esperaba que continuara.
Fïrn cerró el libro. —Mañana.
Blaid lo miró. —Ahora sí estoy preocupado.
Fïrn señaló el volumen. —Llevo semanas descubriendo que leer algo sin contexto puede ser peor que no leerlo.
—Definitivamente te han sustituido.
—Cállate.
Ridley dejó el libro donde estaba. Mañana.
La palabra no le provocó la necesidad de calcular todo lo que podía impedir que llegara. Pensó, simplemente, que tenían bastante trabajo. Encendieron el hogar antes de que anocheciera.
Paf Paf limpió la chimenea lo suficiente para asegurar el tiro mientras Ridley traía madera de un cobertizo exterior. Blaid revisó el conducto y Fïrn permaneció sentado hasta que los otros tres empezaron a mirarlo.
—Estoy supervisando.
Paf Paf le entregó un haz de leña. —Supervisa esto.
Fïrn lo aceptó con expresión ofendida.
La primera llama murió. La segunda prendió mejor y empezó a extenderse por la madera seca.
Cuando el fuego ganó fuerza, una claridad blanca recorrió dos sillares distintos del hogar y siguió varias líneas casi invisibles por la pared. Una tras otra, las lámparas de la sala cobraron vida. Los cuatro se quedaron quietos.
Fïrn conservaba todavía la leña entre las manos. —Quiero dejar claro que esto ha ocurrido sin mi participación.
Blaid observó las paredes. —Por una vez te creo.
Paf Paf acercó una mano al fuego. —Calienta.
Fïrn lo miró. —Gracias por devolvernos a terreno conocido.
Ridley recorrió con la vista las lámparas.
En otro momento habría querido averiguar inmediatamente qué las alimentaba, cuánto Tejido utilizaban y qué podía ocurrir si el sistema seguía activo durante la noche. Aquella vez lo dejó para después.
—Mañana.
Nadie discutió.
Prepararon comida con las últimas provisiones del viaje. Paf Paf consiguió convertir carne salada, pan endurecido y un puñado de verduras secas en una sopa lo bastante espesa para que Fïrn la contemplara con desconfianza.
—Esto necesita un nombre.
—Sopa —respondió Paf Paf.
—Eso describe una categoría.
—Sopa.
Blaid probó una cucharada. —Déjalo. Tiene ventaja.
Fïrn propuso dos nombres más, ambos deliberadamente terribles, y Paf Paf respondió a cada uno con la misma palabra hasta que Ridley terminó riéndose. La conversación fue apagándose a medida que comían. No sonaban campanas. Nadie corría por un corredor.
No había órdenes que cumplir ni un grupo esperando que eligieran una ruta antes del amanecer. El Bastión crujía con el viento y la madera antigua, pero aquellos ruidos no significaban nada que exigiera levantarse.
Fïrn sostuvo el cuenco entre las manos. —¿Qué hacemos mañana?
Paf Paf respondió primero. —Establos.
Blaid señaló con la cuchara hacia el piso superior. —Quiero revisar las habitaciones y la muralla oeste.
—Yo el libro —dijo Fïrn—. Y las lámparas.
Ridley negó. —Las lámparas después de comprobar el perímetro.
Fïrn sonrió. —Sabía que querías investigarlas.
Ridley iba a contestar cuando reparó en algo que ninguno parecía haber señalado todavía. Ninguno estaba discutiendo hacia dónde marcharían. Hablaban del día siguiente dando por hecho que seguirían allí. Dejó que la conversación continuara. Eligieron habitaciones en el piso superior.
Paf Paf tomó una cerca de la escalera. Fïrn escogió otra con una mesa junto a la ventana y espacio suficiente para extender papeles. Blaid prefirió la que daba hacia la parte trasera del edificio.
Ridley terminó, sin buscar demasiado, en una desde la que podía verse el acceso principal.
Fïrn asomó la cabeza por su puerta. —Qué sorpresa.
Ridley dejó el Escudo de Aren junto a la cama. —Duerme.
—No he dicho nada.
—Lo ibas a decir.
Fïrn desapareció por el corredor. Las puertas se fueron cerrando una tras otra. Ridley dejó la suya entornada.
Aún no confiaba en aquel lugar lo suficiente para dormir con ella cerrada y no veía ninguna razón para fingir lo contrario. Se tumbó.
Por primera vez desde que habían abandonado Aster, no calculó cuánto tardaría en alcanzar una salida. Lo despertó el sonido de madera arrastrándose sobre piedra.
Durante varios segundos no recordó dónde estaba.
Después oyó a Fïrn protestando en el patio, la respuesta grave de Paf Paf y, más lejos, dos golpes metálicos que solo podían pertenecer a Blaid intentando abrir, reparar o investigar algo que probablemente debería haber dejado quieto.
Ridley se levantó y se acercó a la ventana.
Paf Paf estaba junto a los establos con una viga apoyada en el suelo.
Fïrn se había sentado sobre el brocal del pozo con el cuaderno abierto, aunque dedicaba bastante más atención a discutir con el goliat que a escribir.
Blaid recorría el adarve. El humo de la chimenea ascendía lentamente por encima del tejado.
Nada de lo sucedido el día anterior se había resuelto durante la noche.
Aria seguía en alguna ruta desconocida, no sabían quién había conseguido salir de Aster y tampoco tenían noticias de Tordo o Rodado.
El libro de la planta superior esperaba lleno de nombres e idiomas que todavía no comprendían, y bajo la casa seguía existiendo un corredor que descendía hacia algo que los constructores del Bastión habían considerado digno de custodia.
Ridley apoyó una mano sobre el Escudo de Aren.
Después la retiró. Lo dejó junto a la cama.
Bajó sin él. Cuando salió al patio, Fïrn cerró el cuaderno.
—Buenos días.
Paf Paf señaló la viga. —Necesito ayuda.
Ridley examinó la estructura. —¿Para levantarla?
—Sí.
Blaid empezó a bajar desde la muralla mientras Fïrn guardaba el cuaderno.
Los cuatro se colocaron alrededor de la madera.
Paf Paf explicó dónde quería apoyarla y cómo debían levantar para no forzar la parte dañada del establo; Fïrn protestó por la distribución del peso, Blaid le recordó que los brazos resultaban más útiles sujetando que opinando y Ridley esperó hasta que todos estuvieron colocados.
Levantaron. La primera vez la viga entró torcida.
La bajaron. Paf Paf corrigió uno de los apoyos.
Lo intentaron de nuevo. Esta vez encajó. El goliat comprobó la unión y asintió.
—Bien.
Fïrn se limpió las manos. —Después de todo lo que hemos vivido, sigo aspirando a recibir algún día una evaluación más entusiasta.
Paf Paf miró la viga. —Está bien.
—Eso es exactamente el problema.
Blaid empezó a reír.
Ridley miró el resto del establo. Quedaban vigas por revisar, una muralla que recorrer, un libro que Fïrn no tardaría mucho en volver a abrir y varias puertas que Blaid había marcado antes incluso de desayunar.
—¿Qué sigue?
Paf Paf señaló otra pieza de madera. Ridley fue a por ella.