35 #2
Blaid soltó aire. —Un aviso un poco tardío.
—Estoy viendo a Paf marcharse —dijo Fïrn.
—No me he movido —respondió el goliat.
Blaid mantuvo los ojos cerrados. —Ridley, dime algo inútil.
—¿Qué?
—Algo que no tenga ninguna relevancia para abrir una puerta mágica.
Ridley pensó durante unos segundos. —Compramos a Meral al tercer día de viaje.
Blaid sonrió. —Perfecto.
Fïrn habló al otro lado. —Eso es terriblemente aburrido. Funciona.
Paf Paf añadió: —Meral come demasiado.
La presión disminuyó apenas.
Ridley mantuvo la palma sobre la marca. —Fïrn.
El bardo tardó un instante.
—En Aster, la lámpara de la antigua mesa de Aria parpadeaba.
El silencio que siguió fue mínimo, pero Ridley lo notó.
—Blaid.
El tiefling respiró.
—Paf Paf debe dos mesas.
Paf Paf respondió de inmediato: —Una ya la arreglé.
Blaid abrió los ojos. —Eso no lo habías dicho.
—No preguntaste.
La pared tembló. Las cuatro marcas se iluminaron a la vez y la presión desapareció con tanta rapidez que Ridley tuvo que reajustar el peso para no caer hacia delante. La línea vertical empezó a ensancharse hasta convertirse en una abertura.
Fïrn apareció primero por la rendija. —Quiero dejar constancia de que mi aportación ha sido emocionalmente bastante más sofisticada que la vuestra.
Blaid retiró la mano. —Tu aportación ha sido una lámpara defectuosa.
—Precisamente.
Paf Paf apareció detrás. Los cuatro se miraron durante unos segundos para comprobar que cada uno seguía realmente allí.
Ridley bajó la vista hacia las marcas. —No estaba probando fuerza.
Fïrn se frotó la palma. —Intentaba ver cuánto tardábamos en creer que los demás nos habían dejado.
Blaid observó la pared. —Y si, cuando eso ocurriera, cada uno intentaría resolverlo por su cuenta.
Ridley recordó la imagen de los otros tres apartándose y la facilidad con la que había pensado en resistir solo.
—Sí.
Paf Paf pasó por la abertura. —Puerta mala.
Fïrn sonrió. —Pero eficaz.
El corredor que encontraron después se comportaba de una forma tranquilizadoramente ordinaria.
La piedra era gris, el polvo se acumulaba en las esquinas y el aire tenía ese olor seco de los lugares que han pasado demasiado tiempo sin recibir visitas.
Ridley agradeció casi físicamente que algo volviera a ser simplemente piedra.
El pasillo descendía hasta una cámara circular con cuatro salidas.
En el centro había un pedestal bajo y sobre él una placa cubierta de escritura.
Fïrn se acercó. —Esto sí puedo odiarlo de una manera familiar.
—¿Lo entiendes? —preguntó Ridley.
—Una parte.
Pasó los dedos cerca de las líneas sin llegar a tocarlas y permaneció inclinado durante bastante tiempo.
—La lengua es antigua, pero deriva de formas que conozco. Habla de custodia, quizá de continuidad, aunque esa palabra podría tener otro sentido aquí. Después hay una referencia a quienes vendrían después de…
Se detuvo. Ridley esperó.
Fïrn negó. —No estoy seguro de esa parte.
Blaid se apoyó contra una pared. —Eso suena preocupantemente saludable.
Fïrn lo miró. —Te estás aprovechando demasiado de mi evolución.
Ridley se acercó. —¿Qué sí puedes afirmar?
Fïrn volvió al texto. —Que quienes construyeron esta entrada esperaban que alguien pudiera llegar después. No necesariamente nosotros, ni siquiera alguien parecido a nosotros. Solo… gente capaz de atravesarla.
—¿Cuándo?
—No puedo fecharlo con esto.
—¿Y lo de custodia?
Fïrn recorrió una línea. —Algo se guardaba dentro. La palabra sirve para objetos, lugares y personas en textos de este periodo. Sin contexto no puedo decir más.
Paf Paf miró las cuatro salidas. —¿Cuál?
Fïrn señaló la opuesta. —Esa sigue bajando.
Ridley observó el corredor. —No tenemos por qué seguir ahora.
Los tres lo miraron.
Ridley frunció el ceño. —¿Qué?
Fïrn sonrió. —Nada. Quería disfrutar del momento.
Ridley ignoró el comentario. —Llevamos cinco días viajando y acabamos de atravesar una entrada que intenta convencernos de que los demás nos abandonan. Antes de bajar a ningún otro sitio quiero saber si tenemos agua, un lugar donde dormir y alguna salida que no requiera volver a pasar por eso.
Paf Paf asintió. —Comida.
—También.
Blaid miró las otras puertas. —Y comprobar que una de ellas no conduce directamente a un precipicio.
Fïrn levantó un dedo. —Quiero señalar que «comida» ha conseguido más consenso inmediato que cualquier argumento académico que he presentado en los últimos meses.
Paf Paf ya se había puesto en marcha. Una de las salidas conducía a una escalera amplia que ascendía desde la parte excavada hacia un portón cubierto de polvo.
Paf Paf apoyó el hombro izquierdo contra una hoja mientras Ridley hacía fuerza en la otra y, después de varios intentos, la madera cedió con un gemido que envió una nube de polvo al interior.
El aire exterior entró primero. Después apareció el patio.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.
El Bastión de la Luz Velada ocupaba una elevación mucho mayor de lo que Ridley había imaginado.
Una muralla gris rodeaba el recinto siguiendo la forma irregular del terreno; varias torres bajas se distribuían por el perímetro y la vegetación había invadido algunos tramos sin llegar a derribarlos.
Había almacenes, establos, un cobertizo inclinado hacia un lado y, al fondo, una construcción principal de dos plantas cuya chimenea todavía se alzaba por encima del tejado.
Fïrn miró hacia atrás, como si quisiera comprobar que realmente habían llegado allí desde una abertura oculta entre dos árboles.
—¿Todo esto estaba detrás de los robles?
Blaid examinó la muralla. —No exactamente detrás.
—Sabes lo que quiero decir.
Paf Paf recorrió el perímetro con la vista. —Buen muro.
Fïrn lo señaló. —Eso sí es información útil.
Ridley había empezado ya a contar accesos.
Una entrada principal, dos pasos superiores, una torre con buena visión del camino, una sección oriental que parecía algo más baja que el resto.
Se dio cuenta. Dejó de contar. No porque fuera inútil, sino porque podían permitirse diez minutos antes de convertir aquel lugar en otro problema que resolver.
—Primero agua.
Paf Paf señaló un pozo. —Sí.
La cadena seguía en su sitio y el cubo colgaba todavía del mecanismo. Paf Paf examinó la cuerda, probó la manivela y dejó caer el recipiente. El sistema protestó con un ruido largo de metal oxidado.
Fïrn retrocedió medio paso. —Eso ha sonado caro.
—Óxido.
—No lo hace más tranquilizador.
El cubo golpeó agua mucho más abajo. Paf Paf lo hizo subir, olió el contenido, humedeció los dedos y probó una pequeña cantidad.
Fïrn se apoyó contra el brocal. —¿Y?
—Agua.
—Eso ya estaba bastante establecido.
Paf Paf bebió otra vez. —Buena.
Le pasó una taza.
Fïrn probó. —Buena.
Ridley bebió después. Estaba fría y sabía ligeramente a piedra.
Nada más. Aquello bastaba. Revisaron el recinto sin separarse demasiado.
Los establos conservaban tres secciones utilizables y una cuarta cuyo techo había cedido parcialmente.
Paf Paf pasó allí bastante más tiempo que en cualquier otro lugar, probando vigas, levantando pestillos, comprobando bebederos y calculando qué parte podía repararse sin necesidad de reemplazar media estructura.
Ridley sabía lo que estaba pensando. —Si Tordo y Rodado consiguieron salir, los buscaremos.
Paf Paf mantuvo la mano sobre una de las puertas. —Sí.
No preguntó cuándo ni cómo. Ridley tampoco intentó inventar una promesa más concreta.
Blaid encontró una entrada trasera en la casa principal y comprobó que el pestillo todavía funcionaba. Fïrn descubrió un almacén lleno de estanterías vacías y declaró que aquello constituía una provocación personal. Ridley subió a la muralla.
Desde allí podía ver buena parte de las colinas, aunque ningún camino evidente conducía hasta el Bastión. Incluso sabiendo que estaba allí, las laderas y la vegetación ocultaban el recinto desde casi cualquier dirección.
Blaid apareció a su lado. —¿Cuántos?
Ridley lo miró. —¿Qué?
—Puntos débiles.
Ridley sonrió ligeramente. —Cuatro claros.
—Cinco.
—¿Dónde?
Blaid señaló una sección cercana a la torre oeste. La vegetación ocultaba una grieta vertical.
Ridley la estudió. —Cinco.
Blaid apoyó los antebrazos sobre la piedra. Durante un rato observaron el paisaje sin hablar.
—Podría funcionar —dijo Ridley.
—Como refugio.
—Sí.
Blaid tardó algo en responder. —Eso dijimos de Aster.
Ridley volvió la cabeza. —Aster funcionó.
Blaid levantó una ceja. —Ha caído.
—No sabemos si ha caído.
—Sabes a qué me refiero.
Ridley miró otra vez las colinas. —Nos dio casi dos semanas para curarnos, investigar y aprender a usar cosas que hoy quizá nos habrían matado si las hubiéramos recibido ayer.
También permitió evacuar a mucha gente cuando empezó el ataque.
Que un refugio pueda perderse no significa que no haya servido.
Blaid aceptó aquello con un movimiento mínimo. Después metió la mano bajo la ropa. Sacó algo.
Ridley apenas alcanzó a ver un destello rojizo antes de que Blaid cerrara los dedos.
Ridley no preguntó qué era. —¿Vas a contarme qué haces?
Blaid mantuvo la mirada sobre las colinas. —No.
Ridley esperó.
Blaid añadió: —Pero cada vez me cuesta más decirlo.
Ridley no sabía exactamente de qué hablaba. Sabía lo suficiente para no convertir la duda en un interrogatorio.
—Eso parece progreso.
—No lo llames así.
Ridley sonrió. La casa principal estaba mejor conservada de lo que esperaban.
La sala inferior tenía una gran chimenea de piedra, una mesa larga y dos escaleras simétricas que conducían al piso superior. El polvo cubría suelo, muebles y estanterías por igual, pero no había humedad grave ni daños estructurales importantes.
Paf Paf se agachó delante del hogar y empezó a examinar los sillares. Blaid recorrió puertas y ventanas. Ridley comprobó qué partes del exterior podían verse desde cada abertura. Fïrn subió. Tardó menos de cinco minutos en gritar desde arriba.
—¡He encontrado algo!
Blaid cerró los ojos. —Naturalmente.
Subieron.