35
La claridad no tenía profundidad.
Ridley dio el primer paso esperando encontrar suelo al otro lado del umbral y, durante un instante, estuvo convencido de haberlo hecho.
Sintió el peso del cuerpo sobre las botas, la correa del Escudo de Aren tirando del hombro y el arco rozándole la espalda, incluso percibió detrás el movimiento de los otros al atravesar la abertura; sin embargo, cuando se volvió, no quedaba nadie.
Tampoco estaban los robles, la losa ni la ladera.
La claridad cenicienta ocupaba cuanto podía ver sin ofrecer distancias ni bordes, como si el espacio hubiese conservado únicamente aquello que su cuerpo necesitaba para no caer. Llevó una mano al escudo.
—Fïrn.
Su voz no produjo eco.
—Paf.
Nada.
—Blaid.
Esperó unos segundos y el silencio permaneció intacto.
Su primera reacción fue avanzar hasta encontrar algo; la segunda llegó a tiempo para impedirlo.
Acababan de pronunciar un juramento construido, entre otras cosas, alrededor de la idea de no decidir siempre por los demás, y lo primero que estaba dispuesto a hacer al perderlos de vista era escoger una dirección y confiar en que los otros terminarían alcanzándolo.
Ridley dejó caer la mano del escudo y respiró. —Estoy aquí.
No llamó a ninguno por su nombre aquella vez. Se limitó a decirlo.
La claridad empezó a adquirir forma delante de él. Primero apareció una mancha oscura, después la línea de unos hombros y finalmente un rostro que reconoció mucho antes de estar preparado para verlo. Solrrak.
No llevaba la armadura negra ni tenía el aspecto del hombre al que habían dejado atrás entre el fuego de Beregost. Era más joven, parecido al recuerdo que Ridley conservaba de muchos años antes, cuando todavía podía pensar en él sin que todas las imágenes terminaran inevitablemente en una ciudad ardiendo.
Ridley no desenvainó. —No eres él.
La figura sonrió.
—Eso ha sido rápido.
La voz sí era correcta.
Ridley sintió cómo se le tensaba la espalda. —Él no estaría aquí.
—Tampoco tú deberías estarlo.
Ridley guardó silencio.
La figura se acercó con una tranquilidad que conseguía resultar más incómoda que cualquier amenaza.
—Miras a los otros tres como me mirabas a mí. Cuentas heridas, caminos, distancias, cuánto pueden aguantar y dónde deberían colocarse cuando empieza un combate. A veces preguntas ahora, pero sigues pensando la respuesta antes de escucharla.
Ridley sostuvo su mirada. —No siempre.
—No.
Ridley no esperaba aquella respuesta.
Había esperado una acusación, una versión de Solrrak construida para repetirle todos sus errores o convertir cada muerte en una culpa personal. La figura no parecía interesada en ofrecerle algo tan sencillo.
—¿Y qué haces cuando te responden algo que no te gusta? —preguntó.
Ridley pensó en Aria eligiendo otra ruta de evacuación, en Calethar quedándose en Aster, en Paf Paf entregando las riendas de los burros sin saber si volvería a verlos y en Blaid diciendo no hoy mientras ocultaba todavía algo que Ridley no alcanzaba a comprender.
—Depende.
Solrrak sonrió de nuevo.
—Buena respuesta.
Ridley frunció el ceño. —¿Qué quieres?
—Nada.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Porque tú me has traído.
La explicación tenía el tipo de vaguedad que normalmente habría conseguido irritarlo. Ridley miró alrededor y comprobó que la claridad seguía sin tener límites.
—Quiero encontrar a los demás.
—Lo sé.
—Entonces apártate.
Solrrak no se movió.
Ridley sintió cómo aparecía la irritación y reconoció también el impulso inmediato de convertirla en una orden. Abrió la boca, se detuvo antes de formularla y dejó caer otra vez la mano que había vuelto al escudo. La figura esperaba.
Ridley la contempló durante unos segundos.
—No voy a convertirte otra vez en una orden —dijo finalmente—.
No voy a pasar el resto de mi vida intentando decidir qué habrías querido que hiciera cada vez que tenga miedo de equivocarme, ni voy a usar lo que pasó contigo como razón para controlar a los que siguen vivos.
Solrrak no respondió.
Ridley tampoco necesitaba que lo hiciera. —Pero tampoco voy a fingir que no me importa. Ni que dejar de cargar contigo significa olvidarte.
La figura asintió apenas.
La claridad empezó a atravesar su cuerpo, deshaciendo primero los bordes del rostro y después el resto.
—Entonces ve.
Ridley avanzó. El suelo desapareció.
Cayó sobre piedra y tuvo que apoyar una mano para evitar golpearse la cara contra el suelo. Allí sí había paredes, juntas entre los bloques y una puerta que no parecía especialmente interesada en fingir que pertenecía a otra realidad.
Blaid estaba sentado a pocos pasos, respirando como si acabara de salir de un combate.
Ridley se incorporó. —¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No tengo ni idea.
—¿Has visto a Fïrn o a Paf?
Blaid negó.
La mano derecha seguía cerrada contra el pecho, demasiado cerca del lugar donde Ridley ya le había visto ocultar cosas otras veces. No preguntó.
La pared frente a ellos era lisa salvo por una línea vertical en el centro. No había cerradura, pomo ni inscripción visible.
—¿Qué has visto? —preguntó Ridley.
Blaid soltó una risa seca. —Eso sí que no.
Ridley sostuvo la mirada.
Blaid añadió: —Todavía no.
Unos días antes, aquella palabra habría provocado otra reacción.
—Bien.
—Empiezas a utilizar demasiado esa palabra.
—Paf tiene la culpa.
Blaid se apoyó contra la pared para levantarse. Ridley le ofreció una mano y el tiefling la aceptó después de una vacilación mínima.
—¿Y tú?
—Solrrak.
Blaid dejó de moverse.
Ridley ajustó el escudo. —No era él.
—Ya.
La respuesta de Blaid contenía demasiado conocimiento para necesitar más preguntas. Ridley miró la mano que Blaid mantenía cerca del pecho.
—¿Era la voz?
Blaid tardó antes de responder. —No exactamente. Era yo sin ella.
Ridley esperó por si continuaba. No lo hizo. La línea de la pared se iluminó débilmente. Ambos se volvieron. Del otro lado llegó la voz de Fïrn.
—Si alguno de vosotros está muerto, agradecería que respondiera antes de que tenga que empezar a asumir cosas.
Blaid cerró los ojos. —Está bien.
Ridley golpeó la piedra con los nudillos. —Estamos aquí.
Hubo unos segundos de silencio.
—Ah. Excelente. Porque la alternativa empezaba a resultar desagradable.
Ridley sonrió. —¿Puedes abrir?
—No. ¿Vosotros?
Blaid recorrió la línea central con la mano izquierda. —Tampoco.
—Entonces esto está diseñado por alguien con un sentido del humor deplorable.
Otra voz llegó detrás de Fïrn.
—Estoy aquí.
Ridley se acercó a la pared. —¿Paf?
—Sí.
—¿Estáis juntos?
—Ahora sí —respondió Fïrn—. Ha aparecido hace un momento y se ha negado a dar una explicación interesante.
Paf Paf golpeó desde el otro lado. —Hay marcas.
Ridley bajó la vista. Hasta entonces había confundido algunas irregularidades con desgaste, pero al agacharse distinguió dos símbolos grabados cerca del suelo. Blaid encontró otros dos más arriba. No representaban las reliquias ni coincidían con emblemas de la Orden, la Secta o la Luz Púlida.
—Aquí también —dijo Fïrn.
Ridley pasó los dedos sobre una de las marcas y notó cómo la piedra se calentaba.
—Tocadlas.
—¿Todas?
—Una cada uno.
Blaid observó los símbolos. —Eso sería demasiado sencillo.
—Llevamos suficiente complicación para una mañana.
Ridley eligió uno y Blaid otro. Al otro lado escucharon a Fïrn y Paf Paf moverse hasta encontrar los suyos.
—Listo —dijo Fïrn.
Ridley apoyó la palma. Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después sintió una presión extraña, no sobre la mano ni sobre el brazo, sino dentro de la decisión de mantenerlos allí.
No dolía, pero cada segundo parecía ofrecerle una razón nueva para retirarse.
Aquella posición resultaba incorrecta. El símbolo no era suyo.
No conocían el mecanismo. Quizá estaban alimentando una defensa.
Quizá abrir aquella puerta exigía precisamente dejar de obedecer las instrucciones implícitas.
Blaid retiró la mano. La luz desapareció de inmediato.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Fïrn desde el otro lado.
Blaid miró su palma. —No me ha gustado.
—Descripción impecable.
Ridley volvió hacia él. —¿Qué has sentido?
—Que debía soltar.
—Yo también.
Blaid señaló la pared. —Entonces quizá debamos hacerlo.
Paf Paf respondió al otro lado. —No.
Blaid levantó una ceja. —Argumento elaborado.
—La puerta quiere que soltemos.
Fïrn intervino: —Y hemos desarrollado una relación bastante poco saludable con los lugares que intentan conseguir cosas de nosotros, así que voto por Paf.
Ridley volvió a apoyar la mano. —Otra vez.
Blaid no se movió.
Ridley lo miró. —No te lo estoy ordenando.
—Ya lo sé.
A Blaid aquello pareció incomodarlo más que una orden. Después apoyó la palma. Al otro lado, Fïrn y Paf Paf hicieron lo mismo.
La presión regresó y aumentó poco a poco.
Primero fue simple incomodidad, después una certeza cada vez más razonable de que seguir allí era absurdo.
Ridley reconocía perfectamente cada pensamiento porque todos utilizaban argumentos que él mismo habría considerado sensatos en otro contexto: no conocían el lugar, no sabían qué alimentaba aquel mecanismo, ignoraban si uno de los otros había soltado ya la marca y quizá insistir solo empeoraba el problema.
Decidió no discutir con aquellas razones. Mantuvo la mano.
—Sigo.
Blaid respiró despacio. —Yo también.
Fïrn respondió al otro lado: —Odio profundamente que esto requiera confirmación verbal.
Paf Paf añadió: —Sigo.
La piedra vibró.
Ridley sintió entonces otra cosa. Vio a Fïrn retirar la mano.
La imagen apareció tan clara que durante un instante estuvo convencido de que había ocurrido.
Después vio a Paf Paf dar un paso atrás y a Blaid apartarse de la pared.
Su propio símbolo parecía ser el único que seguía encendido.
El viejo reflejo apareció enseguida: resistir solo, aguantar un poco más, compensar lo que los demás no podían sostener.
Ridley apretó los dientes. —¿Seguís ahí?
Fïrn respondió inmediatamente. —Sí.
La voz y la imagen se contradecían.
Ridley cerró los ojos. —No os fiéis de lo que veáis.