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Fïrn lo miró. —Tu contribución a la esperanza colectiva sigue siendo admirable.
—Es verdad.
Ridley no discutió. Habían fallado antes. Volverían a hacerlo. Una promesa que dependiera de no cometer errores no valdría demasiado.
—Tampoco podemos prometer salvar a todo el mundo —dijo Ridley.
Le costó pronunciarlo. Pensó en Beregost. En Solrrak. En los seis custodios muertos antes del ataque. En toda la gente que acababan de dejar en Aster.
Paf Paf mantuvo la mano sobre la piedra. —Podemos volver.
Ridley lo miró. —¿Volver?
—Si uno cae atrás.
Fïrn entendió. —No decidir que alguien ya no merece el esfuerzo solo porque resulte más fácil continuar sin él.
Blaid miró sus manos. —Y no dejar que otra persona decida por nosotros qué debemos ser.
Ridley volvió la cabeza. Blaid sostuvo su mirada. Había más dentro de aquella frase de lo que explicaba. Ridley no sabía cuánto.
Fïrn añadió: —Ni una profecía. Ni una iglesia. Ni un libro.
Paf Paf pensó. —Ni miedo.
Ridley sintió que la promesa empezaba a tomar forma, aunque ninguna frase cerraba completamente lo que querían decir. Quizá era mejor así.
—Proteger sin poseer —dijo.
Blaid levantó ligeramente la mirada.
Ridley sabía por qué aquella parte le importaba. —Ayudar aunque no podamos decidir el resultado.
Fïrn puso la mano junto a las otras. —Y si uno de nosotros empieza a decir estupideces…
Blaid suspiró. —Era inevitable.
—…los demás tienen derecho a señalarlas.
Paf Paf asintió. —Eso ya hacemos.
—Entonces es una tradición consolidada.
Blaid apoyó finalmente la mano. —Elegimos nuestro camino. Incluso cuando sea el equivocado.
Ridley negó. —No. Si sabemos que es equivocado, lo cambiamos.
Blaid sonrió. —Eso es muy propio de ti.
—Y esto es un juramento mío también.
Fïrn observó las cuatro manos. —Entonces hagámoslo sin intentar que suene como algo escrito hace mil años.
Ridley estuvo de acuerdo.
Las palabras llegaron entre los cuatro, unas veces completándose y otras corrigiéndose.
No hubo una fórmula perfecta. Prometieron no abandonar a quien caminara con ellos simplemente porque continuar sin él resultara más fácil.
Prometieron proteger sin convertir la protección en una forma de decidir por los otros.
Prometieron no usar el miedo, la fe, una deuda o una orden como excusa para entregar a otra persona la responsabilidad de sus propias elecciones.
Prometieron decirse cuándo creyeran que uno estaba equivocado y aceptar que seguir juntos no significaría obedecerse siempre.
Cuando terminaron, Ridley miró a los otros tres.
—Mientras podamos elegir…
Fïrn completó: —…seguiremos eligiendo caminar juntos.
Paf Paf apretó la mano contra la piedra. Blaid asintió. La losa se abrió. La apertura no llegó con un estruendo.
Una línea apareció entre dos bloques de piedra y fue ensanchándose despacio mientras las raíces cercanas parecían apartarse sin romperse. Detrás surgió una claridad dorada que no iluminaba el bosque de la forma en que debería.
Fïrn mantuvo la mano sobre la losa unos segundos más. —Esto ha sido bastante serio.
Blaid retiró la suya. —Puedes compensarlo diciendo algo idiota.
Fïrn pensó. —No quiero.
Blaid lo miró. Aquello consiguió que Ridley tuviera que bajar la vista.
Paf Paf apoyó una mano sobre el hombro sano de Fïrn. Nadie añadió nada. Meral se negó a acercarse al umbral.
Paf Paf intentó conducirlo una vez y el caballo retrocedió con suficiente decisión para arrastrarlo medio paso ladera abajo. El goliat soltó una pequeña risa.
—No viene.
Ridley miró el carro. Habían llegado hasta allí gracias al animal, pero la abertura apenas parecía admitir personas y no había forma de saber qué había después.
—Dejamos el carro. Cogemos lo que podamos cargar.
Fïrn contempló las provisiones. —Saevon podría haber añadido «el caballo no cabe».
—Quizá quería que aprendiéramos algo.
—Espero sinceramente que no.
Repartieron agua, comida y equipo. Paf Paf retiró el arnés de Meral y dejó al animal libre junto a la ladera, donde había agua y vegetación suficiente. Antes de marcharse apoyó la frente contra su hocico.
—Come.
Meral intentó morder una de las correas que llevaba al hombro.
Paf Paf se apartó. —Bien.
Ridley se acercó al umbral. La claridad del otro lado no permitía ver ningún espacio reconocible. Miró a los demás.
Durante meses habría dicho algo parecido a una orden. Esta vez no necesitó hacerlo. Fïrn ajustó el laúd. Blaid comprobó la espada. Paf Paf se situó junto a ellos con el hacha. Los cuatro avanzaron.
El nombre que habían elegido no les decía qué había al otro lado, ni garantizaba que la piedra hubiera interpretado correctamente sus palabras.
Tampoco convertía en sencillo nada de lo que habían dejado atrás: Aster seguía bajo ataque, Aria recorría otra ruta y no sabían si Isa’ak, Elis’eo, Saevon, Calethar, Lysendra o Armathyel habían conseguido salir.
Pero las razones por las que estaban allí ya no necesitaban depender de ninguna de esas respuestas.
Ridley cruzó primero el límite de luz. Los otros entraron con él.