34 #3
Paf Paf conservaba buena parte de la movilidad recuperada en el hombro.
El corte del muslo había dejado de abrirse al caminar, pero la tensión detrás de la rodilla reaparecía en las cuestas y al final de cada jornada.
Ridley caminaba durante horas antes de que la pierna empezara a protestar.
Blaid utilizaba la mano derecha para tareas cada vez más pequeñas y precisas, pero cuando estaba cansado volvía a confiar en la izquierda.
Fïrn no mostró nuevas alteraciones del oído y redujo el uso del laúd cuando regresaba el dolor detrás de los ojos.
Las dos semanas en Aster habían servido.
Haber dejado Aster atrás no borraba esa recuperación ni los costes del asedio.
Al tercer día compraron un carro y un caballo viejo en una aldea pequeña.
El animal tenía el pelo gris alrededor del hocico y una paciencia limitada con cualquiera que intentara mirar sus dientes.
Paf Paf le examinó patas, lomo y cascos antes de aceptar el precio.
Fïrn esperó a que el trato estuviera cerrado. —¿Te gusta?
Paf Paf acarició el cuello del caballo. —Es viejo.
—Eso describe una edad.
—Sí.
Ridley miró el carro. —¿Cómo se llama?
El vendedor respondió:
—Meral.
Paf Paf repitió el nombre una vez.
Fïrn empezó a subir las bolsas. Ridley vio que el goliat mantenía una mano sobre el cuello de Meral durante más tiempo del necesario. Ridley no mencionó a Isa’ak. Tampoco a Elis’eo. Al quinto día abandonaron el último camino reconocible.
El mapa utilizaba referencias cada vez menos cómodas: un arroyo que debían seguir contra corriente, una roca partida que parecía distinta según el lado desde el que se acercaran y una ladera orientada hacia dos cumbres visibles solo cuando las nubes permitían distinguirlas.
Fïrn empezó a desconfiar personalmente de Saevon hacia el mediodía.
—Si quería que nadie encontrara el sitio, habría sido más sencillo no escribir nada.
Blaid apartó una rama. —Y entonces tampoco lo encontraríamos nosotros.
—Estoy identificando defectos conceptuales, no proponiendo soluciones.
Paf Paf iba delante con Meral. Se detuvo.
—Árboles.
Fïrn miró alrededor. —Eso es una característica frecuente de los bosques.
Paf Paf señaló una elevación. Ridley sacó el mapa.
Los dos robles crecían tan cerca uno del otro que sus copas se habían mezclado. Uno mostraba una larga cicatriz negra que descendía desde las ramas hasta casi la mitad del tronco; el segundo tenía una zona similar orientada hacia el primero.
Fïrn levantó la vista. —Retiro una parte de mis críticas.
—¿Cuál?
—La de que no los reconoceríamos.
Subieron. No había camino al otro lado. Tal como decía la nota.
Las raíces de ambos árboles se extendían alrededor de una losa casi completamente cubierta por musgo y tierra. Blaid fue quien distinguió primero una línea demasiado recta para ser natural. Apartó el musgo con la punta de la bota.
—Aquí.
Ridley se agachó. La piedra estaba grabada con cuatro figuras muy desgastadas. No parecían idénticas ni buscaban serlo: diferían en altura, postura y proporciones, pero una sola línea atravesaba las cuatro sin mezclarlas.
Fïrn se inclinó sobre su hombro. —Eso empieza a resultar sospechosamente familiar.
Ridley pensó en las cuatro figuras conservadas en los registros de Aster.
No intentó identificar cuál era cuál. Habían aprendido cuánto daño podía hacer una asociación demasiado rápida.
Había una cavidad circular en el centro de la losa.
Ridley sacó la pieza entregada por Saevon.
Encajaba. Paf Paf sujetó las riendas de Meral.
Blaid retrocedió unos pasos. Fïrn lo imitó.
Ridley estuvo a punto de ordenar que se alejaran más. —Un poco atrás.
Fïrn sonrió. —«Por favor» habría completado tu evolución.
Ridley lo miró. —No abuses.
Introdujo la pieza. La respuesta no fue una explosión de luz.
Primero llegó una vibración. Atravesó la losa, continuó por la tierra y subió por las piernas de Ridley con una profundidad que sintió incluso en el pecho.
Meral retrocedió y Paf Paf tuvo que sujetarlo.
Las líneas grabadas comenzaron a llenarse de una claridad cenicienta.
Después escucharon una voz. No parecía llegar de la losa ni de los árboles. Simplemente estaba allí.
—Nombrad lo que sois. Nombrad lo que os une.
Fïrn miró a los demás. —Esto es exactamente la clase de cosa que Saevon podría haber mencionado.
Blaid observó la losa. —Quizá quería disfrutar imaginándonos aquí.
—Eso lo empeora.
Ridley examinó los grabados. —Respondamos.
Fïrn levantó una mano. —Somos cuatro personas cansadas que agradecerían una explicación.
Nada ocurrió.
Blaid arqueó una ceja. —Resultado sorprendente.
—Había que intentarlo.
Blaid volvió hacia la piedra. —Fugitivos.
No hubo respuesta.
Paf Paf dijo: —Amigos.
Una de las líneas grabadas aumentó ligeramente de brillo.
Fïrn miró hacia abajo. —Eso sí le ha gustado.
Ridley se agachó. La luz había recorrido parte del vínculo entre dos de las figuras, pero se había detenido.
—No basta.
La voz volvió.
—Nombrad lo que sois. Nombrad lo que os une.
—Compañeros —dijo Blaid.
La vibración aumentó bajo sus pies.
Fïrn pensó. —Supervivientes de Beregost.
La claridad avanzó otra vez. Durante unos instantes pareció que continuaría. Se detuvo.
Paf Paf miró la piedra. —Beregost no nos une.
Ridley giró hacia él. —Claro que sí.
Paf Paf negó. —Nos juntó.
Ridley esperó. —No es lo mismo.
Fïrn dejó de mirar la losa. Blaid cruzó los brazos. Ridley pensó en la ciudad.
Durante meses había utilizado Beregost como explicación suficiente para casi todo.
Por qué habían escapado juntos. Por qué habían compartido recursos.
Por qué se habían buscado después de separarse.
Por qué había sentido que mantenerlos cerca era responsabilidad suya.
Pero Paf Paf tenía razón. Beregost explicaba cómo habían empezado. No explicaba por qué seguían allí.
Después habían existido lugares donde cualquiera podía haber elegido otra dirección. Eltarion. Mirasol. Eshvar. Velmora. Incluso Aster, con camas, comida, aliados y gente capaz de hacerse cargo de amenazas que habían llevado demasiado tiempo persiguiéndolos. Ninguno se había marchado.
Blaid se sentó sobre una de las raíces. —Antes habría dicho que somos deudas que caminan.
Fïrn lo miró. —Eso es extraordinariamente deprimente incluso para ti.
—Ridley debe cosas a los muertos. Yo debo unas cuantas a mi familia y a decisiones que preferiría no enumerar. Tú persigues respuestas como si te debieran dinero y Paf Paf probablemente debe alguna mesa.
—Dos —dijo Paf Paf.
Blaid lo miró. —¿Dos?
—Dos.
Fïrn ocultó una sonrisa.
Blaid siguió: —El problema es que una deuda puede pagarse. También puede abandonarse. Nosotros hemos tenido oportunidades para ambas cosas y seguimos aquí.
Ridley miró a Fïrn. El bardo jugueteaba con una de las clavijas del laúd.
—Quizá estamos intentando encontrar algo fuera que explique por qué seguimos juntos —dijo—. Beregost, una deuda, esa historia de los cuatro antiguos, una diosa, una organización que intenta matarnos… Siempre hay algo que sirve de respuesta.
Blaid ladeó la cabeza. —¿Y si no lo hay?
Fïrn se encogió de hombros. —Entonces seguimos aquí porque seguimos aquí.
Paf Paf lo miró. —Elegimos.
Fïrn asintió. —Sí.
Ridley observó a los tres. Pensó en lo fácil que le resultaba contar amenazas, heridas y recursos y en lo mal que se le daba medir cualquier cosa que no admitiera números.
Había dedicado meses a calcular cómo mantener vivo al grupo sin detenerse demasiado en la posibilidad de que los otros no permanecieran junto a él porque necesitaran que alguien los mantuviera vivos.
Blaid se quedaba cerca cuando sabía que Ridley necesitaba compañía y tenía demasiado orgullo para pedirla.
Fïrn podía sacar una risa de Paf Paf cuando nadie más sabía siquiera que estaba triste.
Paf Paf cargaba con cosas que pertenecían a todos mucho antes de que alguien pensara en pedírselo.
Y él buscaba sus posiciones cada vez que entraba en una habitación.
Aquello no había empezado en una profecía. Y no necesitaba una.
Fïrn volvió hacia la losa. —Necesitamos un nombre.
Blaid lo miró. —Eso es exactamente lo que diría un bardo.
—Los nombres son útiles.
Blaid se llevó una mano al manto. —He tenido experiencias discutibles con esa teoría.
Fïrn no insistió.
Ridley miró las líneas cenicientas de la piedra y después las raíces de los árboles. Pensó en Beregost sin intentar convertir la ciudad en algo que no había sido. Ceniza, pérdida y el punto desde el que habían tenido que empezar a decidir qué hacían con lo que quedaba.
—Cinéreo —dijo.
Fïrn levantó la vista.
Ridley continuó: —Empezó en las cenizas. Eso sí es verdad.
Blaid observó a los otros. —Pero no nos obliga a seguir.
—No —dijo Ridley—. Eso lo hacemos nosotros.
Fïrn probó las palabras. —Juramento Cinéreo.
Paf Paf asintió.
Ridley apoyó una mano sobre la losa. —Somos el Juramento Cinéreo.
La respuesta atravesó la piedra. Las cuatro figuras se iluminaron a la vez y la claridad ascendió por las raíces de los robles. Las ramas temblaron sin que hubiera viento, y Meral tiró de las riendas hasta que Paf Paf consiguió calmarlo. Fïrn dejó escapar el aire.
Blaid observó la luz. —Parece que le ha gustado más.
La voz volvió.
—Nombrad lo que os une.
Fïrn frunció el ceño. —Eso creía que acabábamos de hacer.
Ridley comprendió la diferencia. —Le hemos dado un nombre.
Paf Paf apoyó su mano junto a la de Ridley.
—Falta qué significa.
Fïrn miró la piedra. —No quiero prometer que no vamos a fallar.
Blaid se acercó. —Sería una mentira bastante ambiciosa.
—Ni que vamos a estar siempre de acuerdo —añadió Ridley.
—Eso sería una mentira inmediata.
Paf Paf dijo: —Fallaremos.