34 #2
Encontraron a Paf Paf junto a Isa’ak y Elis’eo. Elis’eo intentaba morder una cuerda. Isa’ak parecía considerar aquella evacuación una ofensa personal.
—No caben en nuestra plataforma —dijo uno de los encargados.
Paf Paf sostuvo las riendas. —Otra.
—Hay una plataforma de carga que sale por abajo. Si sigue operativa cuando lleguemos, pueden ir hasta una isla interior y desde allí redistribuirlos.
—Van ahí.
El hombre miró la cantidad de animales.
—Haré lo que pueda.
Paf Paf no se movió. Ridley se acercó. El viejo impulso consistía en decidir. Aquella vez preguntó:
—¿Es la mejor ruta que tienen?
El encargado asintió.
—Ahora mismo, sí.
Ridley miró a Paf Paf.
—Entonces van.
El goliat acarició primero el hocico de Isa’ak y después apoyó la frente contra él durante unos segundos. Fïrn se quedó quieto.
Paf Paf pasó a Elis’eo. —No muerdas.
El burro intentó atraparle la manga.
Paf Paf apartó el brazo. —Eso.
El encargado tomó las riendas. La multitud empezó a empujarlo hacia la plataforma inferior. Paf Paf siguió a los animales con la mirada hasta perderlos detrás de una columna. No sabían si aquella plataforma llegaría a salir. Tampoco qué ruta tomaría después.
Ridley no intentó prometerle nada. —Tenemos que irnos.
Paf Paf asintió una vez.
Aria los esperaba cerca del cruce de evacuación.
Su grupo saldría por un nivel distinto. Había seis heridos alrededor, dos custodios y una mujer mayor que sostenía una caja contra el pecho como si contuviera algo mucho más importante que ella.
Ridley miró el corredor que separaba ambas rutas.
La despedida los alcanzó demasiado tarde y con demasiada gente alrededor.
Aria abrazó a Paf Paf primero. El goliat tardó un instante en devolverle el gesto para no golpearla con el hacha.
—Nos vemos.
—Sí.
Blaid recibió de ella una mirada más larga. —Si cambia algo…
Él entendió la frase. La Presencia. El vínculo. La posibilidad de que aquello que parecía roto no lo estuviera para siempre.
—Te lo diré.
Aria sostuvo sus ojos como si evaluara la respuesta. No podía saber qué más escondía.
Blaid tampoco se lo ofreció. —Bien.
Ridley fue el siguiente.
Aria apoyó una mano en su brazo. —No intentes decidir la ruta completa antes de llegar al primer cruce.
Ridley sonrió. —Eso era exactamente lo que iba a hacer.
—Lo sé.
—Cuídate.
—Tú también.
Después llegó Fïrn. Durante unos segundos ninguno hizo nada. Detrás de Aria, uno de los heridos gemía mientras ajustaban una venda. Un custodio pedía espacio. Alguien gritó una orden más abajo.
Fïrn miró hacia el grupo de evacuación. —Esto es una despedida terrible.
—No es una despedida.
—Eso suena peor, porque las despedidas al menos suelen tener estructura.
Aria sonrió. —Entonces considéralo una interrupción.
Fïrn bajó la mirada. —No me gustan las interrupciones.
—Mientes.
—Me gustan cuando las hago yo.
Aria dio un paso y lo abrazó. Fïrn dejó de hablar. El gesto duró poco.
El tiempo no daba para más. Cuando Aria se apartó, él seguía teniendo las manos a medio camino de donde había estado su espalda.
—Nos encontraremos —repitió ella.
Fïrn tragó saliva. —Sí.
Esta vez no criticó la frase.
La primera plataforma empezó a moverse. Aria subió. Fïrn permaneció en el corredor hasta que desapareció detrás de una pared.
Blaid se acercó a su lado. —Tenemos que irnos.
—Ya lo sé.
—No parecía.
Fïrn respiró despacio. —No necesito que seas razonable ahora.
—Perfecto. Se me da fatal.
Fïrn sonrió apenas. Después siguieron a los otros. La plataforma suroriental estaba abarrotada.
Ridley ayudó a subir a un hombre con una pierna inmovilizada mientras Paf Paf sujetaba el mecanismo lateral para evitar que alguien golpeara contra él. Blaid se colocó junto a los heridos y Fïrn mantuvo el laúd pegado al cuerpo.
Cuando la plataforma empezó a descender, Aster tembló.
No fue un golpe parecido a los anteriores.
El sonido llegó desde la estructura misma, como si una tensión demasiado grande acabara de ceder en algún lugar que no podían ver.
Varias líneas grabadas en la piedra se apagaron y la plataforma cayó casi un metro antes de que los mecanismos recuperaran fuerza.
Alguien gritó. Ridley agarró a un niño por el hombro antes de que chocara contra el borde.
Un custodio consiguió estabilizar el descenso.
—¡Sujetaos!
Parte de un muro exterior se abrió por encima de ellos. El aire nocturno entró cargado de humo y sal.
Durante varios segundos pudieron ver Aster desde dentro de Aster.
Las capas de ocultación habían fallado lo suficiente para que la forma real de la Torre apareciera entre las islas: terrazas superpuestas, agujas, puentes y plataformas iluminados por incendios y destellos blancos.
En los niveles inferiores se distinguían grupos combatiendo cerca de los accesos, mientras desde el mar continuaban llegando proyectiles hacia los puntos donde practicantes de la Orden intentaban mantener lo que quedaba del velo.
Fïrn se acercó al hueco. —Así que esto es lo que ven ahora.
Ridley siguió su mirada. Durante siglos Aster había dependido de que la mayor parte del mundo no supiera exactamente dónde estaba. Aquella protección ya no podía darse por supuesta.
La plataforma descendió hasta un canal interior.
Una figura de agua mucho menor que los guardianes costeros emergió delante y empezó a guiar el transporte a través de un paso estrecho.
Ridley buscó hacia arriba. No encontró a Saevon.
Ni a Armathyel. Ni a Lysendra. Ni a Calethar.
Tampoco sabía por cuál canal había salido Aria.
El movimiento de la plataforma escondió primero una terraza, después otra y finalmente toda la zona superior de la Torre.
Aster reapareció brevemente entre dos formaciones rocosas.
Había más humo. Ridley siguió mirando hasta que las paredes del canal crecieron a ambos lados y ya no quedó nada que ver.
La ruta terminó en una isla tan pequeña que probablemente no tenía un nombre utilizado por nadie excepto quienes habían diseñado la evacuación.
Había un embarcadero protegido entre dos salientes rocosos y un par de construcciones bajas en la parte alta.
Algunos supervivientes habían llegado antes; otros aparecían todavía por canales diferentes.
Ridley ayudó a bajar a los heridos y después se volvió hacia el agua.
Esperó otra plataforma. Después otra. Ninguna llevaba a las personas que buscaba.
Paf Paf observaba cada transporte intentando reconocer animales antes que rostros.
No apareció ninguno de los dos burros. Fïrn buscaba a Aria.
Blaid no parecía buscar a nadie, pero cada vez que llegaba una plataforma levantaba la cabeza.
Pasó suficiente tiempo para que dejaran de fingir que solo estaban ayudando a descargar. Fïrn se acercó a Ridley.
—No están aquí.
—Ya lo veo.
—Hay otros puntos de evacuación.
Ridley mantuvo la vista sobre el canal. —Sí.
Fïrn no añadió que eso significaba que podían estar vivos. Tampoco que podían no estarlo. Ridley agradeció ambas omisiones. Un custodio se acercó poco después.
—Ridley Der.
Ridley se volvió. —Sí.
El hombre señaló la funda que llevaba bajo la ropa.
—Saevon dijo que, si llegabais a este punto, no permanecierais más de una noche. La primera embarcación hacia el continente sale antes del amanecer.
—¿Ha salido él?
—No lo sé.
—¿Y Calethar?
—No lo sé.
Paf Paf preguntó desde detrás. —¿Animales?
El custodio miró hacia él.
—Las plataformas de carga tenían rutas distintas.
—¿Salieron?
—Algunas.
Paf Paf esperó. El hombre no tenía nada más.
—Gracias —dijo el goliat.
Durmieron poco. Fïrn pasó parte de la noche mirando el canal desde una roca próxima al embarcadero, aunque negó haber estado esperando a nadie cuando Blaid fue a buscarlo.
Paf Paf se quedó con el hacha entre las rodillas y las riendas que ya no llevaban a ninguna parte guardadas dentro de la mochila.
Ridley extendió el mapa de Saevon bajo una lámpara.
La ruta empezaba en la costa y avanzaba hacia el interior evitando caminos principales. A medida que se acercaba a las colinas de Laertes, las indicaciones dejaban de usar pueblos y carreteras y empezaban a depender de formaciones rocosas, arroyos y elevaciones concretas.
Blaid leyó por encima de su hombro. —Saevon tiene una idea curiosa de lo que significa hacer un mapa.
—Esto es deliberado.
—Eso no lo mejora.
Fïrn regresó. —¿Qué tenemos?
Ridley señaló las instrucciones. —Una ruta hasta Laertes y una nota final.
Leyó:
—«Dos robles nacidos de la misma elevación. No busquéis camino después de ellos.»
Fïrn lo miró. —Consiguió escribir una indicación geográfica como si fuera una amenaza.
Blaid señaló la pieza metálica. —¿Y eso?
—Encaja en algo al final.
—Es reconfortante saber exactamente cuánto ignoramos.
Paf Paf observó la ruta. —Nos vamos.
Ridley asintió. Podían quedarse en aquella isla esperando noticias.
Durante unas horas, quizá incluso un día.
Pero cualquier refugio vinculado a Aster podía convertirse en un lugar conocido si la Luz Púlida capturaba personas, mapas o archivos suficientes.
Saevon había preparado aquella alternativa precisamente para evitar que la caída de una posición arrastrara a todas las demás.
—Por la mañana.
Nadie discutió. La travesía hasta el continente ocupó gran parte del día siguiente. Después caminaron.
La normalidad del viaje resultó extraña después del asedio.
No había alarmas ni plataformas temblando bajo los pies, solo caminos embarrados, cuestas, comida fría y noches en las que el peor problema podía ser encontrar un terreno que no estuviera demasiado húmedo.
Fïrn preguntó en dos aldeas por noticias procedentes de Neraval.
En la primera nadie había oído nada. En la segunda un carretero aseguró que había visto humo sobre las islas varios días atrás, aunque no sabía de dónde procedía. No obtuvieron nada más.
Durante aquellos días, Aster quedó convertida en una pregunta que ninguno formulaba demasiado.