34
La sala capitular ya no se parecía al lugar donde Saevon los había recibido.
Habían desplazado las mesas ceremoniales contra los muros y sobre el suelo se acumulaban cajas, vendas, mapas abiertos y recipientes de agua.
Dos grandes grietas recorrían una de las paredes laterales; ninguna parecía comprometer todavía la estructura, aunque el polvo que cubría las losas indicaba que al menos una había aparecido durante las últimas horas.
Los balcones superiores servían como puesto médico improvisado y, desde algún corredor próximo, llegaba el ritmo constante de gente transportando cosas hacia abajo.
Ridley encontró a Saevon junto a una mesa llena de mapas.
Armathyel permanecía a su derecha, con una mancha de sangre seca en la mejilla y varios documentos enrollados bajo un brazo; Lysendra hablaba con dos custodios junto a la escalera, mientras Calethar entró detrás del grupo y se dirigió directamente hacia otro oficial sin detenerse. La reunión no tenía nada de ceremonial.
Saevon terminó de dar una instrucción antes de mirarlos. —Aster no puede mantenerse en las condiciones actuales.
Ridley agradeció que no buscara una forma más amable de decirlo. —Calethar nos ha explicado la situación.
—Entonces ahorraré tiempo. Estamos evacuando por varias rutas y destruiremos o sellaremos todo lo que no podamos sacar antes de que los accesos interiores queden comprometidos.
Fïrn miró inmediatamente a Armathyel.
—¿Los archivos?
El anciano sostuvo los rollos bajo el brazo con más fuerza.
—Una parte.
—¿Cuánto es una parte?
—Lo que podamos transportar sin ocupar rutas necesarias para personas.
Fïrn abrió la boca. No encontró nada que discutir. Aquello pareció dolerle más que una negativa. Paf Paf miró hacia Calethar.
—¿Los animales?
—Los están sacando por las plataformas de carga mientras puedan utilizarse —respondió él.
—Isa’ak. Elis’eo.
—No puedo saber qué animales han salido ya.
Paf Paf apretó la mandíbula, pero asintió. Ridley miró a Saevon.
—Podemos seguir luchando.
—Lo sé.
—Entonces todavía somos útiles aquí.
—También seréis útiles fuera.
Ridley sintió que el argumento empezaba a formarse antes de que Saevon continuara.
—No voy a deciros que debéis marcharos porque vuestras vidas sean más importantes que las de quienes siguen defendiendo Aster.
No lo son. Tampoco voy a convertiros en símbolos de nada.
Hay centenares de personas cuya salida depende de que mantengamos estos corredores durante el tiempo suficiente y necesito que algunos de los que todavía pueden combatir acompañen grupos de evacuación.
La respuesta desarmó una parte considerable de lo que Ridley estaba preparando.
Saevon señaló el mapa. —Saldréis por el canal suroriental. Con vosotros viajarán heridos y varios custodios. Cuando alcancéis el segundo punto de dispersión, seguiréis una ruta distinta.
Blaid observó el mapa. —¿Hacia dónde?
Saevon lo miró. —Las colinas de Laertes.
Fïrn dejó escapar aire. —Sabía que aquella cena tenía trampa.
Ridley recordó la conversación. —El Bastión de la Luz Velada.
Saevon asintió y sacó del interior de su ropa una funda de cuero estrecha, protegida con cera.
—Aquí están la ruta, las referencias que necesitaréis una vez abandonéis los caminos principales y la forma de acceder.
Ridley no la tomó inmediatamente. —Hace unos días dijiste que no nos estabas enviando allí.
—Hace unos días Aster seguía oculta.
Ridley no necesitó más explicación.
Ridley aceptó la funda. —¿Qué hay en el Bastión?
—Un refugio antiguo que ha pasado largos periodos fuera de uso. Almacenes, una estructura defensiva que debería seguir siendo habitable y materiales que no quisimos concentrar aquí. No puedo garantizar el estado de todo.
Fïrn señaló la funda. —¿Y qué esperas exactamente que hagamos cuando lleguemos?
—Entrar. Comprobar qué sigue funcionando. Manteneros fuera de las rutas que la Luz Púlida conozca mientras averiguamos cuánto de Aster ha quedado comprometido.
Blaid ladeó la cabeza. —Eso suena menos a misión que a escondite.
Saevon no pareció ofendido. —Puede ser ambas cosas.
Ridley abrió la funda lo suficiente para ver un mapa plegado y una pequeña pieza de metal redonda.
—¿Esto?
—La necesitaréis al final de la ruta.
—Muy informativo.
—Si la explicación completa cupiera en este momento, te la daría.
Blaid miró a Ridley.
—Creo que eso era para mí.
—Probablemente.
Aria había permanecido callada.
Ridley reparó en ello al darse cuenta de que Saevon no la había incluido en ninguna instrucción.
—¿Aria viene con nosotros?
La pregunta hizo que Fïrn levantara la cabeza. Saevon miró hacia ella.
Aria respondió antes que él. —No.
Fïrn se volvió completamente. —¿Qué?
—Salgo por otra ruta.
—¿Por qué?
Aria señaló los balcones superiores donde atendían a los heridos. —Hay personas con daños mágicos que no pueden viajar sin alguien capaz de reconocer ciertas alteraciones. Lysendra necesita que vaya con uno de los grupos del norte.
—Puede ir otra persona.
Aria lo miró. —Sí.
Fïrn esperó. —Pero voy yo.
La respuesta no tenía desafío. Precisamente por eso resultaba difícil discutirla.
Fïrn bajó la voz. —Ni siquiera sabemos dónde terminaremos.
—Yo tampoco sé dónde terminaré.
—Eso no ayuda.
—No pretendía que ayudara.
Ridley desvió la atención hacia Saevon.
—¿Podremos comunicarnos?
—Cuando sepamos qué partes de la red siguen siendo seguras.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Fïrn dejó de mirar a Saevon.
Aria se acercó a él. —No podemos elegir la misma ruta solo porque sea más cómoda.
—No he dicho cómoda.
—No.
Fïrn bajó los ojos hacia el laúd que llevaba a la espalda.
Durante casi dos semanas habían pasado una cantidad absurda de tiempo juntos, suficiente para que algunas cosas empezaran a parecer normales: encontrarla en el archivo, discutir durante una comida, verla entrar en una habitación sin necesitar una razón.
Aquello no había durado lo suficiente para adquirir un nombre y, sin embargo, perderlo de golpe parecía exigir uno.
—Nos encontraremos —dijo Aria.
Fïrn soltó una risa breve. —Eso es una frase muy mala.
—Lo sé.
—No sabes dónde vamos.
—Tú tampoco sabes dónde voy yo.
—Ese es exactamente el problema.
Aria lo sostuvo con la mirada. —Entonces tendremos dos problemas que resolver.
Fïrn quiso responder. Un impacto profundo atravesó la Torre. Las lámparas oscilaron. Parte del polvo acumulado en una grieta cayó sobre el suelo. El momento se cerró. Saevon miró hacia Calethar.
—¿Cuánto?
—Menos de veinte minutos para mantener abierta la ruta suroriental.
Saevon volvió hacia ellos. —Recoged únicamente aquello con lo que podáis correr. Si un corredor está cerrado cuando lleguéis, no intentéis volver por otra cosa.
Ridley guardó la funda bajo la ropa. —¿Y tú?
—Todavía tengo trabajo aquí.
Paf Paf miró a Armathyel. El anciano levantó los documentos.
—Yo también.
Después a Lysendra.
—Lo mismo.
Paf Paf terminó mirando a Calethar.
Calethar estaba ajustándose una venda alrededor del antebrazo con los dientes. —No me mires así.
Paf Paf no apartó los ojos. —Sal.
Calethar terminó el nudo. —Cuando pueda.
—Eso dicen todos.
—Hoy todos tenemos razón.
Paf Paf no pareció satisfecho. Ridley tampoco. No había nada que pudiera ordenar para arreglarlo. Aquello seguía resultándole extraño.
—Vamos —dijo.
Tenían menos de veinte minutos. Ridley tardó nueve en llegar a la habitación y comprender que llevaba casi dos semanas acumulando cosas que no necesitaba para sobrevivir.
Había papeles sobre la mesa. Una camisa que alguien le había prestado después de que la suya terminara demasiado rota para merecer una reparación.
Una taza que utilizaba cada mañana. Vendajes limpios.
Dos piedras que Paf Paf había dejado en el alféizar sin explicar nunca por qué.
El escudo viejo descansaba junto a la cama y el Escudo de Aren seguía en el lugar que finalmente le habían encontrado después de demasiadas discusiones.
Ridley recogió armas, agua, comida, el mapa de Saevon y la ropa imprescindible. Después miró los dos escudos.
Fïrn apareció en la puerta con una bolsa llena de papeles. —No caben.
—Ya lo sé.
—Puedo llevar uno.
Ridley miró el laúd, la bolsa, el arco y todo lo que Fïrn ya tenía encima.
—No.
—Era una oferta.
—Era una mala oferta.
Fïrn observó el viejo escudo. —Ese ha venido desde Beregost.
Ridley apoyó una mano sobre la madera marcada. —Sí.
No necesitaba explicar por qué importaba. Un muchacho apareció en el corredor ayudando a caminar a otro hombre que llevaba el brazo inmovilizado y una espada demasiado grande colgada a la espalda.
Ridley lo reconoció de los ejercicios defensivos. Había utilizado escudo. —Tú.
El muchacho se detuvo.
Ridley levantó el viejo. —¿Sabes usarlo?
El joven miró primero el escudo y después a Ridley.
—Sí.
—Entonces úsalo.
—Pero…
Ridley se lo entregó. —No pienso cargar dos.
El muchacho sujetó el borde.
—Te lo devolveré.
Ridley pensó en Beregost, en todas las veces que aquella madera había recibido un golpe destinado a él y en la cantidad de objetos que habían desaparecido por el camino sin pedir permiso.
—Si volvemos a encontrarnos.
El muchacho asintió. Ridley dejó el escudo. No miró atrás al salir. Fïrn sí. No comentó nada. Paf Paf no estaba en el punto de reunión.
Ridley lo supo antes de preguntar dónde había ido. —Establos.
Blaid llegó con una bolsa pequeña sobre el hombro y el manto ya colocado. —Naturalmente.
Fïrn señaló hacia el corredor. —Voy a buscarlo.
—Vamos los cuatro —dijo Ridley.
Blaid miró alrededor. —La ruta está en el otro sentido.
—Lo sé.
Nadie discutió.
El acceso a los establos estaba lleno de animales, encargados y custodios intentando organizar una salida que nunca había sido diseñada para tantas criaturas a la vez.
Habían trasladado caballos y mulas hacia dos plataformas de carga mientras los animales más pequeños viajaban en jaulas, cestas o simplemente bajo los brazos de quien pudiera llevarlos.