33 #4
Calethar abandonó la galería. —Vienen hacia dentro.
La retirada desde las islas exteriores tenía demasiado orden para ser improvisada.
Los custodios inutilizaban mecanismos antes de marcharse, retiraban suministros que podían transportarse y destruían lo que no.
Las plataformas llevaban heridos hacia la isla principal mientras pequeños grupos permanecían detrás el tiempo necesario para cubrir el siguiente movimiento.
Ridley había pasado casi dos semanas descubriendo que Aster era un lugar habitado.
Ahora descubría que también era un lugar que llevaba mucho tiempo preparando la posibilidad de perderse.
Saevon empezó a aparecer en posiciones donde Ridley no esperaba encontrarlo.
No se detenía a combatir salvo cuando era imprescindible.
Preguntaba cuánta gente quedaba, qué archivos podían trasladarse, qué plataforma seguía operativa o cuánto tiempo necesitaba un grupo antes de abandonar una zona.
Una terraza continuaba defendiéndose. Otra quedaba condenada.
Un archivo salía en cajas. Otro era sellado.
Una ruta aceptaba refugiados mientras otra se reservaba para heridos.
Ridley comprendió que la autoridad de Saevon no dependía de ser la persona capaz de lanzar el hechizo más destructivo.
Lo veían decidir, una y otra vez, qué podía sacrificarse sin convertir la pérdida en una catástrofe mayor.
Los enviaron al primer anillo interior. La plaza de servicio estaba casi irreconocible.
Durante los días anteriores Ridley había pasado por allí entre cajas, trabajadores, carros y animales.
Ahora el espacio estaba dividido mediante barricadas y líneas de defensa.
Los primeros inquisidores llegaron acompañados por mercenarios.
Ridley dejó que chocaran contra la barricada.
El Escudo de Aren condujo el impacto de la primera lanza hacia el suelo y Blaid utilizó la abertura para atacar con la izquierda.
Paf Paf no buscaba grandes golpes; elegía puntos concretos y parecía conservar parte de la fuerza que decidía no utilizar, devolviéndola después allí donde resultaba útil.
Fïrn mantenía la Armonía en capas suaves.
Una ayudaba a los defensores a conservar el ritmo; otra separaba sonidos útiles del caos y la tercera apenas aparecía, reservada para romper una coordinación enemiga en el instante adecuado.
Ridley empezó a reconocer en aquello los días anteriores.
No porque las reliquias los hubieran transformado.
Porque habían tenido tiempo de equivocarse con ellas antes de necesitarlas.
Un mercenario atravesó la barricada por el lado izquierdo.
Paf Paf lo recibió. Otro entró detrás. Blaid intentó girar la espada con la derecha y la precisión falló en el peor momento.
Ridley interpuso el escudo. La fuerza descendió hacia las piernas. Esta vez la izquierda soportó.
Blaid atacó con la otra mano. —Gracias.
Ridley mantuvo la atención en el siguiente enemigo. —Luego.
—Tenía preparada una frase mejor.
—Sobrevive y la dices.
—Manipulación emocional.
Ridley sonrió a pesar del cansancio. La plaza resistió.
Otra no. Llegaron informes de fuego en un nivel inferior, de una plataforma tomada y de dos rutas que habían tenido que cerrarse para impedir que los grupos enemigos enlazaran entre sí.
La noche cayó sin que el combate terminara.
Había tres incendios activos cuando Calethar volvió a encontrarlos.
Ninguno era todavía suficientemente grande para amenazar la estructura de la Torre, pero el humo había obligado a evacuar corredores enteros y las corrientes de aire empezaban a comportarse de forma irregular allí donde la supresión alcanzaba sistemas vinculados al Tejido.
Ridley ya no sabía cuánto tiempo llevaba combatiendo.
Medía el estado del grupo de otra manera.
Paf Paf tenía un corte en el muslo y llevaba varias horas sin utilizar el Numen para sostener heridas ajenas.
Blaid respiraba peor y la mano derecha había dejado prácticamente de participar en el combate.
Fïrn no tocaba desde hacía un rato porque el dolor detrás de los ojos había empezado a anunciarle el límite antes de que el cuerpo lo obligara a aprenderlo de nuevo.
Aria llevaba dos dedos quemados después de mantener un enlace más tiempo del previsto.
La pierna de Ridley solo dolía cuando daba un mal paso. Eso no era una mejora.
Calethar tenía sangre en la ropa que esta vez no pertenecía toda a otras personas. —Necesito que retrocedáis hacia la sala capitular.
Ridley estudió el corredor detrás de él antes de preguntar. —¿Qué posiciones quedan entre aquí y allí?
—Dos utilizables.
—¿Y después?
Calethar tardó un instante. —Después depende de cuánto tiempo consigamos mantener los accesos del segundo anillo.
Blaid se apoyó contra la pared. —Eso suena peor que «última línea».
—Porque no estoy intentando tranquilizaros.
Ridley miró hacia el humo que empezaba a ocupar el techo del corredor. —¿Cuánto hemos perdido?
Calethar pasó una mano por el rostro. —Dos puestos exteriores, cuatro plataformas, parte del velo occidental, tres accesos y demasiada gente.
Fïrn levantó la cabeza. —Eso ya es una cifra.
—No una que vaya a gustarte.
Ridley llevaba horas observando cómo Aster cedía espacio sin desmoronarse, y hasta entonces siempre había existido otra posición detrás, otra puerta que cerrar o un nuevo canal que utilizar. Miró a Calethar y preguntó lo que llevaba evitando desde el anochecer.
—¿Podemos conservar la Torre?
Calethar no respondió inmediatamente.
Aria se acercó. —Calethar.
El hombre miró hacia el corredor por el que había venido.
—Si el velo siguiera estable y todavía controláramos los canales exteriores, sí.
Si hubiéramos perdido solo una de esas dos cosas, quizá.
Pero tienen posiciones desde las que pueden mantener la supresión mientras siguen desembarcando hombres, y nosotros necesitamos cada vez más gente para sostener menos terreno.
Ridley pensó en los últimos repliegues. En las plataformas llenas de heridos. En Saevon abandonando una biblioteca para mantener abierta una ruta.
—¿Qué estáis intentando conservar ahora?
Calethar lo miró. —Tiempo.
La respuesta no necesitaba adornos. Ridley sabía para qué.
Había visto a los refugiados desplazarse hacia niveles inferiores, a trabajadores sacar cajas de los archivos y a los custodios retirar animales de las zonas expuestas.
La batalla seguía importando, pero ya no porque cada metro de piedra tuviera que permanecer en manos de Aster.
—¿Habéis empezado a evacuar?
Calethar asintió. —Saevon lo ha autorizado.
Fïrn volvió la vista hacia el interior de la Torre. —¿Los archivos?
—Los que puedan salir.
Paf Paf apretó el mango del hacha. —Los establos.
—También, mientras queden rutas útiles.
Ridley notó cómo el goliat contenía la respuesta. —¿Y nosotros?
—Saevon quiere hablar con vosotros antes de asignaros una salida.
Ridley sintió el rechazo inmediato a abandonar una línea mientras otras personas seguían sosteniéndola, pero esta vez reconoció el impulso antes de convertirlo en argumento.
—¿Dónde?
—Sala capitular.
Otro impacto sacudió la Torre y una pequeña lluvia de polvo cayó desde una junta del techo.
Calethar se volvió hacia el corredor. —Id ahora. Dentro de diez minutos quizá tenga que mandaros por otro camino.
Ridley miró a los demás. Nadie necesitó convencer a nadie.
Empezaron a caminar. A su alrededor, los defensores seguían ocupando posiciones, pero la dirección de los movimientos había cambiado.
Los hombres y mujeres que todavía combatían ya no intentaban impedir que el enemigo alcanzara cada estancia de Aster; mantenían abiertos corredores para que otros pudieran abandonar la Torre antes de que esas rutas desaparecieran.
Ridley reconoció varios lugares mientras avanzaban.
El corredor por el que Fïrn solía ir al archivo.
La escalera que Paf Paf utilizaba para bajar a los talleres.
Una puerta lateral que conducía a la terraza donde Aria había empezado a comer con ellos.
Durante casi dos semanas aquellos lugares habían adquirido la clase de importancia que solo tienen las cosas que se repiten. Ahora los cruzaban mientras alguien decidía cuánto tiempo más podían seguir abiertos.