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Los primeros inquisidores aparecieron antes de que pudiera pedir nada más.
Eran una docena, protegidos por escudos altos, y avanzaban alrededor de dos hombres que llevaban varillas cortas de supresión.
Ridley levantó el Escudo de Aren. La elección fue automática.
El primer atacante entró con una lanza. Ridley recibió el golpe en diagonal y dejó que el metal condujera la fuerza hacia el centro del escudo y desde allí a su postura.
Había repetido aquel movimiento durante días con Calethar; cuando el impacto descendió hacia las piernas, corrigió el apoyo antes de cargar demasiado la izquierda.
Giró y abrió espacio. Blaid entró por él.
Atacó con la mano izquierda y retrocedió antes de que un segundo inquisidor cerrara la abertura. Otro trató de rodear a Ridley.
Paf Paf esperó a que se comprometiera y descargó el hacha contra el borde de su escudo. El golpe fue corto, mucho más contenido de lo que habría usado meses antes, pero el metal cedió precisamente donde había recibido el impacto y el brazo del inquisidor quedó expuesto.
Paf Paf observó el arma solo una fracción de segundo. —Bien.
Fïrn pulsó una cuerda. Las tres voces aparecieron y la Armonía se abrió en capas que Ridley todavía no sabía distinguir por sí mismo. Una de ellas consiguió que pasos, respiraciones y movimientos metálicos emergieran con mayor claridad del ruido del combate.
—¡Blaid, derecha!
El tiefling se apartó.
Una descarga blanca rozó su brazo y alcanzó el manto. El tejido se tensó contra los hombros y parte del efecto perdió coherencia antes de fijarse.
Blaid retrocedió. —Eso sí ha hecho algo.
Ridley desvió otra lanza. —Lo analizas después.
Los inquisidores se movían de dos en dos. Uno fijaba la atención mediante escudo y arma convencional mientras el segundo buscaba aproximar la supresión lo suficiente para inutilizar una defensa o una manifestación mágica. Ridley señaló a Fïrn.
—Rómpeles el paso.
El bardo cambió la cadencia de la Armonía. No intentó asustarlos ni dominar nada; introdujo pequeñas diferencias en el ritmo con el que avanzaban y dos parejas dejaron de coordinar los pasos durante apenas unos segundos. Fue suficiente.
Paf Paf golpeó la muñeca de uno de los portadores y la varilla cayó sobre la piedra.
Blaid la pateó fuera del puente antes de que pudiera recuperarla.
Los primeros atacantes empezaron a retroceder.
Ridley adelantó un pie. Vio el extremo exterior del puente.
Vio también a los practicantes que seguían trabajando detrás y recordó que nadie les había pedido terreno.
—No los sigáis.
Paf Paf detuvo el movimiento del hacha.
Blaid observó a los inquisidores retirarse hasta quedar fuera de alcance. —Querían ver si perseguíamos.
—Ahora saben que no.
—También nosotros sabemos que lo han probado.
Ridley miró a Aria. Ella estaba junto a uno de los anclajes dañados ayudando a los custodios. La tensión de su rostro hizo aparecer la orden de apartarla antes incluso de que la pensara completa. La cambió por una pregunta.
—¿Cuánto puedes mantenerlo así?
Aria respiró antes de responder. —Diez minutos sin arriesgar demasiado. Algo más si hace falta.
Ridley miró a los practicantes que trabajaban junto a ella. —Diez.
Aria levantó una ceja. —Once.
Fïrn intervino desde atrás. —Es emocionante contemplar cómo evolucionan vuestras negociaciones.
Ridley aceptó los once. El acceso resistió hasta que las marcas volvieron a estabilizarse.
Otros no tuvieron la misma suerte. Durante las horas siguientes los mensajes llegaron de forma fragmentada, aunque el conjunto empezó a dibujar una situación menos favorable de la que sugerían las victorias locales.
Aster perdió dos plataformas exteriores y varios grupos enemigos desembarcaron en islas menores; ninguno alcanzaba aún la principal, pero cada posición tomada permitía acercar tiradores, armas de supresión o pequeñas unidades a lugares desde los que antes no podían operar.
Las defensas seguían obligándolos a pagar cada avance.
Una embarcación encalló entre rocas. Otra perdió el mástil.
Dos grupos fueron expulsados de un islote cuando la pasarela que estaban utilizando se hundió bajo ellos y los obligó a regresar al agua.
Ridley empezó a pensar que podían mantener la situación durante horas.
Entonces Paf Paf utilizó el Numen en combate por primera vez.
No contra un enemigo. Un custodio cayó cerca de ellos después de recibir un golpe en la pierna.
La hemorragia estaba controlada, pero cada intento de moverlo hacía que la articulación cediera.
Una sanadora llegó hasta él. Paf Paf se agachó al otro lado.
Apoyó una mano sobre la pierna y el símbolo de Tareon del hacha emitió un brillo dorado apenas visible.
—No está rota.
La sanadora lo miró.
—¿Seguro?
Paf Paf movió la mano hacia la parte posterior de la rodilla. —Aquí no sostiene.
La mujer palpó. Su expresión cambió.
—Tendón.
Paf Paf cerró los ojos unos segundos. —Puedo mantenerlo.
Ridley recordó de inmediato lo que Maela había explicado. —¿Cuánto?
Paf Paf abrió los ojos. —Hasta la camilla.
—¿Qué te va a costar?
—No sé.
—Entonces poco.
Paf Paf señaló la camilla que llegaba. —Cuatro pasos.
Ridley calculó. —Cuatro.
El goliat mantuvo una mano sobre la pierna del custodio mientras lo levantaban. El hombre dejó de gritar y la articulación pareció sostenerse lo suficiente para permitir el movimiento. Paf Paf dio el primer paso. Después otro. Al tercero empezó a cojear.
Ridley lo vio. —Uno.
Paf Paf asintió. Cuando depositaron al herido sobre la camilla retiró la mano. Se sentó donde estaba.
Ridley se acercó. —¿Dónde?
Paf Paf se tocó la rodilla. Ridley sabía ya que aquello no era una lesión propia, sino el precio de haber sostenido temporalmente la de otro.
—No vuelvas a hacerlo sin saber cuánto.
Paf Paf levantó la vista. —He dicho cuatro.
Ridley iba a responder. Se detuvo.
—Sí.
Paf Paf asintió. No necesitaban más.
Calethar apareció poco antes del anochecer. Había sangre ajena en una manga y el cansancio había endurecido sus movimientos. Escuchó el informe del puente, comprobó la reparación y después permaneció mirando el archipiélago durante demasiado tiempo.
Ridley se acercó. —Aquí han retrocedido. También en otros dos accesos.
—Sí.
—Entonces les está costando entrar.
—Mucho.
Ridley siguió su mirada. —No parece suficiente para tranquilizarte.
Calethar señaló varios puntos del mapa que habían cambiado de manos durante la tarde.
—Porque han perdido gente y dos barcos importantes sin intentar concentrarse de verdad en ningún sitio.
Han probado tiempos de respuesta, rutas de refuerzo, qué zonas dependen del Tejido y cuánto tardamos en reparar una supresión.
Blaid se acercó. —Lo hemos visto.
—Entonces también habréis visto que ahora utilizan los canales con menos dudas.
Ridley miró las embarcaciones. Era cierto. Los primeros grupos habían tanteado cruces y entradas. Los últimos modificaban el rumbo antes de llegar a ciertos desvíos, como si ya supieran cuáles conducían a posiciones útiles y cuáles terminarían bloqueados.
—Están construyendo un mapa.
Calethar asintió. —Y nosotros llevamos toda la tarde ayudando sin poder evitarlo.
La siguiente campana sonó antes de que pudieran continuar. Calethar levantó la cabeza.
Varias referencias exteriores de la proyección se apagaron con apenas segundos de diferencia.
Aria se acercó a la baranda. —Eso no es una supresión local.
En el mar, varios de los barcos grandes habían dejado de avanzar y formaban una línea. Sobre sus cubiertas aparecieron puntos blancos que crecían con una sincronía demasiado precisa para tratarse de disparos independientes.
Ridley siguió las posiciones. —¿Qué están apuntando?
Aria tardó unos segundos en comprenderlo. —Los anclajes del velo.
La descarga cruzó el agua desde varias embarcaciones a la vez.
Los impactos no alcanzaron la Torre ni las posiciones defensivas.
Golpearon islas exteriores, estructuras casi invisibles entre las rocas y zonas que Ridley no habría considerado importantes unas horas antes.
Durante un instante no pasó nada. Después una isla se duplicó.
La imagen aparente y la verdadera se separaron varios metros antes de volver a superponerse.
En otro canal, una formación rocosa pareció desplazarse sin moverse realmente, mientras las líneas del Tejido grabadas bajo la superficie del agua perdían continuidad.
Los practicantes de Aster reaccionaron. Cada anclaje que reforzaban obligaba a retirar atención de otro.
Las naves enemigas modificaban el objetivo antes de que la red recuperara estabilidad.
Ridley observó durante varios ciclos cómo se repetía el proceso. Aster corregía una zona, otra empezaba a perder coherencia; los atacantes apenas necesitaban mantener la presión el tiempo suficiente para obligar a elegir.
—No necesitan romper todos —dijo.
Aria asintió. —Solo conseguir que no podamos sostenerlos al mismo tiempo.
Un anclaje occidental cedió. Tres embarcaciones pequeñas corrigieron el rumbo inmediatamente. No hubo exploración. No hubo duda. En cuanto aquella parte de la ilusión se abrió, los barcos ya sabían qué canal quedaba expuesto. Ridley buscó a Calethar. El hombre estaba mirando lo mismo.
—Eso ya lo conocían.
Calethar llamó a uno de los oficiales. —Retirada del cuarto y sexto puesto. Cerrad todo lo que quede detrás y trasladad las reservas al primer anillo.
Las órdenes empezaron a moverse antes de que Ridley terminara de comprender lo que implicaban.
Los atacantes habían aprendido durante la tarde, sí, pero no partían de cero.
Alguien les había entregado suficiente información para reconocer piezas concretas del sistema cuando Aster se veía obligada a mostrarlas.
La primera embarcación alcanzó una plataforma exterior casi vacía.
Desembarcaron antes de que pudiera cerrarse el acceso.