33 #2
Ridley se acercó a la galería. Al principio solo distinguió mar y la luminosidad del horizonte.
Después aparecieron manchas oscuras, demasiado regulares para ser rocas y demasiado numerosas para pertenecer a pescadores que hubieran perdido la ruta.
Una. Después otra. Y otra más hacia el norte. Fïrn llegó junto a él.
Blaid observó las embarcaciones. —¿Luz Púlida?
Lysendra respondió desde detrás. —Todavía no vemos insignias.
Ridley siguió la dirección de los barcos. No navegaban buscando tierra ni tanteando la costa. Sus proas convergían hacia los pasos occidentales de Neraval con demasiada precisión.
—No necesitan que veamos las insignias todavía.
Calethar empezó a repartir órdenes mientras los oficiales modificaban la proyección.
Los accesos exteriores quedarían cerrados, las plataformas civiles regresarían al anillo interior y los refugiados serían trasladados a zonas protegidas.
Los guardianes costeros debían prepararse, aunque no se activarían hasta que las embarcaciones entraran en distancia útil. Ridley siguió mirando el mar.
Habían tardado semanas en llegar a Neraval, pasando por rutas secundarias, ciudades hostiles, el Bosque de Serpiente y una travesía marítima que dependía de saber dónde entrar.
Aster añadía después una segunda dificultad: la isla principal se ocultaba bajo una estructura que convertía una fortaleza activa en ruinas irrelevantes.
Aquellas naves no se estaban aproximando a Neraval por casualidad.
La cuestión era qué parte del camino conocían.
Aria se situó a su lado. —Si mantienen la velocidad, tardarán varias horas en alcanzar los canales exteriores.
Ridley miró las formaciones rocosas y después la Torre. —¿Pueden verla?
—No sé cuánto han alterado. Si solo han abierto un sector, aún podrían estar siguiendo indicios en lugar de ver Aster directamente.
Eso explicaría las rutas sin resolver el problema.
Calethar los llamó. —Necesito saber si podéis luchar.
Ridley miró a los otros tres. Las casi dos semanas en Aster habían cambiado mucho su estado.
Paf Paf había recuperado casi toda la movilidad del hombro, aunque todavía protegía determinados movimientos altos; Fïrn había recuperado la audición basal y llevaba varios días tocando sin nuevas alteraciones, aunque ninguno confundía aquello con ausencia de coste; Blaid podía volver a combatir con la derecha durante periodos cortos, aunque la precisión desaparecía con el cansancio.
Su propia pierna toleraba ya caminatas largas y entrenamiento, siempre que no pretendiera ignorarla cuando empezaba a endurecerse.
—Sí.
Calethar asintió. —Os mantendré en una posición intermedia. Si un acceso necesita refuerzo, os moveréis allí. Hasta entonces quiero que conservéis fuerzas.
Ridley estuvo a punto de preguntarle por qué no los situaba directamente donde esperaba el primer ataque. Miró los canales. Todavía no sabían dónde sería.
—¿Qué terraza?
Calethar le indicó una sobre el oeste.
Fïrn esperó a que se alejaran. —No has discutido.
Ridley ajustó el Escudo de Aren. —No había nada útil que discutir.
Blaid lo miró. —Empiezo a añorar tu juventud.
Durante la primera hora no hubo combate. Aster utilizó el tiempo.
Los refugiados de las terrazas exteriores desaparecieron hacia zonas interiores; las cocinas empezaron a distribuir agua y comida entre los puestos, mientras custodios y trabajadores desplazaban armas, vendas, piezas de maquinaria y cajas de suministros hacia las posiciones que Calethar había marcado.
La gente que Ridley había aprendido a reconocer durante los últimos días aparecía ahora en funciones distintas.
La mujer que controlaba el almacén de alimentos llevaba un carcaj a la espalda.
Dos hombres a los que había visto reparar una plataforma transportaban piezas hacia uno de los anclajes.
Eren cruzó una galería inferior conduciendo caballos hacia los establos interiores.
Paf Paf lo vio también. —Tordo y Rodado están dentro.
Ridley volvió la vista. —¿Los has visto?
—Antes.
Aquello pareció bastarle.
Desde la terraza podían observar los canales por los que tendría que entrar cualquier fuerza que pretendiera alcanzar la isla principal. Los barcos grandes se mantuvieron fuera mientras varias embarcaciones pequeñas avanzaban entre rocas e islotes, separándose a medida que las rutas se estrechaban.
Ridley siguió las trayectorias. —Por esos dos canales solo pueden pasar de uno en uno.
Aria observó la zona. —Ese es el propósito. Las defensas no están diseñadas para detener toda la fuerza enemiga en el mismo punto, sino para obligarla a dividirse antes de llegar aquí.
—Entonces cada barco que entra pierde apoyo de los demás.
—Mientras no conozcan demasiado bien las rutas.
Ridley recordó el puesto muerto y la ocultación abierta. —Lo sabremos pronto.
Poco después sonaron dos toques rápidos y uno largo.
Las plataformas exteriores dejaron de moverse.
El agua cambió. No de golpe, sino mediante pequeñas elevaciones que crecieron alrededor de puntos invisibles bajo la superficie.
Una de ellas adquirió forma de torso, después hombros y brazos; otra apareció en un canal vecino hasta que dos figuras enormes se elevaron sobre el agua.
Fïrn se acercó a la baranda. —Eso es innecesariamente impresionante.
—Guardianes costeros —dijo Aria.
—Son guardianes costeros de quince metros.
—Doce.
Fïrn la miró. —Gracias. Ahora me parecen completamente razonables.
Los guardianes empezaron a desplazarse. No caminaban realmente; las corrientes parecían arrastrar la parte visible del cuerpo mientras el resto seguía unido al canal.
Cuando el primero alcanzó una embarcación pequeña, Ridley esperaba verlo volcarla, pero la figura se limitó a elevar una masa de agua junto al casco y modificar la corriente hasta obligar al timonel a corregir.
La nave quedó atravesada en el paso. Las que venían detrás tuvieron que reducir velocidad.
En otro canal ocurrió algo parecido, mientras tiradores apostados en las islas exteriores apuntaban a aparejos, velas y timones en lugar de buscar cuerpos.
—Quieren atascar las rutas —dijo Ridley.
Blaid siguió con la mirada una embarcación que intentaba girar. —Y conseguir que cada barco moleste al siguiente.
Durante varios minutos las defensas funcionaron con una eficacia que volvió difícil imaginar que alguien hubiera conseguido localizar aquel lugar.
Una nave quedó encajada entre rocas; otras dos tuvieron que retroceder y un grupo entero abandonó un canal después de que un puente se levantara delante de ellos.
Entonces uno de los barcos grandes disparó.
El proyectil impactó junto a uno de los guardianes.
Parte del brazo y del costado se deshicieron de una forma distinta a la dispersión normal del agua.
La corriente tardó en recomponerse y un segundo disparo alcanzó el torso antes de que pudiera hacerlo.
La figura perdió cohesión y cayó sobre el canal.
Aria dio un paso adelante. —Eso no era munición normal.
Ridley buscó la cubierta del barco y distinguió una estructura baja y alargada. —Han traído algo para ellos.
Blaid entrecerró los ojos. —O para cualquier defensa basada en Tejido.
Los guardianes restantes modificaron su posición y consiguieron desviar el siguiente proyectil mediante una pared de agua.
Pocos minutos después llegó otra clase de ataque.
Una varilla negra cruzó por encima de la terraza y se clavó en un muro lateral.
No explotó ni produjo llama. Permaneció incrustada mientras las líneas grabadas en la piedra empezaban a perder brillo alrededor del impacto.
Aria retrocedió. —No la toquéis.
Dos custodios corrieron hacia la varilla con herramientas aisladas. Blaid la reconoció antes que Ridley.
—Supresión.
Otra cayó en una plataforma. Una tercera alcanzó un puente.
Cada impacto afectaba una zona relativamente pequeña, pero obligaba a desplazar personas capaces de reparar o compensar el daño.
Ridley empezó a seguir los tiempos entre disparo y respuesta.
Después observó los grupos que avanzaban por los canales.
Cuando un puesto recibía refuerzos, el grupo más cercano reducía la presión.
Cuando los defensores se desplazaban hacia otro punto, aparecía una nueva varilla lejos del primero.
No intentaban mantener ninguna posición durante demasiado tiempo.
—Fïrn.
El bardo ya observaba lo mismo.
—Sí.
Ridley señaló una plataforma donde los atacantes empezaban a retirarse justo cuando llegaban seis custodios. —Han hecho eso tres veces.
Blaid miró los otros accesos. —Nunca esperan a comprobar si pueden ganar el punto.
Fïrn apretó el mástil del laúd. —Solo esperan a ver cuánto tardamos en responder.
Ridley siguió los movimientos durante otro minuto. No tenía forma de saber cuál era el plan completo, pero cada retirada dejaba al enemigo con un dato nuevo: cuánto tardaba Aster en mover gente, qué zonas necesitaban practicantes para reparar supresión y qué accesos recibían prioridad.
—Que Calethar lo sepa.
Aria ya estaba llamando a un mensajero. La primera orden de movimiento llegó menos de media hora después.
Un muchacho con una ficha de Calethar los condujo dos niveles abajo, hasta un acceso próximo al agua donde varios custodios evacuaban a dos heridos.
Uno tenía el brazo cubierto de quemaduras blanquecinas; el otro apoyaba casi todo su peso sobre una compañera.
La responsable del puesto, una mujer de cabello corto y una cicatriz que le atravesaba la mandíbula, señaló el puente de piedra que comunicaba la isla principal con una plataforma exterior.
—Han suprimido las marcas del extremo. Hay dos practicantes trabajando allí y necesito mantener el acceso hasta que terminen.
Ridley estudió la anchura, el terreno y las rutas de retirada antes de preguntar. —¿Qué perdemos si toman la plataforma?
—Una entrada estable al primer nivel.