Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 33
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Dos días de rutina habían pasado desde la última cena tranquila sin traer ninguna novedad que justificara interrumpirla. La mañana, ya cerca de cumplirse dos semanas desde su llegada a Aster, empezó con una plataforma que regresó vacía.

Ridley la vio desde una de las galerías occidentales mientras terminaba de ajustar una de las correas del Escudo de Aren.

Una semana antes probablemente no habría reparado en ella, pero llevaba suficiente tiempo en Aster para reconocer las pequeñas regularidades que daban forma a cada jornada: qué plataformas transportaban provisiones, cuáles conectaban con los puestos exteriores y cuáles debían regresar a aquella hora cargadas con cajas, herramientas o personas. Aquella pertenecía al último grupo.

Entró en el canal interior con demasiada velocidad, sin carga y sin el custodio que solía viajar de pie junto al mecanismo delantero. Dos trabajadores del embarcadero abandonaron lo que estaban haciendo antes incluso de que terminara de detenerse.

Ridley apoyó los antebrazos sobre la baranda. —Eso no está bien.

Blaid, que había salido con él después del desayuno, siguió la dirección de su mirada. El Manto de la Última Palabra se confundía ya con el resto de sus ropas salvo cuando el tejido atrapaba ciertos reflejos violáceos al moverse.

—¿Desde cuándo eres experto en plataformas?

—Desde que llevamos casi dos semanas viendo hacer lo mismo delante de nosotros.

Una segunda apareció poco después por otro canal. También regresaba vacía. La expresión de Blaid cambió.

Ridley buscó movimiento en las terrazas inferiores. Varias personas se dirigían ya hacia los embarcaderos y una mujer de la Orden hacía señales a quienes controlaban el tránsito.

—Busca a los otros.

Blaid se marchó sin preguntar.

Ridley empezó a bajar. La primera campana sonó antes de que alcanzara el siguiente nivel.

Un solo toque. No era una alarma general.

Durante los últimos días había aprendido que Aster utilizaba campanas para casi cualquier cosa: cambios de turno, modificaciones de tránsito, cierres parciales, llegada de suministros e incluso ejercicios que Fïrn consideraba diseñados exclusivamente para impedirle dormir a horas impropias.

Aun así, varias personas dejaron de trabajar.

Ridley aceleró. Encontró a Paf Paf saliendo de uno de los talleres con las manos cubiertas de grasa y el hacha sujeta a la espalda.

—Las plataformas.

Paf Paf asintió. —He visto.

—¿Fïrn?

—Archivo.

Antes de que Ridley pudiera continuar, una segunda campana respondió desde un nivel superior. Esta tenía un tono más grave y prolongado.

Paf Paf levantó la cabeza. —Esa no suele sonar con la otra.

Ridley tampoco recordaba haber oído ambas en una misma secuencia. —Vamos.

Encontraron a Fïrn y Aria antes de llegar al archivo. Los dos salían deprisa; Fïrn llevaba el Laúd de las Tres Voces a la espalda y un cuaderno bajo el brazo, mientras Aria conservaba un par de hojas en la mano y parecía haber abandonado el resto de la investigación sin ordenar.

Blaid apareció por una escalera lateral casi al mismo tiempo. —¿Qué significa la segunda? —preguntó Ridley.

Aria ya caminaba hacia el corredor principal. —Restricción de movimientos no esenciales.

—¿Y la primera?

—Cambio de circulación exterior.

—¿Suelen sonar juntas?

Aria tardó lo suficiente para que la respuesta llegara antes que sus palabras. —No.

Fïrn guardó el cuaderno dentro de la chaqueta. —Eso mejora mucho la mañana.

Nadie le siguió la broma.

Atravesaron varios corredores y Ridley empezó a notar que la Torre había cambiado antes de que nadie pronunciara la palabra alarma.

La mayoría de la gente continuaba trabajando, pero los desplazamientos tenían otra dirección y otra urgencia: algunas puertas permanecían abiertas para facilitar el tránsito, varios custodios bajaban hacia los niveles exteriores y dos grupos de refugiados eran conducidos hacia zonas internas sin explicaciones innecesarias.

Aquello le resultaba familiar. No por Aster.

Había visto la misma normalidad frágil antes de incendios, ataques y evacuaciones, cuando las personas seguían haciendo lo que debían porque detenerse a admitir que tenían miedo no ayudaba todavía a nadie.

Encontraron a Calethar en una galería desde la que se dominaban varios canales occidentales. Tres oficiales rodeaban una proyección translúcida del archipiélago y dos de las líneas que representaban rutas exteriores parpadeaban de manera irregular.

Calethar levantó la vista. —Pensaba mandar a buscaros.

Ridley se acercó a la mesa. —¿Qué ocurre?

—Todavía lo estamos determinando.

—Armathyel os está contagiando.

Calethar no sonrió. Ridley habría preferido que lo hiciera.

Aria se colocó junto a la proyección. —¿Qué canales?

—Tres y cinco. Las alteraciones empezaron con menos de diez minutos de diferencia.

Blaid se inclinó sobre el mapa. —¿Desde dentro o desde fuera?

Uno de los oficiales negó.

—No lo sabemos.

Fïrn estudió los puntos de luz. —¿Qué se ha alterado exactamente?

Calethar amplió una zona de la proyección. —Parte de la ocultación. No ha caído, pero varios anclajes están perdiendo estabilidad y hemos cerrado el tránsito exterior mientras comprobamos la causa.

Paf Paf señaló uno de los canales. —¿Barcos?

—Ninguno visible.

—¿Magia?

Calethar miró a Aria. Ella examinó las líneas antes de responder.

—Puede ser. Desde aquí no puedo distinguir si alguien está interfiriendo con el Tejido o si uno de los anclajes ha fallado por otra causa.

Ridley miró los dos puntos afectados. —¿Fallan así?

—Todo puede fallar.

—¿Dos a la vez?

Calethar mantuvo la vista sobre el mapa. —Eso es lo que estamos intentando averiguar.

La tercera campana sonó.

Calethar empezó a dar órdenes antes de que terminara el eco. —Cerrad plataformas exteriores. Todo tránsito civil al segundo anillo. Nadie sale de la isla principal sin autorización.

Ridley se volvió hacia él. —¿Qué ha ocurrido?

Uno de los puntos luminosos del extremo occidental acababa de apagarse.

Calethar señaló la proyección. —Un puesto exterior ha dejado de responder.

—¿Cuánta gente?

—Seis.

Paf Paf miró hacia la salida. —Vamos.

Calethar negó. —Ya hay un equipo de recuperación en camino.

—Podemos ayudar.

—Lo sé. Y si el problema es una avería, enviaros sin saber qué ha pasado solo añade cuatro personas más donde no hacen falta. Si no es una avería, prefiero saber qué estoy enviando antes de utilizaros.

Ridley escuchó la explicación y, aunque no le gustó, no encontró nada que pudiera mejorar con una discusión.

—¿Cuánto tardarán?

—Han salido hace tres minutos.

Esperaron.

Ridley contó el tiempo sin proponérselo.

Durante los primeros minutos permaneció junto a la mesa siguiendo el movimiento de las plataformas; después empezó a recorrer la galería hasta que la pierna se endureció y tuvo que apoyarse contra una pared antes de que Aria se lo señalara.

Fïrn intentó averiguar cómo se comunicaban los puestos exteriores con la Torre, pero uno de los oficiales comenzó a dibujar una explicación sobre conductos del Tejido y el bardo abandonó la conversación antes de llegar a la tercera capa del esquema. Paf Paf observaba el mar. Blaid no.

Ridley tardó varios minutos en darse cuenta de que estaba mirando a las personas: quién entraba, quién entregaba mensajes, quién cambiaba de dirección después de hablar con un superior y qué rostros parecían saber algo antes de que Calethar modificara ninguna orden.

Blaid se acercó a él. —Hay otro problema.

Ridley siguió la dirección de sus ojos. Lysendra acababa de entrar por una puerta lateral; la veta plateada de su cabello recogido atrapó un instante la luz de la galería.

La mujer no parecía asustada, pero su forma de cruzar el espacio tenía una concentración distinta, demasiado estrecha para permitir cualquier gesto innecesario.

—Sí —dijo Ridley.

Lysendra llegó hasta Calethar y habló junto a su oído. El hombre dejó de mirar la proyección.

—Aria.

Ella se acercó.

Lysendra miró después al resto. —Vosotros también.

Los condujeron hasta una sala contigua y cerraron la puerta. No había ventanas ni mobiliario salvo una mesa estrecha contra el muro.

Lysendra esperó a que todos entraran. —El equipo ha encontrado el puesto.

Paf Paf preguntó antes que nadie. —¿Vivos?

Lysendra negó. El goliat bajó la mirada.

—Los seis han muerto. Dos estaban fuera y cuatro dentro. No parece que hubiese un combate prolongado y ninguno alcanzó el sistema de alarma que correspondía a una intrusión.

Ridley apoyó una mano sobre el borde de la mesa. —¿Sabéis cómo murieron?

—Todavía no. La primera inspección no permite distinguir si hubo intervención mágica, veneno u otra causa.

Aria miró a Lysendra.

—¿Y el anclaje?

—Alterado.

—¿Roto?

—No.

Aria permaneció inmóvil un instante. —¿Abierto?

—Eso parece.

La palabra modificó la forma en que Ridley estaba imaginando el problema. Una defensa rota podía explicarse por fuerza, desgaste o accidente. Una defensa abierta implicaba que el sistema había respondido de una forma para la que estaba construido.

—¿Desde dentro?

—No lo sabemos.

Blaid se acercó medio paso. —¿Pero tienes alguna hipótesis?

Lysendra lo miró. —Varias. Ninguna con suficiente apoyo para que os la entregue como respuesta.

Blaid aceptó aquello sin insistir. Ridley volvió hacia Aria.

—Si una parte de la ocultación queda abierta, ¿qué puede verse desde fuera?

—Depende del daño. Quizá no la Torre directamente, pero sí una isla que antes parecía otra cosa, rutas de agua que no deberían coincidir, movimientos de plataformas o deformaciones del entorno. Con suficiente información previa, eso podría bastar para saber dónde seguir buscando.

—¿Cuánto tiempo lleva abierta?

Lysendra negó.

Paf Paf apretó la mandíbula. —No sabéis.

—No.

La cuarta alarma empezó a sonar en ese momento. Tres golpes espaciados.

Calethar abrió la puerta antes del último. —Venid.

La proyección del archipiélago mostraba ahora varias líneas exteriores en rojo.

—Velas al oeste.