32 #5
Saevon negó. —No. Pero pensar en contingencias después de necesitarlas suele producir planes bastante pobres.
Paf Paf continuó comiendo. —Bien.
Todos lo miraron. El goliat levantó la vista.
—Si no piensa, mal.
Saevon señaló a Paf Paf con la cuchara.
—Exacto.
Ridley resopló. —No te acostumbres a tener apoyo.
Después hablaron de otras cosas. Saevon preguntó por el Numen de Paf Paf y tuvo que reconstruir mediante preguntas una explicación que el goliat redujo a «noto cuándo algo aguanta mal».
Fïrn se quejó de que su laúd se negaba a comportarse como un instrumento respetable.
Blaid no dijo nada del manto hasta que Ridley mencionó lo sucedido durante el entrenamiento.
Saevon lo miró con atención. —¿Separación de intención?
—Aproximadamente.
—Interesante.
Blaid apoyó la espalda en la silla. —Esa palabra empieza a parecerme una amenaza.
No hablaron más del Bastión. Pero el nombre quedó en la habitación después de que Saevon se marchara.
Aquella noche Blaid no consiguió dormir. La culpa no era de la Presencia. Y eso había empezado a ser el problema.
Durante los primeros días de silencio había esperado alguna señal: una palabra al borde del sueño, una presión dentro de una decisión, el regreso de aquella falsa intimidad que durante años había confundido con guía cuando le convenía y con mandato cuando necesitaba excusarse.
Nada había vuelto. La orden seguía en su memoria.
Mata a Aria. Pero ahora era una frase recordada.
No una voluntad entrando en él. El rubí era distinto porque seguía perteneciendo al presente.
Blaid permaneció tumbado durante casi una hora antes de incorporarse. No encendió la lámpara. Metió la mano bajo la ropa y sacó la pequeña piedra, que incluso en la oscuridad parecía retener algo de la poca luz que entraba por la ventana.
Recordó el anillo en manos de Ridley. Recordó abrir el cofre. Recordó tomarlo.
No había una fuerza controlando su brazo. Había presión, sugerencias y una facilidad insoportable para construir argumentos después de haber hecho lo que quería hacer. La mano había sido suya. Después había mentido.
Y cuando el vínculo se rompió, había continuado ocultando el rubí. Eso también era suyo. Cerró los dedos.
La conversación con Ridley regresó. Necesitaría que dejara de decidir también qué parte de la verdad puedo soportar. La frase había sido obscenamente precisa. Tal vez Ridley sospechaba algo. Tal vez no. Ya no importaba. Blaid se vistió.
El corredor estaba casi vacío. Aster nunca dormía del todo, pero por la noche los pasos disminuían, las plataformas se desplazaban más despacio y la luz quedaba reducida a lámparas separadas por tramos de penumbra.
Caminó hasta la habitación de Ridley con el rubí todavía en la mano. Se detuvo frente a la puerta. No necesitaba preparar un discurso. Podía llamar. Ridley abriría.
Blaid extendería la mano y empezaría por la única frase que no podía adornar. El anillo no desapareció.
Después vendría lo demás. Lo tomé. Te mentí. La daga reaccionó con él. El metal desapareció. Esto quedó.
Podía dejar fuera la orden contra Aria. Aquello pertenecía a otro secreto. Uno que todavía no estaba dispuesto a entregar. Pero el rubí podía devolverlo. Levantó la mano. Dentro de la habitación alguien habló. Fïrn.
—Te digo que estaba ahí antes.
Ridley respondió algo que Blaid no entendió. Después llegó la voz de Paf Paf.
—No.
—¿Cómo que no?
—Lo moviste.
—No lo moví.
Ridley dijo algo. Fïrn empezó a reír.
Blaid permaneció ante la puerta con la mano levantada y comprendió que no sabía por qué estaban los tres despiertos. Tampoco importaba. Podía llamar igualmente.
Imaginó la puerta abriéndose y la conversación interrumpiéndose. Ridley mirando su mano. Fïrn dejando de reír. Paf Paf observándolo sin decir nada. Después vendrían las preguntas. No temía que Ridley lo golpeara. Casi habría resultado más sencillo.
Lo que temía era mucho menos limpio: que Ridley lo creyera capaz de aquello porque, sencillamente, lo había sido; que Fïrn comprendiera cuántas conversaciones había atravesado Blaid conociendo la verdad; que Paf Paf no necesitara decir una palabra para que él supiera lo que pensaba.
Temía que la manera en que lo miraban cambiara. Y esta vez no podría culpar a ninguna voz dentro de su cabeza. La mano descendió despacio. Blaid miró el rubí. La explicación antigua apareció por costumbre. Todavía no es el momento. Reconoció la excusa antes de permitirle crecer.
No existía un momento correcto esperando más adelante.
No estaba protegiendo a Ridley, ni necesitaba comprender mejor la piedra, ni esperaba descubrir una razón que convirtiera el robo en algo distinto de lo que había sido.
Tenía miedo. No había una explicación más noble detrás.
Cerró los dedos alrededor del rubí. Desde dentro llegó otra carcajada. Lo guardó.
Permaneció unos segundos frente a la puerta. No se dijo que había tomado la decisión correcta. Tampoco se prometió hacerlo al día siguiente. Guardó el rubí, regresó a su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.