Epílogo
El tercer día encontraron sitio para mucha más gente de la que había allí.
No fue un descubrimiento especialmente solemne.
Paf Paf consiguió abrir una puerta atascada en uno de los edificios próximos a la muralla, Blaid localizó bajo el polvo una escalera que descendía hacia dos salas de almacenamiento y Fïrn pasó casi una hora intentando demostrar que aquella zona había servido como residencia en algún momento porque una de las paredes conservaba restos de pintura bajo varias capas de suciedad.
Ridley vio algo más sencillo: espacio suficiente para decenas de personas.
Sin proponérselo, habían empezado a medir el Bastión pensando ya en quienes todavía no estaban allí.
Paf Paf contaba camas posibles, almacenes, establos y estructuras que podían repararse con las herramientas disponibles; Blaid revisaba accesos, ángulos muertos y lugares desde los que alguien podría acercarse sin ser visto; Fïrn llenaba páginas con símbolos, habitaciones, inscripciones y preguntas cuya cantidad empezaba a superar a las respuestas de una forma que parecía hacerlo bastante feliz. Ridley pensaba en Aster.
No tenían noticias de la Torre ni de las rutas de evacuación.
Durante el viaje hasta las colinas habían preguntado cuanto podían sin revelar demasiado, pero nadie había sabido decirles si Aster seguía resistiendo, si la Luz Púlida había terminado de ocuparla o cuántos grupos habían conseguido abandonar Neraval.
Un carretero aseguraba haber visto humo sobre las islas; otro viajero había oído hablar de combates en la costa. Ninguno había estado allí.
Aria podía seguir viva en alguna parte, igual que Saevon, Armathyel, Lysendra o Calethar.
Tordo y Rodado podían haber alcanzado otra isla con las plataformas de carga o haberse perdido entre las rutas de evacuación.
Ridley había dejado de intentar llenar aquellos huecos con posibilidades.
Lo único seguro era que todavía no tenían respuestas.
Desde la muralla occidental se divisaba un tramo amplio de las colinas y, cada vez que aparecía una figura a lo lejos, alguno de los cuatro terminaba mirando en aquella dirección aunque fingiera estar ocupado con otra cosa. Nunca era nadie que conocieran.
Aquella noche extendieron sobre la mesa el mapa que Saevon les había entregado.
Fïrn había añadido marcas durante el viaje y Blaid había empezado a dibujar las rutas de aproximación al Bastión, mientras Paf Paf había dejado a un lado un inventario bastante escueto de lo que quedaba en los almacenes.
Ridley intentó reconstruir de memoria los puntos de evacuación que había visto durante la salida de Aster, aunque pronto quedó claro que cualquier intento de buscar a los supervivientes tendría que empezar lejos de las islas.
—Tenemos que volver —dijo.
Blaid levantó la vista. —¿A Aster?
—A buscar información sobre Aster. No a entrar en Neraval sin saber qué queda allí.
Fïrn acercó el mapa. —Los puntos de evacuación son un comienzo. Si alguno sigue funcionando, alguien puede saber qué grupos salieron y hacia dónde.
—Y si están vigilados —dijo Blaid—, podemos indicar a la Luz Púlida exactamente qué estamos buscando.
Ridley asintió. —Entonces no repetimos rutas y no preguntamos por la Orden donde cualquiera pueda escucharnos.
Paf Paf señaló el Bastión. —Primero esto.
Ridley lo miró.
El goliat recorrió con un dedo los almacenes y después los edificios cercanos a la muralla.
—Comida. Herramientas. Techo.
—Y la muralla oeste —añadió Blaid—. Si traemos gente aquí antes de asegurarla, estaremos convirtiendo un refugio oculto en un problema lleno de personas.
Fïrn empezó a escribir. —Así que necesitamos suministros sin crear una ruta evidente, comprobar qué caminos pueden utilizarse sin conducir hasta aquí y averiguar cuánto espacio podemos preparar antes de empezar a mover a nadie.
Ridley observó el mapa. —Grupos pequeños, rutas distintas y puntos intermedios.
Blaid asintió. —Y nadie fuera de nosotros necesita conocer todo el trayecto al principio.
Aquella parte le gustaba menos a Ridley, pero entendía la necesidad. El Bastión solo serviría si podían mantenerlo fuera de las redes que habían conducido a la Luz Púlida hasta Aster.
—Si encontramos a los que salieron —dijo—, podemos traer aquí a quienes necesiten desaparecer mientras averiguamos qué queda de la Orden.
Paf Paf asintió. —Proteger.
—Sí. Sin encerrarlos y sin decidir por ellos —dijo Ridley.
Blaid levantó ligeramente una ceja. —Eso ha sonado dirigido a alguien.
Ridley ignoró el comentario.
Fïrn continuó tomando notas, aunque había dejado de mirar únicamente los caminos. —También necesitamos saber cómo encontraron Aster. No descubrieron los anclajes durante el ataque; conocían demasiado para eso.
Ridley pensó en las embarcaciones corrigiendo el rumbo en cuanto la primera parte del velo cedió.
—Y en la Secta.
Fïrn dejó de escribir durante un instante.
La Secta del Ojo Oculto seguía siendo la única organización que conocían capaz de conectar piezas que aún permanecían separadas: rituales, custodias antiguas, infiltración y el intento de facilitar el regreso de algo cuya naturaleza apenas habían empezado a comprender.
Paf Paf señaló hacia el piso superior. —Libro.
—Sí —dijo Fïrn—. El libro también.
Blaid señaló hacia el suelo. —Y lo que haya debajo de nosotros.
El corredor bajo la casa seguía descendiendo más allá de la cámara por la que habían entrado. Ninguno había vuelto todavía a explorarlo.
Fïrn apoyó la pluma. —Tenemos trabajo.
Ridley miró los mapas, el Bastión y las notas que empezaban a ocupar la mesa.
Durante meses habían viajado buscando lugares donde otros pudieran explicarles qué estaba ocurriendo o proporcionarles seguridad suficiente para detenerse.
Ahora tenían un lugar desde el que empezar a buscar. Más tarde salió a la muralla.
El aire era frío y las colinas desaparecían pronto bajo la oscuridad.
Desde allí no se distinguían pueblos próximos ni caminos que condujeran directamente al Bastión, y hasta la ruta que ellos habían utilizado resultaba difícil de reconstruir entre árboles y cambios de nivel.
Blaid apareció unos minutos después y apoyó los antebrazos sobre la piedra. Durante un rato ninguno habló.
—¿Crees que podemos esconder aquí a toda la gente que haya salido de Aster? —preguntó finalmente.
Ridley miró hacia el patio vacío. —No sabemos cuánta salió.
—Eso no responde.
—Porque no lo sé.
Blaid sonrió apenas. —Buena respuesta.
Ridley observó los edificios sin luces. —Pero hay sitio. Si conseguimos mantenerlo oculto y encontramos una forma segura de llegar hasta ellos, podemos intentarlo.
—En cuanto empiece a llegar gente, esto dejará de ser solo un refugio.
Ridley volvió hacia él. —Nunca fue nuestro. Solo llegamos primero.
Blaid permaneció callado unos segundos.
Después llevó una mano al interior de la ropa. Ridley reconoció el gesto porque ya lo había visto varias veces desde Aster, aunque seguía sin saber qué ocultaba allí. Esta vez Blaid habló antes de apartarla.
—Hay cosas que todavía tengo que contarte.
Ridley lo miró.
Volvió a contemplar las colinas. —Ya lo imaginaba.
—No hoy —dijo Blaid.
Era la misma respuesta que había utilizado en Aster, pero ahora no sonaba a una forma de cerrar la conversación. Ridley tuvo la impresión de que Blaid estaba describiendo una distancia que pensaba recorrer, aunque todavía no supiera cuándo.
—Vale.
Blaid soltó aire. —Sigues haciendo eso.
—¿Qué?
—Volverte razonable justo cuando resulta más incómodo.
—Puedo discutir si ayuda.
—No.
Ridley sonrió.
Permanecieron un rato más sobre la muralla, sin hablar de aquello que Blaid todavía no estaba dispuesto a contar.
A la mañana siguiente Fïrn había ocupado casi toda la mesa con mapas.
No existía una lista ordenada de problemas ni una sucesión limpia de tareas, solo caminos marcados, anotaciones en los márgenes, interrogantes y varias hojas procedentes del libro encontrado en la planta superior.
Paf Paf entró desde los establos con serrín en la ropa, dejó una herramienta junto a la puerta y se acercó a mirar por encima del hombro de Fïrn.
—Hay sitio para seis caballos.
Fïrn levantó la cabeza. —Buenos días para ti también.
—Buenos días.
Blaid apareció poco después con un dibujo de la sección oeste de la muralla y lo dejó sobre uno de los pocos espacios libres.
—Si conseguimos madera suficiente, podemos asegurar esto antes de buscar piedra.
Paf Paf estudió el dibujo. —Sí.
Fïrn apartó varias hojas para hacer sitio. Ridley llegó el último.
Durante unos segundos se quedó junto a la puerta observándolos.
Fïrn discutía con Blaid sobre qué caminos podían utilizar sin repetir la ruta por la que habían llegado; Paf Paf señalaba los lugares donde podían almacenar provisiones sin bloquear los edificios habitables y los tres hablaban como si llevaran semanas trabajando allí.
Ninguno sabía qué había sido de Aster. No sabían dónde estaba Aria, si Saevon o el Consejo habían conseguido salir ni qué había ocurrido con Tordo y Rodado.
Tampoco sabían quién había entregado a la Luz Púlida información suficiente para atacar la Torre, cuánto había avanzado la Secta en sus planes ni qué relación exacta existía entre los cinco incidentes.
Y debajo de todos aquellos problemas seguía estando la amenaza que Aster les había permitido reconocer sin llegar a nombrarla: algo antiguo y peligroso que alguien intentaba devolver a su mundo.
Ridley se acercó a la mesa. —¿Por dónde empezamos?
Fïrn señaló tres puntos distintos. Blaid señaló otro.
Paf Paf miró el mapa. —Aster.
Ridley asintió.
Fïrn acercó las hojas hacia el centro, Blaid empezó a explicar qué rutas descartaría y Paf Paf tomó una silla. Los cuatro se inclinaron sobre el mapa.