32 #3
—Puede que ese sea el problema.
Paf Paf frunció el ceño. —Está roto.
—Sí, pero cuando utilizaste el Numen con el caballo no buscaste una rotura. Percibiste qué estaba sosteniendo mal el cuerpo.
Paf Paf miró la pata. —Es lo mismo.
—¿Seguro?
El goliat apoyó las dos manos sobre la madera y examinó la mesa como habría hecho antes de conocer aquella palabra nueva. Tenía cuatro patas. Una estaba dañada. El peso no desaparecía porque una fallara; las otras tres habían empezado a soportarlo de otra manera.
—No —admitió.
Maela esperó.
Paf Paf señaló la unión superior. —Esto tira hacia aquí. Las otras aguantan más.
—Eso es.
Paf Paf levantó la vista. —No he hecho magia.
—No toda percepción necesita ser magia.
—Entonces ¿para qué sirve el Numen?
Maela se sentó directamente en el suelo. —Mala pregunta.
Paf Paf sonrió. Había aprendido que aquella expresión significaba que estaba satisfecha.
—¿Cuál es buena?
—¿Qué cambia cuando accedes a él?
Paf Paf pensó en el caballo, en la planta, en el perro y en las piezas dañadas con las que habían trabajado.
—Noto más. Y puedo sostener.
—Sí.
—Pero no arreglo.
—Todavía no sabemos si llegarás a hacerlo.
Paf Paf frunció el ceño ante la palabra.
Maela sonrió. —Sé que la odias.
—Hace esperar.
—Pues acostúmbrate un poco. Ahora imagina que pudieras conseguir que esta pata sostuviera el peso durante una hora como si no estuviera dañada.
Paf Paf observó la fractura. —Se rompería más.
—Exacto.
La comprensión no le gustó.
—Entonces sostener puede ser malo.
—Puede serlo si confundes mantener algo en pie con repararlo.
Paf Paf permaneció callado un momento. —¿Cómo sé cuándo?
—Aprendiendo.
El goliat suspiró.
—Palabra mala también.
Maela rió. Aquella tarde trabajaron sin el hacha.
Durante los primeros intentos no ocurrió nada. Paf Paf apoyó las manos sobre una viga dañada, cerró los ojos porque Maela había dicho que podía ayudar y acabó abriéndolos porque la oscuridad solo le impedía ver.
—No siento nada.
—¿Qué esperabas sentir?
—Peso.
—¿Y qué sientes normalmente?
Paf Paf tocó la madera. —Madera.
—Empieza ahí.
La respuesta lo irritó. También funcionó. No apareció ninguna revelación dorada ni aquella comprensión completa que obtenía cuando utilizaba el hacha. Lo que surgió fue una resistencia mínima bajo los dedos cuando presionó cierta zona.
—Aquí.
Maela comprobó la marca. —Sí.
Paf Paf miró hacia la habitación contigua, donde estaba el arma. —Con ella es más fácil.
—Entonces úsala cuando necesites más.
—¿No es trampa?
Maela lo observó como si acabara de decir una tontería particularmente interesante. —¿Un martillo es trampa porque tu mano no puede clavar sola un clavo?
Paf Paf pensó. —No.
—Entonces deja de convertir herramientas en moral.
El goliat sonrió.
—Eso se lo diré a Ridley.
—No sé quién es Ridley.
—Necesita oírlo.
Aquella tarde Blaid estaba entrenando solo cuando Ridley lo encontró.
No era extraño que entrenara sin compañía.
Lo extraño era que no estuviera utilizando magia.
Había colocado tres pequeñas piezas de madera sobre una baranda y practicaba tocarlas con la punta de la espada mientras alternaba manos.
Con la izquierda acertaba casi siempre. Con la derecha, una de cada tres estocadas desviaba ligeramente la trayectoria.
Ridley apoyó el Escudo de Aren contra la pared. —Eso no mejora por enfadarte.
Blaid no se volvió. —Qué suerte que hayas venido a proporcionar sabiduría.
Falló de nuevo.
—Estás apretando demasiado.
—Lo sé.
—Entonces deja de hacerlo.
Blaid giró la cabeza. —¿Así es como os enseñan a tratar heridas en el ejército? «¿Te duele? Deja de doler».
Ridley se acercó. —Dame la espada.
—No.
—Entonces deja de quejarte.
—Tampoco.
Ridley se situó a su lado y permaneció en silencio. Blaid continuó. Acertó una pieza, falló la siguiente y consiguió dos impactos consecutivos antes de que la cuarta estocada desviara otra vez el filo.
—Antes podía hacerlo con los ojos cerrados.
Ridley miró la mano derecha. —Ahora no.
—Gracias.
—Era información.
—Peor.
Ridley recogió una pieza de madera y la colocó más cerca. —Empieza aquí.
Blaid lo miró. —No necesito volver a aprender esgrima.
—No. Necesitas averiguar qué puede hacer esa mano ahora.
Blaid apretó la mandíbula. —Fácil para ti.
Ridley bajó la vista hacia su propia pierna.
Blaid siguió el movimiento. —Retiro la frase.
—No hace falta. Mi pierna tampoco hace lo que hacía antes cuando estoy cansado, y el escudo nuevo funciona de una manera distinta al viejo. Si intento moverme exactamente como antes, termino haciendo algo peor.
Blaid sostuvo la espada. —Eso está peligrosamente cerca de una metáfora.
—No la estropees.
Volvió a intentarlo reduciendo la fuerza. La punta alcanzó el centro de la pieza.
Ridley asintió. —Otra.
Blaid repitió y falló por poco. —Otra.
—Empiezo a echar de menos cuando eras insoportable de una manera menos útil.
—Otra.
Trabajaron hasta que el sol empezó a bajar. Al terminar, Blaid acertaba más de la mitad de los movimientos con la derecha siempre que no intentara obligarla a recuperar de golpe una precisión que todavía no poseía.
Ridley recogió el escudo. —Mañana otra vez.
—No recuerdo haber acordado esto.
—Has estado aquí una hora.
—Eso prueba tolerancia, no consentimiento futuro.
Empezaron a caminar juntos hacia el interior. El rubí rozó el pecho de Blaid con cada paso.
—Ridley.
—¿Sí?
Las palabras llegaron hasta la garganta antes de que pudiera detenerlas.
El anillo no desapareció. Podía decir solo eso.
Pero detrás venían las demás. Lo tomé. Te mentí.
La daga reaccionó con él. El metal desapareció.
Esto quedó. La orden contra Aria era otra cosa.
Ese secreto no estaba dispuesto a entregarlo todavía.
Sin embargo, tampoco podía explicar el rubí sin abrir casi todas las otras puertas.
—Nada.
Ridley continuó andando. —Empiezas a hacer eso mucho.
Blaid tardó un momento en seguirlo. —Lo sé.
El undécimo día, Fïrn y Aria encontraron la primera conexión que sobrevivía a sus propias dudas.
No era espectacular. Precisamente por eso les gustó.
Tres registros procedentes de fuentes independientes mencionaban traslados de recipientes de cuarzo negro después de los incidentes de Vardhenn y Caldris.
Los documentos no demostraban que aquellos materiales hubiesen estado presentes antes de las alteraciones ni que pertenecieran a la misma organización, pero las rutas convergían más tarde en almacenes utilizados por intermediarios que también aparecían en documentación confiscada a la Luz Púlida.
Fïrn dibujó las rutas sobre un mapa. —Esto sí aguanta.
Aria permaneció inclinada sobre la mesa. —Aguanta como relación logística posterior.
—No como autoría.
—Exacto.
Fïrn escribió ambas cosas. —Estoy orgulloso de nosotros.
—No deberías.
—Has arruinado un momento precioso.
Arelia apareció detrás sin hacer ruido. —Tiene razón.
Fïrn dio un respingo. —¿Llevas toda la vida entrenando para hacer eso?
—Sí.
La mujer examinó el mapa mientras Aria explicaba la cadena documental. Cuando terminó, Arelia señaló uno de los almacenes.
—Ese nombre aparece también en fondos antiguos de Neraval.
Fïrn levantó la cabeza. —¿Dónde?
—Archivo mercantil.
—¿Podemos verlo?
—Mañana.
Fïrn miró hacia las ventanas. —Todavía queda tarde.
—Mañana.
—¿Por qué?
Arelia señaló el laúd. —Porque llevas seis horas aquí.
—Eso es una acusación sin pruebas.
Aria levantó una página donde aparecían registradas las horas de consulta.
Fïrn la miró. —Traición.
Arelia se marchó.
Aria empezó a recoger. —Vamos.
—Podemos revisar una cosa más.
—No.
—Media.
—No sé cómo se revisa media cosa.
Fïrn la siguió. —¿Adónde?
—A comer.
—Eso no requiere abandonar el edificio.
—No vamos al comedor.
Aquello consiguió silenciarlo.
Aria lo llevó a una terraza baja que Fïrn no conocía. No tenía vistas espectaculares al mar ni ninguna función evidente; era apenas un espacio estrecho entre dos alas de la Torre, con un muro, tres bancos y un pequeño árbol creciendo dentro de una estructura de piedra.
—¿Esto es secreto?
—No.
—¿Prohibido?
—No.
—Empieza con pocas virtudes.
Aria se sentó. —Aquí casi nunca viene nadie.
Fïrn entendió. Se sentó a su lado y descubrió que ella había traído comida sin que él supiera cuándo.
—¿Vienes mucho?
—Antes sí.
Fïrn miró el árbol. —¿Con la lámpara mala y la taza robada?
—No robé la taza.
—No la devolviste.
—Eso no es lo mismo.
—Me parece exactamente la definición de robo aplicada a vajilla.
Aria sonrió. Comieron durante un rato en silencio, algo que Fïrn consideró una muestra considerable de afecto por su parte. Fue ella quien habló primero.
—Cuando me encontraron en el templo pensé que no iba a volver aquí.
Fïrn dejó el pan sobre la rodilla, pero no la miró inmediatamente. —¿Porque pensabas que ibas a morir?
—También.
Aquella palabra necesitaba espacio.
—¿Qué más?
Aria mantuvo la vista sobre el árbol. —Porque no sabía qué habían hecho conmigo. No sabía si quedaba algo unido, si habían dejado una marca que Aster no pudiera permitirse introducir o si iba a regresar y Lysendra me miraría como una puerta.
Fïrn volvió la cabeza. —¿Y qué ocurrió?
—Me miró como una puerta.
Hizo una mueca.
Aria añadió: —Después comprobó si estaba abierta.
Fïrn soltó aire por la nariz. —Eso sí suena a Lysendra.
—Sí.
—¿Te enfadó?
—Mucho.
—¿Y ahora?
Aria tardó. —Ahora entiendo por qué lo hizo.
—Eso no responde.
Ella lo miró.
Fïrn sonrió apenas. —Aprendo de los mejores.
Aria bajó los ojos hacia sus manos. —Sigue enfadándome.
—Mejor.
—Ya dijiste eso una vez.
—Y sigue siendo verdad.
Aria lo observó un momento antes de devolver la atención al árbol. —Tú también estás enfadado.
—Con muchas cosas.
—Con tus recuerdos.
La sonrisa de Fïrn desapareció.
—A veces.
—Con el Rostro Roto.
Fïrn pasó un pulgar por el borde del pan. —No sé si puedo estar enfadado con algo que quizá sea un nombre colocado sobre demasiadas tradiciones distintas.
—Precisamente.
Fïrn apoyó la espalda en el muro. —Me gustaría descubrir una vez algo sencillo.
—Has escogido una vida extraña para eso.