Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 32 #2
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Ridley lo observó. —Eso tampoco ha sonado muy convincente.

—Estoy practicando.

Llegaron a una bifurcación. Ridley iba a dirigirse hacia las habitaciones y Blaid hacia los archivos cuando este último lo llamó.

Había formulado aquella pregunta varias veces durante los últimos días y descartado todas las versiones por demasiado evidentes.

La definitiva salió antes de que pudiera mejorarla.

—Si alguien tomara una decisión por ti porque estuviera convencido de que era lo correcto, ¿qué necesitarías para confiar otra vez en esa persona?

Ridley no respondió inmediatamente. —Eso depende de la decisión.

—Supón que fue importante.

Ridley lo estudió.

Blaid mantuvo el rostro neutro. —¿Es una pregunta sobre ti?

—Supón que no.

—Entonces puedo darte una respuesta hipotética.

—Naturalmente.

Ridley apoyó una mano sobre la correa del escudo y necesitó algo más de tiempo del que Blaid esperaba.

—Necesitaría que dejara de decidir también qué parte de la verdad puedo soportar.

El rubí pareció aumentar de peso.

Blaid bajó la mirada apenas un instante. —¿Eso es todo?

—No. Querría saber por qué lo hizo y después decidiría qué hago con esa explicación. Pero preferiría una explicación mala a descubrir más tarde que esa persona siguió ocultándolo porque esperaba encontrar una mejor.

Blaid se quedó quieto. La frase había llegado demasiado cerca sin saber dónde estaba golpeando.

Ridley frunció el ceño. —Definitivamente es sobre ti.

Blaid levantó una mano. —No hoy.

Ridley sostuvo su mirada durante varios segundos. Blaid esperaba que preguntara. No lo hizo.

—Bien.

Ridley se marchó.

Blaid permaneció en la galería hasta dejar de oír sus pasos y entonces llevó una mano al interior de la ropa.

No sacó el rubí; se limitó a comprobar que seguía allí.

Por primera vez, aquello no le produjo alivio.

Fïrn había descubierto que el Laúd de las Tres Voces poseía una manera especialmente desagradable de convertir una duda en tres.

Aria lo encontró sentado en el suelo del archivo secundario con el instrumento delante y cuatro documentos extendidos alrededor. Llevaba allí suficiente tiempo para haber construido dos torres de libros a su derecha y una clasificación incomprensible de hojas a la izquierda.

—No deberías estar tocando.

Fïrn levantó la cabeza. —Llevo cuatro días oyendo correctamente.

—Eso no significa que debas recuperar todo el tiempo perdido en una tarde.

—No estoy usando la Armonía.

Aria señaló el laúd. —Lo has tocado.

—Una cuerda.

—Eso dijiste la última vez.

—Y sobrevivimos.

—Tu criterio estadístico necesita trabajo.

Fïrn pulsó otra vez. Tres voces respondieron.

Había empezado a distinguirlas. La primera correspondía casi exactamente a la nota ejecutada; la segunda aparecía algo más grave y con un retraso mínimo; la tercera variaba de una manera mucho menos predecible, no siempre en tono, sino también en textura, como si recogiera una relación que las otras dos dejaban fuera. Aquella vez surgió áspera.

Fïrn miró el documento que tenía delante. —Lo ha hecho otra vez.

Aria se sentó. —¿Con cuál?

—Este.

Le pasó una copia procedente de Caldris.

El documento registraba la entrada de varios materiales antes del incidente y, entre ellos, aparecía una referencia a un envío procedente de Aurenthal.

Si fuera auténtico y contemporáneo, podía establecer una conexión logística entre dos de las catástrofes.

El problema era que acumulaba demasiadas razones para resultar sospechoso.

—Cuando leo la línea sin tocar —dijo Fïrn— no ocurre nada. Si la leo mientras hago sonar la cuerda, la tercera voz cambia.

Aria examinó la página. —Eso no demuestra que el documento sea falso, ni que esté alterado. Ni siquiera demuestra que el laúd esté reaccionando al texto.

—Lo sé.

—Podría reaccionar a lo que recuerdas de Aurenthal, a una palabra concreta, al material del documento o a tu expectativa de encontrar algo.

Fïrn la miró. —Te detesto cuando haces esto.

—Por eso sigo haciéndolo.

Él volvió hacia el documento.

—También podría reaccionar a mí.

—Sí.

—A mis recuerdos.

—Sí.

—Al hecho de que llevo dos horas intentando conseguir que demuestre algo.

Aria sonrió. —También.

Fïrn dejó caer la espalda contra la estantería. —La magia era mucho más cómoda cuando consistía en hacer ruido y conseguir que alguien quisiera pegarle a otra persona.

—No creo que fuera cómoda para esa otra persona.

—Detalles.

Aria recogió el documento. —Hagamos una prueba ciega.

Fïrn levantó la cabeza. —Te quiero un poco ahora mismo.

La frase salió sin intención y quedó suspendida entre ambos antes de que pudiera maquillarla. Aria se quedó quieta. Fïrn sintió que su cabeza empezaba a construir salidas y decidió que cualquier intento demasiado rápido sería peor que la frase original. Ella fue la primera en moverse.

—Eso sería preocupante.

Su voz era estable. Demasiado.

Fïrn sonrió. —He dicho un poco. No exageres.

Aria organizó varios documentos delante de él. —Cierra los ojos.

Fïrn obedeció. —Esto es una cantidad de confianza francamente irresponsable.

—Puedo golpearte con el legajo si te ayuda.

—Mucho más familiar.

Aria seleccionó cinco páginas y fue leyendo fragmentos breves sin permitirle saber cuál correspondía a cada texto, mientras Fïrn tocaba la misma cuerda después de cada lectura.

La tercera voz cambió en dos ocasiones. Una correspondía al documento sospechoso.

La otra, no. Cuando abrió los ojos, Fïrn dejó escapar aire.

—Mierda.

—Es un resultado útil.

—Es un resultado ofensivo.

—Has demostrado que la reacción existe y que no basta para probar lo que querías.

—Eso es exactamente lo que considero ofensivo.

Aria volvió a ordenar las páginas. —También significa que tenemos algo que estudiar.

Trabajaron durante la hora siguiente probando combinaciones distintas.

El laúd parecía responder con mayor facilidad cuando los textos contenían afirmaciones incompatibles con recuerdos fuertes de Fïrn, pero incluso ese patrón se rompía con suficiente frecuencia como para impedir cualquier conclusión cómoda.

Algunas veces la tercera voz no aparecía; otras surgía ante documentos cuya autenticidad nadie cuestionaba.

Cuando Aria terminó cerrando la carpeta, Fïrn ni siquiera protestó.

—No vamos a resolverlo hoy.

—Empiezo a sospechar que esa es su principal función.

—¿Cuál?

Fïrn acarició la madera del instrumento. —Recordarme que una tercera respuesta puede existir aunque las dos primeras parezcan suficientes.

Aria lo miró durante un momento. —Eso ha sido casi sensato.

—Quiero dejar constancia.

—No exageres.

Fïrn empezó a ayudarla a recoger los documentos. —¿Vamos a cenar?

—Todavía no.

—Llevamos todo el día aquí.

—Tú llevas todo el día aquí. Yo he salido.

Fïrn miró una bandeja vacía sobre una estantería. —¿Cuándo?

—Mientras discutías con Arelia sobre una coma.

—No era una coma cualquiera.

—Era una coma.

—Cambiaba el sujeto de la frase.

Aria guardó la última página. —Fïrn.

—¿Sí?

—Tengo que enseñarte algo.

El tono acabó con la discusión. Lo condujo dos niveles más abajo.

Fïrn reconoció el corredor porque habían pasado por allí durante sus primeros días en la Torre, aunque Aria no se había detenido entonces.

Las salas eran más pequeñas, destinadas a investigadores y copistas, y casi todas mantenían las puertas abiertas.

Aria se detuvo ante una de ellas. Una mujer joven trabajaba junto a la pared.

Fïrn miró primero la mesa y después a Aria.

Sobre la madera había libros, dos cajas, varias plumas y una taza.

La lámpara situada encima parpadeaba con una insistencia irregular.

—Ah.

Aria cruzó los brazos. —Sigue siendo horrible.

—Me parece perfecta.

—No tienes criterio.

La copista levantó la vista.

—¿Necesitáis algo?

Aria negó. —No.

Se marcharon antes de molestarla más.

Fïrn esperó hasta doblar la esquina. —¿Por eso me has traído?

—Preguntaste dónde trabajaba.

—Hace varios días.

—Sí.

—Tienes una relación complicada con los tiempos de respuesta.

Aria no contestó. Subieron por una escalera estrecha y tuvieron que detenerse a mitad de camino cuando dos custodios bajaron cargando una caja.

Fïrn se pegó a la pared y Aria quedó a su lado, suficientemente cerca para que pudiera notar el olor a tinta en sus dedos.

También notó que estaba pensando en ello. Decidió cambiar de asunto.

—¿Por qué no has pedido que te devuelvan la mesa?

Aria reanudó la subida. —Porque ya no es mía.

—Podría volver a serlo.

—¿Para qué?

Fïrn tardó demasiado en contestar. —Para trabajar aquí.

Aria volvió hacia él. La pregunta había adquirido un significado que no estaba presente cuando comenzó a formularla.

—No sé cuánto tiempo voy a quedarme.

Fïrn apoyó una mano en la barandilla. —Nosotros tampoco.

—Lo sé.

Continuaron subiendo y Fïrn no encontró una respuesta que no sonara más importante de lo que estaba preparado para admitir.

Al décimo día en Aster, Paf Paf consiguió encontrar una fractura sin tocar el hacha. No ocurrió durante una prueba.

Maela —la sacerdotisa de Tareon que por fin había conseguido que Paf Paf utilizara su nombre después de cuatro días llamándola simplemente «sacerdotisa»— estaba distribuyendo herramientas sobre una mesa cuando algo cayó en la estancia contigua.

El golpe fue pequeño.

Paf Paf giró inmediatamente. —Eso está roto.

Maela levantó la vista. —¿Qué?

—La mesa.

—No puedes verla.

—No.

Entraron en la habitación. Una de las patas había cedido debido a una fractura antigua que atravesaba buena parte de la madera.

Maela miró primero la mesa y luego el hacha, que seguía apoyada en la estancia anterior.

Paf Paf hizo lo mismo. —Ah.

—Sí.

—Bien.

—Quizá.

Paf Paf se agachó junto a la pata. —No me gusta «quizá».

—Eso ya lo he aprendido.

Apoyó la mano sobre la madera. No apareció ningún resplandor y tampoco sintió aquella percepción intensa que obtenía cuando sujetaba el hacha, únicamente una impresión vaga de que el problema no terminaba donde sus ojos podían verlo.

—Más difícil.

Maela se arrodilló. —¿Qué estás buscando?

—Lo roto.