32
Blaid descubrió que el Manto de la Última Palabra tenía una opinión muy concreta sobre los golpes de Ridley: no impedía que dolieran.
La conclusión llegó durante la segunda mañana de entrenamiento, después de que Ridley desviara una estocada, girara sobre la pierna izquierda y utilizara el borde del Escudo de Aren para golpearlo en el pecho con suficiente fuerza para enviarlo dos pasos hacia atrás.
Blaid consiguió mantener el equilibrio, aunque tuvo que llevarse una mano a las costillas mientras esperaba que el dolor decidiera si pertenecía a una herida nueva o a una antigua que aún no había terminado de marcharse.
—Empiezo a sospechar que estás disfrutando.
Ridley bajó el escudo. —Te he avisado.
—Decir «voy» medio segundo antes de intentar partirme el esternón no constituye un aviso.
—Lo has bloqueado.
—Con mi cuerpo.
Calethar, situado junto a una de las columnas del patio, intervino sin apartar los brazos del pecho.
—Técnicamente eso es bloquear.
Blaid lo miró. —Vuestra cultura militar explica demasiadas cosas.
Ridley sonrió y volvió a adoptar posición, apartándose con el antebrazo el cabello castaño que el sudor le había pegado a la frente.
Habían pasado nueve días desde su llegada a Aster y cuatro desde que empezaron a entrenar con cierta regularidad, suficiente para descubrir que recuperarse no consistía en volver al estado anterior, sino en averiguar qué podía hacer cada parte del cuerpo antes de cobrar por ello.
Ridley podía desplazarse durante bastante tiempo antes de que la pierna se endureciera; Blaid ya respiraba profundamente sin sentir las costillas como una amenaza constante y había recuperado bastante precisión en la mano derecha, aunque cualquier movimiento delicado seguía saliendo mejor con la izquierda.
Calethar había prohibido los combates reales hasta que las heridas estuvieran más asentadas. Ridley y Blaid, de común acuerdo y sin necesidad de formularlo, habían decidido interpretar aquello como permiso para cualquier actividad que no pudiera demostrarse técnicamente como combate.
—Otra vez —dijo Ridley.
Blaid hizo girar la espada entre los dedos. —Si vuelves a golpearme con el escudo, voy a empezar a utilizar magia.
—Eso es precisamente lo que queremos probar.
—No necesito que mis amenazas se conviertan en metodología.
Ridley atacó antes de que pudiera seguir protestando.
Esta vez Blaid no esperó el contacto. Dio un paso lateral y lanzó una descarga breve, apenas suficiente para obligarlo a levantar el escudo.
El azul apareció alrededor del borde metálico antes de que el hechizo llegara a tocarlo, extendiéndose por aquellas líneas casi borradas que rodeaban el umbo.
Ridley cambió el apoyo. La energía no desapareció al golpear el escudo, sino que pareció recorrer su estructura y continuar hacia el cuerpo que lo sostenía.
Blaid alcanzó a ver la transferencia en la manera en que el peso descendió desde el hombro hasta las piernas y en la pequeña contracción de la mandíbula de Ridley cuando la vieja herida del muslo recibió una parte de aquello que el metal había desviado.
—Demasiado abajo —dijo Blaid.
Ridley también lo había notado. —Sí.
Calethar se acercó y señaló su postura. —Has cargado la pierna izquierda. Si recibes algo más fuerte de esa manera, el escudo hará correctamente su trabajo y tú terminarás en el suelo por utilizar mal el tuyo.
—La derecha me deja peor ángulo.
—Entonces tendrás que escoger entre un mal ángulo y una pierna que todavía no está recuperada.
Ridley miró el escudo. —Podría dirigir la fuerza hacia fuera.
—Podrías aprender a hacerlo.
Blaid señaló a Calethar con la espada.
—Admiro la cantidad de enseñanza que consigues esconder dentro de frases que no explican prácticamente nada.
—Funciona con él.
—Eso me preocupa aún más.
Ridley volvió a colocarse. —Hazlo otra vez.
Blaid levantó una ceja. —Acabas de comprobar que te duele.
—Por eso quiero repetirlo.
—No sé si tu concepto de aprendizaje es admirable o simplemente patológico.
Ridley hizo un gesto impaciente con el escudo.
Blaid preparó otra descarga y aumentó ligeramente la potencia.
Seguía siendo un hechizo controlado, diseñado para empujar mucho más de lo que pudiera herir, pero el contacto produjo una manifestación azul más clara sobre el Escudo de Aren.
Y esta vez el manto respondió. Blaid sintió primero una tensión sobre los hombros, semejante a que alguien hubiese agarrado el tejido desde detrás, y después una presión mucho más difícil de definir alrededor de la magia que acababa de lanzar.
No intentaba detenerla, ni devolverla, ni cortar el vínculo con él. Hacía otra cosa. Separaba.
Durante una fracción de segundo, Blaid siguió sabiendo que la descarga era suya y recordaba perfectamente por qué la había creado, pero la dirección que había impuesto sobre ella dejó de sentirse como una prolongación natural de su voluntad.
Era como contemplar una decisión después de sacarla de uno mismo y descubrir que conocer su origen no demostraba que todavía se quisiera mantenerla.
El hechizo se quebró. Blaid retrocedió y bajó la espada.
Ridley dejó caer el brazo inmediatamente. —¿Qué pasa?
El manto permanecía inmóvil sobre los hombros de Blaid. No había luz, calor ni voz alguna que explicara lo sucedido, y precisamente esa ausencia consiguió que la experiencia resultara todavía más incómoda.
—Estoy bien.
Ridley hizo una mueca. —Últimamente esa frase tiene muy poco valor.
Calethar se había acercado también. —¿Qué has sentido?
Blaid pasó los dedos de la mano izquierda por el borde del tejido. —Separación.
—¿De qué?
—De la intención, quizá.
Calethar frunció el ceño. —Eso necesita una explicación mejor.
—Si pudiera explicarlo mejor, no habría utilizado una palabra tan imprecisa.
Ridley dejó el Escudo de Aren apoyado sobre un banco. —La descarga era tuya.
—Sí —dijo Blaid.
—¿Y ha dejado de serlo?
Blaid pensó antes de contestar. La diferencia era importante. —No. Sabía que la había creado y sabía lo que pretendía hacer con ella, pero durante un instante la dirección que le había dado parecía existir fuera de mí. Podía reconocerla sin sentirme obligado a continuarla.
Calethar recorrió el manto con la mirada. —Armathyel dijo que interfería con intentos de alterar voluntad o dirección de determinadas energías y que necesitaba oposición por parte del portador.
—También dijo que no protegía a quien deseaba obedecer.
Ridley observó a Blaid.
—¿Tú te estabas oponiendo?
La respuesta que iba a dar se detuvo antes de salir.
Había sentido el cambio precisamente cuando aumentó la descarga y la manifestación azul del escudo respondió.
Durante aquel instante había querido sostener el hechizo porque lo había decidido él, pero el manto parecía haber introducido una distancia mínima entre voluntad e impulso, suficiente para obligarlo a preguntarse si ambas cosas seguían coincidiendo.
La sensación se parecía demasiado a otra experiencia.
No a una voz esta vez, sino a una certeza. Mata a Aria.
Blaid desvió los ojos. —No lo sé.
Ridley lo observó durante unos segundos, pero no insistió. Calethar sí almacenó la respuesta con esa expresión particular de quien acaba de encontrar un problema interesante y todavía no sabe si debe alegrarse por ello.
—Podemos probar otra cosa.
Blaid negó. —Hoy no.
Ridley abrió la boca.
Blaid sostuvo su mirada. —He dicho que no.
La respuesta salió más dura de lo necesario, pero Ridley cerró la boca antes de convertirla en discusión.
—Bien.
Blaid esperaba que aquello resultara incómodo. No ocurrió.
Blaid recogió la espada y comprobó que la mano derecha seguía respondiendo como antes. —Detesto cuando aprendes.
—A mí empieza a gustarme.
—Eso también me preocupa.
Dejaron el patio poco después. Calethar se quedó con el Escudo de Aren para revisar una de las abrazaderas interiores y Ridley salió llevando únicamente el escudo que lo había acompañado desde Beregost.
Blaid caminó a su lado durante parte del trayecto. —Pareces menos satisfecho.
Ridley tocó la correa del escudo viejo. —Este sigue funcionando.
—No he dicho que no.
La galería estaba abierta hacia el mar y cada pocos pasos aparecía entre las columnas una franja azul salpicada de pequeñas embarcaciones. Llevaban varios minutos caminando en silencio cuando Ridley habló de nuevo.
—No tienes que contarme qué ha pasado con el manto.
Blaid volvió hacia él. —Qué forma tan eficaz de conseguir que quiera contártelo.
—No era la intención.
—Eso lo empeora.
Ridley siguió caminando.
La ausencia de presión tuvo un efecto inesperado. Durante años Blaid había construido silencios precisamente porque alguien intentaba atravesarlos; cuando nadie empujaba, resultaba más difícil saber contra qué estaba defendiendo el secreto.
—Me recordó algo —dijo finalmente.
Ridley redujo ligeramente el paso. —¿A la voz?
Blaid mantuvo la vista al frente. —Sí.
No era mentira. Tampoco era la respuesta completa.
—¿Ha vuelto?
—No.
Desde el barco no había escuchado nada. Ni una palabra, ni un roce contra sus decisiones, ni aquella presión interior que durante años había conseguido parecer intuición cuando convenía y revelación cuando necesitaba más fuerza.
Al principio Blaid había esperado encontrarla al despertar; después, al utilizar magia; más tarde, cada vez que se quedaba solo.
Nueve días habían pasado y seguía sin haber nada.
La ausencia debería haber sido alivio. Algunas veces lo era.
Otras parecía únicamente la pausa de algo con más paciencia que él.
—Aria me dijo que un vínculo podía quedar dormido —añadió.
Ridley giró ligeramente la cabeza. —¿Se lo preguntaste?
—Sí.
—¿Por qué?
El rubí descansaba oculto contra su cuerpo.
—Porque me parecía una pregunta razonable.
Ridley aceptó la respuesta con la expresión de quien sabe que una respuesta puede ser verdadera y seguir dejando demasiado fuera.
—Si vuelve, lo dices.
Blaid pensó en Aria pronunciando algo casi idéntico unos días antes. Si cambia algo, dímelo.
—Sí.