Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 31 #5
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La investigación de los incidentes continuó durante la tarde, aunque de una forma menos ordenada que el primer día. Habían llenado ya varias hojas con conexiones posibles, y Fïrn había añadido una cuarta categoría a su sistema. PREGUNTAS. Era, con diferencia, la más extensa.

Armathyel parecía satisfecho. —Eso no es necesariamente progreso —dijo Ridley.

—Lo es si las preguntas mejoran.

Paf Paf señaló una de las líneas. —Esta es mala.

Fïrn se volvió. —¿Cuál?

—«¿Qué intentaban conseguir?»

Fïrn lo miró. —Me parece una pregunta bastante importante.

—No sabes quién.

El bardo bajó la vista. Tachó la frase. Escribió: ¿QUÉ CAMBIO SE REPITE EN LOS CINCO INCIDENTES?

Paf Paf asintió. —Mejor.

Aria llevaba varios minutos revisando informes de Aurenthal. —Hay otra cosa.

Todos la miraron.

—Las consecuencias posteriores.

Extendió varios documentos.

—En Vardhenn hubo deformaciones que tardaron semanas en estabilizarse. En Caldris algunos practicantes continuaron experimentando pequeños ecos durante días. Aurenthal dejó alteraciones en varios pacientes incluso después de abandonar la región.

Blaid se inclinó. —¿Y Lythara?

Fïrn buscó el registro. —Personas que aseguraban seguir viendo movimientos periféricos durante semanas.

Ridley entendió. —No termina del todo cuando termina.

—Exacto —dijo Aria.

Armathyel tomó nota. —Eso sí aparece en los cinco casos.

Ridley pensó en Beregost. En ellos mismos. En la Presencia. En el modo en que una ciudad destruida podía seguir determinando decisiones meses después. No todas las consecuencias tenían que ser mágicas. No dijo aquello.

Fïrn pasó una página. —Entonces quizá no deberíamos preguntar solo qué querían provocar durante el incidente.

—Sino qué querían que quedara —dijo Blaid.

El silencio que siguió fue distinto. Armathyel escribió la pregunta. No intentaron contestarla. Todavía. Aquella noche cenaron juntos. No estaba previsto. Simplemente ocurrió.

Paf Paf llegó primero con un plato demasiado grande.

Fïrn apareció después protestando porque Arelia se había apropiado temporalmente de una de sus notas.

Aria trajo fruta. Blaid entró con un libro y Ridley regresó de la enfermería justo cuando empezaban a discutir si una sopa podía seguir llamándose sopa cuando contenía suficiente pan como para mantenerse en pie sola.

—Sí —dijo Paf Paf.

Fïrn señaló el cuenco. —Eso no es argumento.

—Se come con cuchara.

—Muchos errores se comen con cuchara.

Blaid dejó el libro sobre una silla. —Esa frase explica buena parte de la gastronomía humana.

Ridley se sentó. Durante un rato hablaron de nada importante.

Fïrn contó que Arelia había encontrado un tratado de ciento veinte años que defendía que determinadas faltas ortográficas eran señales de influencia extraplanar.

Blaid exigió verlo. Aria explicó que el autor había terminado reconociendo que simplemente odiaba a su copista.

Paf Paf quiso saber si al menos había cambiado de copista.

Ridley escuchó. En algún momento se dio cuenta de que ninguno había mencionado cuándo pensaban marcharse de Aster.

Tampoco nadie había preguntado. Miró alrededor.

El Laúd de las Tres Voces descansaba junto a la silla de Fïrn.

El Manto de la Última Palabra colgaba sobre los hombros de Blaid sin que ya pareciera estar probándolo cada pocos minutos.

El hacha estaba apoyada junto a Paf Paf.

El Escudo de Aren seguía encima del armario, porque después de una semana Ridley todavía no había encontrado un lugar mejor.

Aria estaba sentada entre Fïrn y la ventana, leyendo una nota que él acababa de pasarle mientras intentaba comer al mismo tiempo.

A aquella hora no parecían personas particularmente importantes.

Seguían heridos. Seguían sin saber por qué los cuatro incidentes habían ocurrido, qué buscaba exactamente la Secta ni qué relación real existía entre ellos y aquellos cuatro muertos de hacía milenios.

Blaid seguía ocultando cosas. Fïrn seguía haciendo preguntas más rápido de lo que podían responderlas.

Paf Paf acababa de descubrir que quizá podía acceder a una forma de poder que ninguno esperaba.

Ridley todavía tenía dos escudos y ninguna intención de admitir que Fïrn había tenido razón sobre el problema logístico.

Seguían teniendo demasiadas cosas sin resolver.

Por primera vez en mucho tiempo, tenerlas pendientes no significaba que tuvieran que correr.

Fïrn levantó la vista de la nota. —¿Por qué nos miras?

Ridley tomó la cuchara. —Nada.

—Eso ha sonado sospechoso.

—Come.

Paf Paf señaló su cuenco. —Sopa.

Fïrn lo miró. —No reabras esa discusión.

Ridley dejó que siguieran.

Fuera, Aster continuaba moviéndose alrededor de ellos: plataformas descendiendo entre niveles, pasos en los corredores, alguien cerrando un almacén, campanas menores marcando cambios de turno.

La Torre no estaba silenciosa, pero sus sonidos habían dejado de parecer advertencias.

Aquella noche ninguno preguntó qué camino tomarían al día siguiente.

Por primera vez desde Beregost, podían acostarse sin decidir antes hacia dónde huirían al amanecer.