31 #4
Paf Paf se sentó. —Ya lo sabía el perro.
Ridley pensó que probablemente era la descripción más honesta del Numen que había escuchado.
Fïrn y Aria dejaron de necesitar una razón para trabajar juntos alrededor del sexto día. Ridley lo descubrió cuando fue al archivo a buscar un informe sobre Vardhenn y encontró ambos sitios vacíos.
Arelia estaba junto a una mesa, corrigiendo algo con una pluma roja. —¿Fïrn?
—Fuera.
—¿Aria?
—También.
Ridley esperó.
Arelia levantó la vista por encima de las lentes. —¿Quieres que deduzca algo más?
—No.
—Bien.
Los encontró en una terraza pequeña detrás del archivo.
Fïrn estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared y varias hojas sobre las piernas. Aria ocupaba un banco próximo. Entre ambos había una bandeja de comida casi intacta.
—Os estaba buscando.
Fïrn levantó la vista. —Eso empieza a convertirse en hábito.
Ridley ignoró el comentario. —Necesito el informe sobre la deformación del hierro en Vardhenn.
Aria señaló una carpeta. —Ahí.
Ridley la recogió. Antes de irse vio una de las páginas que Fïrn sostenía.
—¿Qué es eso?
—Nada.
Aria lo miró.
Fïrn corrigió: —Algo que todavía no sabemos si es nada.
—Eso es peor.
Fïrn le enseñó el documento. —Un registro de nombres asociado a una de las transferencias posteriores a Aurenthal. Uno aparece también en Caldris.
—¿El mismo de antes?
—No.
Ridley miró a Aria.
—¿Y este también es falso?
—No sabemos si es falso.
Fïrn sonrió. —Estamos progresando.
Aria le quitó el documento. —La copia es auténtica. Lo dudoso es una nota añadida en el margen.
—Que está escrita con tinta del mismo periodo.
—Probablemente.
—Y por una mano similar.
—Probablemente.
Fïrn miró a Ridley.
—Llevamos cuarenta minutos así.
Ridley miró la bandeja. —¿Habéis comido?
Los dos siguieron la dirección.
Aria frunció el ceño. —Creía que sí.
Fïrn tomó un trozo de pan. —Yo también.
Ridley salió sin comentar nada. Durante el camino de vuelta se dio cuenta de que estaba sonriendo. No supo exactamente por qué.
Aquella misma tarde Aria regresó al archivo después de cenar. Fïrn la siguió. No había sido una decisión conjunta. Simplemente ambos habían dejado la conversación a medias y, cuando terminaron de comer, caminaron en la misma dirección.
Arelia los expulsó del archivo principal poco antes de medianoche. —Hay personas que necesitan dormir —dijo.
Fïrn miró alrededor. —No veo ninguna.
Arelia señaló la puerta. Terminaron en una sala secundaria. Aria desplegó tres documentos mientras Fïrn encendía una segunda lámpara.
—La anotación de Caldris podría ser posterior.
—También podría ser original.
—Sí.
—Ese «sí» ha sonado doloroso.
—Lo es.
Trabajaron durante un rato sin hablar.
Fïrn había aprendido a reconocer cuándo Aria estaba concentrada y cuándo utilizaba el trabajo para no pensar en algo. Esa noche era lo segundo. Lo supo porque había leído tres veces la misma línea.
—¿Siempre hacías esto?
Aria levantó la vista. —¿Qué?
—Quedarte hasta que alguien te expulsara.
Ella miró los documentos.
—A veces.
—Eso no es una respuesta.
—Es exactamente una respuesta.
Fïrn sonrió. —¿Trabajabas aquí antes de…?
No terminó. No necesitaba hacerlo.
Aria guardó silencio unos segundos. —No en esta sala. En otra dos niveles más abajo. Tenía una mesa.
—¿Tenías?
—Supongo que alguien la usa ahora.
Fïrn observó sus manos. —¿Te molesta?
—No.
El modo en que lo dijo significaba que sí, pero no de la manera que él esperaba.
—¿Qué había encima?
Aria lo miró. —¿De mi mesa?
—Sí.
Pareció desconcertada.
—Libros.
—Eso es decepcionante.
—Tinta. Dos cajas. Una taza que no devolví nunca a las cocinas.
—Mucho mejor.
Aria volvió al documento. —¿Por qué preguntas?
Fïrn se encogió de hombros. —Porque todos sabemos dónde estuviste después y casi nada de dónde estabas antes.
La pluma de Aria dejó de moverse. Fïrn no añadió nada. Pasaron varios segundos.
—Había una lámpara —dijo ella finalmente—. Mala. Parpadeaba cuando hacía frío y nadie conseguía arreglarla.
Fïrn esperó. —La odiaba.
—Natural.
—Cuando regresé ayer, seguía allí.
Fïrn giró hacia ella.
Aria mantenía la vista en el papel. —¿Funcionaba?
—No.
—Eso parece coherente.
Ella soltó una risa breve. Fïrn volvió a su documento.
La conversación podría haber terminado allí.
No lo hizo. Un rato después encontraron en uno de los informes un sistema de marcas parecido al utilizado en el templo del Bosque de Serpiente.
Aria dejó la pluma. Fïrn lo notó. Esperó.
Ella pasó el dedo por una de las líneas.
—Durante el cautiverio sabía cuándo era de noche por los pasos.
Fïrn no dijo nada. —Los de guardia cambiaban. Los primeros arrastraban más los pies; los siguientes hablaban poco. Había uno que golpeaba dos veces el marco al entrar.
Fïrn continuó esperando. —Al principio intentaba contar el tiempo. Después dejé de hacerlo porque no sabía si perdía horas cuando dormía.
La lámpara crepitó.
Fïrn miró el documento. —¿Quieres parar?
Aria tardó en responder. —No.
—Bien.
No preguntó nada más. Siguieron trabajando.
Un rato después, cuando Aria dejó caer la cabeza sobre una mano y cerró los ojos durante unos segundos, Fïrn apartó en silencio la tinta del borde de la mesa para que no pudiera derramarla si se dormía.
Ella abrió los ojos. Lo vio. No dijo nada. Tampoco él.
Al séptimo día desde que llegaron a Aster, Ridley dejó de necesitar calcular cuánto tiempo llevaban allí. Eso lo sorprendió.
Durante meses había medido el tiempo mediante lugares abandonados, persecuciones, días de camino y heridas. Dos jornadas desde Eshvar. Tres noches desde el Bosque. Una mañana desde Velmora. Cada fecha existía porque algo podía alcanzarlos antes de la siguiente. Aster empezó a romper aquel hábito.
El séptimo día desayunaron tarde. No porque estuvieran agotados ni porque alguien hubiera resultado herido.
Simplemente porque nadie los esperaba a primera hora.
Paf Paf regresó de los establos con las botas cubiertas de barro y anunció que Rodado había conseguido abrir una puerta que tres personas aseguraban haber cerrado.
Fïrn sostuvo que aquello demostraba inteligencia.
Blaid respondió que demostraba una deficiencia grave en las cerraduras de Aster.
Aria apareció con el cabello todavía húmedo y se sirvió té sin preguntar si podía quedarse. Ridley no pensó en ello hasta después.
Paf Paf colocó el hacha junto a la pared y se sentó. —El caballo camina.
Ridley levantó la vista. —¿El del otro día?
—Sí.
—¿Lo has vuelto a tocar?
—No.
—¿Por qué?
Paf Paf tomó pan. —No necesitaba.
Ridley sonrió. —Bien.
—Sí.
Fïrn miró de uno a otro. —Estoy empezando a preocuparme por la frecuencia con la que ambos utilizáis esa palabra.
Blaid abrió un libro. —Es su forma de intimidad.
Ridley le lanzó un trozo de pan. Blaid lo atrapó con la izquierda. La derecha apenas se movió. Ridley lo vio. También vio el gesto posterior: casi imperceptible, la molestia de Blaid consigo mismo por haber protegido la mano. No dijo nada.
Más tarde tendría tiempo. Aquella idea resultó extraña. Más tarde. No en el siguiente descanso. No si sobrevivían. Más tarde.