Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 31 #3
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Paf Paf negó. —Le duele.

—Lo sé.

—Si suelto, mueve.

—Necesito saber qué estás haciendo.

—Yo no.

Aria lo observó. Después cambió de enfoque.

—¿Puedes mantenerlo sin hacer más?

Paf Paf pensó. —Sí.

—Haz solo eso.

El goliat respiró otra vez. El brillo dorado disminuyó.

El caballo continuó quieto. Aria acercó una mano a la zona dañada y cerró los ojos.

Cuando terminó, llamó a la mujer de los establos y le indicó cómo colocar una manta enrollada para limitar el movimiento de la cadera.

Solo entonces hizo que Paf Paf retirara la mano.

El caballo reaccionó inmediatamente, intentando mover la pata.

Paf Paf hizo ademán de volver a tocarlo.

Aria lo detuvo. —Ya está sujeto.

Él miró la manta. Después al animal.

—No igual.

—No.

Paf Paf se sentó hacia atrás.

Ridley vio que estaba pálido. —¿Te encuentras bien?

—Pesado.

—¿Dónde?

Paf Paf se tocó su propia cadera. Ridley miró a Aria. Ella ya estaba mirando lo mismo.

—Enfermería.

Paf Paf negó. —Caballo.

—El caballo tiene a tres personas.

—Cuatro.

—Tres sin contarte.

Paf Paf miró al animal. La mujer le sostuvo la mirada.

—Ve.

El goliat pareció considerar seriamente desobedecer. Después intentó levantarse y tuvo que apoyar una mano en el suelo.

—Bien.

Lo llevaron primero a la enfermería y después a una sala más pequeña donde una mujer de mediana edad con vestiduras sencillas y el símbolo de Tareon bordado en el cuello examinó el hacha durante casi diez minutos antes de preguntar nada.

Paf Paf estaba sentado frente a ella. Ridley, Aria y Eren permanecían cerca de la puerta.

—¿Eres sacerdote? —preguntó la mujer.

Paf Paf negó. —No.

—¿Has recibido formación en Numen?

—No.

—¿Has rezado a Tareon?

Paf Paf pensó. —Sí.

La mujer esperó.

—¿Cuándo?

—A veces.

—¿Cómo?

Paf Paf volvió a pensar. —Hablo.

La mujer sonrió ligeramente.

—Eso cuenta.

Paf Paf miró el hacha. —¿He curado al caballo?

—No.

Aquello pareció aliviarlo.

Ridley frunció el ceño. —¿Por qué te alegra?

Paf Paf se encogió de hombros. —No sabía hacerlo.

La mujer tomó el hacha y señaló el símbolo.

—Esto reaccionó.

—Sí.

—Y tú sentiste dónde estaba la lesión.

—Sí.

—¿Dolor?

Paf Paf negó. —Peso.

La mujer levantó la vista.

—Explícalo.

Paf Paf necesitó bastante tiempo. —Como una pared mal apoyada. Aguanta, pero empuja donde no debe.

La mujer miró a Aria.

Aria asintió lentamente. —Eso coincide con lo que percibí.

—¿Y qué hiciste después? —preguntó la sacerdotisa.

—Lo sujeté.

—¿Con las manos?

—No.

—Entonces ¿cómo?

—No sé.

La mujer aceptó la respuesta.

—Yo tampoco.

Ridley esperaba que aquello irritara a Paf Paf. No ocurrió.

—Bien.

La sacerdotisa dejó el hacha sobre la mesa.

—No creo que el arma te haya concedido Numen.

Paf Paf levantó la vista. —¿Tengo?

—No lo sé todavía. Creo que has accedido a algo compatible con Numen a través de ella, pero una manifestación no basta para definir qué eres capaz de hacer ni de dónde procede exactamente.

Ridley miró a Aria. Aquello sonaba mucho más prudente que las explicaciones que habrían recibido meses atrás.

Paf Paf señaló su cadera. —¿Por qué me duele aquí?

—Mi hipótesis es que no reparaste la lesión. Sostuviste durante un tiempo una relación que el cuerpo no podía mantener por sí mismo y asumiste parte de la carga. Eso encaja con lo que observamos; no sabemos todavía hasta dónde llega.

—¿La pasé a mí?

—No exactamente. Si lo hubieras hecho, probablemente estarías peor. Pero parece que tu cuerpo soportó parte del esfuerzo de estabilizarla.

Paf Paf pensó. —Entonces no cura.

—No sabemos si algún día podrás curar. Hoy no lo hiciste.

—Bien.

Ridley sonrió. La sacerdotisa lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

Paf Paf apoyó una mano sobre el hacha. —¿Puedo aprender?

La mujer lo estudió.

—Sí.

—Bien.

—Despacio.

Paf Paf la miró. —Eso es menos bien.

Aquella tarde Ridley encontró a Fïrn y Aria en uno de los archivos secundarios. No era difícil. Bastaba seguir las discusiones.

—No puedes descartar un documento porque la fecha resulte incómoda —decía Fïrn.

—No lo descarto por incómoda. Lo descarto porque utiliza un sistema de datación que no existía todavía.

—Eso no demuestra que todo el contenido sea falso.

—No he dicho eso.

—Lo has puesto en la pila de falsos.

—He puesto la copia en la pila de falsos.

—La clasificación es agresivamente reductora.

Ridley apareció entre dos estanterías. —¿Interrumpo?

Los dos respondieron a la vez.

—Sí.

Ridley consideró marcharse.

Aria apartó una silla con el pie. —Siéntate.

Fïrn la miró. —Acabas de decir que interrumpe.

—Puede interrumpir sentado.

Ridley tomó la silla. La mesa estaba cubierta de copias procedentes de Caldris y Aurenthal, además de varios registros de desplazamiento de materiales y nombres escritos en columnas diferentes.

—¿Qué buscáis?

Fïrn señaló dos pergaminos. —Una conexión entre quienes realizaron mediciones en Caldris y una red de transporte que aparece después en Aurenthal.

Aria corrigió: —Una posible conexión.

—He dicho conexión, no certeza.

—Eso es exactamente el problema.

Ridley apoyó los brazos sobre la mesa. —¿La habéis encontrado?

Fïrn hizo una mueca. —Depende de cuánto respeto tengas por la datación documental.

—Mucho desde que te conozco.

Aria ocultó una sonrisa.

Fïrn señaló el primer pergamino. —Aquí aparece un nombre asociado a una entrega tres semanas antes de Caldris. El mismo nombre aparece en un documento de Aurenthal.

—Eso parece útil.

—Lo era.

Aria deslizó el segundo documento hacia él. —Hasta que comprobamos que la copia de Aurenthal fue realizada cuarenta años después y utiliza abreviaturas propias de esa época.

Ridley miró ambos. —Entonces puede haber copiado un documento anterior.

—Exacto —dijo Fïrn.

—O puede haber añadido el nombre después —dijo Aria.

—También.

Ridley esperó.

Fïrn lo miró. —¿Qué?

—Pensaba que ibais a seguir discutiendo.

—Llevamos una hora.

Aria corrigió: —Dos.

Fïrn parpadeó. —Eso explica el hambre.

Ridley observó la mesa. —Entonces no sabéis si la conexión es real.

Fïrn miró los pergaminos. —No.

Lo dijo sin incomodidad. Ridley lo notó.

Aria también. —Hace unos días habrías seguido hasta decidir cuál era la correcta —dijo.

Fïrn apoyó la espalda en la silla. —Hace unos días era una persona mucho más atractiva intelectualmente.

—No.

—Gracias.

Aria volvió al documento. —Podemos conservar la relación como posible sin utilizarla como prueba.

Fïrn asintió. —Y buscar otra fuente que no dependa de esta copia.

Ridley vio cómo ambos escribían casi a la vez. No parecían necesitarlo. Se levantó.

Fïrn lo miró. —¿Ya te vas?

—Sí.

—Has venido para sentarte cinco minutos.

—Quería saber dónde estabais.

Aria levantó la vista. —¿Por qué?

Ridley pensó. No encontró una razón que no sonara como una excusa.

—Porque no estabais en la habitación.

Fïrn sonrió. —Está creciendo de formas inesperadas.

Ridley salió antes de que pudiera empeorarlo. Los días empezaron a dividirse sin que nadie estableciera un horario.

Ridley pasaba parte de las mañanas con Calethar o en los patios de entrenamiento.

Todavía no podía combatir con intensidad, pero podía observar, corregir posiciones y probar el Escudo de Aren contra golpes controlados.

Descubrió pronto que no funcionaba como esperaba.

La primera vez que intentó recibir un impacto de frente, el escudo distribuyó parte de la fuerza por el brazo y el hombro de una manera tan eficiente que lo lanzó hacia atrás con notable dignidad durante casi dos pasos.

Calethar lo miró. —Eso ha sido instructivo.

Ridley flexionó los dedos. —Cállate.

—No estaba bromeando.

—Peor.

La segunda vez inclinó el cuerpo. La fuerza recorrió el metal, bajó hacia su postura y terminó descargándose contra el suelo mediante las piernas. Ridley sintió menos impacto. También sintió la vieja herida en el muslo.

—No elimina nada —dijo.

Calethar negó. —Redistribuye.

Ridley miró el escudo. —Entonces si estoy mal colocado…

—La fuerza encuentra otro sitio.

—Y ese sitio puedo ser yo.

—Sí.

Ridley sonrió ligeramente. —Me gusta.

Calethar levantó una ceja. —¿Que pueda herirte?

—Que no mienta.

Aquel día entrenó menos de una hora. Al siguiente, algo más.

Al quinto día pudo desplazarse con el Escudo de Aren sin pensar constantemente en cómo debía sujetarlo. No había sustituido al antiguo. Fïrn seguía encontrando aquello divertidísimo.

Paf Paf empezó a visitar a la sacerdotisa de Tareon cada mañana. No porque hubiera decidido convertirse en nada. Cuando Ridley le preguntó cómo iban las lecciones, respondió:

—No son lecciones.

—¿Qué son?

—Me hace coger cosas.

—Eso parece una lección.

—No.

La mujer había empezado con objetos rotos.

Una tabla agrietada. Una rueda deformada.

Una pieza metálica sometida a demasiada tensión.

Paf Paf no necesitaba Numen para identificar la mayoría de los daños, lo que parecía formar parte del ejercicio.

La sacerdotisa quería saber cuándo utilizaba experiencia y cuándo aparecía aquella otra percepción.

Al tercer día colocó delante de él dos piezas de madera idénticas. Una tenía una fractura interna.

Paf Paf las sostuvo. —Esta.

—¿Por qué?

—Pesa mal.

La mujer intercambió las piezas mientras él cerraba los ojos. Volvió a acertar. Después repitió el ejercicio sin el hacha cerca. Paf Paf dudó. No pudo distinguirlas. Colocó la mano sobre el mango. El símbolo de Tareon respondió débilmente. Esta vez señaló la correcta.

—Entonces viene del hacha —dijo.

La sacerdotisa negó.

—Eso no podemos saberlo.

—Sin ella no puedo.

—Todavía.

Paf Paf torció la boca. —Palabra mala.

—¿Todavía?

—Sí.

—¿Por qué?

—Hace esperar.

La sacerdotisa rió.

El cuarto día hicieron el mismo ejercicio con una planta dañada. Paf Paf la sostuvo demasiado tiempo y terminó con dolor en los dedos. El quinto, con la pata de un perro viejo que llevaba años cojeando. No intentó sostenerla. Solo encontró dónde dolía.

Cuando regresó a la habitación aquella noche, Ridley estaba limpiando uno de los escudos.

—¿Qué tal?

Paf Paf dejó el hacha junto a la pared. —El perro tiene mal una pata.

Ridley esperó. —¿Eso era la prueba?

—Sí.

—¿Y?