31 #2
Armathyel puso cuatro informes uno junto a otro.
—Porque todos alteran relaciones que normalmente son estables.
Un objeto y su peso. Un cuerpo y su sombra.
Una herida y el proceso que debe repararla.
Un conjuro y la voluntad que lo mantiene.
Los resultados son distintos, pero el tipo de imposibilidad comparte algo.
Fïrn empezó a buscar entre las hojas. —Y los testimonios.
Armathyel lo miró. El bardo encontró dos páginas.
—Aquí. Lythara: «presión en los límites». Caldris: «tirantez antes de la repetición». Son escribas distintos.
—Sí.
—¿Copiaron una fuente común?
—No que sepamos.
Fïrn volvió algunas páginas. —Vardhenn utiliza «resistencia» dos veces.
Aria acercó otro informe. —En Aurenthal un sanador habla de que el Numen «tiraba hacia un lugar que no estaba allí».
Blaid se inclinó para leer. —Eso ya es bastante más específico.
Ridley miró las cuatro anotaciones. —Beregost.
Armathyel colocó una quinta ficha. Nadie necesitó que pronunciara el nombre.
Ridley sintió la reacción antes de pensarla.
No fue miedo. Era algo más próximo a la memoria muscular, el cuerpo recordando humo, órdenes, gente corriendo y el momento en que una ciudad había dejado de comportarse como un lugar donde pudiera existir un mañana ordinario.
—Allí también hubo presión —dijo Aria—. Antes de que el ritual se desestabilizara.
Ridley la miró. —Beregost fue diferente.
—Sí.
Armathyel colocó varios documentos alrededor de la ficha. —Porque allí encontramos algo que no aparece con la misma claridad en los otros cuatro: intención.
El silencio alrededor de la mesa cambió.
Blaid fue quien preguntó. —¿Hasta qué punto podéis demostrarla?
—Hubo movimientos previos de personas y materiales, puntos preparados, practicantes situados en lugares que después fueron relevantes para la alteración y una actividad organizada de la Luz Púlida alrededor de zonas que, según sus propios registros públicos, no requerían intervención.
Ridley levantó la vista. —¿La Luz Púlida provocó Beregost?
Armathyel no respondió demasiado deprisa. —Miembros de la Luz Púlida participaron. No puedo demostrar que toda la institución comprendiera qué se estaba haciendo, y mucho menos que la estructura oficial completa diseñara el ataque.
—La Secta —dijo Fïrn.
—Compatible con lo que sabemos ahora. No demostrado en todos sus niveles.
Ridley recorrió los otros cuatro mapas. —¿Y ellos?
—No tengo pruebas suficientes para afirmar que la Secta provocara Vardhenn, Lythara, Aurenthal y Caldris.
—Pero lo sospechas.
—Sí.
Paf Paf observó los documentos durante un rato. —¿Por qué?
Aria tomó uno de los informes. —En Vardhenn hubo movimientos de material antes del incidente que nadie ha explicado.
En Aurenthal desaparecieron registros de varios sanadores.
En Caldris tenemos referencias a mediciones hechas antes de que comenzaran los primeros ecos.
En Lythara hay testimonios contradictorios sobre personas que abandonaron la zona poco antes.
Fïrn extendió las manos sobre los cuatro mapas sin tocarlos. —Experimentos.
Ridley lo miró. —Explícate.
—Si quisieras saber cómo romper algo complejo, probar todas las fuerzas a la vez sería una forma bastante mala de aprender. Pero si alteras una relación cada vez, puedes observar qué cambia, qué resiste y qué consecuencia queda después.
Blaid miró de nuevo los mapas. —Peso. Correspondencia. Reparación. Persistencia.
—Y después Beregost —dijo Fïrn—, donde aparecen varias cosas superpuestas.
Paf Paf frunció el ceño. —¿Beregost juntó cosas?
Armathyel tardó apenas un instante. —Sí. Hay mecanismos que recuerdan a más de uno de los incidentes previos.
Fïrn escribió algo en su cuaderno. Ridley alcanzó a leerlo al revés: PRUEBAS SEPARADAS / RESULTADO CONJUNTO
—Eso sigue sin demostrar que fueran ellos —dijo.
Fïrn levantó la vista. —No.
—Entonces escríbelo.
El bardo añadió una línea debajo. HIPÓTESIS. Ridley asintió. Aquello se convirtió en el método de trabajo sin que nadie lo decidiera formalmente.
Durante el resto de la mañana separaron cada hallazgo en tres categorías: hecho, interpretación e hipótesis. Fïrn dividió varias páginas del cuaderno y protestó cuando Paf Paf empezó a señalar que algunas cosas colocadas bajo «hecho» eran, en realidad, conclusiones.
—Un testigo vio una figura junto al almacén —dijo Fïrn.
—Vio alguien.
—Eso acabo de decir.
—Has dicho figura.
Fïrn lo miró. Después tachó una palabra.
—Empiezo a comprender por qué eres peligroso para los archivos.
Paf Paf señaló otra línea. —Eso también.
—No.
—Sí.
Armathyel ocultó una sonrisa inclinándose sobre un documento. Cuando finalmente salieron de la sala, Ridley tenía la impresión de haber avanzado muy poco. Curiosamente, no le molestaba.
El segundo día de aquella nueva rutina empezó a parecerse al primero. El tercero dejó de hacerlo.
Ridley descubrió el paso del tiempo en cosas pequeñas.
La pierna seguía rígida por las mañanas, pero ya no necesitaba agarrarse al marco de la puerta al ponerse en pie; el dolor aparecía después de caminar demasiado, no antes.
Paf Paf dejó de llevar el hombro completamente inmovilizado y pasó a una tira que limitaba la elevación del brazo.
Fïrn volvió a acertar desde qué lado le hablaban, aunque Aria seguía prohibiéndole utilizar la Armonía durante periodos largos.
Blaid empezó a mover la mano derecha con más naturalidad, si bien todavía utilizaba la izquierda para cualquier tarea que exigiera precisión.
Aria, por su parte, dejó de parecer una visita en sus habitaciones.
Aquello ocurrió de forma tan gradual que Ridley no supo cuándo empezó.
La primera mañana de trabajo entró con documentos. La segunda apareció buscando a Fïrn. La tercera llegó con una taza, se sentó junto a la ventana y estuvo casi media hora leyendo sin explicar por qué estaba allí. Nadie se lo preguntó. Ridley pensó que quizá eso era exactamente lo que necesitaba.
Aster empezó también a adquirir una forma que ya no dependía de mapas ni explicaciones.
Ridley aprendió qué escalera conducía más deprisa a la enfermería y cuál evitaba el corredor donde siempre había cajas.
Paf Paf descubrió un taller cuyo responsable permitía utilizar herramientas si se devolvían limpias.
Fïrn encontró tres archivos donde lo toleraban, dos donde lo vigilaban y uno del que Arelia lo expulsó antes incluso de que tocara nada.
Blaid localizó varios lugares desde los que podía ver el mar sin que nadie tuviera motivos para pasar cerca.
Ridley no le preguntó por qué. Todavía. La Torre dejó de ser un conjunto de espacios desconocidos y comenzó a llenarse de personas que repetían gestos.
Eren aparecía en los establos cada mañana antes del desayuno.
Una sanadora con una cicatriz sobre la ceja perdía la paciencia con Ridley cada vez que fingía que la pierna estaba mejor de lo que estaba. Arelia discutía con Fïrn como si llevaran años haciéndolo. Calethar parecía encontrarse siempre cerca de cualquier estructura que fallara.
Y Saevon podía pasar dos días sin aparecer y luego estar sentado en una mesa comiendo una manzana como si dirigir Aster fuera una ocupación secundaria.
Era difícil continuar sintiéndose perseguido en un lugar donde alguien podía discutir durante veinte minutos sobre dónde guardar un saco de harina. No imposible. Pero difícil.
Paf Paf encontró el Numen el cuarto día de aquella rutina. Aunque durante varias horas nadie lo llamó así. Ridley se enteró después.
Había pasado la mañana con Calethar revisando posiciones defensivas del nivel occidental y regresó a los establos porque Paf Paf había prometido terminar de montar una pieza del carro que, según él, nadie más estaba colocando correctamente.
Lo encontró sentado en el suelo. Eso fue lo primero que le preocupó.
Lo segundo fue que había un caballo tumbado delante de él.
Eren sujetaba la cabeza del animal mientras una mujer de los establos intentaba mantener apartada una de las patas traseras.
El caballo respiraba demasiado rápido y golpeaba la piedra con el casco delantero.
Paf Paf tenía una mano sobre el costado del animal.
El hacha nueva estaba en el suelo a su lado.
Una luz dorada recorría débilmente el símbolo de Tareon.
Ridley se detuvo. —¿Qué ha pasado?
Eren levantó la vista. —Se asustó con una plataforma. Resbaló.
La mujer señaló la pata.
—Creemos que está rota.
Paf Paf negó. —No.
Ridley se acercó. —¿No está rota?
Paf Paf mantuvo la mano sobre el costado. —Aquí.
Señaló más arriba, cerca de la cadera.
—Eso no es la pata —dijo Eren.
—Ya.
Ridley observó al goliat. —¿Cómo lo sabes?
Paf Paf no respondió. Su expresión había cambiado. No parecía concentrado del modo en que lo estaba cuando reparaba algo, sino desconcertado, como si tuviera una herramienta en la mano cuyo uso comprendía pero no recordara haber aprendido. El caballo intentó incorporarse.
Paf Paf apoyó la otra mano contra el suelo. —Quieto.
No se lo dijo al animal. Ridley tardó un instante en comprender que se lo decía a Eren. El muchacho dejó de tirar de la cabezada. Paf Paf respiró despacio. El brillo del hacha aumentó. No mucho. Lo suficiente. El caballo dejó de sacudir la pata. La mujer lo miró.
—¿Qué estás haciendo?
—Sujetando.
Ridley miró sus manos. No tocaban la articulación herida.
—¿Qué?
Paf Paf tardó en encontrar una explicación. —Está mal aquí. Si mueve esto, tira de aquí.
Señaló dos lugares distintos del cuerpo del animal.
—No sé qué quieres decir.
—Yo sí.
Aria habló desde detrás. Ridley no la había oído llegar. Se acercó lentamente al caballo y se arrodilló al otro lado de Paf Paf, sin tocar al animal.
—No te muevas.
Paf Paf levantó los ojos. —No iba.
Aria cerró los suyos durante unos segundos. Ridley conocía ya la expresión que adoptaba cuando examinaba relaciones mágicas. Cuando volvió a abrirlos, miró primero a Paf Paf y después al hacha.
—Suéltalo.