Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 31
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La mañana posterior a las pruebas empezó con una discusión sobre dónde guardar dos escudos.

Ridley habría preferido atribuirla a alguna cuestión militar de importancia, pero la realidad era menos digna: el Escudo de Aren ocupaba demasiado espacio junto al catre, el que llevaba desde Beregost no cabía bien detrás de la puerta y dejar cualquiera de los dos en el suelo aumentaba considerablemente las posibilidades de que Fïrn tropezara con él antes del desayuno.

El bardo rechazaba esa última afirmación como una acusación sin pruebas, aunque durante la primera media hora del día había pisado una bota que era suya, derribado un taburete que llevaba dos días en el mismo sitio y estado a punto de sentarse sobre el cuaderno donde anotaba sus propias investigaciones.

—No entiendo por qué tiene que quedarse ese ahí —dijo mientras apartaba con el pie el escudo antiguo—. Podrías colgar uno.

Ridley, sentado en el extremo del catre mientras ajustaba el vendaje de la pierna, levantó la vista.

—¿Dónde?

Fïrn señaló la pared. —Ahí.

—Eso es piedra.

—He visto paredes de piedra con cosas colgadas.

—No voy a perforar una habitación que no es nuestra porque ahora tenga dos escudos.

Fïrn sonrió. —La frase «ahora tengo dos escudos» sigue pareciéndome la parte importante.

Blaid estaba junto a la ventana tratando de cerrar el Manto de la Última Palabra con la mano izquierda de una manera que ocultara cuánto le costaba evitar la derecha.

—Podrías dejar uno en otro sitio.

Ridley lo miró. —Gracias.

—De nada.

—Era sarcasmo.

—El mío también.

Paf Paf entró en ese momento con pan, queso y una jarra de agua. Observó la habitación durante unos segundos, dejó la comida sobre la mesa y señaló el armario.

—El nuevo arriba.

Ridley siguió la dirección. Había espacio suficiente.

Fïrn abrió los brazos. —Eso llevamos intentando explicarte.

—Tú has dicho que lo colgara de la pared.

—Era una propuesta conceptual.

Paf Paf tomó el Escudo de Aren con el brazo izquierdo y lo dejó encima del armario sin esfuerzo aparente, aunque el hombro derecho permaneció pegado al cuerpo durante todo el movimiento.

La discusión terminó. Ridley decidió no conceder importancia al hecho de que llevaban varios minutos hablando de algo que no implicaba sectas, persecuciones, interrogatorios, rituales o ciudades incendiadas.

Quizá por eso, cuando se dio cuenta, permaneció sentado un poco más de lo necesario.

La estancia olía a pan recién cortado y al ungüento de la enfermería.

La luz de la mañana entraba por una ventana estrecha que daba hacia una de las terrazas interiores de Aster, donde dos custodios descargaban cajas de una plataforma flotante mientras una mujer con el brazo vendado intentaba convencerlos de que podía ayudar.

Más abajo alguien discutía con un mozo de cuadras acerca de la cantidad de avena correspondiente a un grupo de mulas recién llegadas.

Nada de aquello parecía una fortaleza construida para ocultar conocimiento sobre una entidad primordial, ni un lugar preparado para resistir enemigos infiltrados durante siglos.

Parecía una casa demasiado grande llena de gente ocupada. Aquello le gustaba.

Aria llegó cuando Fïrn estaba intentando determinar si el Laúd de las Tres Voces podía afinarse como un instrumento normal sin provocar tres respuestas distintas por cada cuerda.

Entró sin llamar. Llevaba el cabello negro suelto sobre los hombros y una de sus habituales túnicas azul medio oscuro; al ver el laúd sobre sus piernas, se detuvo.

—Dijiste que hoy no ibas a tocar.

Fïrn levantó ambas manos. —No estoy tocando. Estoy investigando.

—Has pulsado una cuerda.

—Una vez.

—Tres.

Fïrn miró el instrumento. —Eso es discutible. Técnicamente la he pulsado una vez y ella ha decidido responder tres.

Aria dejó varios pliegos sobre la mesa. —Si mañana vuelves a oír desde donde realmente están las cosas, podrás discutirlo conmigo.

—Tu concepto de recuperación carece de poesía.

—Por eso funciona.

Blaid consiguió cerrar por fin el manto. —¿Nos han convocado?

Aria negó y tomó un trozo de pan sin pedir permiso. —Armathyel quiere vernos después del desayuno. Esta vez será en una sala de trabajo. Dice que ya habéis tenido suficiente ceremonia.

Ridley miró el vendaje de su pierna. —En eso estamos de acuerdo.

—Quiere repasar los cuatro incidentes anteriores y Beregost desde el principio. Sin los antiguos, sin las reliquias y sin intentar que todo encaje con lo que acabamos de descubrir.

Fïrn dejó de juguetear con una clavija. —Solo hechos.

—Eso pretende.

Ridley tomó un trozo de pan. —Bien.

Aria lo miró un segundo más de lo habitual. —¿Qué?

—Estoy intentando acostumbrarme a que digas «bien» cuando alguien propone revisar información antes de sacar conclusiones.

Ridley mordió el pan. —No te acostumbres.

La sala de trabajo que Armathyel había elegido era pequeña para los estándares de Aster y estaba demasiado llena de papeles para resultar solemne.

Tres mesas rectangulares ocupaban casi todo el centro y sobre ellas habían distribuido mapas, copias de informes, dibujos de marcas, listas de desaparecidos y varios objetos recuperados durante investigaciones anteriores.

Fïrn dejó el nuevo laúd junto a la puerta. —Esto me gusta mucho más.

Armathyel, inclinado sobre un mapa, no levantó la cabeza.

—Lo tendré en cuenta si vuelvo a diseñar una prueba para ti.

Fïrn se quedó quieto. —Saevon dijo que habían terminado.

Armathyel alzó por fin la vista. —Era una broma.

El bardo lo señaló.

—Eso ha sido deliberadamente cruel.

Aria ocupó una silla y Ridley hizo lo mismo.

Paf Paf prefirió permanecer de pie hasta que el hombro le recordó que apoyarse contra una estantería era una alternativa más sensata.

Blaid recorrió la habitación antes de sentarse, comprobando por costumbre la única puerta, las dos ventanas altas y el pasillo visible al otro lado.

Ridley vio el gesto. Hacía unos meses probablemente no lo habría notado.

Ahora empezaba a reconocer cuántas cosas hacía Blaid antes de decidir que un lugar era seguro.

Armathyel esperó a que todos se colocaran. —Ayer hablamos de una historia antigua que puede hacer que empecemos a ver correspondencias en cualquier parte. Hoy quiero hacer lo contrario. Dejaremos fuera a Aren Der, a los otros tres y a las reliquias mientras podamos.

Fïrn señaló la pila de documentos. —Eso suena saludable.

—También será tedioso.

—Menos saludable.

Armathyel extendió el primer mapa. —Vardhenn.

Ridley reconoció el nombre por los informes de Eshvar. —¿Qué ocurrió exactamente?

—Durante varias horas, el peso de objetos, personas y estructuras dejó de responder de manera consistente.

Algunos metales se volvieron imposibles de mover; otros parecían perder peso sin perder masa.

En varias superficies aparecieron líneas blancas y hubo deformaciones menores en herramientas, cerraduras y piezas estructurales.

Paf Paf se apartó de la estantería lo suficiente para acercarse. —¿Piedra?

Armathyel consultó un informe. —Menos afectada.

—¿Madera?

—Normal en la mayor parte de los testimonios.

—¿Animales?

Armathyel buscó otra hoja. —Alterados por los cambios de peso, pero no tenemos indicios de que fueran objetivo.

Paf Paf volvió a apoyarse. —Bien.

Ridley señaló el segundo mapa. —Lythara.

—Las sombras dejaron de corresponder correctamente a las personas y objetos que las proyectaban. Algunas se retrasaban; otras repetían movimientos con segundos de diferencia y unas pocas llegaron a desplazarse sin que lo hiciera aquello que debía proyectarlas. Hubo interacciones físicas menores.

Fïrn frunció el ceño. —¿Interacciones?

—Objetos pequeños movidos, puertas que se cerraron, una persona con arañazos producidos cuando su propia sombra atravesó un borde de piedra.

Fïrn dejó de sonreír. —Eso es bastante menos divertido que la versión resumida.

—Las versiones resumidas suelen serlo.

Armathyel colocó un tercer documento. —Aurenthal.

Allí el fenómeno afectó a procesos de curación y Numen.

Hubo heridas que cerraron de forma incorrecta, dolor desplazado fuera de la zona dañada, descensos locales de temperatura y varios casos en los que el alivio llegó antes que la recuperación física.

Aria acercó una hoja. —Este es uno de los que revisé cuando regresé de la zona.

Ridley la miró. —¿Estuviste allí?

—Después del incidente.

—Nunca lo mencionaste.

Aria no pareció incómoda. —No había surgido.

Blaid sonrió sin humor. —Tu concepto de «surgir» sigue siendo admirable.

Ella lo ignoró.

Paf Paf miraba una ilustración esquemática de un brazo mal curado. —¿La persona sentía dolor?

—Muy poco —respondió Aria.

—¿Estaba mejor?

—No.

Paf Paf siguió mirando. —Entonces no estaba curada.

Armathyel asintió. —Exacto.

Ridley vio que Fïrn apuntaba aquello.

—¿Qué escribes?

—Una distinción útil.

—Paf acaba de decir que una herida mal curada sigue siendo una herida.

Fïrn levantó la pluma. —Y ha sido sorprendentemente más preciso que tres tratados de teología médica que he leído.

Paf Paf aceptó el cumplido sin reaccionar.

Armathyel desplazó el cuarto informe. —Caldris. Allí los conjuros no terminaban cuando los practicantes dejaban de alimentarlos. Algunos efectos reaparecían minutos después, deformados; otros se repetían varias veces con intensidad decreciente o, en algunos casos, creciente.

Fïrn dejó la pluma. —Ecohechizos.

—Así los llamaron.

Blaid recorrió con la mirada los cuatro mapas. —Peso y materia. Sombra. Curación. Persistencia de magia. No se parecen demasiado.

—Visualmente, no —dijo Armathyel—. Por eso nadie intentó relacionarlos al principio.

Ridley señaló el centro de la mesa. —Entonces ¿por qué lo hicisteis?