Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 30 #3
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Saevon tardó un momento. —Todavía no lo sabemos.

Tenemos doctrinas contradictorias, rituales separados por siglos y células que parecen interpretar su propósito de formas distintas.

Algunas hablan de transformación, otras de liberación y otras de una restauración que no sabemos qué significa realmente.

No puedo deciros cuál de esas versiones, si alguna, refleja el propósito original de la Secta.

Blaid bajó la vista hacia el manto. —Eso me resulta desagradablemente familiar.

Ridley volvió a mirar los objetos. Cuatro reliquias. Un nombre. Tres vacíos. Le pareció mejor así.

—¿Estas cosas pertenecieron a los cuatro?

Armathyel negó. —No puedo afirmarlo. En el caso del escudo existe una asociación relativamente fuerte con Aren Der. En los otros tres, las cadenas de procedencia son demasiado incompletas para asignarlas con seguridad a una persona concreta.

Fïrn asintió lentamente. —Gracias.

Ridley lo miró. —¿Por qué?

—Porque podría haber dicho que sí.

Aquello también empezaba a parecer importante.

Saevon señaló los objetos. —No tenéis obligación de aceptarlos. Tampoco os pedimos que interpretéis su reacción como destino, herencia o derecho. Podéis devolverlos ahora, mañana o cuando decidáis que interfieren más de lo que ayudan.

Ridley miró el Escudo de Aren. —¿Y si los usamos?

—Entonces aprenderemos algo.

—¿Sobre nosotros o sobre ellos?

—Probablemente sobre ambos.

Ridley levantó el escudo. —Me lo quedo.

Fïrn acomodó el laúd contra el cuerpo. —Yo también.

Blaid sujetó el borde del manto. —Si intenta hablar, lo devuelvo.

Paf Paf levantó el hacha. —Me gusta.

Fïrn lo miró. —Todos hemos comprendido esa parte.

Saevon observó a los cuatro sin satisfacción visible. —Hay algo que quiero que entendáis antes de salir de aquí. Sabemos más sobre aquello que intentó entrar que sobre las personas que se opusieron a ello.

Fïrn frunció el ceño. —¿Cómo puede pasar eso?

—Porque una amenaza se conserva mejor que una persona.

Las culturas que vinieron después transformaron a esos cuatro según lo que necesitaban: protectores, traidores, santos, hechiceros, fundadores, mártires.

Sus decisiones quedaron enterradas bajo religión, política y miedo.

Lo único que aparece con suficiente persistencia es que eran cuatro individuos distintos, que cumplían funciones diferentes y que ninguna de esas funciones bastó por separado.

Ridley pensó en el constructo.

Armathyel pareció leerle la pregunta antes de que la hiciera. —La prueba de los cuatro sellos es reciente. Está inspirada en esa idea general, no pretende reconstruir ningún acontecimiento histórico.

—Bien.

Blaid lo miró. —Has vuelto a decirlo.

—Cállate.

Saevon abrió la puerta. —Descansad. Mañana trabajaremos con hechos recientes: los cuatro incidentes previos, Beregost, la Secta, la Luz Púlida y cualquier conexión que podamos defender sin apoyarnos en una historia de hace milenios.

Ridley no se movió todavía. —Una pregunta.

Saevon esperó. —¿Crees que somos como ellos?

La respuesta tardó lo suficiente para que Ridley supiera que no sería simple.

—Creo que existen correspondencias que ya no considero casuales.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Lo sé.

Ridley sostuvo su mirada.

Saevon terminó respondiendo. —No sé qué sois en relación con ellos. Y cualquiera que os diga que lo sabe debería demostrarlo antes de que le entreguéis una sola decisión.

Aquello fue, de todas las respuestas que habían recibido en Aster, una de las pocas que Ridley no sintió necesidad de discutir.

El ascenso fue más lento que la bajada, en parte por las heridas y en parte porque ninguno parecía tener demasiada prisa por volver a una zona de la Torre donde hubiera suficiente gente alrededor para obligarlos a fingir que la conversación había terminado.

Ridley llevaba el Escudo de Aren bajo el brazo y el suyo a la espalda.

Fïrn caminaba detrás, tocando de vez en cuando la madera del nuevo laúd sin hacer sonar las cuerdas; Blaid probaba el manto con movimientos pequeños, como si quisiera comprobar que no tenía intención de actuar por sí mismo; Paf Paf cargaba el hacha con naturalidad y cambiaba el agarre de vez en cuando para estudiar su equilibrio. A mitad del corredor, Ridley se detuvo.

Armathyel giró. —¿Qué ocurre?

Ridley señaló el escudo. —¿Cuándo empezaste a pensar que Aren Der tenía algo que ver conmigo?

Armathyel no necesitó mucho tiempo. —Cuando el nombre dejó de ser lo más importante.

Ridley frunció el ceño. —Explícate.

—El apellido fue lo primero que llamó mi atención y, por eso mismo, lo consideré la peor evidencia.

Después llegaron informes sobre lo ocurrido en Eltarion, Eshvar y Velmora, y finalmente la manifestación azul.

Cada elemento aislado admitía demasiadas explicaciones; juntos empezaron a formar una correspondencia que no podía ignorar.

Ridley asintió lentamente. —Pero podrías estar equivocado.

—Sí.

—Incluso después de todo esto.

—Sí.

Fïrn asomó la cabeza detrás de Ridley.

—Definitivamente me cae mejor esta versión de ti.

Armathyel lo ignoró. Saevon observó a Ridley.

—¿Eso te tranquiliza?

Ridley pensó antes de responder. —No.

—Bien. La incertidumbre no debería tranquilizarte; solo debería impedir que entregues tus decisiones a una certeza que no poseemos.

Blaid habló desde atrás. —Empiezo a sospechar que has esperado para aparecer porque Armathyel ya había utilizado todas las frases irritantemente sensatas.

Saevon reanudó la marcha. —Nos repartimos el trabajo.

Cuando alcanzaron los niveles principales encontraron a Lysendra junto a la sala capitular. Su mirada pasó por las cuatro reliquias y terminó en Saevon.

—¿Entonces?

—Entonces nada, hoy.

Calethar apareció detrás y su atención se dirigió inmediatamente hacia el hacha de Paf Paf.

—Eso no estaba cuando bajaste.

Paf Paf negó. —No.

—¿Puedo?

El goliat le tendió el arma.

Calethar comprobó el equilibrio. El símbolo de Tareon no reaccionó en sus manos. —Buena.

Paf Paf asintió. —Muy buena.

Fïrn levantó una mano. —Gracias. Necesitaba una segunda opinión especializada.

Calethar miró el laúd. —¿Y eso?

—Problemático.

—Entonces sí parece tuyo.

Fïrn fingió ofensa.

Ridley se dio cuenta de que necesitaba aquella conversación, no otra revelación ni otro misterio, sino una discusión estúpida sobre un hacha.

Saevon pareció comprenderlo. —Descansad.

Ridley volvió hacia él. —¿Y mañana?

—Mañana empezaremos con hechos.

Aria asintió. —Bien.

Ridley pensó en todo lo que acababan de escuchar: Aren Der, tres figuras todavía sin nombre, cuatro objetos que habían reaccionado a su llegada y una historia demasiado antigua para haber sobrevivido sin deformarse.

No sabía qué relación real existía entre ellos y aquellos muertos, ni por qué las reliquias respondían, ni cuánto de aquella historia había sido reconstruido a conveniencia.

Pero por primera vez desde que llegaron a Aster, la ausencia de una explicación completa no parecía una puerta cerrada. Solo trabajo pendiente.

Ridley volvió hacia los demás. —Vamos.

Paf Paf empezó a caminar y Fïrn lo siguió. Blaid tardó un momento más, ajustándose el manto con la mano izquierda, antes de incorporarse al grupo. Aria fue la última. Ridley no comprobó si venían. Esta vez los oyó detrás.