Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 30 #2
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30 #2

Dentro había un escudo. Ridley dejó de pensar en preguntas.

No se parecía al suyo. El escudo que llevaba desde Beregost había sido construido para utilizarse, repararse, golpearse y volver a repararse; aquel parecía pensado para durar más que quien lo empuñara.

Era de metal oscuro, algo más pequeño y más grueso en el centro, sin oro ni piedras, y alrededor del umbo apenas sobrevivía una sucesión de líneas semejantes a rayos incompletos.

Ridley no se acercó. —No.

Saevon lo miró. —Todavía no te he pedido nada.

—Cuatro armarios y cuatro personas. Puedo encontrar el patrón.

Fïrn levantó una mano. —Me alegra seguir siendo necesario para problemas más complejos.

Ridley volvió hacia el objeto. —Ya tengo un escudo.

—Y puedes seguir teniéndolo —dijo Saevon—. Nadie te pide que lo sustituyas.

Ridley se acercó. El objeto no emitió luz ni produjo ninguna sensación de pertenencia, lo cual ayudó más de lo esperado.

Extendió una mano, tocó el borde y descubrió que el metal estaba frío.

Cuando lo levantó comprobó que pesaba menos de lo que parecía, aunque el reparto era extraño: el centro atraía el peso hacia el brazo en lugar de arrastrarlo hacia delante.

Ajustó el agarre y adoptó una posición defensiva casi sin pensarlo.

El escudo encajó. No en su cuerpo, sino en el movimiento. Alguien había construido aquella pieza comprendiendo que detener un impacto no significaba necesariamente resistirlo de frente.

Ridley bajó el brazo. —¿Qué hace?

Armathyel respondió. —Redistribuye fuerza si el portador adopta una posición capaz de conducirla. No elimina el impacto y no hace invulnerable a quien lo utiliza; si recibes mal un golpe, puedes resultar herido igualmente.

Aquello le gustó más que cualquier promesa absoluta.

—¿Tiene nombre?

Armathyel miró el escudo antes de contestar. —Lo conservamos como Escudo de Aren.

Ridley levantó la vista. —¿Aren Der?

El silencio duró apenas un instante.

—Es posible —dijo Armathyel—. La asociación es antigua y aparece en varias fuentes independientes, aunque ninguna nos permite afirmar con certeza que este fuera realmente su escudo.

Ridley volvió a mirar el metal. Aren Der.

Hasta entonces, Aren Der había sido una palabra encontrada en una pared de Mirasol, una coincidencia en un registro.

Ahora pertenecía a una persona que había vivido hacía milenios y cuya historia había sobrevivido lo suficiente para dejar un objeto posiblemente unido a ella.

—¿Quién fue?

Armathyel escogió las palabras. —Una de las cuatro figuras que aparecen asociadas a la primera resistencia contra la entidad de la que hablamos ayer.

Algunas fuentes lo describen como guardián, otras como comandante o protector.

Hay demasiadas capas posteriores para distinguir con seguridad dónde termina la persona y empieza la figura histórica.

Ridley apoyó los dedos sobre el borde del escudo. —Der.

—Sí.

—¿Sabes si es antepasado mío?

—No.

Ridley lo miró.

Armathyel no suavizó la respuesta. —El apellido ha sobrevivido demasiado tiempo y en demasiadas ramas. No puedo demostrar una línea directa entre ambos y no voy a inventarla.

Ridley asintió lentamente. Aquello era suficiente. Por ahora. Dejó el Escudo de Aren apoyado contra la mesa.

—Sigue.

Saevon abrió el segundo armario.

El laúd ocupaba casi todo el espacio y Fïrn dejó de sonreír.

La madera era oscura, aunque no negra, y mostraba vetas más claras que convergían alrededor del puente.

No parecía especialmente antiguo ni nuevo; resultaba difícil atribuirle edad porque había poco desgaste donde debería tenerlo y pequeñas marcas en lugares donde un instrumento normal habría permanecido intacto.

Fïrn se acercó. —¿Puedo?

Armathyel asintió.

Fïrn extendió las manos y se detuvo antes de tocar una cuerda. —¿También hace cosas?

—Sí.

—Esa respuesta ha perdido encanto.

—Responde a la Armonía y a determinadas relaciones entre sonido, memoria y percepción. No conocemos todos sus límites.

Fïrn miró las cuerdas. Pulsó una. Tres tonos respondieron. No fueron tres notas consecutivas, sino un único sonido compuesto por capas ligeramente separadas: una limpia, otra más grave y una tercera apenas perceptible, como si permaneciera detrás de las demás esperando atención.

Fïrn retiró la mano. —Eso no lo he hecho yo.

—No.

Volvió a tocar y el fenómeno se repitió.

—¿Nombre?

—Laúd de las Tres Voces.

Fïrn miró a Armathyel.

—Nombre discreto.

—No lo puse yo.

Pasó los dedos por la madera sin hacer sonar otra cuerda.

—¿Puede cambiar recuerdos?

Armathyel tardó lo suficiente para que la pregunta perdiera ligereza. —No tenemos prueba de que pueda modificarlos. Sí sabemos que reacciona a disonancias relacionadas con memoria, identidad y percepción, y quiero que distingas esa diferencia.

Fïrn asintió. —Créeme, últimamente distingo muchas.

Tomó el instrumento con cuidado. Saevon abrió el tercer armario. Blaid miró dentro y no se acercó.

Era un manto. Parecía negro a primera vista, aunque el tejido devolvía tonos azulados y violáceos cuando la luz incidía de lado. No tenía bordados, símbolos ni cierres ornamentales y resultaba demasiado sencillo para justificar que estuviera guardado allí.

—¿Qué hace? —preguntó Blaid.

Armathyel escogió las palabras. —Ayuda a resistir ciertos tipos de interferencia sobre percepción, voluntad y dirección de energía.

Blaid se quedó quieto. —Ayuda.

—No da inmunidad.

—¿Qué exige?

—Oposición.

Blaid sostuvo su mirada.

Armathyel continuó. —El manto no decide por su portador. Si quien lo lleva acepta una influencia, el objeto no puede salvarlo de su propia obediencia.

El silencio cambió. Ridley no dijo nada. Aria tampoco.

Blaid se acercó finalmente. —¿Nombre?

—Manto de la Última Palabra.

Blaid soltó aire por la nariz. —Horrible.

Fïrn levantó ligeramente el laúd. —El mío tiene tres voces.

—El tuyo parece una canción. El mío parece una amenaza escrita por alguien de quince años.

Fïrn consideró aquello. —Acepto.

Blaid tocó el tejido. No ocurrió nada. Se lo dejó caer sobre los hombros y permaneció quieto varios segundos.

Ridley esperó. —¿Qué sientes?

Blaid lo miró. —Tela.

Ridley sonrió. —Bien.

Algo cambió apenas en la expresión del tiefling.

—Sí.

Saevon abrió el último armario. Paf Paf se acercó antes de que terminara.

Dentro había un hacha. Ridley había esperado algo enorme, pero el arma estaba diseñada para utilizarse.

El mango largo era de madera clara reforzada por anillos metálicos y la cabeza poseía un filo ancho por un lado y una superficie más corta y maciza por el otro.

En el centro aparecía el símbolo de Tareon.

Paf Paf no la tocó. —Tareon.

—Sí —dijo Armathyel.

—¿Numen?

Aria estudió el arma desde donde estaba. —No activo.

Paf Paf volvió hacia Saevon.

—¿Qué hace?

—Responde a fuerza contenida.

El goliat frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Cuando quien la empuña podría aplicar más fuerza y decide no hacerlo, parte de esa fuerza no utilizada puede permanecer en el arma y redistribuirse después.

Paf Paf pensó. —¿Y si quiero pegar fuerte?

—Entonces será un hacha muy buena.

Blaid levantó una ceja. —Eso parece absurdamente específico.

—Lo es.

Paf Paf tomó el mango. El símbolo de Tareon emitió un resplandor dorado tan tenue que Ridley no estuvo seguro de haberlo visto hasta que Aria levantó la mirada. El goliat comprobó el equilibrio con un movimiento lento.

—Buena.

Fïrn lo miró. —¿Nada más?

Paf Paf pensó. —Muy buena.

—Crítica exhaustiva.

Armathyel no añadió ningún nombre. Ridley lo notó. Miró primero el hacha, después el manto y por último el laúd.

—El escudo sí tiene uno.

—Sí.

—Y estos no.

Armathyel negó ligeramente. —Tienen denominaciones de custodia, pero no poseemos una asociación histórica que esté dispuesto a presentaros como cierta.

Hay nombres en registros tardíos, atribuciones contradictorias y genealogías construidas siglos después.

Prefiero que, por ahora, los consideréis simplemente lo que son.

Fïrn levantó el instrumento. —Un laúd con demasiadas opiniones.

Blaid se ajustó el manto. —Una capa de nombre horrible.

Paf Paf sostuvo el hacha. —Muy buena.

Ridley miró a Armathyel.

—Y tres personas desconocidas.

—Tres figuras de las que conservamos funciones, relatos y versiones que todavía no sabemos separar con suficiente seguridad.

—Pero estuvieron con Aren Der.

—Eso sí aparece de manera consistente.

Ridley dejó descansar una mano sobre el escudo. —Cuatro.

—Sí.

—Contra la entidad.

—Sí.

—¿Ganaron?

Saevon respondió. —Sobrevivió el mundo.

Ridley levantó la vista. —Eso no es lo mismo.

—Precisamente.

Aquella respuesta consiguió silenciarlo.

Fïrn acercó el nuevo laúd al cuerpo. —¿Qué hicieron?

Armathyel negó despacio. —Ese es uno de los lugares donde la documentación se rompe.

Sabemos que la entidad no consiguió permanecer plenamente en Orvantyr y que después aparecen referencias dispersas a custodias separadas, objetos ocultos y una puerta que dejó de estar accesible.

No podemos demostrar el mecanismo exacto ni cuánto de esas historias fue añadido posteriormente.

Blaid miró el manto. —¿Y la Secta?

Saevon tomó la palabra. —Los registros más antiguos que podemos relacionar con el Ojo Oculto aparecen después de aquella crisis.

No sabemos si nació entonces, si ya existía o si adoptó después una historia anterior para legitimarse.

Sí sabemos que conservó durante siglos conocimiento que otras instituciones perdieron o destruyeron.

Fïrn frunció el ceño. —¿Conservaron la historia de la entidad?

—Partes.

—¿Y quieren que vuelva?

Saevon sostuvo su mirada. —Todo lo que hemos encontrado apunta en esa dirección.

Paf Paf observó el hacha. —¿Por qué?