30
Saevon no parecía especialmente impresionado por ellos, y aquello fue lo primero que pensó Ridley mientras el hombre terminaba de observar los restos del constructo y volvía la atención hacia los cuatro.
No había admiración ni sorpresa, tampoco esa satisfacción fácil del maestro que contempla una prueba bien resuelta; más bien parecía comparar lo que tenía delante con algo que llevaba demasiado tiempo imaginando y aún no había decidido si ambas cosas coincidían.
Ridley seguía sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una columna y el escudo junto a la pierna.
No hizo ningún esfuerzo por levantarse. Para entonces llevaban varios días en Aster y las pruebas no habían ocupado jornadas enteras: entre una y otra habían pasado por la enfermería, comido con gente cuyo nombre empezaban a recordar, revisado notas y reparado equipo.
El dolor que le recorría la espalda después del constructo ofrecía una excusa excelente para quedarse donde estaba.
Saevon se detuvo frente a ellos. —Ahora podemos hablar.
Ridley bebió otro trago de agua antes de responder. —Llevamos varios días oyendo eso en distintas versiones. Empieza a perder eficacia.
Armathyel desvió los ojos hacia él, pero Saevon no pareció ofendido.
—Lo sé.
Fïrn, todavía con el paño bajo la nariz, miró a Ridley y después al recién llegado.
—Me cae bien.
—No lo conoces —dijo Blaid.
—Eso rara vez me ha detenido.
Saevon contempló al bardo durante un instante y después miró a Armathyel.
—¿Siempre?
—Desde que llegó.
—Antes también —añadió Aria.
Fïrn inclinó la cabeza con gravedad fingida. —Agradezco el respaldo institucional.
Algo parecido a una sonrisa apareció en Saevon y desapareció demasiado rápido para que Ridley pudiera decidir si realmente había estado allí. Volvió al asunto que importaba y preguntó quién era.
El silencio de los demás no resultó incómodo, pero sí atento.
Armathyel, Lysendra y Calethar permanecían unos pasos más atrás, y Ridley percibió de nuevo la diferencia que había notado cuando Saevon cruzó las puertas.
No era miedo ni obediencia ciega, sino el reconocimiento de una autoridad que hasta entonces ninguno de los tres había necesitado mostrar.
Saevon no recurrió a ningún título. —Dirijo la Orden de Aster.
Ridley miró a Armathyel.
—Pensaba que él lo hacía.
—Presido el Consejo —respondió el anciano.
—Que no es lo mismo.
—No.
Saevon continuó con la misma calma. —El Consejo gobierna Aster en su funcionamiento ordinario.
Armathyel responde por los archivos, la investigación y las decisiones relacionadas con conocimiento restringido; Lysendra, por la seguridad y las amenazas internas; Calethar, por la defensa, la logística y las operaciones.
Mientras puedan resolver una cuestión sin mí, prefiero que lo hagan.
Blaid consiguió incorporarse un poco mejor contra la columna. —Y cuando no pueden, apareces después de que una estatua de cuatro metros intente matarnos.
—Ha resultado una ocasión eficiente.
—Admiro la economía.
Ridley observó a Saevon con mayor atención.
Había esperado otra clase de hombre al descubrir que existía alguien por encima del Consejo: más ornamentado, quizá más viejo, construido deliberadamente para imponer.
Saevon no parecía necesitar ninguna de esas cosas y, precisamente por eso, resultaba más difícil de medir.
—¿Por qué no estabas antes?
—Porque encontraros no era suficiente.
Ridley frunció el ceño. —Armathyel nos mandó buscar.
—Sí.
—Y tú lo sabías.
—Sí.
—Entonces no estabais de acuerdo.
Saevon miró brevemente al archivero antes de responder. —Armathyel consideraba que la correspondencia merecía una búsqueda. Yo consideraba que encontrar cuatro personas capaces de encajar en una interpretación histórica no demostraría nada por sí solo.
Fïrn bajó el paño. —Y por eso las pruebas.
—En parte.
—¿Cuál era la otra parte?
Saevon volvió la vista hacia los restos del constructo. —Aster conserva demasiadas cosas que terminaron en manos equivocadas porque alguien confundió importancia con derecho a poseerlas.
Ridley sintió rechazo antes de terminar de entender por qué. —No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco. Por eso no buscábamos decidir si merecíais nada, sino saber qué hacéis cuando una respuesta, un objeto o una capacidad puede empezar a decidir por vosotros.
Paf Paf levantó la vista. —¿Y ahora?
Saevon tardó un momento. —Ahora sabemos algo más.
Blaid soltó una risa cansada. —Una tradición muy sólida en Aster.
—Las pruebas han terminado —añadió Saevon.
Fïrn levantó un dedo. —¿De verdad?
—Sí.
—¿No hay una prueba secreta destinada a comprobar cómo reaccionamos cuando nos dicen que han terminado?
Saevon pareció considerar la posibilidad con suficiente seriedad para irritarlo. —No.
Fïrn miró a Armathyel.
—¿Puedo confiar en eso?
—No conviertas la prudencia en una enfermedad.
—Demasiado tarde.
Calethar se apartó del estrado y contempló el estado de los cuatro. —Antes de cualquier explicación, enfermería.
Ridley negó. —Primero respuestas.
—Las respuestas seguirán aquí cuando dejéis de sangrar.
Fïrn se limpió otra vez la nariz. —Eso suena razonable, así que sospecho que Ridley encontrará una objeción.
La tenía. La guardó.
Saevon lo vio. —No vamos a aplazarlo hasta mañana. Pero primero os revisarán.
Blaid dejó caer la cabeza contra la piedra. —Naturalmente.
La pausa duró menos de una hora.
A Ridley le vendaron de nuevo la pierna, le revisaron el hombro y le recomendaron que evitara cargar el brazo izquierdo durante el resto del día.
Respondió que lo intentaría, lo que provocó en la sanadora la expresión resignada de alguien que ya había escuchado aquella mentira educada demasiadas veces.
Paf Paf salió con el hombro parcialmente inmovilizado por una tira de cuero que le permitía moverlo sin elevarlo demasiado.
Blaid llevaba un vendaje nuevo alrededor de las costillas y la mano derecha protegida otra vez.
Fïrn había dejado de sangrar por la nariz, aunque seguía quejándose de que algunos sonidos parecían llegarle desde un lugar distinto al que ocupaban.
—Eso significa que hoy no cantas —dijo Aria mientras regresaban.
—Significa que canto bajo.
—Significa que no cantas.
—Tu interpretación es excesivamente restrictiva.
Aria lo miró.
Fïrn mantuvo la expresión unos segundos antes de rendirse. —No canto.
Cuando volvieron a la sala capitular, los restos del constructo habían desaparecido y apenas quedaban marcas superficiales en las losas, como si la violencia de la última hora hubiera sido un inconveniente administrativo ya resuelto.
Ridley miró el suelo. —Rápidos.
Calethar apoyó una mano sobre una mesa. —Hay gente que lleva años desmontándolo y reconstruyéndolo.
—Eso explica bastantes cosas.
Saevon esperaba junto a una puerta lateral. —Venid.
Nadie se movió inmediatamente. Blaid miró a Ridley.
—¿Quieres preguntar primero adónde?
Ridley estuvo tentado. —No.
Fïrn lo observó con preocupación fingida. —Te están cambiando.
—Camina.
La puerta daba a una escalera estrecha que descendía hacia niveles interiores de la Torre. Saevon tomó la delantera, seguido por Armathyel, mientras Lysendra y Calethar permanecían arriba.
Ridley lo notó antes del primer rellano. —¿Ellos no vienen?
—No.
—¿Por qué?
—Porque lo que vais a ver está bajo custodia de Armathyel y mía.
Aria bajaba detrás de Fïrn.
—Yo tampoco debería estar.
Saevon se detuvo un momento. —Tú los encontraste. Y confían en ti más de lo que confían en nosotros.
Blaid soltó aire por la nariz. —Un listón extraordinariamente bajo.
El último tramo desembocó en un corredor más antiguo que los niveles superiores.
Ridley lo reconoció por las juntas irregulares de la piedra y la ausencia de las líneas luminosas que atravesaban otras partes de Aster.
Allí las lámparas eran sencillas, el aire más seco y el olor estaba hecho de polvo, metal y madera envejecida.
No había puertas laterales. Solo una al fondo. Armathyel sacó una llave.
Ridley la miró. —Una llave normal.
—No todo tiene que ser complicado.
Blaid se acercó ligeramente. —Después de estos días, esa afirmación me parece revolucionaria.
La cámara del otro lado era más pequeña de lo que Ridley esperaba. No había vitrinas ni pedestales elevados, tampoco símbolos destinados a impresionar; cuatro armarios bajos estaban construidos directamente contra la pared y una mesa de madera ocupaba el centro.
Fïrn fue el último en entrar. —Esto es decepcionantemente sensato.
—Es una cámara de custodia —respondió Armathyel—. No un teatro.
—Agradezco la aclaración. He empezado a desconfiar de las habitaciones circulares.
Saevon esperó a que Armathyel cerrara. Ridley miró los cuatro armarios. Fïrn hizo exactamente lo mismo.
Blaid los vio. —No digáis nada. Ya sabemos qué ocurre cuando las cosas vienen de cuatro en cuatro.
Saevon se acercó al primero. —Estos objetos llegaron a Aster por caminos distintos y en épocas diferentes. Ninguno fue creado aquí y no podemos demostrar que fueran concebidos como conjunto.
Ridley miró los armarios. —Pero creéis que están relacionados.
Armathyel apoyó las manos sobre la mesa. —Creemos que comparten una historia más antigua que sus procedencias documentadas. Eso sigue sin ser lo mismo que saber cuál es.
Fïrn ladeó la cabeza. —¿Qué os hizo pensar que la relación era real?
—Vosotros —respondió Saevon—. Los cuatro empezaron a mostrar pequeñas variaciones después de vuestra llegada a Neraval: temperatura, resonancia, cambios en marcas que llevaban décadas sin responder.
Blaid observó los armarios. —Y decidisteis no enseñárnoslos.
—Precisamente. Queríamos saber cómo actuabais antes de colocar delante de vosotros algo que pudiera haceros buscar una correspondencia.
Ridley entendió la lógica. No le gustó.
—Eso explica las pruebas.
—Parte.
Saevon abrió el primer armario.