Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 29 #4
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Ridley empujó con el escudo. No contra el núcleo.

Contra todo el cuerpo. Crearon el golpe entre los cuatro.

Paf Paf lo terminó. El mazo descendió y alcanzó el núcleo.

No hubo explosión ni estruendo. El cristal se hundió bajo la cabeza del arma y una grieta blanca apareció en el centro antes de extenderse hacia los bordes y desaparecer dentro de la estructura.

El gólem quedó inmóvil. Paf Paf mantuvo el mazo apoyado.

La línea de luz del rostro se apagó. Una articulación cedió y después otra.

El constructo empezó a caer hacia delante.

—¡Fuera!

Se apartaron. El gólem golpeó el suelo y esta vez no volvió a levantarse. Durante unos segundos siguieron oyéndose fracturas internas, cristales partiéndose y piezas metálicas perdiendo tensión. Después cesaron.

Ridley permaneció con el escudo levantado un instante más. Esperó. Nada. Blaid estaba sentado en el suelo. Fïrn tenía una mano apoyada en el hombro de Paf Paf y el goliat seguía sujetando el mazo con ambas manos. Ridley miró a Armathyel.

—¿Ya?

El anciano contempló los restos.

Calethar miró hacia el constructo y Lysendra comprobó algo con uno de los custodios. Nadie respondió inmediatamente.

Ridley sintió que empezaba a irritarse. —Armathyel.

El anciano levantó una mano y uno de los custodios se acercó al gólem. Se arrodilló junto al núcleo, colocó dos dedos sobre el cristal roto y cerró los ojos durante varios segundos. Después se puso en pie.

—Destruido.

Fïrn soltó el aire. Paf Paf dejó descansar el extremo del mazo sobre el suelo.

Blaid se tumbó de espaldas. —Maravilloso. Me alegra saber que no tendremos que repetirlo.

Calethar descendió del estrado y observó el montón de piedra, metal y cristal. —Habrá que volver a montarlo.

Fïrn lo miró. —Te odio.

Calethar sonrió. Ridley se quitó el escudo y solo entonces empezó a notar todo lo demás: la pierna, la espalda, el hombro y el costado donde había golpeado contra la columna.

El cuerpo parecía haber esperado hasta confirmar que ya no necesitaba seguir luchando.

Paf Paf se sentó en el suelo y Fïrn hizo lo mismo.

Blaid continuó tumbado. Ridley acabó dejándose caer junto a ellos.

Durante un rato ninguno habló. No era un silencio solemne, sino el agotamiento compartido de quienes todavía estaban comprobando qué partes del cuerpo seguían respondiendo.

Fïrn fue el primero en romperlo. —Creo que mi insulto sobre la movilidad de cadera ha sido decisivo.

Blaid, todavía tumbado, levantó una mano.

—Fue el momento exacto en que consideré dejar que te golpeara.

Paf Paf asintió. —Malo.

Fïrn giró la cabeza. —¿El insulto o Blaid?

—Sí.

Ridley se rió. Le dolió. Eso redujo bastante la duración de la risa.

Aria se acercó cuando las líneas luminosas del suelo empezaban a apagarse.

Llevaba agua y varios paños recogidos de una mesa lateral.

Entregó uno a Fïrn para la nariz y otro a Blaid para la sangre de la boca.

Paf Paf rechazó el suyo, así que Aria se lo dejó encima de la cabeza.

El paño quedó sobre la calva, con una esquina atrapada en la barba cobriza. El goliat la miró.

—¿Para qué?

—Por si descubres una herida después.

Paf Paf aceptó la explicación. Cuando Aria llegó hasta Ridley, él extendió una mano.

—Agua.

Ella se la dio.

Ridley bebió antes de preguntar: —No has intervenido.

—No.

—Ni cuando parecía que ibas a tener que hacerlo.

Aria tardó un momento.

—No.

Ridley la observó. —¿Te ha costado?

—Sí.

Aquello bastó. Armathyel descendió entonces del estrado, seguido a cierta distancia por Lysendra y Calethar.

Ridley no hizo ademán de levantarse. —Si esperas que nos pongamos de pie, tendrás que darnos unos minutos.

Armathyel miró los restos. —Creo que ya habéis demostrado suficiente capacidad para estar de pie cuando hace falta.

Ridley no supo si aquello pretendía ser humor.

Fïrn sí. —Ha sido un chiste.

Armathyel lo miró. —No exageres.

Fïrn señaló al anciano. —Lo sabía.

Calethar se detuvo frente a Paf Paf.

—Esperaste.

El goliat miró el núcleo destrozado.

—Sí.

Después dirigió una mirada breve hacia Ridley.

—Costó.

Ridley le lanzó el paño de Aria. Paf Paf lo atrapó. Lysendra volvió hacia Blaid.

—Improvisaste.

Blaid se tocó las costillas. —Tengo la impresión de que lo hice demasiadas veces.

—No buscaste una respuesta prevista.

—Después de estos días empiezo a desconfiar de cualquier cosa que parezca prevista.

—Bien.

Blaid la miró. —No estoy seguro de que debas reforzar ese comportamiento.

Armathyel se dirigió a Fïrn.

—¿Qué oíste al final?

Fïrn observó el gólem. —Una trampa.

—¿Cómo lo supiste?

El bardo negó despacio.

—No lo supe. Escuché que el núcleo cambiaba y pensé que podía serlo. También había otras explicaciones.

—Pero actuaste.

—Sí.

—¿Por qué?

Fïrn miró a los otros tres. —Porque no necesitaba demostrar que tenía razón. Solo necesitaba que siguiéramos vivos el tiempo suficiente para averiguarlo.

Armathyel asintió. Finalmente miró a Ridley.

Ridley levantó una mano. —No.

Una ceja del anciano se elevó.

—No he hablado.

—Vas a decir algo sobre dirigir.

—Posiblemente.

—Pues ahórratelo.

Blaid sonrió. Ridley miró a los otros tres y recordó a Paf Paf negándose a golpear antes de estar preparado, a Fïrn reclamando el derecho a decidir cuánto podía arriesgar y a Blaid improvisando sin esperar instrucciones completas. Volvió hacia Armathyel.

—Ellos ya lo saben. Yo también.

El anciano asintió. Ridley esperaba que aquello terminara con alguna declaración, quizá el anuncio de que habían superado las pruebas o alguna de las respuestas que llevaban días persiguiendo.

En lugar de eso, Armathyel miró hacia las puertas principales.

Ridley siguió su mirada. Los guardianes se habían apartado.

No se había dado cuenta. La sala quedó extrañamente quieta.

Calethar enderezó la espalda y Lysendra hizo lo mismo, mientras Aria se volvía hacia la entrada.

Ridley percibió el cambio antes de comprenderlo, no como magia ni amenaza, sino en el comportamiento de todos aquellos que hasta entonces habían parecido saber exactamente qué lugar ocupaban.

Armathyel, alrededor de quien se había ordenado la sala durante los últimos días, dio un paso lateral y dejó libre el centro.

Blaid también lo vio y se incorporó un poco más.

Fïrn bajó el paño y Paf Paf recogió el mazo, aunque todavía no se levantó.

Un hombre entró solo. Era alto y esbelto, con los rasgos definidos de un alto elfo, el cabello largo de un plateado apagado y unos ojos azul grisáceo que parecían detenerse en cada detalle sin prisa.

No vestía como rey ni como general. No llevaba escolta, corona ni ninguna insignia que Ridley pudiera reconocer.

Su ropa era sencilla, oscura y bien cuidada, más cercana a la de un estudioso que a la de alguien capaz de detener una conversación con su mera presencia.

Sin embargo, nadie habló. El desconocido cruzó la sala sin prisa, miró primero los restos del gólem y después a los cuatro.

Se detuvo a varios pasos. Ridley observó a Armathyel.

El anciano inclinó ligeramente la cabeza.

Muy poco. Suficiente. Lysendra hizo lo mismo. Calethar también.

Ridley comprendió entonces que todavía no había visto toda la jerarquía de Aster. El hombre los estudió durante unos segundos.

—Así que sois vosotros.

Ridley estaba demasiado cansado para otra frase misteriosa. —Depende.

Fïrn giró hacia él. A Blaid se le alzó una comisura. El desconocido también sonrió, apenas.

Armathyel dio un paso adelante. —Ridley Der. Blaid de Caria. Fïrn. Paf Paf.

Después volvió la mirada hacia ellos.

—Saevon.

No añadió título. No hizo falta. La forma en que los tres miembros del Consejo habían cambiado de postura bastó para que Ridley comprendiera lo que nadie les había contado todavía. Armathyel no era la autoridad más alta de Aster.

Saevon observó de nuevo el constructo destruido y después a los cuatro. —Ahora podemos hablar.