Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 29
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Las líneas del suelo se encendieron desde cuatro puntos distintos de la sala y avanzaron hacia el centro siguiendo trazos geométricos que Ridley no comprendió, aunque sí reconoció su intención.

Aquello no era ornamentación, sino una delimitación: una forma de indicarles dónde empezaba el terreno de la prueba y, quizá, hasta dónde podían permitirse equivocarse.

Retrocedió un paso mientras recorría el lugar con la mirada.

Las puertas por las que habían entrado permanecían abiertas, aunque dos guardianes se habían situado junto a ellas; los demás accesos estaban cerrados, las galerías superiores casi vacías y Aria se había apartado hacia una columna lateral, sin armas y sin ninguna intención visible de intervenir.

A Ridley aquello le gustó todavía menos.

—¿Hasta dónde llega?

Armathyel entendió la pregunta. —Toda la sala puede formar parte de la prueba.

Ridley miró hacia las galerías. —¿También ahí arriba?

—No.

—¿Y Aria?

—Tampoco.

Ridley asintió, más por ordenar la información que por aceptar nada. —Bien.

Blaid bajó la vista hacia las líneas luminosas. —No sé por qué, pero encuentro profundamente tranquilizador que empieces por las fronteras.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

Fïrn apenas parecía escucharlos. Se había agachado ligeramente y seguía con la mirada los cuatro grupos de trazos.

—No son iguales.

Paf Paf se acercó un poco. —¿Qué?

—Los cuatro grupos. Mira.

Uno nacía de una figura semejante a un cuadrado dividido; otro se ramificaba como una red de caminos; el tercero formaba curvas concéntricas, y el último era más compacto y estaba atravesado por una sola línea.

—¿Significa algo? —preguntó Paf Paf.

Fïrn se incorporó. —Seguro.

—¿Qué?

—Todavía no lo sé.

Paf Paf aceptó la respuesta sin más. Ridley volvió hacia Armathyel.

—¿Reglas?

—Una.

—¿Cuál?

—El constructo debe quedar destruido.

Blaid arqueó una ceja. —¿Destruido de verdad?

—Sí.

—Eso parece poco económico.

Calethar respondió desde el estrado. —Puede reconstruirse.

Paf Paf observó el círculo iluminado. —Entonces podemos romperlo mucho.

Calethar sonrió. —Eso espero.

Ridley no apartó los ojos de Armathyel.

—¿Puede matarnos?

La pregunta modificó el ambiente de la sala. Aria levantó ligeramente la cabeza y uno de los custodios del fondo desvió la atención hacia el Consejo.

Armathyel no eludió la respuesta. —Está diseñado para detenerse antes de causar una lesión mortal, siempre que los sistemas funcionen correctamente.

Ridley apretó la mandíbula. —¿Siempre que funcionen correctamente?

Calethar dejó escapar aire. —Sabía que sacarías lo de la plataforma.

—Me parece relevante.

Armathyel intervino antes de que continuaran. —Seis custodios supervisan los límites de la prueba, además del Consejo. Si fuera necesario, podrían detenerla.

Ridley recorrió con la mirada a los miembros de la Orden distribuidos junto a los muros.

—¿Seguro?

Lysendra respondió. —Lo suficiente para que hayas aceptado seguir aquí cuando podías marcharte.

Aquello le molestó porque era cierto.

Miró a los otros tres. Paf Paf flexionaba los dedos alrededor del mazo, Fïrn comprobaba la afinación del laúd sin llegar a tocar una melodía reconocible y Blaid estudiaba las juntas del suelo, el techo y las paredes como si esperara que el peligro llegara de cualquier sitio menos del centro.

Ninguno parecía dispuesto a retirarse. Ridley volvió hacia Armathyel.

—Entonces hagámoslo.

El anciano levantó una mano. Las cuatro figuras luminosas convergieron y el suelo comenzó a abrirse siguiendo líneas perfectamente trazadas.

Varias secciones descendieron unos centímetros y se deslizaron bajo las losas vecinas hasta dejar al descubierto una plataforma circular cargada con bloques de piedra, piezas metálicas y una estructura incompleta que, durante los primeros segundos, no pareció más que un montón de restos.

Después una mano se cerró. El sonido de piedra contra piedra atravesó la sala.

Fïrn dejó de afinar. Las piezas comenzaron a ensamblarse.

Primero aparecieron unas piernas anchas formadas por bloques gris azulados, unidas mediante articulaciones oscuras; después se levantó el torso, mientras varias placas metálicas se desplazaban desde la plataforma y encajaban sobre pecho, hombros y flancos.

Bajo las juntas, líneas de cristal empezaron a emitir una luz blanca con un matiz azulado.

Los brazos fueron los últimos en ocupar su lugar.

Eran demasiado largos para resultar cómodos a la vista, aunque no tanto como para parecer deformes.

La cabeza carecía de rostro y solo una hendidura vertical recorría la piedra lisa desde la frente hasta la mandíbula.

Cuando la plataforma alcanzó el nivel del suelo, aquella línea se iluminó y se dividió en cuatro ramificaciones.

Ridley calculó altura, alcance y distancia. Algo más de cuatro metros. Brazos suficientes para golpear a dos de ellos si se acercaban demasiado. Un peso imposible de calcular a simple vista y una velocidad todavía desconocida, lo que convertía esa última variable en la más peligrosa.

—Tiene cuatro marcas —dijo Fïrn.

Ridley ya las había visto. En el pecho, parcialmente ocultos por las placas móviles, brillaban cuatro símbolos distintos, similares a las figuras que habían aparecido en el suelo.

—Sellos —murmuró Blaid.

Ridley lo miró. —¿Cómo lo sabes?

—Porque si los llamo botones y resulta que estoy equivocado perderé dignidad.

Ridley habría respondido, pero el constructo movió la cabeza y la hendidura del rostro se orientó hacia ellos. Paf Paf aferró el mazo.

Ridley levantó el escudo. —Separados.

Esta vez nadie discutió.

Paf Paf se desplazó hacia la derecha, Blaid hacia la izquierda y Fïrn retrocedió buscando distancia.

Ridley se mantuvo algo adelantado, no porque pretendiera recibir el primer golpe, sino porque quería saber qué dirección escogía el constructo antes de que acelerara.

Eligió a Paf Paf. No corrió, pero tampoco lo necesitaba.

Cada zancada cubría casi el doble que la de un hombre y la aceleración inicial bastó para que Ridley descartara de inmediato cualquier esperanza de que aquella masa de piedra fuese lenta.

—¡Paf!

El goliat ya estaba moviéndose. El brazo derecho descendió en diagonal, como una viga destinada a barrerlo del suelo. Paf Paf rodó hacia el interior del arco y, al incorporarse, descargó el mazo contra la articulación del codo con fuerza suficiente para partir una puerta.

La luz recorrió el cuerpo entero del constructo. No solo el brazo. El impacto se dispersó por placas, piernas y torso hasta que la criatura retrocedió apenas medio paso.

Paf Paf miró el mazo. —Eso está mal.

Ridley ya lo había entendido. —Reparte el daño.

El constructo giró de nuevo hacia Paf Paf y Ridley entró por el flanco, golpeando con el borde del escudo la parte posterior de una rodilla para alterar el apoyo más que para dañarla.

Blaid atacó desde el lado contrario con una estocada dirigida a la línea cristalina de la cadera.

Los dos impactos llegaron casi a la vez y produjeron el mismo efecto: la luz volvió a recorrer todo el cuerpo y el constructo apenas cedió.

—No sirve concentrar fuerza —dijo Blaid mientras retrocedía.

—No.

El gólem cambió de objetivo y se dirigió hacia Fïrn.

—¡Ahora sí tengo objeciones!

El bardo echó a correr.

Ridley avanzó para interceptar, pero el constructo no siguió una trayectoria simple. Giró el torso mientras caminaba y lanzó el brazo izquierdo contra él sin abandonar la persecución.

El golpe alcanzó el escudo con una violencia que subió desde el antebrazo hasta el hombro y lo hizo deslizar casi dos metros sobre la piedra. La pierna izquierda respondió con una punzada aguda, aunque Ridley logró no caer.

—¡Ridley!

—Sigue.

El constructo volvió a golpear y Ridley, en vez de recibirlo de frente, inclinó el escudo para que el puño resbalara por el metal y aprovechó el impulso para salir del eje. Funcionó. Algo azul chisporroteó en el borde durante una fracción de segundo. Ridley lo vio. Aria también. No era el momento.

—¡Fïrn, mira los sellos!

—Estoy ocupado evitando convertirme en decoración.

El bardo se metió detrás de una columna y el gólem la golpeó con suficiente fuerza para hacer vibrar la sala, aunque la piedra no se partió. Ridley miró alrededor. Armathyel había dicho que toda la sala podía formar parte de la prueba. Eso incluía la arquitectura.

—¡Usad el terreno!

Blaid ya lo estaba haciendo. Corrió hacia una de las líneas luminosas, amagó hacia fuera y cruzó de repente hacia el centro, obligando al constructo a pivotar sobre una pierna. Paf Paf atacó la otra.

El mazo golpeó la pantorrilla y la luz volvió a distribuirse, pero Ridley distinguió una diferencia: el sello inferior izquierdo brilló con mayor intensidad.

—¡Otra vez!

Paf Paf retrocedió. —¿Dónde?

—Pierna.

Blaid entendió antes de que Ridley terminara de señalar. Entró por el mismo flanco y atacó la articulación que Paf Paf acababa de golpear. La luz recorrió la estructura. El sello brilló todavía más.

Fïrn dejó de correr. —No es daño.

Ridley lo miró. —¿Qué?

—No se trata solo de romperlo.

El gólem giró hacia Blaid y Ridley volvió a interceptar.

—Entonces dime de qué se trata.

Fïrn pulsó una cuerda.

La Armonía recorrió la sala como una vibración suave, más cercana a escuchar que a imponer. No intentó alterar al constructo, sino seguir lo que ocurría en su interior cuando piedra, metal y cristal se desplazaban.

Fïrn cambió de acorde y su expresión se tensó. —Cada golpe se reparte siguiendo un patrón.

Ridley bloqueó otro ataque. —Eso ya lo sabemos.

—No. El patrón cambia según el tipo de impacto.

El gólem lanzó el otro brazo contra Blaid, que se agachó y dejó pasar el puño a menos de un palmo de los cuernos.

—Una explicación breve sería ideal.

Fïrn tocó dos notas y el sello inferior izquierdo volvió a responder. —Cada impacto recorre los cuatro sellos, pero uno recoge más.

—¿Cuál?

—Cambia.

Paf Paf levantó el mazo. —Fuerte.

Fïrn lo miró. —Sí, gracias. Eso reduce muchísimo las posibilidades.