Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 28 #3
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Fïrn observó cómo caía al suelo. —¿Eso cuenta como fracaso de la prueba?

—Cállate.

Aria se sentó por fin y, al hacerlo, pareció mucho más cansada de lo que había permitido ver hasta entonces.

Paf Paf recorrió la habitación con la mirada.

Ridley tenía la pierna vendada, Blaid seguía protegiendo la mano derecha, Fïrn estaba rodeado de libros que ya no sabía si podía creer y Aria apenas escondía el agotamiento.

Su propio hombro comenzaba a endurecerse.

Ninguno parecía especialmente importante en aquel momento. A Paf Paf aquello le gustó.

—Comemos —dijo.

Ridley lo miró. —¿Ahora?

—Sí.

Fïrn asintió. —Por fin una estrategia que comprendo.

Blaid volvió a sentarse. —¿Y después?

Paf Paf se encogió de hombros. —Dormimos.

Ridley señaló vagamente hacia la puerta. —Mañana puede haber otra prueba.

—Sí.

—¿Y eso no te preocupa?

Paf Paf pensó antes de contestar. —Mañana.

Ridley guardó silencio.

Aria fue quien asintió. —Tiene razón.

Paf Paf se levantó para buscar comida. No necesitaba saber todavía qué ocurriría al día siguiente. Cuando llegara, ya decidiría qué hacer.

A la mañana siguiente no tuvieron que ir a buscar al Consejo. El Consejo los mandó llamar. El mensajero era joven, estaba nervioso y se esforzaba demasiado por fingir que aquella era una tarea habitual. Paf Paf decidió no hacerle preguntas.

Atravesaron la Torre juntos. Ridley caminaba mejor, aunque descargaba parte del peso de la pierna cuando creía que nadie lo observaba.

Blaid llevaba la espada habitual al costado y evitaba utilizar la mano derecha más de lo necesario.

Fïrn había dejado los libros en la habitación, pero conservaba el cuaderno. Aria avanzaba medio paso por delante.

Al llegar a las puertas de la sala capitular, dos guardianes les cerraron el paso.

—Armas —dijo uno.

Ridley miró a Aria.

—La otra vez entramos con ellas.

—Lo sé.

El guardián esperó. Ridley empezó a desabrochar el tahalí.

Blaid lo observó. —Ni una discusión.

—No tengo ganas.

Fïrn entregó una daga pequeña. Después otra. El guardián arqueó una ceja.

Fïrn suspiró y sacó una tercera de la bota. —No juzgues.

Paf Paf dejó el mazo sobre la mesa. El peso produjo un golpe sordo y, después de pensarlo un momento, añadió el cuchillo de trabajo.

—Eso.

Blaid fue el último. Desató la espada que llevaba y la depositó junto a las demás armas, procurando utilizar la izquierda para hacerlo. El guardián esperó.

Blaid abrió las manos. —Puedes registrarme si eso mejora la mañana de ambos.

El hombre lo hizo. El guardián no encontró nada que Blaid no estuviera dispuesto a mostrar.

Paf Paf vio que el gesto del hechicero cambiaba apenas un instante cuando las manos del guardián pasaron cerca del interior de su ropa, pero no dijo nada.

El registro terminó y Blaid recuperó la expresión habitual. Las puertas se abrieron.

La sala capitular era la misma que recordaban y, sin embargo, resultaba distinta.

Las personas que habían ocupado las galerías durante la primera audiencia ya no estaban.

Solo permanecían Armathyel, Lysendra y Calethar, acompañados por seis miembros de la Orden distribuidos junto a los muros.

El centro estaba completamente despejado.

Paf Paf bajó la vista. Las líneas concéntricas que habían visto el primer día emitían ahora un resplandor muy tenue.

Ridley también lo vio. —Ah.

Fïrn se acercó un poco. —¿Eso es un «ah» malo?

—Sí.

Blaid recorrió la sala con la mirada. —Qué reconfortante.

Armathyel se levantó. —Habéis tenido dos días para conocer Aster.

Ridley cruzó los brazos. —Aster nos ha conocido bastante más.

—Ese era el propósito.

Fïrn levantó una mano. —Antes de que continúes, me gustaría dejar constancia de que algunas de vuestras técnicas educativas serían ilegales en instituciones razonables.

—Constará.

—Gracias.

Armathyel miró a los cuatro. —Las evaluaciones individuales han terminado.

Ridley indicó el suelo con la barbilla. —Y esa frase significa que empieza otra.

Armathyel no lo negó.

Paf Paf miró a Calethar. El hombre no sonreía. Lysendra tampoco. Aria se había quedado junto a una de las paredes, apartada tanto de ellos como del Consejo. Paf Paf comprendió que aquella evaluación sería distinta.

Armathyel descendió del estrado. —Hasta ahora queríamos saber qué hacéis cuando nadie puede decidir por vosotros.

Ridley debía descubrir qué ocurre cuando no puede ser todas las partes de una solución; Fïrn, qué hace cuando la certeza documental desaparece; Blaid, si puede elegir sin una voluntad externa que le entregue la respuesta; y tú —miró a Paf Paf—, cuándo decides no utilizar una fuerza que sabes que posees.

Paf Paf miró el suelo iluminado. —Bien.

Fïrn levantó ligeramente una ceja. —Admiro que después de todo eso su respuesta siga siendo «bien».

—Sirve.

Armathyel continuó. —Lo que viene ahora responde a otra pregunta.

Fïrn siguió las líneas del suelo con la mirada. —¿Cuál?

Armathyel se detuvo frente a ellos. —Qué hacéis cuando ninguna respuesta sirve si los otros tres no llegan con vosotros.

Las líneas del suelo se encendieron.