28
Paf Paf descubrió que alguien había montado mal el eje trasero antes de que el muchacho que lo acompañaba terminara de explicarle dónde guardaban las herramientas.
No dijo nada al principio. Se agachó junto al carro, introdujo dos dedos entre la rueda y la arandela exterior y desplazó el conjunto apenas un palmo.
La madera respondió con un crujido seco que no le gustó, mientras el muchacho seguía hablando de cuñas, grasa, clavos y un taller que, al parecer, nunca entregaba nada cuando debía.
Paf Paf levantó una mano. El muchacho calló.
—Esto está mal.
—¿Qué?
Paf Paf señaló el eje. —Al revés.
El joven se arrodilló a su lado. Tendría dieciséis o diecisiete años, el cabello demasiado largo sobre los ojos y unas manos que todavía no habían decidido si pertenecían a un aprendiz o a un trabajador.
Se llamaba Eren, aunque había tenido que presentarse dos veces porque Paf Paf estaba comprobando las patas de Tordo durante la primera.
—No puede estar al revés. Lo montó Joras.
Paf Paf tiró ligeramente de la rueda y el eje se desplazó más de lo debido.
Eren contempló el movimiento. —Está al revés.
—Sí.
—Pero Joras lleva veinte años trabajando con carros.
Paf Paf se incorporó. —Veinte años permiten equivocarse muchas veces.
Eren miró el eje como si acabara de traicionarlo. Paf Paf fue hasta el banco de herramientas, escogió una llave, dos cuñas y un martillo pequeño y se los tendió.
—Desmontamos.
—Joras dijo que estaba terminado.
—No.
El muchacho sostuvo la cuña sin moverse.
—Se enfadará.
—Luego.
Eren dejó de discutir.
Los establos de Aster ocupaban uno de los niveles inferiores del sector oriental, cerca de una abertura suficientemente grande para que las plataformas de transporte pudieran entrar con animales y suministros.
No se parecían demasiado a los establos que Paf Paf conocía: el suelo era de piedra en lugar de tierra, varios canales de desagüe recorrían las paredes y algún sistema que no comprendía renovaba el aire sin permitir que el olor a animales, heno y estiércol quedara atrapado bajo la Torre.
Tordo había decidido que el lugar era tolerable.
Rodado, por su parte, había decidido que le pertenecía. Aquella mañana ya había intentado robar comida a tres caballos y morder la cuerda que sujetaba una caja de avena. Paf Paf tomó ambas cosas como señales de recuperación. Desmontaron la rueda y empezaron otra vez.
Eren observó cada movimiento. —¿Eres carpintero?
—No.
—¿Herrero?
—No.
—¿Carretero?
—No.
El muchacho esperó alguna respuesta adicional.
Paf Paf limpió la grasa vieja del eje. —Lo he roto antes.
Eren tardó un momento. —¿Muchos carros?
—Este varias veces.
—Ah.
Paf Paf colocó de nuevo una pieza. —Aprendes.
Eren sonrió.
Trabajaron en silencio durante un rato y Paf Paf lo agradeció.
Llevaba demasiados días escuchando preguntas que parecían esconder otras dentro: qué significaba una coincidencia, qué podía implicar un símbolo, qué recordaba una palabra o qué consecuencia tendría dentro de veinte años.
La madera no hacía aquello. Estaba recta o torcida, firme o suelta. Servía o no servía.
Eren terminó rompiendo el silencio. —¿Es verdad que ayer casi se cae el enlace occidental?
Paf Paf siguió trabajando. —Sí.
—¿Y que Ridley intentó bajar herido?
—Sí.
—¿Y que Calethar tuvo que impedírselo?
Paf Paf levantó la vista. —¿Trabajas o preguntas?
—Las dos.
—Mal.
Eren bajó la cabeza y volvió a sujetar la rueda. —¿Está bien?
—Ridley.
—Eso no responde.
Paf Paf pensó antes de contestar. —Estará bien.
El muchacho lo miró.
—Eso suena distinto.
—Lo es.
Apretaron la última cuña y Paf Paf hizo girar la rueda. Esta vez no hubo desplazamiento lateral ni crujido.
—Ya está.
Eren sonrió. —Joras va a enfadarse.
Paf Paf recogió las herramientas. —Ahora puede.
Un golpe retumbó en el almacén contiguo. No fue especialmente fuerte, pero una de las mulas levantó la cabeza. El segundo golpe sacudió el suelo y Eren dejó caer la cuña que todavía sostenía.
—Eso viene del montacargas.
Paf Paf ya estaba en movimiento.
Atravesaron una puerta lateral y llegaron a un espacio vertical que ocupaba varios niveles. En el centro, una plataforma de carga ascendía mediante un sistema de raíles, contrapesos y líneas de Tejido incrustadas en la piedra. La plataforma estaba inclinada.
Sobre ella había dos cajones grandes, una estructura metálica desmontada y tres trabajadores. Uno de los raíles laterales se había deformado y el conjunto permanecía suspendido a unos cuatro metros del suelo, sujeto de manera poco convincente por el resto del mecanismo.
—¡No os mováis! —gritó alguien desde arriba.
Paf Paf levantó la vista. Una mujer estaba tumbada sobre una pasarela del nivel superior tratando de alcanzar el mecanismo. El tercer golpe llegó desde el raíl: metal contra piedra. La plataforma descendió medio palmo. Uno de los trabajadores gritó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Paf Paf.
Eren señaló un lateral. —El seguro de carga.
Paf Paf distinguió una pieza de hierro partida junto al raíl. —¿Puede caer?
Eren tragó saliva. —Sí.
—¿Cuánto pesa?
—No sé.
Paf Paf lo miró. —Mucho.
Aquella respuesta le bastaba.
Se acercó al borde del hueco y estudió la caída. Bajo la plataforma quedaba una zona libre, pero no suficiente. Si descendía sin control, una esquina golpearía una columna lateral que sostenía parte del piso superior. La columna no aguantaría bien el golpe.
—¿Puede bajarse despacio?
Eren negó. —Con el seguro roto, no.
—¿Subir?
—Tampoco.
Desde la pasarela, la mujer volvió a gritar:
—¡No toquéis nada! ¡El segundo raíl está soportando toda la carga!
Paf Paf examinó la estructura.
Podía romper el lateral deformado. La idea apareció con una facilidad preocupante. Un golpe fuerte en la unión correcta partiría el raíl; la plataforma perdería resistencia de ese lado y, si calculaba bien, quizá caería hacia la zona abierta en lugar de golpear la columna. Quizá.
Miró las cajas, el ángulo y a las tres personas atrapadas. Si acertaba, podrían saltar antes de la caída. Si la estructura giraba demasiado rápido, no. Si una caja se desplazaba primero, podía aplastar a alguien.
La solución seguía siendo sencilla de imaginar. No por eso era una buena solución.
—¿Hay cuerda?
Eren señaló un armario. —Sí.
—Tráela.
El muchacho corrió.
Paf Paf se acercó cuanto pudo. —¿Podéis bajar?
Uno de los hombres miró hacia el borde.
—No.
—¿Saltar?
El hombre señaló a la mujer situada a su lado. Tenía una pierna atrapada entre un cajón y la baranda, y la tela del pantalón estaba oscura alrededor de la espinilla.
—Ella no.
La mujer apretó los dientes.
—Yo puedo quedarme. Si ellos saltan…
—No.
La respuesta salió demasiado dura. Los tres lo miraron.
Paf Paf bajó un poco la voz. —No todavía.
Eren regresó con una cuerda.
Paf Paf tomó un extremo y buscó un punto de anclaje. Podía intentar descargar parte del peso mientras liberaban a la herida, aunque el lugar más sólido quedaba demasiado lejos para darle el ángulo que necesitaba.
—Otra cuerda.
—Hay una más.
—Más larga.
Eren vaciló.
Paf Paf señaló un rollo colgado de la pared. —Esa.
El muchacho volvió a correr. Desde arriba, la mujer seguía trabajando sobre el mecanismo.
—¡Si movéis la carga puedo perder el cierre!
Paf Paf levantó la cabeza. —¿Puedes aguantar?
—Un poco.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
La incertidumbre no le gustó. Pero era la única respuesta disponible.
Eren regresó y Paf Paf unió ambas cuerdas, pasó una alrededor de una viga baja y empezó a buscar el ángulo correcto. La plataforma crujió otra vez y el raíl deformado respondió con un chirrido que le hizo pensar de nuevo en el mazo, todavía junto al carro.
Dos minutos para buscarlo. Quizá menos. Un golpe bien colocado y el problema cambiaría de forma. No necesariamente a una mejor.
—Paf Paf.
Levantó la vista.
Eren miraba las cuerdas enrolladas en sus manos. —Dime qué hago.
Paf Paf abrió la boca. Podía ordenarle que tirara, que se apartara o que sujetara una de las líneas mientras él decidía el resto. Era sencillo.
Pensó en Ridley. No porque quisiera parecerse menos a él. Porque quizá la pregunta era otra.
—¿Sabes cómo funciona esto?
Eren asintió con cautela. —Un poco.
—Más que yo.
El muchacho dudó antes de admitirlo.
—Sí.
Paf Paf levantó la cuerda. —Entonces dime dónde.
Eren tardó varios segundos en reaccionar. —¿Qué?
—Dónde sujetamos.
La sorpresa desapareció cuando empezó a observar la plataforma de otra manera. Recorrió con la vista los raíles, las vigas y la dirección en que tiraba la carga, después se acercó a una columna lateral.
—Ahí no.
—¿Por qué?
—Si tiramos hacia dentro podemos torcer más el raíl.
Señaló una argolla situada casi a ras del suelo.
—Ahí.
Paf Paf pasó la cuerda.
Eren siguió estudiando. —Necesitamos otra desde arriba.
—¿Para qué?
—Para que no gire cuando descarguemos este lado.
Paf Paf asintió. —Dilo.
Eren respiró hondo. —Que lleven la segunda cuerda al nivel superior.
Paf Paf gritó hacia la pasarela. —¡Cuerda!
La mujer levantó la cabeza.
—¡Lánzala!
Paf Paf lanzó el extremo y ella lo atrapó. Eren empezó a dar instrucciones, primero demasiado bajo para que los demás pudieran oírlo. Paf Paf tuvo que pedirle que repitiera dos veces, pero a la tercera su voz ya atravesaba el almacén.
La mujer fijó la línea superior. Paf Paf tensó la inferior hasta que el peso se hizo evidente en hombros y espalda. Era mucho.
El hombro derecho protestó con una punzada seca. Ignoró la primera punzada y prestó atención a la segunda. Después cambió de postura.
Eren lo vio. —¿Puedes?
—Sí —dijo Paf Paf.
El muchacho mantuvo la mirada.
Paf Paf corrigió: —Por ahora.
—Bien.
La plataforma descendió una fracción y la cuerda se tensó con violencia. Paf Paf plantó los pies y sintió cómo el peso recorría los brazos, cruzaba la espalda y descendía hasta las piernas. Durante un instante creyó que podría sujetarlo solo.
Durante un instante, la idea le resultó agradable. Después reconoció lo estúpida que era.
—Eren.
—¿Sí?
—Más gente.
El muchacho corrió y regresó con dos trabajadores de los establos.
Paf Paf les indicó la cuerda. —Aquí.