Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 27 #3
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Blaid la observó. —¿No te molesta?

—Mucho.

—Lo ocultas bien.

—He tenido práctica.

Blaid recorrió lentamente las tres puertas.

Cualquiera podía racionalizarse. La línea podía significar separación, corte, límite o salida; el círculo podía ser retorno, continuidad o encierro; la ausencia de símbolo podía representar libertad o una advertencia pretenciosa construida precisamente para quien creyera estar rechazando los otros dos significados.

Con tiempo suficiente podía levantar una explicación convincente alrededor de cualquier decisión. Aquello era lo inquietante.

—Aria.

—¿Sí?

Blaid mantuvo la vista en las puertas. —Si elijo mal…

Ella esperó.

—Será tu elección.

Blaid giró hacia ella. No había acusación ni consuelo. Solo una constatación. Durante demasiado tiempo había deseado algo parecido y ahora, cuando finalmente lo tenía, le parecía una crueldad.

—Qué generosa.

—No pretendía serlo.

Blaid volvió hacia las puertas. Esta vez intentó abandonar los símbolos.

¿Qué sabía realmente? Habían entrado por detrás.

La Torre había reaccionado. Existían tres salidas posibles y no disponía de información suficiente para convertir ninguna decisión en certeza.

Eso era todo. Se acercó a la puerta central.

—Esta.

Aria observó el círculo. —¿Por qué?

—Porque si estoy equivocado quiero al menos poder afirmar que escogí la opción más aburrida.

—Eso no es una razón.

—Es la que tengo.

Tomó la llave de metal común.

Aria la miró. —¿Y esa?

Blaid sostuvo la pieza entre los dedos. —Porque empiezo a cansarme de que todo tenga que significar algo.

Introdujo la llave en la cerradura. Encajó. Giró.

La puerta se abrió y reveló un corredor normal: sin luz extraordinaria, amenaza visible ni criatura esperando al otro lado.

Blaid lo contempló durante unos segundos. —Esto es decepcionante.

Aria pasó junto a él. —¿Preferías un monstruo?

—Habría justificado mejor el esfuerzo.

Dieron tres pasos y la puerta se cerró detrás. El corredor desembocaba en una sala pequeña donde Lysendra esperaba sentada frente a una mesa.

Blaid soltó una carcajada. —Sabía que alguien estaba disfrutando esto.

—No demasiado.

Aria la miró. —¿Tú lo preparaste?

—No.

—¿Sabías que podía ocurrir?

—Sí.

Blaid apoyó ambas manos en el respaldo de una silla. —Estoy empezando a odiar esa respuesta.

Lysendra observó la llave que todavía llevaba.

—¿Por qué esa?

—Porque era la menos interesante.

—Eso no parece propio de ti.

Blaid dejó la llave sobre la mesa. —Quizá deberías actualizar tus notas.

Lysendra señaló la silla.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras.

Aria permaneció junto a la pared. Lysendra la miró.

—¿Interviniste?

—No.

—¿Le dijiste qué elegir?

—No.

Lysendra asintió.

Blaid apoyó el peso en una sola pierna. —¿Era una prueba?

—Sí.

Por fin una respuesta clara.

—¿Qué se suponía que debía hacer?

—Elegir.

Blaid esperó algo más. No llegó.

—Ya lo he hecho.

—Sí.

—¿Y cuál era la correcta?

Lysendra miró la llave.

—No había una única respuesta correcta.

Blaid se quedó quieto. —Entonces cualquier puerta servía.

—Cualquier elección podía abrir una salida. No todas llevaban al mismo lugar.

—¿Qué había detrás de las otras?

—No importa para lo que queríamos saber.

La irritación regresó.

—Naturalmente importa.

—Para ti, sí. Para la prueba, no.

Blaid sostuvo su mirada. —¿Y qué queríais saber?

Lysendra respondió sin vacilar.

—Si eras capaz de escoger algo sin pedir permiso a una voz, a un linaje, a una reliquia o a una idea de quién deberías ser.

El silencio cayó con una precisión desagradable. Aria no miró a Blaid. Él se lo agradeció.

—¿Y?

—Elegiste.

—Eso no significa que fuese una buena elección.

—No.

—Podría haberme equivocado.

—Sí.

Blaid soltó aire lentamente. —Vuestra filosofía es insoportable.

—No estamos intentando que te guste.

Él miró la puerta por la que habían llegado.

—Durante años habría dado cualquier cosa por saber cuál era la decisión correcta antes de tomarla. Ahora parece que la recompensa por librarme de aquello consiste en poder equivocarme solo.

Aria levantó la vista. —Sí.

Blaid la miró. Había esperado una corrección, algún intento de transformar aquella idea en esperanza. No llegó, y de una manera extraña eso ayudó.

—Fantástico.

Lysendra se levantó.

—Puedes marcharte.

Blaid dio media vuelta, aunque se detuvo antes de alcanzar la puerta. —Una cosa.

Ella esperó.

—Si hubiese elegido otra, ¿Aria habría salido conmigo?

—Sí.

Blaid asintió. No preguntó qué habría encontrado. Cuando salieron al corredor, Aria empezó a alejarse.

—Aria.

Ella se detuvo y se volvió.

Blaid tardó demasiado en continuar. —¿Qué?

Podía decirlo.

Durante unos segundos intentó ordenar las palabras: el sueño, la orden, la certeza con la que había despertado y el modo en que la reacción de la daga y el anillo había destruido o, al menos, silenciado el vínculo. La frase seguía allí. Mata a Aria. No llegaba acompañada de ninguna voz.

La ausencia no demostraba que la Presencia no pudiera regresar.

Tampoco significaba que fuera a hacerlo.

Blaid había aprendido ya lo suficiente como para desconfiar de cualquier conclusión demasiado cómoda.

Las razones para guardar silencio aparecieron una detrás de otra.

Primero debía entender si aquello era solo memoria, si el vínculo estaba realmente roto o únicamente interrumpido y si la ausencia de la Presencia era permanente.

También sabía que Aria tendría que informar al Consejo en cuanto escuchara una amenaza directa contra ella. Todo era cierto. Eso era lo peor.

—Quería preguntarte algo —dijo finalmente.

Aria esperó.

Blaid cambió de pregunta antes de pronunciar la primera. —¿Crees que un vínculo puede desaparecer y volver?

Ella no respondió enseguida.

—Sí.

La sencillez de la respuesta consiguió tensarlo.

—¿Aunque no quede señal activa?

—Sí.

—¿Por qué?

Aria apoyó una mano en la pared. —Porque «no activo» no significa necesariamente «destruido». Puede significar roto, dormido, bloqueado, sin acceso a una fuente o incapaz de encontrar el camino de vuelta. Depende de qué clase de vínculo fuera.

Blaid mantuvo la expresión quieta. —Eso podría haberlo mencionado la sacerdotisa.

—La sacerdotisa te dijo lo que podía demostrar.

—Empiezo a odiar esa distinción.

—Deberías acostumbrarte.

Blaid miró el suelo. —¿Y cómo se sabe la diferencia?

—Esperando, observando y procurando no ofrecerle una puerta si intenta regresar.

Aquello sonó demasiado parecido a un consejo dirigido específicamente a él.

—Qué reconfortante.

—No pretendía serlo.

Blaid dejó escapar aire por la nariz.

Aria lo observó. —¿Eso era lo que querías preguntarme?

Blaid pensó que no.

—Sí.

Ella sostuvo su mirada durante un instante más largo de lo cómodo.

—Si cambia algo, dímelo.

Blaid asintió. —Si cambia algo.

No era una promesa tan amplia como ella probablemente deseaba.

También era más de lo que habría ofrecido unas semanas antes.

Aria reanudó el camino. Blaid permaneció en el corredor hasta que desapareció tras la esquina.

La orden seguía dentro de su memoria, intacta, y por primera vez no trató de combatirla ni buscó una voz nueva que la contradijera.

Podía existir sin convertirse en una decisión.

Eso no significaba que estuviera a salvo.

Tampoco convertía a Aria en una amenaza.

Mientras la Presencia no regresara, lo que hiciera con aquel recuerdo dependería exclusivamente de él. Y si regresaba, Blaid quería reconocerla antes de volver a confundir obediencia con pensamiento propio.

Fïrn regresó a la estancia común al anochecer con un libro bajo el brazo y la expresión de quien llevaba varias horas discutiendo con un adversario invisible.

Paf Paf estaba terminando de montar una de las ruedas del carro junto a la ventana. Blaid ocupaba un sillón.

—¿Has ganado? —preguntó.

Fïrn dejó el volumen sobre la mesa. —No sé.

Blaid sonrió. —Entonces probablemente sí.

Fïrn lo miró. —Eso no tiene ningún sentido.

—Ha sido un día largo.

Paf Paf encajó una clavija. —Ridley está en la enfermería.

Ambos se volvieron.

—¿Qué? —preguntó Fïrn.

—La pierna.

—¿Qué ha hecho?

Paf Paf levantó la vista. —Ridley.

Consideró que aquello explicaba suficiente.

Blaid se puso en pie. —¿Está bien?

—Sí.

Fïrn volvió a recoger el libro. —Vamos.

Blaid lo miró. —¿A la enfermería?

—Sí.

—¿Los tres?

Paf Paf se levantó también. —Cuatro cuando encontremos a Aria.

Blaid recordó la conversación del corredor. —No debe de estar lejos.

Fïrn entrecerró los ojos. —¿Por qué esa cara?

Blaid recogió la capa. —He tomado una decisión sin que nadie me dijera cuál era la correcta.

Fïrn lo observó durante un segundo. —¿Ha habido víctimas?

—Todavía no.

—Entonces definitivamente tenemos que ir a la enfermería.

Salieron.

Ninguno habló de las pruebas mientras atravesaban los corredores.

Fïrn llevaba bajo el brazo un libro cuya verdad no podía demostrar; Blaid conservaba dentro de sí una orden que se negaba a considerar propia, pero tampoco podía borrar.

Fïrn apretó el volumen contra el costado y tomó el siguiente giro hacia la enfermería. Blaid lo siguió.