27 #2
Los textos defendían ideas opuestas. El primero sostenía que el conocimiento pertenecía a cualquiera dispuesto a interrogarlo.
El segundo afirmaba que algunas verdades requerían custodios capaces de negar el acceso cuando el daño potencial superara el beneficio.
Ambos podían proceder de Ilyr. Ambos podían estar manipulados.
Fïrn pasó varias páginas del primero y después hizo lo mismo con el segundo.
La respuesta cómoda era evidente: el primero decía aquello que él quería creer y se acercaba a la frase que llevaba utilizando como ancla desde la Casa de los Índices.
Precisamente por eso empezó a desconfiar de su preferencia.
Una verdad que teme las preguntas ya ha pedido obediencia.
¿La había leído exactamente así o había empezado a recordarla de ese modo porque la necesitaba?
La comparación con el pergamino reescrito durante la inspección regresó sin que Arelia tuviera que mencionarla.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, Fïrn dejó de preguntarse cuál de los dos textos era verdadero y trató de distinguir qué podía demostrar sobre cada uno.
El primer volumen contenía referencias preservadas también en otras copias.
El segundo conservaba nombres de custodios, fórmulas y una cadena de transmisión que no aparecía en ninguno de los demás ejemplares.
Los dos eran evidencia. Incluso una falsificación podía demostrar quién había necesitado crearla, cuándo y con qué propósito.
Fïrn cerró el primero. —Me llevo el segundo.
Arelia no reaccionó. Él apoyó una mano sobre el volumen elegido.
—No porque crea que sea verdadero.
—Entonces ¿por qué?
—Porque lo que contiene el primero aparece en otras copias. Si este es falso, quiero saber quién lo escribió y por qué necesitó que pareciera auténtico. Si no lo es, necesito entender por qué contradice lo demás.
—¿Y si preservas una mentira?
Fïrn miró el libro. —Una mentira conservada como mentira sigue siendo información. Lo peligroso sería conservarla y olvidar que dudamos de ella.
Arelia permaneció callada.
Fïrn sintió de pronto un cansancio profundo. —Y voy a escribir que no sé qué es.
—Eso parece importante para ti.
—Empieza a serlo.
Arelia recogió el otro volumen. —Puedes quedarte con ese durante tu estancia.
Fïrn la miró. —¿He aprobado?
—No sé de qué hablas.
Él suspiró.
—Os odio a todos.
—No a todos.
—Dame tiempo.
Blaid encontró a Aria en una habitación llena de objetos rotos.
No era una metáfora. Fragmentos de cerámica descansaban sobre paños numerados, había mecanismos desarmados, piezas de metal ennegrecido y restos de artefactos que alguna vez debieron poseer una función reconocible.
Algunos estaban encerrados bajo campanas de cristal; otros ocupaban mesas cubiertas de notas.
Aria sostenía una lámina de cobre frente a una lámpara.
Blaid se apoyó en el marco. —Empiezo a sospechar que Aster colecciona cualquier cosa que haya dejado de funcionar.
Ella no levantó la vista.
—Entonces encajarías bien.
—Me alegra comprobar que recuperas fuerzas.
—Tú también.
—Eso es discutible.
Aria dejó la lámina sobre la mesa. —¿Qué quieres?
Blaid entró. —Nada.
Ella lo miró.
—Ridley está con Calethar, Fïrn desapareció hace horas entre libros y Paf Paf está montando el carro porque aparentemente considera intolerable que permanezca desmontado un día más. Me he quedado sin distracciones.
—Podrías descansar.
—Lo he probado. Resulta aburrido.
Aria retomó la pieza.
Blaid recorrió las mesas sin tocar nada. Un disco metálico estaba partido en tres, una caja se había fundido hacia dentro y una varilla de cristal contenía una mancha negra suspendida en su interior.
—¿De dónde sale todo esto?
—Incidentes mágicos, hallazgos y objetos confiscados o recuperados en lugares donde algo dejó de funcionar como debía.
—¿También de los recientes?
—Algunos.
Blaid se detuvo ante una puerta situada al fondo. No tenía cerradura, solo un símbolo grabado en la madera.
—¿Y ahí?
—No.
Blaid miró a Aria.
—No he preguntado nada.
—Te conozco.
—Eso sería ofensivo si fuese cierto.
Dio un paso.
Aria dejó las pinzas. —Blaid.
—Solo estoy mirando.
—No.
Él sonrió.
—Empiezo a pensar que «restringido» es la palabra favorita de Aster.
—Probablemente esté entre las cinco primeras.
Blaid volvió a mirar la puerta. —¿Y por qué no está cerrada?
Aria sostuvo su mirada. Blaid entendió lo que Aria quería decir.
—Ah.
—Sí.
—Eso es casi infantil.
—Y aun así estabas a punto de abrirla.
—Porque esperaba una cerradura.
—Ese es tu problema.
—Uno de ellos.
Se alejó de la puerta y, durante unos minutos, permanecieron en silencio mientras Blaid observaba los objetos.
Muchos resultaban inquietantes por razones difíciles de explicar: no porque fueran espectaculares, sino porque parecían cosas normales que habían dejado de obedecer su función original.
Cosas que habían tenido un propósito. Cosas que ya no funcionaban del mismo modo.
No era difícil comprender por qué aquella sala le molestaba.
—¿Esperabas que encontraran algo en la inspección? —preguntó.
Aria mantuvo la vista sobre la mesa. —Sí.
—En Fïrn.
—También.
Blaid la miró.
Aria levantó finalmente los ojos. —En ti.
—Ah.
—No sabía si tu vínculo seguía activo.
—Yo tampoco.
—Ahora sabemos que no.
Blaid apoyó por reflejo la mano derecha sobre una mesa y la retiró cuando el dolor respondió.
—¿Te tranquiliza?
Aria tardó un poco. —Sí.
—No pareces especialmente contenta.
—No es lo mismo.
Blaid recorrió otra vez los objetos. —Lysendra tampoco confía en mí.
—Lysendra no confía en casi nadie.
—Un carácter ideal para dirigir seguridad.
—Por eso mucha gente sigue viva.
Blaid recordó las preguntas de la inspección: influencias, pactos, impulsos, rastros que pudieran haber quedado incluso cuando la causa parecía haber desaparecido.
La frase seguía dentro de él. Mata a Aria.
No tenía voz ni presión asociada, y precisamente por eso le costaba más decidir dónde colocarla.
Podía hablar de ella. Durante unos segundos incluso intentó ordenar las palabras, pero cada formulación traía consigo consecuencias demasiado claras: Aria tendría que informar a Lysendra, el Consejo volvería a examinarlo y, aunque no encontraran nada, ella sabría que Blaid había despertado convencido de que su muerte podía ser necesaria.
Las razones para callar aparecieron enseguida: primero debía averiguar si aquello era un simple recuerdo, primero necesitaba saber si la Presencia podía regresar, primero debía entender qué había ocurrido realmente con el vínculo.
Todas eran razonables. Demasiado.
—Aria.
Ella esperó.
Blaid sostuvo su mirada. —¿Qué?
La frase permaneció detrás de sus dientes. No salió.
—Nada.
Aria lo observó durante un instante. —De acuerdo.
No insistió. Eso resultó peor.
Un golpe seco llegó desde una estancia contigua. Aria giró la cabeza y, un momento después, se oyó otro seguido por el ruido de algo que se arrastraba. Ella dejó la pieza de cobre.
—Eso no debería estar ocurriendo.
Blaid llevó la mano a la espada. —Por fin una frase clara.
Aria cruzó la habitación y abrió una puerta lateral. El corredor del otro lado estaba vacío, aunque otra puerta permanecía abierta al fondo.
—¿Qué hay ahí?
—Una cámara de aislamiento.
—¿Para qué?
—Objetos que todavía reaccionan.
—Naturalmente.
Entraron. La cámara contenía un pedestal y, sobre él, una caja de madera.
Blaid la observó. —¿Eso ha hecho el ruido?
—No.
—Perfecto.
Aria avanzó hacia el pedestal y Blaid la siguió. En cuanto ambos cruzaron por completo el umbral, la puerta se cerró detrás de ellos. Blaid se volvió. No había nadie.
—Aria.
Ella ya tenía una mano sobre el marco. Nada ocurrió.
—No responde.
—¿Casualidad?
—No.
El pedestal emitió un chasquido. La caja se abrió. Dentro había tres llaves: una blanca, una negra y otra de metal sin pulir.
Blaid frunció el ceño. —Esto es ridículo.
Tres secciones de la pared cambiaron delante de ellos. No se abrieron ni descendieron; simplemente dejaron de parecer piedra hasta revelar tres puertas.
Blaid exhaló despacio. —Los odio.
—¿A quién?
—A todos los que diseñaron este lugar.
Aria se acercó a la puerta izquierda. —No la toques.
—No pensaba hacerlo.
—Sí pensabas.
—Esta relación se vuelve opresiva.
Blaid examinó las puertas. La izquierda mostraba una línea vertical muy fina; la central, un círculo. La derecha no tenía ninguna marca. Después miró las llaves. Ninguna correspondía a los símbolos.
—¿Puedes usar el Tejido?
Aria cerró los ojos unos segundos. —Sí.
—Entonces abre una puerta.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque la estructura no está esperando que yo la abra.
Blaid la miró. —A mí.
—Probablemente.
—Empiezo a detectar abuso de ese adverbio.
—Concéntrate.
La caja permanecía abierta. Tres llaves y tres puertas.
Blaid sintió la irritación familiar de una pregunta que debía poseer una respuesta correcta.
Un símbolo, una correspondencia o un patrón tenía que permitir convertir la incertidumbre en método, y durante años, cuando el método fallaba, siempre había existido otra posibilidad: una voz que proporcionaba una certeza antes de que él pudiera decidir si deseaba recibirla. Ahora no había nada.
Miró la llave blanca y pensó en Elyndra. Demasiado obvio. La negra invitaba a asociaciones todavía peores. La de metal común parecía diseñada para sugerir ausencia de significado, lo que terminaba convirtiéndose también en uno.
—No puede ser tan simple.
—¿Qué cosa?
—Nada.
Blaid se acercó a la caja sin tocarla. —¿Sabes qué hay detrás?
—No.
—¿Puede ser peligroso?
Aria lo miró. —Estamos encerrados en una estructura antigua que ha reaccionado a tu presencia y acaba de crear tres salidas. Sí, existe esa posibilidad.
—Gracias.
—Has preguntado.
Blaid estudió otra vez las puertas. —Podemos esperar —dijo Aria.
Él giró.
—¿A qué?
—A que alguien nos encuentre.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—Eso no es una estrategia.
—Lo es si actuar con información insuficiente empeora la situación.
—También puede empeorarla esperar.
—Sí.