Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 27
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Fïrn tardó menos de una hora en perderse.

No porque la Torre fuese especialmente complicada, aunque ayudaba.

Aster parecía haber sido construida por generaciones sucesivas de arquitectos que se respetaban demasiado poco como para continuar el trabajo de los anteriores: un corredor amplio podía estrecharse hasta convertirse en una galería de servicio, una escalera descendía dos niveles, rodeaba una columna y terminaba medio piso por encima de donde uno esperaba, y algunas puertas conducían a estancias cuya forma interior resultaba difícil de reconciliar con el espacio que deberían ocupar desde fuera.

Fïrn había preguntado tres veces cómo llegar a los archivos abiertos y las tres indicaciones habían sido correctas.

El problema era que había seguido leyendo mientras caminaba, de modo que, cuando finalmente levantó la vista, llevaba bajo el brazo dos tratados de liturgia comparada, un catálogo de símbolos preimperiales y un opúsculo de cuarenta páginas cuyo autor defendía, con una seriedad conmovedora, que los copistas zurdos degradaban la precisión histórica.

Del archivo abierto no había rastro. Fïrn no se preocupó demasiado.

Una galería estrecha se extendía delante de él, iluminada por lámparas pequeñas incrustadas en la piedra.

No había ventanas. En un extremo distinguió una escalera ascendente y, en el otro, una puerta entreabierta.

Eligió la puerta porque las escaleras, razonó, solían seguir allí incluso después de una mala decisión. Dentro encontró libros. Había muchos.

—Excelente criterio.

La estancia era pequeña comparada con las grandes salas que había recorrido aquella mañana.

Tres paredes estaban cubiertas de estanterías y la cuarta contenía una mesa, dos sillas y un atril vacío.

La clasificación de los volúmenes no le resultó familiar: cada lomo llevaba una marca formada por líneas, puntos y pequeños cuadrados repetidos con suficiente regularidad como para ocultar una lógica.

Descifrar aquella clasificación le habría parecido una forma perfectamente respetable de pasar la tarde.

Alargó la mano hacia un volumen estrecho.

—Ese no pertenece a los archivos abiertos.

Fïrn se volvió. Una mujer mayor ocupaba la puerta. No llevaba insignias visibles, solo una túnica marrón y unas lentes circulares demasiado grandes para su rostro.

Fïrn retiró la mano. —En mi defensa, tampoco había ningún cartel que dijera lo contrario.

La mujer miró detrás de él. Había uno sobre la puerta, otro en la pared y un tercero colgaba del marco a la altura exacta de sus ojos.

Fïrn volvió a mirarla. —Estoy dispuesto a admitir que existen pruebas circunstanciales.

Ella entró, recogió uno de los libros que él había dejado sobre la mesa y examinó el título antes de devolverlo a su sitio.

—Los archivos abiertos están dos niveles arriba.

—Lo sospechaba.

—Has venido en dirección contraria.

—Eso explica por qué la sospecha no ayudó.

Fïrn esperaba que lo acompañara fuera, pero la mujer permaneció junto a la mesa observándolo con una atención que no parecía del todo administrativa.

—Tú eres Fïrn.

Fïrn empezaba a cansarse de que todo el mundo supiera quién era. —Depende de quién pregunte.

—Arelia.

—¿Ese es tu nombre o una amenaza burocrática?

—Nombre.

—Entonces encantado.

Arelia señaló los libros que llevaba. —Los has elegido tú.

—Sí.

—¿Por qué esos?

Fïrn miró los lomos. —Dos porque contradicen al mismo autor entre sí, uno porque creo que la catalogación está mal y el último porque su tesis sobre copistas zurdos me parece una injusticia histórica que alguien debería preservar.

Arelia lo observó por encima de las lentes. —El catálogo no está mal.

—Entonces el autor mintió.

—Eso es distinto.

—Mucho más interesante.

Arelia apartó una silla. —Siéntate.

Fïrn miró la puerta y después la silla. —¿Esto sigue siendo una expulsión?

—Todavía no.

Se sentó.

Arelia ocupó el lugar opuesto y abrió uno de los tratados de liturgia. Pasó varias páginas hasta encontrar una marcada con una tira estrecha de papel.

—Lee.

Fïrn obedeció. El fragmento era breve. Un comentario doctrinal atribuido a Ilyr defendía que el conocimiento podía y debía preservarse incluso de quienes lo buscaban cuando conceder acceso pusiera en peligro el orden necesario para custodiarlo.

Fïrn frunció el ceño. —Eso no es suyo.

—¿Por qué?

La respuesta le llegó casi de inmediato.

Una verdad que teme las preguntas ya ha pedido obediencia.

Fïrn estaba a punto de pronunciarla cuando se detuvo.

Recordaba aquella frase y también dónde la había leído, pero desde la inspección de entrada recordar algo había dejado de servirle como prueba suficiente.

—No me gusta esa pregunta.

—No era para gustarte.

Fïrn cerró el libro. —Hay textos de Ilyr que dicen justamente lo contrario. Rechazan convertir la custodia en obediencia.

—Eso recuerdas.

Fïrn alzó la vista. —Eso vi.

—¿Qué viste?

Fïrn encontraba profundamente irritantes a las personas capaces de esperar sin rellenar el silencio. —Versiones contradictorias, fragmentos reescritos, citas utilizadas fuera de contexto. Un texto que convertía una advertencia contra la certeza en una defensa de la obediencia.

—¿Y cuál era el verdadero?

—El anterior.

—¿Cómo lo sabes?

Fïrn apoyó los dedos sobre la mesa. —Porque encaja mejor con el resto de la doctrina.

—¿Y si el resto también fue alterado?

—Comparamos copias.

—¿Cuántas?

—Las suficientes.

—¿Cuántas son suficientes?

Fïrn la miró. —No me caes bien.

—Eso facilita algunas conversaciones.

Arelia apartó aquel tratado y colocó tres volúmenes delante de él.

—El primero procede de un monasterio destruido hace más de dos siglos.

El segundo fue copiado en una biblioteca privada varias décadas después.

El tercero llegó a Aster de manos de un mercader que aseguraba haberlo comprado a un descendiente del custodio original.

Fïrn miró los tres. —Y contienen lo mismo.

—Sí.

Los leyó. No eran idénticos palabra por palabra, pero la idea sobrevivía en todos: conocimiento preservado mediante restricción, autoridad del custodio y sospecha sobre la pregunta misma. Una versión elegante de algo que Fïrn había aprendido a desconfiar.

—Son falsos.

—Puede.

Fïrn levantó la mirada. —¿Puede?

—Los tres podrían descender de una falsificación más antigua.

—Entonces necesitamos una copia anterior.

—No tenemos ninguna.

—Conveniente.

—Mucho.

Fïrn volvió a mirar los textos. —¿Qué quieres que haga?

—Leer.

—Eso nunca es solo leer aquí.

Arelia sonrió por primera vez.

Durante los minutos siguientes le mostró variantes.

Un himno donde dos versos modificaban todo el sentido de una estrofa; una carta doctrinal con un añadido posterior que transformaba una pregunta abierta en prohibición; un comentario marginal cuyo autor afirmaba que el pasaje original había sido destruido por herejía.

Fïrn comparó tinta, sintaxis, vocabulario, referencias históricas y fórmulas litúrgicas.

Encontró errores, pero también demasiadas cosas correctas.

Uno de los textos utilizaba una construcción arcaica difícil de falsificar sin acceso a documentos perdidos, otro citaba un acontecimiento menor cuya fecha coincidía con registros independientes y un tercero contenía errores gramaticales característicos de una región concreta.

Todo podía demostrarse parcialmente. Nada demostraba lo suficiente. Empezó a sentir calor.

—¿Quién reunió esto?

—Muchas personas.

—¿Sabían que estaba contaminado?

—Algunas.

Fïrn apoyó las palmas sobre la mesa. —¿Contaminado por quién?

Arelia no respondió enseguida.

Fïrn reconoció esa clase de silencio. —No sabes.

—No del todo.

—Pero tienes una hipótesis.

—Tenemos patrones.

Aquella palabra consiguió que Fïrn se echara ligeramente hacia atrás.

Arelia continuó. —Existen cultos antiguos asociados a una figura conocida en ciertos textos como el Rostro Roto. No sabemos cuánto de lo que se le atribuye corresponde a una divinidad, a una tradición posterior o a una acumulación de textos escritos por personas distintas bajo el mismo símbolo.

El título produjo en Fïrn una familiaridad desagradable, no como una voz ni una presencia, sino como la sensación de reconocer una cadencia antes que un significado.

Había encontrado aquel nombre fragmentado, traducido o insinuado en documentos de Eshvar y en páginas cuya redacción parecía haber sido corregida demasiadas veces.

Arelia observó su reacción. —¿Lo habías oído?

Fïrn tardó en contestar. —No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Que lo reconozco y no me gusta reconocerlo.

Arelia asintió como si la respuesta fuera suficiente. —Eso es más útil que fingir certeza.

Fïrn abrió uno de los libros. —¿Creéis que ese Rostro Roto alteró estos textos?

—Creemos que existen tradiciones vinculadas a él que utilizan la contradicción como herramienta. Eso no demuestra que cada texto contradictorio proceda de la misma fuente.

Fïrn dejó escapar aire por la nariz. —Entonces acabas de ofrecerme una explicación que también podría ser falsa.

—Sí.

Se quedó mirándola. Arelia esperó. Después de unos segundos, Fïrn empezó a reír, no porque aquello resultara gracioso, sino porque la alternativa consistía en arrojar los tres volúmenes contra una pared.

—Esto es una prueba.

Arelia inclinó la cabeza. —¿Lo es?

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Responder con preguntas.

—Tú haces muchas.

—Las mías tienen encanto.

Arelia retiró uno de los libros y dejó dos delante de él. —Supón que solo puedes conservar uno.

Fïrn dejó de sonreír. —¿Por qué?

—Un incendio. Una evacuación. Tiempo para uno.

—Me llevo los dos.

—No puedes.

—Arranco las páginas.

—Tampoco.

—Los memorizo.

—No hay tiempo.

Fïrn la contempló con abierta hostilidad. —Empiezo a comprender por qué los copistas zurdos se rebelaron.

—Elige.