Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 26 #2
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El trabajador consiguió clavar los dedos entre dos juntas de piedra. La inclinación aumentó. Ridley calculó la distancia. Podía llegar en cinco o seis pasos si la plataforma soportaba su peso.

—Se va a caer.

—Y si entras quizá caigáis los dos.

Ridley buscó otra opción. —¡Tú! ¡No te muevas!

El hombre levantó la cara. Tenía sangre sobre una ceja.

—¡Estoy intentando exactamente eso!

En otra situación habría resultado gracioso.

La mujer de las runas seguía en el centro de la plataforma. No intentaba huir; mantenía ambas manos apoyadas contra la línea abierta y el rostro se le había tensado por el esfuerzo.

—¡Sal de ahí! —ordenó Ridley.

—¡Si la suelto, cae!

—¡No puedes sostenerla tú sola!

—¡Ya lo sé!

Ridley miró a Calethar.

—Haz algo.

El hombre examinaba las líneas.

—El anclaje de emergencia no responde.

—Entonces actívalo manualmente.

—Hay que llegar a la placa inferior.

Ridley recordó dónde estaba. —Cuerda.

Calethar abrió un armario empotrado junto a la puerta y sacó una.

Ridley extendió la mano. —Dámela.

—Puedo bajar yo.

—No.

Calethar se quedó quieto. —¿Por qué?

—Porque yo…

Ridley se detuvo. La respuesta había salido sola. Porque yo debo hacerlo. Porque yo puedo sostenerlos. Porque si algo falla debe hacerlo cerca de mí. El trabajador colgado perdió una mano y lanzó un grito.

Ridley volvió la atención al vacío. —Tú conoces el mecanismo.

—Sí.

—Yo puedo asegurarte desde arriba.

Calethar no sonrió. —Eso parece más sensato.

Ridley tomó la cuerda y comprobó el nudo que el otro empezó a hacerse alrededor de la cintura.

—Eso se desliza.

—Llevo treinta años haciendo nudos.

—Pues llevas treinta años haciendo este mal.

Lo rehízo. Calethar permitió que lo hiciera sin comentario. Ridley pasó la cuerda alrededor de una argolla de piedra y plantó ambos pies, buscando un ángulo que cargara la tensión en la roca antes que en sus brazos.

—Cuando estés abajo dime qué necesitas.

—Que no me sueltes sería un comienzo excelente.

—No pensaba hacerlo.

Calethar descendió.

El peso tiró de Ridley y la herida del muslo protestó inmediatamente, pero apoyó el cuerpo contra la tensión en lugar de intentar vencerla solo con fuerza.

—Más —llegó la voz desde abajo.

Ridley cedió cuerda. —Más.

—Te vas a quedar sin pared.

—Un poco más.

Dejó correr otro palmo.

—Ya.

Oyó metal, después un golpe. Nada ocurrió.

—¿Qué pasa?

—Está bloqueado.

—¿Puedes abrirlo?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

Ridley miró hacia la plataforma. El hombre seguía colgado, la mujer mantenía dos líneas a la vez y la trabajadora que había alcanzado el contrafuerte gritaba instrucciones desde el umbral que el viento arrancaba antes de que llegaran.

Ridley señaló al joven. —¡Mírame!

El hombre levantó la cabeza.

—Cuando la plataforma se mueva, vas a impulsarte hacia el contrafuerte.

—¿Cuándo va a moverse?

—Cuando podamos estabilizarla.

—Eso tampoco responde.

Ridley estuvo a punto de replicar que no necesitaba una respuesta, pero se detuvo. La mujer de las runas gritó:

—¡La línea central se está abriendo!

Ridley giró hacia ella. —¿Qué necesitas?

Ella pareció no entender la pregunta.

—¿Qué?

—Para mantenerla.

—¡No puedo sostener las tres!

—¿Cuál puedes dejar?

—¡Ninguna sin cambiar la carga!

Ridley sintió la vieja irritación. Necesitaba una decisión, una orden sencilla que todos obedecieran antes de que el tiempo desapareciera. Abrió la boca. La cerró.

—Explícamelo rápido.

La mujer miró las líneas.

—Si suelto la central, el peso se va a los laterales y el izquierdo falla. Si suelto el lateral, el central se abre más. Necesito que entre el anclaje de emergencia antes de soltar nada.

—¿Cuánto aguanta así?

—Veinte segundos. Quizá treinta.

Ridley miró al hombre colgado. —¿Puedes impulsarte una vez?

El joven probó a mover una pierna.

—Una.

Desde el contrafuerte, la otra trabajadora desapareció hacia el interior y regresó con una vara larga terminada en un gancho.

—¡Puedo alcanzarlo desde aquí!

Ridley estuvo a punto de decir que no. La distancia era mala y el ángulo todavía peor. Si se inclinaba demasiado, habría otra persona sobre el vacío. La orden ya se estaba formando: quédate dentro. La obligó a detenerse.

—¿Puedes asegurarte?

—Sí.

—¿Con qué?

La mujer envolvió una pierna alrededor del marco y pasó una correa por una argolla interior.

—Con esto.

Ridley evaluó el conjunto. No le gustaba.

—Hazlo.

La mujer se tumbó en el umbral y extendió el gancho. No llegaba.

—¡Más! —gritó el hombre.

—¡Ya estoy fuera!

—¡Un poco más!

Medio torso quedó sobre el vacío.

Todo el cuerpo de Ridley le pidió acercarse, sujetarla, tomar la vara y convertir de nuevo la situación en algo que dependiera de él. No lo hizo.

—¡No mires abajo!

—¡No pensaba hacerlo!

La vara alcanzó al joven y el gancho prendió en una correa del hombro.

—¡Lo tengo!

Ridley se volvió hacia la mujer de las runas. —Ahora dime qué necesitas.

Ella lo miró con evidente cansancio.

—Que alguien deje de decirme qué línea debo soltar sin saber cómo funciona.

Calethar se rió desde debajo de la galería.

Ridley apretó la mandíbula. —No es el momento.

—Discrepo —respondió la voz.

Ridley ignoró el comentario. —¿Qué necesitas?

La mujer observó las runas.

—Cuando entre el anclaje de emergencia tengo que soltar el lateral izquierdo durante dos latidos para que reconozca la carga.

—¿Y entonces?

—O se estabiliza o nos vamos al mar.

Ridley la miró. —No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Hay otra opción?

—Podemos seguir así hasta que mis brazos dejen de funcionar.

Le temblaban ya las manos.

Ridley asintió. —Cuando Calethar diga.

La mujer negó.

—Cuando yo diga. Él activa el anclaje; yo voy a sentir cuándo entra en la red.

Ridley estuvo a punto de discutir. Ella sabía algo que él no. La idea seguía siendo desagradable, pero ya no podía fingir que eso la volvía menos cierta.

—Cuando tú digas.

La mujer asintió.

Ridley miró hacia el contrafuerte. —¿Preparados?

La mujer del gancho gritó que sí. El hombre colgado respondió:

—¡Preferiría estar en otro sitio!

—Cuenta como sí.

Una sacudida recorrió la cuerda.

—Ridley —dijo Calethar.

—¿Qué?

—Voy a golpear el cierre.

—Hazlo.

—Puede darte un tirón fuerte.

Ridley reajustó los pies. —Hazlo.

Hubo una pausa.

—Confío en ti.

Ridley frunció el ceño. Aquellas palabras le resultaron más incómodas que el peso de la cuerda.

—Hazlo de una vez.

El golpe llegó desde abajo.

La cuerda se tensó con violencia y la pierna izquierda cedió medio paso. El dolor ascendió hasta la cadera, pero Ridley recuperó la posición antes de perder el equilibrio. Varias runas de la plataforma se encendieron al mismo tiempo.

—¡Ahora! —gritó la mujer.

Soltó la línea lateral.

La plataforma descendió unos dedos. El joven colgado gritó y la mujer del gancho fue arrastrada hasta que las caderas golpearon el umbral.

Ridley dio un paso por instinto. Se detuvo.

Ella tenía al hombre. La maga tenía la plataforma.

Calethar tenía el mecanismo. Él tenía la cuerda. Por una vez debía bastar.

Una luz azul recorrió el borde de la plataforma desde el contrafuerte hasta la Torre.

No era exactamente igual al azul que había respondido a Ridley durante las últimas semanas; aquella pertenecía al sistema de Aster, más uniforme y menos viva.

La piedra tembló y comenzó a recuperar lentamente la horizontal.

—¡Tira! —gritó la mujer del gancho.

El hombre se impulsó mientras ella recogía la vara. Sus botas desaparecieron dentro del contrafuerte y, un instante después, ambos estaban fuera del peligro inmediato.

Ridley volvió hacia la mujer de las runas. —¡Sal!

—¡Todavía no!

La orden regresó a su garganta. La detuvo otra vez.

—¿Cuánto?

—Cinco latidos.

Ridley miró sus manos. —Tienes cinco.

Ella contó en voz alta mientras las runas terminaban de asentarse. Cuando llegó al último número retiró ambas manos y corrió hacia la galería. La plataforma permaneció suspendida.

Ridley la agarró por el antebrazo al alcanzar el borde y la ayudó a cubrir los últimos pasos. Llegó jadeando, con las manos enrojecidas y pequeñas líneas azules marcadas sobre la piel.

—¿Estás herida?

—Estoy cansada.

Ridley estuvo a punto de pedirle que enseñara las manos. Reconoció la expresión antes de hacerlo.

Era la misma que probablemente había mostrado él ante Paf Paf, Aria y cualquiera que le hubiera pedido detenerse desde Beregost. Aflojó el agarre.

—Que te las mire un sanador.

La mujer pareció ligeramente sorprendida.

—Eso ha sonado casi como una recomendación.

—Lo era.

—Estoy bien.

Ridley señaló las marcas. —Y aun así puedes dejar que te revisen.

Ella sonrió apenas.

—Mara.

Ridley tardó un segundo en comprender. —Ridley.

—Ya lo sé.

—Claro.

Se acercó otra vez al borde.

—Calethar.

—¿Sí?

—Sube.

—Excelente idea.

Ridley empezó a recoger cuerda. El peso aumentó cuando Calethar dejó de ayudarse con los pies. Ridley utilizó espalda y hombros para proteger la pierna, pero el muslo seguía temblando.

Mara se acercó. —Puedo ayudarte.

La respuesta automática llegó.

—No hace falta.

Ella lo miró.

Ridley cerró los ojos un momento. —Sí. Hace falta.

Mara tomó la cuerda.

Entre ambos izaron a Calethar. Cuando apareció sobre el borde llevaba una pequeña herramienta metálica entre los dientes y sangre en dos nudillos.

Ridley lo agarró por el antebrazo y terminó de subirlo.

Durante unos segundos ninguno habló. El viento seguía recorriendo el hueco entre la Torre y el contrafuerte como si nada hubiera sucedido.

Ridley miró hacia la plataforma. —¿Qué ha fallado?

Calethar se quitó la cuerda. —Todavía no lo sé.

—¿Era parte de la prueba?

Mara los miró.

Calethar negó. —No de esa forma.

Ridley se volvió hacia él. —¿Qué significa eso?

—Que sabía que algunos sistemas antiguos de esta sección podían responder a tu presencia durante la evaluación. No sabía cómo ni esperaba un fallo de anclaje.

Ridley sintió que el cansancio desaparecía bajo el enfado. —¿Me estás diciendo que sabías que podía reaccionar algo mientras había cuatro personas trabajando encima?

La expresión de Calethar perdió la ligereza.

—No sabía que el enlace formaba parte de la respuesta.

—Pero podía ocurrir algo.

—Sí.