Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 26
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Ridley descubrió que Aster amanecía antes que sus habitantes.

Cuando salió de la estancia común, todavía con la sensación del sueño mal dormido pegada al cuerpo, las galerías estaban iluminadas por una claridad azulada que no procedía de antorchas ni lámparas.

Se filtraba desde líneas muy finas incrustadas entre los bloques de piedra, recorría arcos y columnas y desaparecía después bajo el suelo.

A aquella hora apenas había movimiento, pero la Torre ya crujía por sus conductos y desplazaba plataformas en algún punto más allá de los muros.

Le recordó a una fortaleza durante el cambio de guardia, con la diferencia de que allí también las paredes parecían tener turno.

Había dormido mal. La pierna izquierda había protestado cada vez que giraba sobre el colchón y, durante buena parte de la noche, había repetido fragmentos de la conversación con Armathyel buscando alguna frase que pudiera haber pasado por alto.

No encontró ninguna que resolviera lo que le inquietaba.

Encontró, en cambio, demasiadas frases que seguían molestándolo.

La Secta del Ojo Oculto. Una entidad que no pertenecía al mundo.

Cuatro personas de hacía milenios. Una semejanza que Armathyel se negaba a llamar identidad.

Y, por encima de todo, la certeza incómoda de que Aster llevaba tiempo buscándolos.

Llegó a la sala común y encontró a Paf Paf sentado junto a la ventana con un cuenco entre las manos. Comía algo espeso que olía a avena, miel y frutos secos. Sobre la mesa había pan, queso, fruta y una tetera todavía humeante.

—¿Los demás?

—Fïrn fue a buscar libros.

—Claro.

—Blaid no ha salido.

Ridley miró hacia la puerta cerrada. —¿Aria?

—Se fue antes.

—¿Dijo dónde?

Paf Paf negó.

Ridley se sirvió té. —Podría haberlo dicho.

—Podría.

—Estamos en un lugar que no conocemos, con gente que sabe cosas sobre nosotros que no quiere explicar y una organización escondida desde hace milenios intentando abrirle paso a algo que no pertenece al mundo.

Paf Paf tomó otra cucharada. —Sí.

Ridley dejó la tetera sobre la mesa con algo más de fuerza de la necesaria. —¿No te molesta?

El goliat levantó la vista.

—Sí.

—No lo parece.

—Tengo hambre también.

Ridley se quedó mirándolo.

Paf Paf volvió al cuenco. —Puedo tener dos cosas.

A veces hablar con él era como empujar una puerta y descubrir que siempre había estado abierta. Ridley tomó una rebanada de pan. No había terminado la mitad cuando alguien llamó.

Calethar esperaba al otro lado. No vestía como durante la audiencia del Consejo. Había cambiado la ropa formal por una casaca de cuero reforzada en hombros y antebrazos, pantalones de trabajo y botas que habían conocido bastante barro. Llevaba una espada corta sin ningún adorno que indicara rango.

Ridley tragó. —Si vienes a desayunar, Fïrn se ha llevado la conversación.

—Me recuperaré.

Calethar miró por encima de su hombro hacia Paf Paf.

—Necesito a Ridley.

El goliat siguió comiendo.

—Está ahí.

Calethar sonrió.

Ridley no le devolvió la sonrisa. —¿Para qué?

—Quiero enseñarte algo.

—Esa frase ayer habría terminado con una negativa.

—Hoy también puede.

Ridley miró un instante hacia la puerta de Blaid antes de dejar el pan. —¿Cuánto?

—Una hora si eres aburrido.

—¿Y si no?

—Probablemente más.

Paf Paf levantó ligeramente el cuenco. —Te guardaré comida.

Ridley se ajustó el cinturón. —Eso sí es una amenaza.

Calethar no explicó nada durante los primeros minutos.

Bajaron dos niveles, atravesaron una galería donde varias personas clasificaban cajas de suministros y tomaron después un corredor que se volvía más estrecho conforme se acercaban al exterior.

Ridley reconoció la zona antes de ver ninguna abertura.

Había menos tapices, más piedra desnuda, ángulos limpios y puertas reforzadas a intervalos regulares.

—Aquí sí os creéis que pueden entrar.

Calethar siguió caminando. —En todas partes creemos que pueden entrar.

—No igual.

—No.

Ridley señaló una abertura lateral protegida por una reja retráctil. —Eso baja.

—A depósitos de agua.

—¿Una sola salida?

—Dos.

Ridley frunció el ceño. —Solo he visto una.

Calethar lo miró de reojo. —Bien.

Siguieron avanzando.

Ridley tardó tres pasos en darse cuenta. —¿Me estás examinando?

—Te estoy llevando a un sitio.

—Has dicho «bien».

—A veces digo «bien».

—Ayer también.

Calethar lo observó. —Quizá deberías acostumbrarte a que algunas personas evalúen lo que ven sin convertirlo todo en un complot.

Ridley siguió caminando. —Quizá algunas personas deberían dejar de reunir consejos enteros para explicarnos una amenaza primordial y cuatro muertos de hace milenios y después fingir que no están evaluándonos.

Calethar sonrió apenas. —Eso es más justo.

Llegaron a una puerta doble de metal oscuro. Calethar apoyó la palma sobre una placa incrustada en el muro y los cierres se retiraron con una sucesión de golpes secos. El viento entró antes que la luz.

Ridley cruzó el umbral y se encontró en una galería exterior abierta al mar.

La Torre descendía bajo ellos durante decenas de metros antes de fundirse con la roca de la isla.

Frente a la galería, separado por un vacío de unos cuarenta pasos, se alzaba uno de los contrafuertes exteriores, tan ancho que contenía habitaciones y puestos de vigilancia.

Entre ambos cuerpos flotaba una plataforma rectangular de piedra suspendida sin cadenas ni pilares.

Sobre ella trabajaban cuatro personas. Dos estaban agachadas junto a una línea de runas abierta en el suelo.

Otra manipulaba una estructura metálica encajada en el borde y la última permanecía de pie tomando notas sobre una tablilla.

Ridley miró debajo. El mar golpeaba la roca muy abajo.

—No me gusta.

—Todavía no te he explicado qué es.

—No hace falta para que no me guste.

Calethar apoyó los brazos sobre la barandilla. —Enlace occidental. Permite mover personal entre el cuerpo principal y la defensa exterior sin bajar a niveles inferiores.

—¿Cuánto peso?

—Normalmente unas treinta personas con equipo.

Ridley volvió a mirar las runas. —¿Normalmente?

—Está en mantenimiento.

—Entonces ¿cuánto soporta ahora?

Calethar lo observó. —Eso es lo que quiero saber.

Ridley giró hacia él. —¿Me has traído para calcular carga?

—Entre otras cosas.

—Tienes magos para eso.

—Tengo magos que calculan cuánto Tejido soporta el anclaje. Quiero que alguien mire la estructura como si tuviera intención de cruzarla mientras le disparan.

Aquello sí lo entendía.

Ridley se acercó al borde de la galería y estudió el conjunto.

La plataforma no estaba completamente horizontal; el extremo exterior descendía apenas unos dedos, una inclinación tan pequeña que probablemente nadie la notaría caminando.

Dos líneas de anclaje eran visibles junto a los laterales y una tercera, en el centro, estaba parcialmente desmontada.

—Si falla una, las otras dos aguantan.

—Sí.

—Si falla la central mientras está abierta, el peso se desplaza hacia los extremos.

—Correcto.

Ridley señaló el contrafuerte. —Y el lado exterior ya está más bajo.

Calethar asintió. —Es un problema conocido.

—No parece resuelto.

—Por eso están trabajando.

Ridley miró a las cuatro personas. Ninguna llevaba armadura. La mujer junto a las runas tenía las mangas remangadas; el hombre que trabajaba con la estructura metálica parecía poco mayor que Ridley, y quien sostenía la tablilla era bastante mayor.

—¿Por qué hacen el mantenimiento con el enlace suspendido?

—Porque para recalibrarlo tiene que estar activo.

Ridley giró la cabeza. —Eso es una estupidez.

—Es magia.

—No veo la diferencia.

Calethar soltó aire por la nariz.

Ridley recorrió el lugar buscando rutas de retirada. Había una compuerta en el contrafuerte, la puerta detrás de ellos y dos pequeños salientes de piedra que quizá podrían recibir una cuerda. No vio ninguna preparada.

—¿Evacuación?

—Ambos extremos.

—Si el enlace cae, los extremos dejan de importar.

—Existe un anclaje de emergencia.

—¿Dónde?

Calethar señaló una placa situada bajo el borde de la galería. Ridley se agachó. Estaba demasiado baja para alcanzarla cómodamente.

—¿Quién diseñó esto?

—Un hombre muerto hace trescientos años.

Ridley se incorporó. —Bien.

Calethar alzó una ceja. —A veces dices «bien».

—A veces.

Ridley volvió a mirar la plataforma. —Necesitáis un sistema físico de respaldo.

—¿Cadenas?

—Cadenas, vigas, cualquier cosa que no dependa de la misma fuerza que puede estar fallando.

—Añadir peso reduce la estabilidad del campo.

—Entonces reduce la longitud.

—Eso impediría el paso de suministros.

—Construye dos.

Calethar lo miró. —Siempre hay otra orden, ¿verdad?

Ridley giró hacia él. —Me has pedido una opinión.

—Y me estás reconstruyendo la Torre.

—Porque esta parte está mal.

Uno de los trabajadores levantó la cabeza desde la plataforma y gritó algo que el viento se llevó. La mujer junto a las runas respondió.

Ridley volvió a mirar. —¿Qué han dicho?

Calethar frunció el ceño. —No lo he oído.

La plataforma vibró. El movimiento fue pequeño, apenas un temblor bajo las botas de quienes trabajaban allí, pero la mujer de las runas se incorporó de inmediato.

Ridley vio la luz antes que Calethar. Una de las líneas laterales había pasado del azul al blanco.

—Algo va mal.

Calethar ya se estaba moviendo. —¡Fuera de la plataforma!

Los cuatro reaccionaron. La persona de la tablilla corrió hacia el contrafuerte y el joven de la estructura metálica intentó alcanzar la Torre, mientras los otros dos se quedaron un instante más tratando de cerrar la línea central.

Ridley vio el error. —¡Dejad eso y salid!

La plataforma se inclinó. No demasiado. Lo suficiente. La persona de la tablilla alcanzó el extremo exterior y saltó dentro del contrafuerte. El joven del mecanismo perdió pie, cayó sobre una rodilla y empezó a deslizarse en dirección a la galería principal. Ridley se lanzó hacia él.

Calethar lo sujetó por la parte trasera de la coraza. —No.

—Suéltame.

—El enlace no aguanta otro peso.