Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 25 #3
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Calethar apoyó los antebrazos sobre las piernas. —Habéis combatido juntos. Eso está fuera de duda. Pero combatir junto a alguien porque el mismo enemigo intenta mataros a ambos no demuestra que seguiréis juntos cuando la amenaza os ofrezca cosas distintas.

Aquello consiguió que Blaid pensara en la Presencia sin querer. Una vida por tres. Una vida por un mundo. Calethar no podía conocer aquellas palabras. Precisamente por eso funcionaron.

—¿Y cuánto tiempo pensáis observarnos hasta decidir si os gustamos? —preguntó Blaid.

—No estáis retenidos —respondió Armathyel—. Podéis marcharos.

Blaid miró hacia las ventanas altas. —Por supuesto.

—Literalmente. Aster no os impedirá salir.

Ridley intervino. —Pero tampoco responderéis.

—A algunas preguntas, sí. A otras, cuando esté dispuesto a defender ante este Consejo que debéis conocer la respuesta.

Blaid miró a Lysendra y Calethar.

—Ni siquiera ellos saben todo.

Armathyel no respondió por sus compañeros.

Lysendra lo hizo. —Sabíamos que Aria tenía la orden de localizaros y que Armathyel consideraba prioritario hacerlo. No conocíamos todos los documentos en los que basaba esa decisión.

Calethar añadió: —Yo habría preferido conocerlos.

Armathyel lo miró. —Lo sé.

—Sigo prefiriéndolo.

—También lo sé.

Ridley señaló la mesa donde había estado la tablilla. —Entonces quieres que confiemos en ti mientras ni siquiera ellos lo hacen completamente.

—No.

—¿No qué?

—No os he pedido confianza.

Aquello dejó a Ridley sin réplica durante un instante.

Armathyel se levantó. —La confianza solicitada antes de merecerla suele parecerse demasiado a la obediencia.

Nadie hizo una broma.

Armathyel descendió el escalón que separaba los asientos del centro de la sala.

—Aster os dará alojamiento, alimento, atención para vuestras heridas y acceso a sus zonas comunes.

Podéis hablar con quienes viven aquí, consultar fondos abiertos y marcharos si decidís que no queréis permanecer. Nadie os exigirá un juramento.

Blaid comprendió inmediatamente lo que faltaba. —Y mientras tanto nos observaréis.

—Por supuesto.

—Al menos eres cortés.

—No confundas cortesía con disimulo.

Lysendra se levantó también. —Hay una condición. Cualquier alteración semejante a las detectadas durante la inspección debe comunicarse inmediatamente.

Miraba a Fïrn. Él dejó de sonreír.

—¿Semejante cómo?

—Pérdidas de memoria, textos que no recuerdes haber escrito, sensación de presencia, alteraciones en la percepción de tu propia voz o recuerdos que entren en conflicto con pruebas externas.

Fïrn bajó la mirada hacia sus manos. —¿Mi propia voz?

—Si empiezas a dudar de que una frase sea tuya, quiero saberlo.

Por una vez no intentó convertir el miedo en humor.

—De acuerdo.

Lysendra pasó entonces los ojos a Blaid. No preguntó nada.

Blaid supo por qué. —Si vuelve algo parecido a lo que había antes, lo diré.

Aria lo miró.

Blaid añadió, antes de que pudiera arrepentirse: —Y si un recuerdo empieza a parecer una orden, también.

Lysendra asintió. Eso era todo.

Calethar se puso en pie. —Descansad. Mañana empezaremos de verdad.

Ridley lo señaló. —Eso sí ha sonado a prueba.

—Quizá solo quiera desayunar contigo.

—No.

—Entonces ya he aprendido algo.

La estancia que les asignaron ocupaba una sección curva de uno de los niveles medios.

No era lujosa, pero después de semanas durmiendo en establos, refugios prestados, bosques y cubiertas de barco, Blaid habría aceptado casi cualquier habitación que contuviera una cama y una puerta capaz de cerrarse.

Había cuatro dormitorios distribuidos alrededor de una sala común y una quinta estancia más pequeña para Aria.

Una ventana ancha daba hacia el oeste y permitía ver varias islas menores, con plataformas que se desplazaban entre ellas como piezas sobre un tablero demasiado grande.

Paf Paf comprobó primero dónde estaban Tordo y Rodado.

Ridley preguntó por las salidas. Fïrn localizó una estantería. Blaid se dio cuenta de todo eso y sonrió.

Ridley lo vio. —¿Qué?

—Nada.

—No.

Blaid levantó una ceja.

Ridley señaló su cara. —Esa sonrisa siempre significa algo.

—Me conmueve que hayas aprendido a leerme.

—No te leo. Reconozco problemas.

Fïrn ya había extraído un libro de la estantería. —Aquí pone que esta sección fue reconstruida ciento doce años después del Incendio de las Cinco Cúpulas.

Paf Paf regresó desde el corredor. —Los burros tienen comida.

Fïrn levantó el libro. —¿Has oído lo de las cúpulas?

—No.

—¿No quieres?

—Ahora no.

Fïrn cerró el volumen con una resignación casi ofensiva. Aria permanecía junto a la puerta.

Ridley se volvió hacia ella. —Sabías que Armathyel iba a hablarnos de la Secta.

—Esperaba que lo hiciera.

—¿Y de los cuatro?

Aria tardó más. —Sabía que existían referencias. No sabía cuánto iba a contaros.

—Eso empieza a parecer una costumbre de este sitio.

Blaid dejó la capa sobre el respaldo de una silla. —También de nosotros.

Ridley lo miró. La observación no necesitaba explicación. Todos habían oído suficiente durante los últimos días.

Paf Paf fue quien rompió el silencio. —Cuatro.

Fïrn apoyó el libro sobre la mesa. —Sí.

—Y nosotros cuatro.

—Sí.

Ridley tensó la mandíbula. —Armathyel ha dicho que no significa que seamos ellos.

Fïrn lo miró. —Eso no hace que la coincidencia desaparezca.

—Tampoco la convierte en una profecía.

La palabra produjo una reacción pequeña en Aria.

Ridley la vio. —¿Qué?

Ella negó.

—Nada seguro.

—Aria.

—Hay textos que algunos en Aster consideran proféticos y otros consideran reconstrucciones posteriores. No sé cuál de esas categorías merece el documento que llevó a Armathyel a buscaros.

Fïrn ya estaba interesado. —¿Puedo verlo?

—No depende de mí.

—¿Sabes qué dice?

—Fragmentos.

Ridley exhaló. —Por supuesto.

Aria mantuvo la mirada. —No voy a repetirte algo incompleto como si fuera una verdad entera.

Días atrás, aquella respuesta habría provocado otra discusión. Ridley permaneció callado. Blaid reparó en que Ridley también estaba cambiando.

La conversación terminó dispersándose entre comida, baños y la necesidad demasiado humana de sentarse sin que nadie intentara perseguirlos o matarlos. Blaid esperó hasta que pudo cerrar la puerta de su habitación.

Solo entonces sacó el pequeño envoltorio que llevaba oculto bajo la ropa y lo dejó sobre la mesa. Durante un rato se limitó a contemplarlo.

Dentro estaba el rubí, silencioso y separado ya de cualquier metal, daga o voz capaz de sugerirle qué hacer con él. Blaid desenvolvió la tela apenas lo suficiente para ver la piedra roja bajo la luz que entraba desde la ventana. Pensó en las cuatro figuras de la tablilla.

Pensó en el modo en que Armathyel había hablado de objetos que respondían, linajes, manifestaciones y semejanzas que no quería convertir todavía en conclusiones.

El anillo había pertenecido a Ridley. El rubí también.

Blaid no necesitaba otra prueba para reconocer la parte sencilla. Debería devolvérselo.

La mano izquierda se movió hacia la tela y se detuvo antes de cerrarla. La razón que apareció fue inmediata: aún no sabía qué podía hacer la piedra, Aster acababa de admitir que algunos conocimientos eran peligrosos y sería irresponsable entregarla sin comprenderla. Blaid permaneció inmóvil.

La explicación sonaba impecable. Y era exactamente la clase de explicación que llevaba demasiado tiempo utilizando.

Desde algún punto profundo de la Torre llegó un sonido grave, quizá una campana, y la vibración atravesó la piedra antes de extinguirse lentamente.

Blaid volvió a cubrir el rubí. No se lo entregó a Ridley. Aún no. Pero por primera vez no intentó convencerse de que aquello era por su bien.