Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 25 #2
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—No sabemos si actuaron solos, si dirigieron a otros o si los relatos posteriores los redujeron a cuatro porque las historias prefieren números fáciles de recordar.

Hay ejércitos mencionados en algunos documentos, ciudades enteras en otros y versiones religiosas en las que apenas aparecen personas.

Lo único persistente son esas cuatro figuras.

Blaid miró los trazos desgastados. —¿Tienen nombres?

Armathyel lo observó. —Sí.

—Pero no vas a decirlos.

—No hoy.

Ridley soltó aire por la nariz. —Ahí está otra vez.

—Porque los nombres no son lo que necesitáis comprender primero.

Fïrn señaló la tablilla. —Eso lo decidiríamos mejor si conociéramos la información.

—Quizá. Pero también hay documentos cuya lectura cambia la manera en que se interpretan otros documentos. Daros el nombre de una figura antes de que sepáis por qué se conserva puede convertir una similitud en una conclusión.

Blaid entendió antes que Ridley.

—Crees que nos parecemos a ellos.

Armathyel no respondió. La ausencia de respuesta fue suficiente.

Ridley miró otra vez las cuatro figuras. —¿Eso es por lo que Aria salió a buscarnos?

Aria respondió antes que el Consejo. —En parte.

Ridley se volvió hacia ella. —¿Sabías lo de estos cuatro?

—Sabía que existían referencias antiguas a cuatro personas relacionadas con una crisis del Tejido. No conocía sus nombres ni la historia completa, y tampoco sabía que Armathyel consideraba tan fuerte la relación con vosotros.

—¿Qué relación?

Aria miró al archivero. Él tomó la palabra.

—Características.

—Eso no significa nada.

—Linajes, respuestas a determinados objetos, modos distintos de interactuar con poder, coincidencias documentales y, desde hace muy poco, manifestaciones que ya no podemos reducir a casualidad.

Los ojos de Ridley fueron hacia su escudo. Fïrn miró el laúd. Paf Paf no miró nada.

Blaid sintió el rubí contra el cuerpo. Nadie más sabía que estaba allí.

—¿Estás diciendo que somos esos cuatro? —preguntó Ridley.

—No.

La firmeza de Armathyel detuvo cualquier réplica.

—Estoy diciendo exactamente lo contrario. No sabemos qué significa la semejanza y sería irresponsable convertirla en identidad. No sois personas muertas hace milenios, no voy a llamaros reencarnaciones, herederos de una profecía ni ningún otro concepto que permita dejar de hacer preguntas.

Fïrn inclinó la cabeza. —Me caes mejor cada vez que destruyes una explicación interesante.

—Es una deformación profesional.

Ridley no compartía el humor. —Entonces sabías que podíamos estar relacionados con esa historia y mandaste a Aria a buscarnos.

—Sí.

—Sin decirle todo.

—Sí.

—Y ahora quieres decidir cuánto podemos saber.

Armathyel lo sostuvo con la mirada. —Sí.

La respuesta fue tan limpia que Ridley tardó en reaccionar.

Blaid observó al archivero con más atención.

No estaba jugando a ser misterioso; los hombres enamorados de sus secretos solían permitir que se vieran por los bordes porque querían que alguien admirara lo que escondían.

Armathyel parecía hacer algo distinto. Protegía información. La pregunta era de quién.

—¿Y la Secta? —preguntó Paf Paf—. ¿Qué tiene que ver con esa cosa?

Armathyel volvió a mirar la tablilla. —Creemos que intenta facilitar su regreso.

Nadie hizo una broma. Incluso Fïrn dejó la pluma quieta.

Ridley habló primero. —¿Creéis?

—Tenemos rituales, textos parciales, patrones repetidos y testimonios suficientes para afirmar que la Secta lleva generaciones preparando condiciones relacionadas con una nueva entrada. Lo que no sabemos es cuánto comprenden sus miembros sobre aquello a lo que sirven.

—¿El templo? —preguntó Aria.

Lysendra respondió. —Compatible.

—¿Mirasol?

—Compatible.

—¿Los incidentes recientes?

Armathyel la miró. —No tenemos prueba definitiva de que los cuatro primeros fueran provocados por la Secta.

Fïrn se inclinó hacia delante. —Pero lo sospecháis.

—Sí.

—¿Beregost?

—Ahí la evidencia es más fuerte.

Ridley apretó la mandíbula. —Porque estuvimos allí.

—No solo por eso.

Armathyel guardó la tablilla. —Habéis encontrado ya suficientes indicios para saber que Beregost no fue un accidente.

Lo que Aster posee son fragmentos que conectan ese ataque con operaciones anteriores y posteriores, aunque todavía no una cadena documental lo bastante limpia como para afirmar quién dio cada orden.

Blaid pensó en el Caballero Negro.

Ridley también. —¿Y el jinete de Velmora? —preguntó.

Calethar respondió esta vez. —Sabemos que existe. Sabemos que ha participado en operaciones relacionadas con la Luz Púlida y que aparece cerca de acciones donde también detectamos actividad compatible con la Secta.

Ridley lo miró con demasiada intensidad. —¿Quién es?

—No lo sabemos.

—¿Seguro?

—Sí.

La respuesta carecía de vacilación. Ridley no pareció aliviado. Blaid entendió por qué. Una parte de él seguía deseando que alguien pronunciara un nombre concreto y otra estaba empezando a temerlo.

Armathyel dejó la tablilla fuera de la vista. —Ahora quiero saber qué sabéis vosotros.

Ridley miró a Aria.

—Ella ya habrá informado.

—Mientras pudo —respondió Lysendra—. Algunos informes llegaron incompletos, otros tarde y ninguno después de su captura. Además, las personas recuerdan cosas diferentes cuando creen haber sobrevivido al mismo acontecimiento.

Aquello hizo callar incluso a Fïrn.

Durante la hora siguiente reconstruyeron el viaje, aunque ningún relato real avanzaba de principio a fin cuando cinco personas intentaban contar la misma historia.

Ridley procuró imponer orden; Fïrn lo rompió antes del tercer acontecimiento para corregir una frase que nadie consideraba importante; Paf Paf añadió distancias, pesos y detalles del terreno que acabaron siendo mucho más útiles de lo esperado.

Aria intervino únicamente cuando su información completaba algo que los otros no podían conocer. Blaid escogió sus palabras.

Habló de la Casa de los Índices, del cambiaformas que había utilizado el rostro de Kirel, del templo del Bosque de Serpiente, del ritual, de Dorian y de Velmora.

Cuando llegaron las partes que le pertenecían solo a él, redujo cuanto había ocurrido hasta que cada frase fue cierta y ninguna estuvo completa.

No era difícil. Llevaba años haciéndolo.

Lo difícil fue descubrir que ya no sabía ante quién estaba mintiendo.

Antes siempre había existido una justificación disponible: su familia, la Presencia, la necesidad de no preocupar a los demás, la conveniencia de comprender primero un problema antes de compartirlo.

Podía elegir una de esas razones y levantarla entre sus decisiones y el resto del mundo.

Ahora dentro de su cabeza solo quedaba silencio.

Y bajo la ropa, envuelto en tela, el rubí parecía pesar mucho más de lo que debía.

Lysendra esperó a que terminaran una parte del relato. —¿La voz volvió después de lo que ocurrió en el barco?

La sala quedó más quieta. Ridley miró a Blaid.

Fïrn dejó de mover un dedo sobre la tapa del cuaderno y Aria permaneció completamente inmóvil. Blaid sostuvo la mirada de Lysendra.

—No.

—¿Sueños?

—No desde entonces.

—¿Impulsos que no reconocieras como propios?

La orden seguía en su memoria.

Mata a Aria. Ya no tenía sonido, y eso era lo peor. Podía rechazarla, examinarla, odiarla o incluso obedecerla, y ninguna de aquellas opciones demostraría que la decisión pertenecía todavía a otra voluntad.

Blaid respondió: —Nada activo.

Lysendra entrecerró los ojos. —No es lo que he preguntado.

El viejo instinto le pidió una broma. No la utilizó.

—Quedan recuerdos de cosas que me dijo.

Aria lo miró. Blaid siguió mirando a Lysendra.

—¿Órdenes?

—Sí.

La palabra produjo un cambio mínimo en la sala.

—¿Siguen pareciéndote correctas?

Blaid tardó en responder. —No.

Era la respuesta que quería que fuera verdad. Y aquella vez decidió aceptarla.

Lysendra apoyó las manos sobre las rodillas. —El examen confirma que ya no existe vínculo activo. Eso no borra lo aprendido mientras lo había.

—Empiezo a descubrirlo.

No añadió más. Calethar miró a Ridley.

—En Velmora os enfrentasteis a la Luz Púlida.

—Intentamos salir.

—No es lo que he preguntado.

Ridley apoyó una mano sobre el borde del escudo. —Entonces pregunta mejor.

Calethar sonrió. —¿Podíais haber evitado matar?

Ridley pensó antes de responder. —A algunos, sí.

Blaid lo miró. Ridley continuó sin apartar los ojos de Calethar.

—A Dorian le ofrecimos una salida antes del segundo combate. Dos de los suyos se rindieron y los dejamos marchar. Otro siguió luchando. Dorian también.

Calethar asintió. —¿Y Eshvar?

La mandíbula de Ridley se tensó. Aquello cambió el aire.

—Allí no hice lo mismo.

—¿Por qué?

Ridley tardó. —Porque decidí demasiado pronto que no podía permitirme otra cosa.

Calethar no aprobó ni condenó la respuesta. —Bien.

Ridley frunció el ceño. —¿Bien?

—Has distinguido entre necesidad y una decisión que convertiste en necesaria.

La frase permaneció unos segundos en la sala. Ridley miró a Armathyel.

—¿Nos estáis poniendo a prueba?

El archivero no sonrió.

—Os estamos conociendo.

—Eso no es lo mismo.

—En vuestro caso, todavía no lo sabemos.

Fïrn levantó un dedo. —Como observación académica, agradecería disponer de criterios de evaluación antes de suspender.

Paf Paf lo miró. —Discutirías la nota.

—Con mucha menos elegancia si no conozco los criterios.

Armathyel dejó pasar el comentario. —No buscamos obediencia ni pureza.

Lo que custodia Aster puede matar a personas, destruir lugares o convencer a alguien de que está haciendo el bien mientras abre una puerta que no debería existir.

Antes de dar acceso a determinados archivos necesito saber qué hacéis cuando una respuesta tiene un coste.

Ridley cruzó los brazos. —Ya hemos hecho bastante.

—Habéis sobrevivido bastante —respondió Armathyel—. No siempre es lo mismo.

La frase no sonó despectiva y quizá por eso molestó más.

Paf Paf inclinó la cabeza. —A veces sí.

Armathyel lo miró. —A veces.