25
A Blaid le habría resultado más cómodo que Armathyel hubiese pronunciado una amenaza.
Las amenazas tenían una arquitectura sencilla: alguien deseaba algo, otro se negaba y, a partir de ahí, solo quedaba averiguar cuánto estaba dispuesto a perder cada cual.
Aquellas dos palabras, en cambio, abrían demasiadas posibilidades sin cerrar ninguna.
Ridley fue el primero en reaccionar. —Eso ya lo hemos entendido. Lo que no entendemos es por qué.
Armathyel permaneció de pie frente a los tres asientos del Consejo.
No había irritación en su rostro ni tampoco esa indulgencia estudiada con la que ciertos eruditos soportaban a quienes consideraban menos instruidos.
Parecía sencillamente dispuesto a esperar hasta que Ridley terminara, lo que produjo exactamente el efecto contrario.
—Aria sabía que debía encontrarnos —continuó Ridley—. En el camino nos dijo que investigaba lo ocurrido en Beregost y a quienes estaban detrás, pero nunca que nosotros formáramos parte de la búsqueda.
Aria sostuvo su mirada. —Porque no sabía hasta qué punto formabais parte de ella.
—Eso tampoco es lo mismo que no saber nada.
—No.
La admisión frenó la réplica que Ridley ya tenía preparada.
Fïrn inclinó ligeramente la cabeza. —Me gustaría señalar que llevamos bastante tiempo encontrando personas que saben cosas sobre nosotros antes de presentarse. Empieza a perder encanto.
Lysendra apoyó un antebrazo sobre el asiento. No llevaba armadura, aunque Blaid sospechó que aquello significaba muy poco. Había personas que necesitaban acero para parecer peligrosas y otras a las que solo les estorbaba.
—No hemos dicho que sepamos tanto como imaginas.
—Eso es peor —respondió Fïrn—, porque significa que lo poco que sabéis ha sido suficiente para organizar nuestra llegada.
Calethar ocultó mal una sonrisa. Lysendra no intentó hacer lo mismo porque ninguna había aparecido.
Armathyel volvió a sentarse y cruzó las manos sobre la mesa. —La misión de Aria tenía dos objetivos. El primero era seguir una serie de movimientos clandestinos que llevábamos tiempo relacionando entre sí. El segundo, si surgía la oportunidad, era localizaros.
Paf Paf habló desde la izquierda de Blaid.
—¿A los cuatro?
—Sí —respondió Armathyel.
—¿Juntos?
Armathyel lo estudió un momento. —Preferiblemente.
Fïrn dejó escapar aire. —Esa palabra es bastante peor de lo que parece.
—Casi todas lo son cuando se examinan suficiente tiempo —respondió Armathyel.
Fïrn lo miró con un interés nuevo. Blaid reconoció la reacción. Había encontrado a alguien con quien quería discutir. Mala noticia para todos.
Ridley avanzó medio paso. —¿Por qué nosotros?
Armathyel no respondió de inmediato y Blaid aprovechó el silencio para mirar a los otros dos miembros del Consejo.
Lysendra había girado hacia el archivero antes incluso de que Ridley terminara la pregunta, mientras Calethar mantenía los ojos sobre ellos.
No disponían de la misma información. O no concedían el mismo valor a lo que sabían.
—Porque Beregost no fue el principio de lo que está ocurriendo —dijo Armathyel finalmente—, y porque vosotros tampoco empezasteis a estar relacionados con ello la noche en que cayó la ciudad.
La sala perdió tamaño sin que ninguna pared se moviera.
Fïrn fue quien formuló la pregunta. —¿Qué significa eso?
Armathyel apoyó una mano sobre los papeles. —Significa que debemos separar tres cosas que hasta ahora habéis encontrado mezcladas: una organización, aquello a lo que esa organización sirve y la historia que conecta ambos elementos con hechos mucho más antiguos.
Blaid dejó de apoyarse sobre una sola pierna.
Ridley cruzó los brazos. —Empieza por la organización.
Armathyel miró brevemente a Lysendra. Ella asintió.
—Se llama Secta del Ojo Oculto.
El nombre cayó sobre la sala sin ceremonia.
Blaid pensó inmediatamente en el relieve mutilado del templo, en los motivos oculares raspados, en la tela oscura del ritual y en el ojo imposible que había intentado cruzar sobre Aria.
Fïrn llegó a la misma asociación. —El símbolo del templo.
—Probablemente —respondió Lysendra—. Un ojo abierto dentro de un círculo. En algunos lugares lo borran deliberadamente después de usar una instalación; en otros dejan versiones incompletas porque quienes trabajan allí ni siquiera conocen el significado completo.
Ridley frunció el ceño. —¿Cuánto tiempo lleva existiendo?
—No lo sabemos con precisión —dijo Armathyel—.
Mucho más que la Luz Púlida. Mucho más que varias instituciones que hoy se consideran antiguas.
Ha cambiado de nombres, métodos, jerarquías y formas de esconderse, pero existen suficientes continuidades documentales para afirmar que no estamos ante una organización reciente.
Paf Paf miró a Aria.
—¿Esto era lo que investigabas?
Ella asintió.
—Parte. Yo tenía fragmentos: rutas, confiscaciones que desaparecían de registros, personas transferidas entre lugares que oficialmente no estaban relacionados, objetos que cambiaban de custodia sin una procedencia clara.
Sabía que había una estructura detrás, pero no conocía todo lo que Aster había conservado sobre ella.
Ridley volvió hacia el Consejo. —¿Y la Luz Púlida?
Lysendra respondió. —La mayoría de sus miembros no pertenece a la Secta.
—Pero alguien dentro sí.
—Sí.
—¿Cuántos?
—No lo sabemos.
Ridley endureció la mandíbula. —Conveniente.
—Inconveniente —corrigió Lysendra—. Si supiéramos cuántos, tendríamos un problema distinto.
Blaid casi sonrió. Casi. —Entonces la Luz Púlida no es la Secta.
—No —dijo Armathyel—. Es una institución que la Secta puede utilizar, igual que ha utilizado otras. El miedo actual a la magia le proporciona una cobertura extraordinaria, pero confundirlas sería regalar a la Secta miles de soldados, clérigos y funcionarios que quizá jamás hayan oído su nombre.
Paf Paf asintió lentamente. —La institución puede estar haciendo daño sin que todos sepan para quién trabaja.
—Exactamente.
Ridley no parecía satisfecho, pero tampoco discutió.
Fïrn abrió el cuaderno. —¿Y qué quiere?
Aquella vez nadie respondió inmediatamente. Blaid miró a Armathyel y comprendió que habían llegado al límite que el archivero había decidido cruzar antes de entrar en la sala.
—Eso requiere otra respuesta —dijo el anciano.
—Tenemos tiempo —replicó Fïrn.
—El tiempo no es el problema.
Armathyel se levantó y se dirigió hacia uno de los laterales de la sala.
Allí había una estructura de madera oscura que Blaid había confundido con un panel decorativo.
El archivero introdujo dos dedos en una hendidura, desplazó una pieza y extrajo una lámina de piedra tan fina como una tablilla. La llevó hasta la mesa.
En su superficie aparecía un dibujo desgastado: cuatro figuras apenas esquemáticas alrededor de una forma central que el deterioro había convertido en una mancha irregular. Fïrn dejó de escribir.
Armathyel colocó la lámina donde pudieran verla. —Esto es una copia. El original es demasiado frágil para sacarlo de archivo.
Ridley se inclinó ligeramente. —¿De cuándo?
—No podemos fecharlo con exactitud. Las estimaciones más conservadoras hablan de varios milenios.
Blaid contempló las cuatro figuras. No tenían rasgos.
Una parecía sostener algo semejante a un escudo.
Otra levantaba un objeto largo cuya forma se había perdido casi por completo.
La tercera aparecía rodeada de líneas curvas y la cuarta estaba representada con los brazos extendidos hacia el suelo.
Aquello podía significar cualquier cosa.
Precisamente por eso Blaid sintió una incomodidad inmediata.
—¿Quiénes son?
—Cuatro personas que aparecen de manera recurrente en los testimonios más antiguos que hemos podido reconstruir.
Fïrn acercó la cabeza. —¿Personas reales?
—Creemos que sí.
—Una frase peligrosa en un archivo.
—Por eso he dicho «creemos».
Ridley señaló la mancha central. —¿Y eso?
Armathyel tardó en contestar. —Una entidad.
La palabra resultó demasiado pequeña para la forma en que Lysendra lo estaba observando.
Ridley se enderezó. —¿Qué clase de entidad?
—No tenemos una clasificación que me parezca honesta.
—Prueba.
Armathyel sostuvo su mirada. —Algo muy antiguo que no parece haber nacido en nuestro mundo ni pertenecer a ninguno de los órdenes espirituales que conocemos.
Los textos más viejos no lo describen como dios, demonio ni criatura del Tejido.
Algunas fuentes afirman que llegó desde fuera del plano; otras utilizan conceptos que no sabemos traducir sin deformarlos.
Lo único en lo que coinciden es en que su presencia altera las relaciones fundamentales del mundo y que, cuando intenta entrar por completo, el Tejido deja de comportarse como debería.
Fïrn había dejado la pluma inmóvil sobre el papel. Blaid recordó las ciudades del sueño, las sombras violáceas y las palabras de la Presencia: tu mundo ya ha empezado a abrirse. Blaid se guardó la respuesta.
Ridley sí. —Elyndra me mostró algo parecido.
Todas las miradas fueron hacia él. Armathyel no pareció sorprendido.
Lysendra sí. —¿Cuándo?
—Antes de entrar. Durante vuestra inspección.
El silencio que siguió no agradó a Ridley.
—La sacerdotisa lo sabe.
—Nos informó de una intervención —dijo Lysendra—. No de su contenido.
Ridley miró a Armathyel.
—Tú parecías esperarlo.
—Esperaba una reacción. No sabía cuál.
—Otra diferencia muy conveniente.
—Y otra vez, no especialmente conveniente para nosotros.
Ridley apoyó ambas manos sobre el cinturón. —Elyndra dijo que aquello había intentado entrar antes y que alguien lo había apartado.
Armathyel miró las cuatro figuras de la tablilla. —Eso coincide con los registros.
Paf Paf habló despacio. —¿Ellos?
—Según las fuentes que consideramos menos contaminadas, fueron parte esencial de la resistencia.
Fïrn frunció el ceño. —¿Parte?