Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 24 #5
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—Empiezas a entender cómo funciona.

Los animales y las piezas del carro fueron desviados hacia otra galería. Paf Paf dudó.

—Voy con ellos.

—Estarán bien —dijo Aria.

Paf Paf miró al joven que sujetaba la cuerda de Tordo. El burro intentó alcanzarlo con los dientes. El goliat asintió.

—Él no.

Señaló al muchacho.

—No tires de la oreja.

—No pensaba…

Tordo giró la cabeza. El muchacho apartó las manos.

—Entendido.

Paf Paf siguió al grupo. Subieron.

Ridley perdió la cuenta de los niveles. La Torre no parecía diseñada para impresionar mediante lujo: piedra, madera, metal y una cantidad absurda de libros ocupaban casi todos los espacios, pero hasta los adornos tenían función.

Las esculturas sostenían lámparas, los tapices cortaban el frío y las vidrieras parecían orientadas para repartir luz hacia mesas de lectura. Lo que impresionaba era la densidad.

En una sala vio a cuatro personas inclinadas sobre un fragmento metálico suspendido dentro de una estructura de cristal; en otra, una docena de refugiados recibía ropa y comida.

Dos corredores más adelante, un hombre vendado discutía con una sanadora porque quería regresar a una patrulla.

Aster distaba de ser tranquila: llevaba demasiado tiempo conteniendo demasiadas cosas. Ridley reconocía esa diferencia.

Llegaron a unas puertas dobles altas, sin ornamentación innecesaria, frente a las que esperaban dos guardianes. Aria se detuvo. Por primera vez desde que habían desembarcado pareció dudar.

Ridley lo vio. —¿Qué?

—Nada.

—Hoy esa palabra está funcionando especialmente mal.

Aria lo miró. —Lo que ocurra dentro, escuchad antes de responder.

Fïrn ladeó la cabeza. —¿Eso va por alguien en concreto?

Los cuatro miraron a Blaid. Él alzó una ceja.

—Me halaga la unanimidad.

—Va por todos —respondió Aria.

Ridley volvió la atención hacia las puertas. —¿Quién está dentro?

—El Consejo.

—¿Los tres?

—Sí —dijo Aria.

—¿Por nosotros?

Aria no respondió. Ridley entendió la respuesta sin que Aria tuviera que darla. Las puertas se abrieron.

La sala capitular era circular y Ridley reparó primero en las salidas: dos laterales, otra detrás de los asientos principales, ventanas altas demasiado estrechas para atravesarlas con rapidez, galerías superiores y cuatro columnas capaces de ofrecer cobertura.

El suelo estaba dividido por líneas concéntricas que no parecían decorativas. Después miró a las personas.

Había unas veinte alrededor de la sala, no una multitud, sino una selección de magos, guardianes, estudiosos y sacerdotes. Algunos llevaban ropa sencilla y otros insignias que Ridley no reconocía.

Frente a ellos había tres asientos. No parecían tronos ni pretendían parecerlo. Eran lugares desde los que se tomaban decisiones.

El hombre del centro era mayor de lo que Ridley esperaba, aunque resultaba difícil determinar cuánto.

Llevaba el cabello gris recogido hacia atrás, un rostro delgado y una túnica oscura sin adornos innecesarios.

Varias hojas descansaban sobre una mesa baja delante de él.

Armathyel, comprendió Ridley por la forma en que Aria lo miró.

A su derecha estaba Lysendra, una mujer de mediana edad y complexión ligera, con el cabello negro recogido y una veta plateada que nacía en una sien.

Sus ojos gris verdosos no permanecían quietos mucho tiempo.

Ridley no necesitó presentación para reconocer a alguien acostumbrado a tratar cada puerta como una amenaza hasta que demostrara lo contrario.

A la izquierda, Calethar era más ancho de hombros que los otros dos y llevaba el cabello castaño cortado muy corto, salpicado de canas.

Vestía más cerca de un soldado que de un estudioso; una cicatriz le cruzaba la mandíbula y tenía las manos apoyadas sobre las rodillas con la quietud de quien podía ponerse en pie muy deprisa. Aria entró. Los tres la miraron.

Armathyel se levantó, aunque no fue hacia ella; se limitó a inclinar la cabeza.

—Aria.

—Armathyel.

Nada más. Había demasiado dentro de aquellas dos palabras para que Ridley pudiera interpretarlo.

Aria avanzó hasta el centro y ellos la siguieron. Ridley sintió entonces las miradas recorriendo su escudo, la mano vendada de Blaid, el laúd de Fïrn y el mazo de Paf Paf.

Armathyel los observó uno por uno y Ridley sostuvo la mirada cuando llegó a él. Esperaba preguntas, nombres o alguna explicación que justificara la atención reunida en aquella sala. El archivero miró después a Aria.

—Los has encontrado.

—Sí.

Lysendra no pareció compartir la satisfacción implícita en la frase. Calethar apenas se movió. Ridley sintió que Fïrn empezaba a respirar de la forma exacta que precedía a una pregunta y levantó una mano sin mirarlo. El bardo calló.

Armathyel vio el gesto y algo semejante a interés cruzó su rostro antes de volver a mirar a los cuatro.

—Bienvenidos a Aster.

Ridley esperó. El hombre que hablaba en nombre del Consejo también. Durante unos segundos nadie dijo nada. Armathyel apoyó una mano sobre los papeles que tenía delante.

—Os esperábamos.