24 #4
La sacerdotisa volvió a tocar el disco. La luz reapareció durante menos de un segundo y, con ella, aquella mínima disonancia.
—Hay una interferencia. No detecto una voluntad ocupándote ni algo adherido a ti como un parásito; se parece, hasta donde puedo percibir, a un texto sobre el que alguien hubiera escrito y corregido varias veces sin borrar por completo lo anterior.
Fïrn dejó de respirar durante un momento. La sonrisa regresó demasiado deprisa.
—He tenido maestros peores.
Aria no apartó los ojos de él. —¿Puede entrar?
La sacerdotisa dudó antes de responder.
—No detecto una voluntad exterior activa ni una puerta abierta, pero quiero examinarlo de nuevo dentro.
Ridley cruzó los brazos. —Eso no responde del todo.
—Es la única respuesta que tengo.
Miró a Fïrn.
—Puedes entrar.
—Ya me siento profundamente apreciado.
Salió del círculo. Blaid pasó junto a Ridley antes de que pudiera acercarse a Fïrn.
—Mi turno, imagino.
Su voz seguía siendo la misma y, después de lo ocurrido la noche anterior, aquello resultaba de alguna manera más inquietante.
Entró en el círculo. Ridley observó su mano vendada y recordó las respuestas incompletas del barco: un objeto encontrado antes del templo, una prueba que lo había destruido y algo más que todavía no podía contar. Aria miraba a Blaid con una concentración semejante. La sacerdotisa inició el examen.
La luz blanca descendió lentamente sobre él, recorrió cabeza, pecho y brazos, se detuvo algo más en la mano derecha y continuó hasta desaparecer. La mujer abrió los ojos.
—Nada activo.
Aria avanzó. —¿Nada?
—Nada.
—Compruébalo otra vez.
Blaid giró la cabeza. —Siempre es agradable descubrir el nivel exacto de confianza de tus amigos.
—Otra vez —repitió Aria.
La sacerdotisa obedeció. Esta vez el examen duró más y Ridley vio aparecer sudor en la frente de Blaid, no porque sintiera dolor, sino porque esperaba algo. Cuando terminó, la mujer negó.
—No hay vínculo activo.
Blaid bajó la mirada durante un instante. —¿Influencia extraplanar?
—No.
—¿Pacto?
—No encuentro ninguno.
—¿Marca activa?
—No.
Blaid tragó. —Entiendo.
La sacerdotisa lo estudió.
—No pareces aliviado.
Él recuperó una sonrisa débil.
—Tengo una relación complicada con las buenas noticias.
Ridley no dijo nada. Aquello confirmaba solo una parte de lo ocurrido y abría muchas más preguntas. La sacerdotisa miró finalmente a Aria.
—Ahora tú.
Ella suspiró.
—Lo sé.
Su examen fue más breve, aunque no limpio.
Había cicatrices rituales, agotamiento y restos de haber utilizado el Tejido por encima de lo prudente.
Algo alrededor de las muñecas hizo que la sacerdotisa apretara los labios, pero no encontró ninguna presencia adherida ni vínculo activo que justificara impedirle el paso.
Cuando terminaron, uno de los guardianes armados hizo una señal y la plataforma situada al fondo se elevó unos centímetros.
Fïrn la observó. —¿Eso era la entrada?
Aria negó. —Era decidir si podíamos acercarnos a ella.
Ridley volvió la vista hacia la ruina situada en lo alto de la isla. Subieron.
La plataforma ascendió siguiendo la pendiente sin tocarla y transportó al grupo, los animales, las piezas del carro y el equipaje con una estabilidad que el barco de Yoshua no había conseguido en ningún momento.
Ridley miró hacia abajo una sola vez. No le gustaban las alturas cuando no podía explicar qué sostenía el suelo y decidió que tampoco necesitaba convertir esa opinión en conversación.
A mitad de la subida pasaron junto a una pared de roca donde había puestos de guardia imposibles de ver desde el mar.
Más arriba distinguió aberturas excavadas en la montaña, almacenes, pasarelas y una zona donde media docena de personas practicaban desplazamientos coordinados con bastones cortos.
Aster no estaba escondiendo únicamente libros. Se estaba preparando.
La plataforma alcanzó la cima y la ruina quedó a menos de cien pasos.
De cerca resultaba todavía más convincente: piedras caídas, grietas anchas, raíces introducidas entre los bloques y manchas de humedad donde años de lluvia habían encontrado camino.
Una pared se inclinaba hacia fuera en un ángulo imposible y el interior parecía abierto al cielo.
No había puerta. Tampoco nadie esperando. Ridley miró a Aria.
—No me digas que está activa.
—Está activa.
—Aria.
Ella caminó hasta una columna partida y apoyó una mano sobre la piedra.
Fïrn se acercó. —¿Tenemos que decir algo?
—No.
—¿Pensarlo?
—No.
—¿Ser mejores personas?
Aria ni siquiera abrió los ojos. —Entonces tú no entrarías.
Fïrn llevó una mano al pecho. —Después de todo lo que hemos vivido.
El cambio empezó con una alteración mínima de presión, como la sensación de descender demasiado deprisa desde una montaña. Ridley se tensó antes de que pudiera identificar el motivo.
Después la ruina dejó de encajar. Una grieta apareció donde no debía y una de las piedras proyectó sombra en dirección contraria al sol. La pared inclinada tembló sin moverse.
Ridley llevó la mano hacia el escudo. —Quietos.
Aria abrió los ojos. La ruina no explotó ni desapareció de golpe. Sencillamente dejó de convencerlos.
La Torre de Aster estaba allí. Había estado allí todo el tiempo.
Se alzaba muy por encima de ellos, tan alta que Ridley tuvo que echar la cabeza atrás para encontrar el remate.
La piedra era oscura sin llegar a negra y estaba recorrida por vetas grises y azuladas que cambiaban según la luz.
Grandes contrafuertes descendían hasta fundirse con la roca de la isla y varias construcciones menores se extendían alrededor del cuerpo principal, unidas por puentes cubiertos y terrazas escalonadas.
Las ventanas estrechas de los niveles bajos contrastaban con galerías superiores llenas de movimiento.
Ridley vio aprendices transportando libros, guardianes apostados en balcones, sacerdotes, estudiosos y personas con ropa de viaje todavía manchada.
Una plataforma salió de una abertura situada muy por encima de ellos y descendió hacia otra isla.
Miró atrás. Desde aquel lado, el mar se extendía entre docenas de islotes.
Desde fuera no podía verse nada de aquello.
—¿Todo eso era…?
—Sí —respondió Aria.
Fïrn tenía la boca abierta.
Blaid lo miró. —Cuidado. Podría entrar conocimiento.
Fïrn ni siquiera respondió. Que Fïrn se quedara sin réplica impresionó a Ridley casi tanto como la Torre.
Paf Paf contempló los muros. —Grande.
Fïrn recuperó la voz. —Gracias. Necesitaba una expresión capaz de ordenar mis emociones.
Aria retiró la mano de la columna. Cuando Ridley volvió la vista hacia la costa comprobó que, desde aquel ángulo, la Torre empezaba ya a perderse detrás de la imagen de las ruinas.
—¿Puedes hacer que cualquiera la vea?
—No cualquiera.
—Nosotros.
—Mientras estéis bajo mi acceso, sí.
—¿Y si te vas?
Aria sostuvo su mirada. —Ahora ya habéis cruzado.
Ridley no supo si aquello pretendía tranquilizarlo.
Las puertas principales se abrieron. Ridley había esperado solemnidad y encontró trabajo.
Dos personas salieron cargando una caja demasiado grande, una mujer pasó junto a ellos discutiendo con un hombre sobre reservas de grano y tres jóvenes con túnicas verdes esperaban a que Tordo y Rodado dejaran de prestar atención a una cesta de manzanas.
Más allá, el vestíbulo se abría hacia varios corredores. Había mapas clavados en paneles, listas, nombres, rutas marítimas y marcas rojas distribuidas sobre distintas regiones.
Ridley redujo el paso. —Esto es un puesto de mando.
Aria lo oyó. —Ahora también.
—¿Desde cuándo?
—Desde que empezó a ser necesario.
En una mesa cercana, dos personas comparaban informes junto a un mapa de la costa. Ridley reconoció marcas asociadas a la Luz Púlida y una anotación reciente sobre Velmora.
—¿Ya saben lo que ha ocurrido?
—Probablemente una parte.
—¿Tan rápido?
—Aster conserva buenos mensajeros.
Fïrn recuperó por completo el interés. —¿Pájaros?
Aria siguió andando. —Mensajeros.
—¿Pájaros mágicos?
—Fïrn.
—Eso tampoco responde.