24 #3
Ridley se encontró en un espacio que no reconocía y que, sin embargo, no le produjo la sensación de falsedad que habría esperado de un sueño.
Bajo sus pies no había suelo, sino una extensión de líneas luminosas entrelazadas unas con otras hasta perderse más allá de la vista.
Algunas eran finas como cabellos y otras formaban corrientes enteras; todas se cruzaban, separaban y volvían a encontrarse en patrones que cambiaban conforme trataba de seguirlos.
Comprendió sin que nadie se lo explicara que estaba viendo el Tejido de una forma que sus ojos no podían ver despiertos. No estaba entero.
En puntos muy alejados, algo lo tensaba desde fuera.
No eran roturas completas ni agujeros, sino deformaciones semejantes a una tela empujada desde el otro lado por dedos demasiado grandes.
Cada presión alteraba cientos de líneas alrededor antes de desaparecer.
Ridley buscó un arma por instinto. No llevaba ninguna.
—Eso no te servirá aquí.
La voz no llegó desde detrás ni desde dentro de su cabeza. Estaba sencillamente presente. Ridley giró.
La mujer que tenía delante no se parecía a ninguna estatua que hubiera visto y, al mismo tiempo, habría sabido quién era aunque nadie pronunciara el nombre.
No llevaba corona ni símbolos de poder; su figura parecía formada por la misma luz entrelazada que se extendía bajo ellos, aunque mantenía un rostro humano porque quizá cualquier otra forma habría sido imposible de mirar.
No había exigencia en su presencia. Tampoco necesidad de imponerse.
—Elyndra.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Ridley Der.
Que conociera su apellido le gustó menos.
—¿Estoy muerto?
—No.
—Bien.
La respuesta pareció producir algo semejante a una sonrisa.
Ridley miró alrededor. —¿Esto es un sueño?
—Es suficiente que puedas recordarlo.
No era una respuesta especialmente útil, pero por algún motivo no le molestó tanto como cuando Aria hacía lo mismo.
Una de las deformaciones del Tejido apareció a lo lejos. Esta vez no desapareció enseguida.
Ridley señaló. —¿Qué es eso?
—Algo que vuestro mundo ya conoció.
La presión aumentó y, durante un instante, Ridley vio imágenes donde antes solo había líneas: una extensión de cielo rota por una forma que no pertenecía a él; ciudades que no reconocía; figuras reuniéndose frente a algo demasiado grande para contenerse dentro de una sola imagen.
No distinguió rostros, nombres ni emblemas.
Vio únicamente personas colocándose entre aquello y un mundo que intentaba sobrevivir. Después las imágenes se deshicieron.
—¿Lo derrotaron?
Elyndra lo observó.
—Lo apartaron.
Ridley pensó en Aria sobre la losa del templo.
—Y está intentando volver.
—Sí.
La confirmación no produjo miedo inmediato. Ridley llevaba demasiado tiempo esperando una respuesta peor que sus preguntas.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
El azul apareció alrededor de su mano. No como fuego ni como un conjuro. Era la misma luminiscencia que había recorrido la flecha y el escudo, ahora extendida por sus dedos sin quemarlo.
Ridley la miró. —Tú.
Elyndra no negó.
—La primera vez no fui yo.
—Fuiste tú quien disparó.
Ridley frunció el ceño. —Entonces ¿qué hiciste?
—Te encontré.
Aquello le gustó todavía menos.
—No necesito que me encuentren.
—No.
La respuesta inmediata lo obligó a mirarla.
—¿Entonces?
Elyndra contempló las líneas del Tejido antes de responder.
—Necesito que elijas cuando llegue el momento.
Ridley pensó en Eshvar, en el soldado arrodillado y en la facilidad con que una decisión tomada demasiado pronto podía convertirse después en una necesidad inventada. Pensó en Dorian, en haberle ofrecido una salida y en el hecho de que aquella salida no hubiera impedido su muerte.
—¿Elegir qué?
—A quién proteges. Qué estás dispuesto a convertir en protección. Y cuándo proteger deja de significar decidir por otros.
Ridley permaneció callado. Aquello no sonaba como una misión divina. Sonaba demasiado parecido a algo que llevaba semanas haciendo mal.
—No necesito una diosa para decirme eso.
—No.
Otra vez aquella respuesta.
—Entonces sigues sin decirme por qué estoy aquí.
El azul de su mano ascendió por la muñeca y desapareció bajo la manga.
—Porque te reconozco.
Ridley sintió que la palabra se asentaba de una manera distinta a «elegir». —¿Como qué?
—Como alguien capaz de sostener una parte del Tejido cuando llegue la presión.
—Soy soldado.
—Sí.
—No soy mago.
—No te he pedido que lo seas.
Ridley recordó la flecha azul, el escudo respondiendo contra las criaturas y la forma en que aquella energía aparecía siempre cuando intentaba interponerse entre algo y otra persona.
—¿Me estás eligiendo?
—Sí —respondió Elyndra.
La respuesta llegó con una claridad casi molesta.
Ridley miró las deformaciones lejanas. —No sé contra qué.
—Todavía no.
—No sé cómo.
—Todavía no.
—Y esperas que acepte.
Elyndra lo sostuvo con la mirada.
—Espero que decidas.
Ridley pensó en todas las personas que últimamente habían utilizado necesidad, protección o conocimiento superior para convertir decisiones ajenas en cosas que podían administrarse.
—¿Y si digo que no?
La luz azul alrededor de su mano se extinguió.
—Seguirás siendo Ridley Der.
La respuesta lo dejó sin réplica durante unos segundos. No había amenaza ni promesa de castigo. La ausencia de amenaza o castigo fue lo que más separó aquella presencia de la que había estado cerca de Blaid.
—¿Y si digo que sí?
—También.
Ridley soltó aire. —Eres menos útil de lo que esperaba.
La sonrisa apareció esta vez con mayor claridad.
—Eso también seguirá siendo decisión tuya.
El espacio empezó a perder definición.
Ridley dio un paso. —Espera. ¿Qué es lo que está volviendo?
Elyndra miró hacia la deformación más lejana.
—Algo que no nació bajo vuestro cielo.
—¿Tiene nombre?
Las líneas empezaron a apagarse.
—Sí.
—¿Cuál?
La voz llegó cuando la visión ya se estaba cerrando.
—Aún no necesitas llevarlo contigo.
Ridley habría discutido. No tuvo tiempo. El mar regresó de golpe.
Seguía dentro del círculo y no parecía haber pasado más de un instante.
La sacerdotisa había retirado la mano del disco y lo observaba con una expresión que Ridley no supo interpretar.
Detrás de ella, Fïrn tenía el cuaderno abierto sin haber escrito nada y Paf Paf había adelantado un pie.
Aria estaba completamente inmóvil. Blaid parecía haber olvidado respirar.
Ridley buscó el escudo con una mano. El borde todavía emitía una luminiscencia azul muy tenue.
—¿Cuánto? —preguntó.
La sacerdotisa frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuánto qué?
—Tiempo.
—Unos segundos.
Ridley miró sus manos. No temblaban.
—¿Lo has hecho tú?
La mujer negó.
—No.
Tocó el disco de su cuello, pero su atención seguía fija en él.
—Yo abrí el examen. Lo demás no me pertenecía.
Ridley volvió la mirada hacia Aria. Ella conocía el nombre.
—Elyndra.
Aria no preguntó si estaba seguro. —¿Te habló?
—Sí —dijo Ridley.
Fïrn abrió la boca.
Ridley levantó una mano. —Después.
El bardo cerró el cuaderno con visible sufrimiento. La sacerdotisa indicó a Ridley que saliera del círculo, aunque tardó un momento más en hacerlo. Al cruzar el borde de las marcas grabadas, la luz del escudo desapareció por completo.
Paf Paf se acercó. —¿Bien?
Ridley pensó en la pregunta. —Sí.
No era exactamente cierto. Tampoco era mentira.
Paf Paf entró después. Su examen fue mucho menos espectacular: una luminosidad dorada apareció bajo la piel de sus antebrazos y recorrió durante un instante las marcas antiguas de las manos. Paf Paf bajó la vista. La sacerdotisa hizo lo mismo.
—Tareon.
El goliat asintió.
—Sí.
Ella inclinó la cabeza de una manera que parecía más un saludo dirigido a otra presencia que un gesto para Paf Paf.
—Firme.
Paf Paf salió.
Fïrn levantó una ceja. —¿Firme es bueno?
—Firme es firme.
—Vuestra orden posee un talento extraordinario para evitar adjetivos útiles.
—Tu turno.
—Ah. Castigo inmediato.
Fïrn entró en el círculo. Ridley esperaba alguna clase de luz después de lo ocurrido con Paf Paf, pero durante varios segundos no pasó nada. Entonces la sacerdotisa frunció el ceño y Fïrn lo vio.
—Eso ha sido un gesto.
Ella no respondió.
—Pequeño, pero inequívoco.
—Calla.
Fïrn cerró la boca.
El círculo emitió un sonido parecido al roce de una pluma sobre pergamino. Ridley miró alrededor, pero nadie se había movido. El sonido volvió a aparecer y Fïrn llevó una mano al pecho, mientras la sacerdotisa abría los ojos con una rapidez que hizo desaparecer cualquier resto de humor.
Una luz blanca ascendió desde los pies del bardo hasta la cabeza y durante un instante pareció envolverlo por completo.
Algo interrumpió la concordancia. Ridley no habría sabido describirlo de otro modo.
El contorno de Fïrn ocupó dos posiciones separadas por menos de un dedo, como si dos versiones del mismo movimiento hubieran intentado existir a la vez y una hubiera llegado un instante tarde.
Después volvió a ser uno. La sacerdotisa retiró la mano del disco.
Fïrn respiró despacio. —Eso ha sido bastante peor que un gesto.
Aria había avanzado un paso. —¿Presencia?
—No —respondió la sacerdotisa.
—¿Pacto?
—No —respondió la sacerdotisa.
—¿Marca?
La mujer dudó.
—No exactamente.
Fïrn levantó una mano. —Como principal afectado, agradecería alguna palabra que no fuese «no».
La sacerdotisa lo observó durante varios segundos.
—¿Has sufrido alteraciones de memoria?
El humor desapareció del rostro de Fïrn.
—No que recuerde.
Blaid cerró los ojos.
Fïrn lo señaló sin mirarlo. —Eso ha sido una risa interior y exijo que conste.
La mujer no participó en el intercambio.
—¿Textos que cambian? ¿Recuerdos que no coinciden con lo escrito? ¿Palabras que reconoces como tuyas sin recordar haberlas escrito?
Fïrn tardó en contestar. Ridley pensó en la Casa de los Índices, en el diario, en las entradas imposibles y en las veces que Fïrn había tenido que admitir que no sabía cuál de dos versiones era la verdadera.
—Sí —respondió finalmente.