Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 24 #2
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24 #2

Fïrn apareció al otro lado. —La anotaré como dudosa.

Aria ni siquiera se volvió. —Hazlo y te niego acceso a los archivos.

Fïrn cerró el cuaderno. —Siempre he defendido la autoría oral.

La isla mayor ocupaba ya casi todo el horizonte.

La supuesta ruina seguía arriba y, cuanto más se acercaban, peor parecía: apenas quedaban tres niveles abiertos al cielo, con vegetación creciendo entre las piedras y ninguna señal de actividad que justificara las plataformas, los guardianes o la cantidad de gente repartida por el archipiélago.

Ridley empezó a comprender que esa contradicción era precisamente la intención.

El barco redujo velocidad frente a una ensenada donde no había embarcadero.

Aria se acercó a la borda. —Hasta aquí.

Yoshua miró la costa. —¿Hasta aquí dónde?

—Aquí.

—No hay nada.

—Lo sé.

El capitán sonrió.

—Empiezo a recordar por qué no trabajo para magos.

—Trabajas con contrabandistas.

—Ellos tienen la cortesía de esconder cosas de manera comprensible.

Aria alzó el brazo y trazó con los dedos una forma pequeña, casi un gesto de reconocimiento. Durante un instante, el espacio alrededor de la mano pareció tensarse como una tela tocada desde el otro lado y una línea azul apareció sobre el agua antes de alejarse sin dejar luz detrás.

A unos cien metros del barco, el mar respondió.

Primero emergió una plataforma circular de piedra completamente horizontal pese a las olas, después una segunda y finalmente una tercera.

La primera se acercó hasta el casco y una pasarela se extendió desde su borde con el sonido grave de piedra rozando piedra. Yoshua miró a Aria.

—¿Quieres también los animales?

—Sí.

—¿El carro?

—Las piezas.

Ridley miró hacia la bodega. Habían desmontado el vehículo para embarcarlo en Velmora y ejes, ruedas, caja y varas ocupaban ahora lugares distintos entre barriles y provisiones.

—Podemos dejarlo.

Paf Paf negó. —No.

—Conseguiremos otro.

—Este rueda.

Ridley señaló hacia abajo. —Cuando está montado.

—Entonces lo montamos.

No discutieron más.

Tordo fue el siguiente problema porque observó la plataforma, miró el mar que la rodeaba y tomó una decisión inmediata sobre ambos. Retrocedió cuando Paf Paf intentó hacerlo avanzar y volvió a retroceder cuando el goliat tiró con suavidad de la cuerda.

Fïrn se acercó. —Puedo cantar.

—No.

—Ni siquiera sabes qué iba a cantar.

Paf Paf miró al animal. —Sí.

Rodado, en cambio, subió a la plataforma casi sin resistencia y encontró enseguida una caja cuyos cierres intentó explorar con los labios. Tordo contempló aquello como una traición personal y finalmente avanzó, más por orgullo que por confianza.

Yoshua ayudó a sujetar una de las ruedas. —Si esto se hunde, no pienso cobraros menos por el viaje.

—No se hunde —respondió Aria.

—Todo se hunde.

—Eso explica tu profesión.

Yoshua soltó una carcajada.

Ridley fue de los últimos en abandonar el barco.

Antes de hacerlo miró a los refugiados: no todos bajarían allí.

Algunos continuarían con Yoshua hacia otros puertos, otros serían distribuidos entre las islas exteriores y unos pocos esperaban junto a sus cosas mientras alguien decidía si Aster podía acogerlos.

La mujer cuyo hermano había quedado en Velmora permanecía sentada cerca de proa.

Ridley apartó la mirada antes de que pudiera encontrar la suya, sin saber qué habría hecho si eso ocurría. Yoshua le tendió una mano.

Ridley la estrechó. —¿Volverás a Velmora?

—No inmediatamente.

—La Luz Púlida está controlando los atraques.

—La Luz Púlida cree que controla los atraques.

—No es lo mismo.

—Por eso sigo teniendo barco.

Ridley soltó su mano. —Gracias.

Yoshua pestañeó. —¿Qué?

—No pienso repetirlo.

—Entonces esperaré a estar borracho para recordarlo correctamente.

Ridley subió a la plataforma. Tavia levantó dos dedos desde cubierta a modo de despedida y poco después Yoshua dio una orden.

El barco empezó a alejarse. Durante unos segundos, Ridley tuvo la desagradable sensación de estar viendo marcharse la última ruta sencilla de salida.

Después la plataforma comenzó a moverse.

No sintió aceleración, solo vio cómo el casco de Yoshua quedaba atrás mientras la isla mayor se aproximaba.

Fïrn se arrodilló junto al borde, estudiando la piedra con un entusiasmo peligrosamente próximo a inclinarlo sobre el agua.

—No hay remos.

—No —respondió Aria.

—No hay vela.

—No.

—No noto vibración.

—Fïrn.

—Estoy observando.

—Estás inclinado sobre el mar.

—Ambas cosas son compatibles.

Paf Paf lo agarró por el cinturón y tiró de él hacia atrás. —Ahora observas mejor.

Pasaron entre dos de los guardianes de agua y, a aquella distancia, Ridley comprobó que las piezas oscuras que flotaban alrededor de sus cuerpos estaban grabadas.

No podía leer los símbolos, pero reconocía una repetición deliberada en su distribución: aquello había sido construido para defender un acceso, no para impresionar a quien llegara.

La plataforma terminó uniéndose a otra mayor levantada sobre roca natural.

Esperaban seis personas. Dos llevaban armas; otras vestían túnicas grises y azul oscuro. En el centro había una mujer de blanco apagado, sin más adorno visible que un disco metálico sujeto al cuello. Aria descendió primero. La mujer inclinó la cabeza.

—Investigadora.

Ridley percibió el cambio no tanto en Aria como en quienes la rodeaban. La conocían de una manera distinta a la de un huésped o un antiguo alumno; respondían a alguien que tenía un lugar allí.

—Maestra —contestó Aria.

—Te esperábamos antes.

—Yo también.

La mujer miró sus heridas y después al grupo.

—¿Son ellos?

Aria asintió. No explicó quiénes eran «ellos».

Ridley dio un paso. —¿Ellos quiénes?

La mujer lo observó sin hostilidad.

—Las personas que ha traído.

Fïrn dejó escapar aire por la nariz.

Ridley no se movió. —Eso no ha sido lo que he preguntado.

—Ridley —intervino Aria.

—No.

Señaló con la barbilla hacia las ruinas de la cima.

—Nos has traído hasta un lugar que no existe, nos han recibido dos guardianes hechos de agua y todo el mundo parece saber más de nosotros que nosotros mismos. La primera persona que encontramos pregunta si «somos ellos». Quiero saber qué significa.

Aria sostuvo su mirada. —Y lo sabrás.

—¿Cuándo?

La mujer del disco metálico respondió antes que ella.

—Después de la inspección.

Ridley giró hacia la desconocida. —¿Qué inspección?

—La que decide si dais otro paso.

Paf Paf se adelantó medio cuerpo. —¿Y si no?

La mujer no se alteró.

—Volvéis a la plataforma.

—¿Y después?

—Depende de lo que encontremos.

Blaid habló por primera vez desde que habían desembarcado. —Una respuesta admirablemente tranquilizadora.

La mujer descendió la mirada hacia su mano vendada.

—No pretende tranquilizarte.

—Entonces está perfectamente construida.

Aria se colocó frente a ellos. —Es obligatorio.

Ridley miró a la gente armada. —¿También para ti?

—Cuando regreso después de una operación prolongada, sí.

Saber que Aria también debía someterse al procedimiento cambió lo suficiente para que Ridley dejara de verlo como una prueba preparada específicamente para ellos.

—¿Qué buscan?

La mujer respondió sin adornos.

—Influencias externas, pactos activos, marcas rituales, presencia extraplanar, interferencias sobre voluntad, memoria o identidad. Cualquier cosa que pueda entrar con vosotros aunque vosotros mismos no sepáis que la traéis.

Fïrn dejó de sonreír. Blaid tampoco estaba sonriendo, pero Ridley vio cómo los dedos de la mano izquierda se cerraban lentamente sobre el borde de la capa.

—¿Con el Tejido? —preguntó.

—No.

La mujer tocó el disco del cuello.

—Con Numen.

Paf Paf prestó entonces toda su atención. —¿De quién?

—Elyndra.

Aria no reaccionó. Blaid sí. Fue mínimo, apenas un cambio alrededor de los ojos y una inspiración demasiado tardía, pero Ridley lo vio. La mujer también, aunque no hizo ningún comentario.

Los condujeron hacia un círculo grabado en la piedra.

Cuatro líneas lo dividían en secciones y una quinta rodeaba todas las demás.

En cada parte había signos distintos, ninguno semejante a los trazos que Aria empleaba cuando utilizaba el Tejido.

Ridley habría preferido cadenas. Las cadenas, al menos, las entendía.

—Uno cada vez —dijo la sacerdotisa.

Ridley avanzó.

Paf Paf lo sujetó por el brazo. —Puedo ir yo.

Ridley miró su mano y el goliat comprendió. —Ya.

Lo soltó. Ridley entró en el círculo. La sacerdotisa se colocó frente a él.

—No tienes que hacer nada.

—Eso suele decir la gente justo antes de pedir algo.

—Respira.

—Eso ya lo hago.

—Entonces continúa.

Fïrn murmuró algo detrás y Ridley decidió ignorarlo.

La mujer cerró los ojos y apoyó dos dedos sobre el disco metálico.

No pronunció ninguna plegaria que Ridley pudiera escuchar.

La respuesta llegó como calor, aunque no parecía proceder de ella; empezó detrás del esternón, se extendió hacia la nuca y descendió por los brazos antes de detenerse alrededor de la vieja herida del muslo.

No dolía. Tampoco se parecía a nada que pudiera controlar.

Ridley tuvo la impresión desagradable de que alguien lo observaba desde un lugar hacia el que él no podía volverse.

El escudo vibró contra su espalda. La sacerdotisa abrió los ojos.

Ridley giró ligeramente. —¿Qué ha sido eso?

Ella no respondió.

El calor continuaba extendiéndose y, por un momento, Ridley dejó de oír el mar.

No desapareció de la plataforma ni cayó inconsciente. Simplemente el lugar perdió distancia, como si las voces de los demás hubieran sido empujadas muy lejos mientras él permanecía inmóvil en el centro del círculo. La piedra bajo sus botas seguía allí. Después dejó de estarlo.