Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 24
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Ridley vio las primeras islas antes de que nadie las anunciara.

Durante un buen rato, Neraval fue poco más que una sucesión de manchas oscuras allí donde el mar parecía equivocarse.

Algunos perfiles desaparecían cada vez que el barco descendía entre dos olas y volvían a surgir después como agujas de roca con espuma en la base; otros sostenían pinos inclinados por décadas de viento o franjas de tierra que parecían demasiado pequeñas para justificar un nombre.

Ridley empezó a contarlas por costumbre, como habría contado puertas, ventanas o hombres armados al entrar en una plaza desconocida, y abandonó el intento al llegar a diecisiete porque ya había aparecido otra isla detrás de dos que estaba seguro de haber separado antes.

—No sirve —dijo Yoshua desde el timón.

Ridley siguió mirando el archipiélago. —¿Qué?

—Contarlas.

—No las estoy contando.

—Entonces llevas un buen rato observando cada islote con muchísimo interés administrativo.

Fïrn, sentado sobre un rollo de cabo con el cuaderno apoyado en una rodilla, levantó la cabeza.

—Interés administrativo. Esa expresión merece sobrevivirte.

—No tienes que apuntar todo lo que digo.

—Eso dependerá de cuánto quiera perjudicar tu reputación en el futuro.

Yoshua sonrió y volvió a concentrarse en el rumbo. Ridley prefirió hacer lo mismo.

La corriente había cambiado durante la noche.

Se notaba en la forma en que el barco avanzaba sin que las velas parecieran trabajar lo suficiente y en las líneas blancas que nacían alrededor de las rocas antes de desaparecer hacia el norte.

El mar ya no tenía la amplitud abierta del día anterior; Neraval lo cortaba en canales, estrechos y pasos de fondo incierto, con demasiados lugares desde los que vigilar una embarcación y aún más desde los que tender una emboscada.

También había demasiados para perseguir con facilidad a alguien que conociera el camino. A Ridley aquella geografía defensiva le gustó más.

—¿Cuál es? —preguntó.

Aria permanecía junto al palo mayor, envuelta en una capa que no conseguía ocultar del todo lo cansada que seguía.

Había dormido durante la travesía más que en todos los días anteriores juntos y, aun así, conservaba bajo los ojos la palidez de quien llevaba demasiado tiempo pagando con el cuerpo. Observó las islas antes de responder.

—Todavía no se ve.

Ridley señaló una masa rocosa que sobresalía al oeste. —Esa es la mayor.

—Sí.

—Entonces debería verse.

—No he dicho que no esté allí.

Fïrn apartó el cuaderno de las piernas. —Ah.

Ridley lo miró de reojo. —¿Qué?

—Nada. Es solo que ha puesto voz de Aria.

Ella giró hacia él.

—No tengo una voz.

—Tienes varias. Esa es la de «sé algo que vosotros no y voy a disfrutar exactamente lo suficiente».

Aria lo contempló durante un momento. —Has recuperado fuerzas.

—Una tragedia.

Paf Paf apareció por la escotilla de carga con una cuerda enrollada sobre un hombro. —Tordo ha mordido a un marinero.

Yoshua se tensó. —¿Qué marinero?

—El que intentó moverlo tirando de una oreja.

El capitán relajó los hombros.

—Entonces ha aprendido.

—El marinero no.

—También aprenderá.

Paf Paf dejó la cuerda y se acercó a la borda. Rodado asomaba la cabeza desde el espacio improvisado para los animales y parecía bastante más interesado en una cesta vacía que en el paisaje.

Ridley volvió la atención hacia la isla mayor. A medida que reducían la distancia, empezó a distinguir una forma vertical e irregular en el punto más alto, algo que durante unos segundos confundió con un grupo de rocas. Después entendió que eran restos de una construcción.

Sobre la cima se alzaba lo que quedaba de una torre cilíndrica cuya pared exterior había desaparecido casi por completo. El remate estaba roto, varias grietas recorrían la piedra y algo semejante a un árbol crecía en el lugar donde debería haber estado el techo.

—¿Esa es Aster?

Aria miró hacia allí. —Sí.

Fïrn se puso en pie y contempló la ruina durante varios segundos. —Esperaba algo más…

Buscó la palabra. Blaid, apoyado junto a la borda a cierta distancia, terminó por él.

—Vertical.

Fïrn señaló hacia la cima. —Eso.

Ridley miró a Aria.

—Dijiste que la Torre seguía activa.

—Lo está.

—Parece destruida.

—También.

—Las dos cosas no pueden ser ciertas.

Blaid giró ligeramente la cabeza. —Has viajado con nosotros durante semanas y esa sigue siendo tu postura.

Ridley ignoró el comentario. Fïrn no consiguió ocultar una sonrisa.

Aria se separó del mástil. —Yoshua, desde aquí despacio.

El capitán no preguntó por qué, y aquello llamó más la atención de Ridley que cualquier explicación. Yoshua dio dos órdenes, modificaron velas y el barco comenzó a deslizarse hacia un canal entre dos islotes que desde mar abierto parecía demasiado estrecho para una embarcación de aquel tamaño.

Ridley midió la distancia por reflejo. —No cabemos.

—Cabemos —respondió Yoshua.

—Hay roca a babor.

—Lo sé.

—Y otra a estribor.

—Me tranquiliza que sigas distinguiendo los lados.

Ridley apoyó una mano en la borda mientras el paso se estrechaba. La roca de estribor estaba ya lo bastante cerca como para distinguir vetas blancas bajo los líquenes.

—Yoshua.

—Ridley.

—Si golpeamos ahí…

—No golpearemos.

—¿Porque conoces el paso?

—No.

Ridley lo miró. Yoshua señaló a Aria con la barbilla.

—Porque ella sí.

Aria había cerrado los ojos. No pronunció ninguna fórmula ni levantó las manos; se limitó a apoyar dos dedos sobre la madera de la borda y a respirar despacio.

Ridley había presenciado suficientes usos del Tejido para esperar alguna consecuencia visible, una alteración del aire o esa presión difícil de nombrar que a veces precedía al efecto.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Después la roca de estribor pareció desplazarse.

Ridley llevó una mano hacia el escudo antes de corregir la impresión.

No era la piedra la que se movía, sino el agua.

Una corriente que hasta entonces chocaba contra el islote cambió de dirección y empezó a acompañar el casco; otra surgió bajo la proa y corrigió varios grados el rumbo sin que el timón pareciera responsable.

Yoshua dejó que sucediera. —Eso no lo estás haciendo tú —dijo Ridley.

Aria abrió los ojos. —No.

—¿Entonces?

—He llamado.

Fïrn se acercó a la borda. —¿A quién?

El mar respondió antes que ella.

Dos figuras emergieron a ambos lados del canal y Ridley desenvainó por reflejo, aunque mantuvo la espada baja en cuanto comprendió que ninguna atacaba.

El agua había adquirido hombros, brazos y cabezas sin rostro.

Eran más altas que un hombre y demasiado estrechas para parecer gigantes; alrededor del torso flotaban placas de una sustancia oscura que podía ser metal o piedra, unidas por corrientes que ocupaban el lugar de músculos y tendones.

Bajo la superficie no tenían piernas, sino columnas de agua que se prolongaban hasta confundirse con el propio mar.

Una mano líquida se posó sobre el casco y otra hizo lo mismo en el costado contrario. La deriva cesó. Fïrn había olvidado el cuaderno. Ridley miró a Aria.

—Podías haber avisado.

—Son guardianes de acceso.

—Eso habría sido la parte útil del aviso.

—No atacan a los invitados.

Paf Paf observó al más próximo. —¿Saben quién es invitado?

—Sí.

El goliat asintió y dejó el mazo donde estaba.

Ridley miró entonces a Blaid. No había sacado ningún arma, aunque mantenía la mano izquierda cerca del cinturón por pura costumbre; la derecha seguía vendada y pegada al cuerpo más de lo habitual.

Ridley había visto las líneas violáceas bajo la piel cuando Paf Paf cambió el vendaje y seguía sin saber qué objeto había desaparecido durante aquella supuesta prueba.

Blaid reparó en su mirada. —No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de comprobar cuántas partes de mí continúan funcionando.

Ridley no desvió la vista. —¿Funcionan?

—Las importantes son discutibles.

Una de las figuras de agua se adelantó y el canal pareció abrirse delante de ellos, no porque las rocas se apartaran, sino porque el agua adquirió una tonalidad más clara entre dos islotes y dibujó una línea sinuosa hacia el interior del archipiélago. Yoshua la siguió.

Durante los minutos siguientes, Neraval dejó de parecer una acumulación azarosa de islas y empezó a revelar estructura.

Había canales invisibles desde mar abierto, pasos ocultos por promontorios y ensenadas donde pequeñas embarcaciones permanecían cubiertas bajo lonas.

Plataformas de piedra flotaban a poca altura sobre el agua transportando cajas o personas entre distintas islas, y una de ellas pasó a menos de treinta metros con seis hombres y mujeres vestidos de manera muy distinta entre sí: dos llevaban túnicas, uno armadura y otra un delantal de cuero lleno de herramientas.

Todos miraron hacia el barco, no con curiosidad, sino con la atención de quien llevaba demasiado tiempo distinguiendo recién llegados de posibles problemas.

Ridley devolvió las miradas. —Esto no parece un monasterio.

—Nunca lo fue —respondió Aria.

—Tampoco un archivo.

—Sigue siendo un archivo.

A medida que avanzaban aparecieron más señales de ocupación.

Una isla pequeña albergaba un embarcadero lleno de provisiones; en otra habían levantado refugios de madera entre las rocas.

Ridley vio ropa tendida, fogones, niños, gente transportando sacos y dos hombres practicando con lanzas bajo la supervisión de una mujer con una pierna ortopédica.

Era demasiada gente para un refugio secreto y demasiadas armas para un lugar dedicado únicamente al conocimiento.

—¿Todo esto estaba aquí cuando te marchaste?

Aria tardó lo suficiente en responder para que la respuesta estuviera clara antes de escucharla. —No.

—¿Cuánto ha cambiado?

—Mucho.

No sonó satisfecha.

Ridley recorrió las islas con la mirada. —Refugiados.

—Algunos.

—¿Y los otros?

Aria siguió mirando hacia la isla mayor. —Gente que decidió que seguir escondiéndose por separado era una forma lenta de perder.

Ridley la observó. —¿De quién es esa frase?

—Mía.