23 #4
Blaid pensó en la daga entrando en Aria dentro del sueño.
—Sí.
Ridley se volvió completamente hacia él. —¿Y lo llevabas encima sin decir nada?
—Sí.
Blaid no intentó adornar la respuesta.
—¿Hay algo más que deba saber?
El rubí parecía pesar mucho más de lo que podía pesar una piedra.
Blaid sostuvo su mirada. —Sí, pero todavía no puedo contártelo completo.
—No vuelvas a decirme que es para protegernos.
Blaid sintió algo parecido a vergüenza antes de reconocerlo. —No iba a hacerlo.
Ridley permaneció allí unos segundos más. —Aria tiene que ver esa mano. Y luego vamos a hablar.
—Sí.
Ridley se marchó sin añadir nada.
Blaid observó su espalda. La Presencia no estaba allí para indicarle si había dicho demasiado ni para sugerir que había hecho lo correcto, y la ausencia empezaba a resultar más incómoda que el silencio.
Más tarde, Yoshua reunió al grupo cerca de proa. Habían dejado atrás la mayor parte del tráfico procedente de Velmora y navegaban por una zona donde la costa se había convertido en una línea irregular de riscos y pequeñas playas inaccesibles. El capitán extendió una carta sobre un barril.
—Si seguimos pegados a tierra, tardaremos dos días y medio en alcanzar Neraval con este peso y este viento. Si nos abrimos hacia el oeste y entramos en la Lengua Norte, podemos ganar casi uno.
Fïrn miró el mapa. —¿Y qué perdemos?
Yoshua sonrió. —Me cae bien.
Aria se inclinó sobre la carta. —Protección de la costa.
—Exacto. Si entra tormenta desde el sur, estaremos más expuestos.
Paf Paf miró el cielo. —No hoy.
Yoshua levantó la cabeza. —¿Seguro?
—Sí —dijo Paf Paf.
El capitán consideró la respuesta.
—He confiado en gente por razones peores.
Fïrn señaló un grupo de islas. —¿Qué es eso?
—Varlen.
Aria las reconoció. —Pescadores, pequeños astilleros y refugios de contrabandistas.
Yoshua pareció ofendido. —Comunidades mercantiles flexibles.
—Contrabandistas.
—La educación lo estropea todo.
Blaid observó el mapa. Las Islas de Varlen formaban un arco irregular entre la ruta costera y las aguas abiertas, y aquella geografía le resultó extrañamente agradable precisamente porque no significaba nada para él.
Durante años, demasiados mapas habían estado hechos de nombres asociados a deberes: Caria, Beregost, lugares donde algo esperaba de él.
Una isla sin historia personal parecía casi una extravagancia. Yoshua decidió abrirse hacia el oeste.
La mañana transcurrió con una normalidad que Blaid encontró casi ofensiva.
Los refugiados empezaron a organizarse mejor; algunos ayudaban a la tripulación, otros cuidaban niños ajenos y una mujer preparó comida utilizando ingredientes aportados por varias familias.
Fïrn pasó parte del tiempo escuchando historias sobre Velmora y escribiendo bastante menos de lo que habría hecho semanas atrás.
Paf Paf reparó una caja rota y terminó enseñando a un muchacho cómo hacer un nudo que no se cerrara bajo tensión.
Después bajó dos veces para comprobar que Tordo, Rodado y las piezas del carro seguían bien sujetas.
Aria descansó, Ridley revisó el equipo y Blaid intentó acostumbrarse a estar solo dentro de su propia cabeza.
La diferencia se hacía visible en cosas pequeñas.
Antes, una decisión podía llegar acompañada por aprobación, rechazo o una presión interior tan antigua que había dejado de distinguirla de la intuición; ahora cada pensamiento terminaba donde empezaba, en él.
No sabía todavía si aquello era libertad, ni cuánto de sí mismo se había acostumbrado a no estar solo.
A media mañana apareció una barca entre la bruma, con una vela gris y dos pescadores que levantaban un cubo sobre sus cabezas.
Yoshua corrigió el rumbo lo suficiente para acercarse. —Comercio.
Fïrn miró el cubo. —¿Cómo sabes que no piden ayuda?
—Porque lo mueven así.
Yoshua imitó el gesto.
Paf Paf observó. —Parece igual.
—Años de experiencia.
Compraron pan, cebollas y dos peces de carne firme. El pescador más viejo aceptó las monedas y recorrió con la mirada la cubierta llena de pasajeros.
—Venís de Velmora.
No era una pregunta.
Yoshua asintió. —¿Noticias?
El hombre escupió al mar.
—La Luz Púlida lleva tres días comprando atraques al consejo.
Aria levantó la cabeza. —¿Comprando?
—Dinero primero. Amenazas después, supongo.
Yoshua dejó de sonreír. —¿Neraval?
—Nada nuevo. La Torre ha cerrado dos accesos menores, pero el puerto sigue abierto.
Fïrn se acercó. —¿La Torre de Aster?
El pescador lo miró.
—¿Qué otra?
Todos levantaron la cabeza. Aria preguntó por qué habían cerrado accesos y el hombre explicó que, según la propia Torre, estaban revisando fondos. Cuando ella quiso saber si se lo creía, él se encogió de hombros.
—Yo vendo pescado.
Paf Paf asintió. —Buena respuesta.
—La única que paga.
Se separaron poco después. La información dejó una tensión nueva. Neraval seguía siendo el destino, pero ya no parecía un lugar que estuviera esperando inmóvil su llegada. Fïrn escribió algo, Aria se quedó pensando y Ridley empezó a hacer preguntas a Yoshua sobre rutas secundarias. Blaid escuchó.
A primera hora de la tarde, el sol logró abrirse entre las nubes y la Costa de Vaelmar se volvió una línea clara en la distancia. Durante unos minutos, la travesía se pareció a algo que otras personas podrían haber elegido por placer.
Aria encontró a Blaid junto a la borda y miró primero su rostro y después la venda.
—Paf Paf dice que hiciste algo estúpido.
—Es una interpretación sorprendentemente amplia.
—Ridley utiliza palabras menos amables.
—Eso reduce bastante las posibilidades.
Aria se apoyó con cuidado junto a él. —Déjame ver la mano.
Blaid obedeció porque negarse habría convertido el asunto en algo todavía mayor. Ella retiró parte del vendaje y examinó las líneas violáceas que seguían visibles bajo la piel sin utilizar magia.
—Esto no es una quemadura.
—Había llegado a una conclusión parecida.
—¿Qué hiciste?
Blaid volvió a cubrirse la palma. —Probé un objeto.
—¿Qué objeto?
—Ya no existe.
Aria lo observó. —Ridley me ha contado esa parte.
—La eficiencia del grupo empieza a inquietarme.
Ella no sonrió.
—¿Era del templo?
Blaid dudó. —Estaba relacionado.
No era exactamente mentira, y Aria detectó la evasión.
—¿Lo encontraste allí?
—No.
Eso sí la sorprendió.
—¿Dónde?
Blaid miró el mar. —En el bosque, la noche antes de entrar.
Aria permaneció callada unos segundos. —¿Y no dijiste nada?
—No.
—¿Por qué?
Blaid podría haber repetido la explicación que ya había dado a Ridley, pero no quiso.
—Porque pensé que podía entenderlo antes de preocuparos.
Aria dejó escapar aire. —Ya.
No había ironía en la respuesta, y aquello resultó peor.
Blaid giró hacia ella. —Puedes decirlo.
—No hace falta.
—Preferiría que lo hicieras.
Aria sostuvo su mirada. —Hiciste exactamente lo que yo te dije que había hecho durante años. Decidiste qué información podían soportar los demás y lo llamaste prudencia.
Blaid apretó la mandíbula. —Sí.
La facilidad con que aceptaba aquello pareció irritarla más.
—Entonces ¿qué falta?
Blaid pensó en el sueño, en la orden, en la falsa Elyndra, en el anillo robado y en el rubí. Eran demasiadas cosas para convertirlas en una respuesta que no terminara siendo otra mentira.
—Miedo.
Aria guardó silencio. —¿A qué?
—Todavía no sé distinguirlo.
Ella no insistió.
—Entonces, cuando puedas, habla antes de decidir tú solo qué hacemos con ello.
Blaid introdujo la mano izquierda bajo la ropa y rozó únicamente el envoltorio del rubí.
No sabía todavía qué había destruido; podía haber roto un pacto, una protección o una cadena.
Lo único que sabía con certeza era que la voz que había utilizado el nombre de Elyndra durante años le había pedido que asesinara a Aria, y que aquello que esa voz temía había destruido el instrumento destinado a absorber su poder. El rubí seguía sin explicación.
Y conservarlo seguía sin estar justificado. Aun así, no se lo entregó a Ridley.
Al caer la tarde, Yoshua anunció que entrarían en la Lengua Norte durante la noche.
Si el viento se mantenía, la corriente los empujaría hacia Neraval.
Fïrn preguntó qué ocurriría si cambiaba y Yoshua respondió que entonces cambiarían ellos; Paf Paf aprobó aquella filosofía con un asentimiento que Blaid encontró más lógico de lo que habría querido.
Esa noche durmió poco. No volvió a soñar con Elyndra, con la voz verdadera ni con Caria, aunque se despertó varias veces esperando encontrar dentro de sí una presión que ya no estaba.
En cada ocasión solo escuchó el crujido del barco, el agua contra el casco y las respiraciones de quienes dormían cerca.
La última vez ocurrió poco antes del amanecer. Blaid permaneció tumbado en la oscuridad y dejó de buscar una respuesta dentro de sí.
La orden de matar a Aria seguía en su memoria, pero la Presencia ya no estaba para repetirla. Desde Beregost, formular una pregunta dentro de su propia cabeza siempre había significado admitir la posibilidad de que alguien contestara. Ahora la respuesta, si llegaba, tendría que ser suya.